Director: Sydney Lumet. 1957. EE.UU. B/N
Intérpretes: Martin Balsam (jurado n¬∫ 1), John Fiedler (jurado n¬∫ 2), Lee J. Cobb (jurado n¬∫ 3), E.G. Marshall (jurado n¬∫ 4), Jack Klugman (jurado n¬∫ 5), Ed Binns (jurado n¬∫ 6), Jack Warden (jurado n¬∫ 7), Henry Fonda (jurado n¬∫ 8, Sr, McCardle), Joseph Sweeney (jurado n¬∫ 9), Ed Begley (jurado n¬∫ 10), George Voskovec (jurado n¬∫ 11), Robert Webber (jurado n¬∫ 12)

Todas las pruebas pesan sobre un muchacho de 18 años. Según éstas, asesinó a su padre con una navaja. El juez advierte al jurado que su fallo debe ser unánime. Si le declaran culpable, será ejecutado en la silla eléctrica sin posibilidad de apelación. Los doce hombres del veredicto, reunidos en una sala contigua al tribunal para deliberar. El resultado culpabilidad parece estar claro, pero un miembro del jurado vota “no culpable”. dado que abriga algunas dudas, considera que el acusado merece que su caso se discuta con detenimiento. Los demás miembros del jurado se sienten molestos con esta decisión: uno de ellos tenía la esperanza de acabar a tiempo de asistir a un partido de béisbol y a los demás no les cabe ni la más mínima duda de que el joven reo asesinó a su padre con un cuchillo. Poco a poco irá minando su seguridad, demostrándoles que el arma del crimen es muy común y, por lo tanto, accesible a cualquiera, y que el testimonio de los testigos principales es muy dudoso. Gradualmente sus argumentos les irán convenciendo, hasta que incluso el más recalcitrante de sus compañeros termine por darle la razón a regañadientes. El veredicto unánime será “no culpable”.












Este interesante filme muestra cómo podemos estar ciegos, prejuzgando a la gente, sin darles una oportunidad tan sólo basándonos en los hechos más visibles, sin llegar a ver detrás de nuestras obcecaciones. La falta de piedad en esta película no es una maldad, es una respuesta de gente herida, gente que en un momento determinado no puede ver la verdad.
¿Quién no recuerda la magistral interpretación de Henry Fonda? Ese hombre gris que se yergue frente a sus once compañeros de jurado para reclamar la duda razonable en la culpabilidad de un hombre acusado de un asesinato aparentemente claro. Frente al enojo del resto, que ya daba por finiquitado el obligado servicio judicial, la testarudez y la lógica de sus argumentos van calando en la mente de todos y la duda se convierte en la certeza de que, sin la tenacidad de ese hombre, habrían condenado a un inocente.
Alabadísimo -y con justicia- debut cinematográfico de Sidney Lumet.
El filme Doce hombres sin piedad nos presenta una versión de las dinámicas que pueden surgir entre un grupo de seres humanos, de diversos trasfondos sociales y culturales, a quienes se le ha encomendado rendir un veredicto unánime del cual dependerá la vida de un joven acusado de matar a su padre. Lo peculiar de esta historia es que, de una votación inicial 11 a favor y uno en contra de la culpabilidad del acusado, se finaliza con un veredicto unánime de no culpable.
Los estudios que se han llevado a cabo sobre el proceso de deliberación de un jurado revelan que esto sería extremadamente raro en la vida real, ya que se espera que según la teoría de comparación social el jurado proceda en la dirección señalada por la mayoría.
Otros han señalado que el diálogo y la discusión entre los miembros del jurado produce un cambio de dirección, un resultado distinto al de la votación preliminar. Este último serviría de apoyo a la cinta Doce hombres sin piedad.
Sin embargo, no considero que el valor de la película radique en cuán “real” sea, o en la medida en que se amolde a los estudios psico-legales sobre la deliberación de un jurado. El filme tiene valor por sí sólo, pues se enfoca en dimensiones de la naturaleza humana que preferimos mantener ocultas o ignoradas y plantea serias interrogantes al proceso judicial y a la práctica del Derecho en general.
Entre las dimensiones oscuras de la naturaleza humana que se presentan en esta cinta se pueden mencionar el racismo y el prejuicio por razón de clase social. Uno de los miembros del jurado llega a expresar que los niños que se crían en arrabales eran “criminales en potencia”. Añadiendo que los “spiks” son diferentes al resto de la humanidad, son “animales salvajes” y que se reproducen tan rápido que acabarán dominando la nación americana si ellos -los no animales, los norteamericanos- no hacían algo para evitarlo. Con este último argumento incitaba al resto del jurado a condenar al acusado diciendo: “a éste lo tenemos, no lo dejemos escapar”.
Nuestro egocentrismo y la resistencia a ser empáticos también emanan de la cinta. Once de los doce miembros del jurado tenían prisa por conseguir el veredicto para poder marcharse y seguir adelante con sus vidas. El personaje de Tony Danza, el miembro número 7 del jurado, quería llegar a tiempo a un partido de béisbol.
No obstante, no sería justo catalogar estas ansias por declarar al joven culpable y abandonar rápidamente la tarea encomendada y el juicio meramente como egoísmo. La tarea de tomar una decisión que puede poner fin a la vida de un ser humano debe ser una experiencia tan desagradable y estresante -me agrada suponerlo- que estas personas, como mecanismo de defensa, se resisten a reflexionar demasiado y quieren concluir y olvidar el asunto lo antes posible.
Inicialmente, se sentían cómodos al estar 11 de acuerdo y sólo 1 en contra. Esos 11 creían tener la verdad por ser la mayoría -esto tiene serias implicaciones para los juicios y jurisdicciones en las cuales se aceptan veredictos de 9 a 3, en lugar de requerir unanimidad, pues si hay 9 de acuerdo, no tendrían tan siquiera que dialogar-. Los 11 que estaban de acuerdo en condenar al joven alegaban que ya éste había tenido un juicio justo que le había costado mucho dinero al Estado -con el dinero de los contribuyentes-, por lo que era irrelevante si se tardaban 5 minutos o 5 horas deliberando. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿es el juicio justo si el jurado no delibera consciente y suficientemente?
Por otro lado, la película también plantea serias interrogantes con respecto al testimonio del “testigo ocular” al mencionar que son seres humanos, y pueden equivocarse. Se recalca además que ésto -el Derecho, el juicio, el análisis de la veracidad de lo testificado- no es una ciencia exacta.
Se mencionan también los posibles efectos adversos de tener un “juicio demasiado rápido”, pues al abogado le puede resultar antipático el caso, por lo cual podría no poner toda su energía y sus conocimientos al servicio del cliente, afectando así la calidad de la representación legal del cliente y su derecho a un juicio justo.
De igual forma, el filme critica la veracidad automática que se le adjudica a los informes de “expertos” como, por ejemplo, los psicólogos. En la película se menciona que unas pruebas psicológicas demostraron que el joven tenía tendencias homicidas y era capaz de cometer un asesinato. A esto uno de los jurados responde sabiamente que en realidad todos somos capaces de matar -tenemos el impulso, la energía destructiva-, pero eso no implica que vayamos a hacerlo.
Considero que la mayor aportación de la película es que nos enfrenta a la dicotomía de objetividad contra subjetividad. La justicia quiere ser imparcial, objetiva. Sin embargo, son seres humanos los que están encargados de procurar que se haga justicia, y el hecho de crear protocolos y reglas que apliquen a todos por igual no garantiza un proceso objetivo e imparcial.
Somos subjetivos por naturaleza. ¿Existe la objetividad?Las sensaciones y estímulos del ambiente serán los mismos, pero la percepción es distinta, única para cada individuo, tanto a nivel físico como a nivel psicológico. Por ejemplo, el miembro del jurado que más intensamente deseaba un veredicto de culpabilidad tuvo que ser confrontado por otro que le dijo : “tú quieres que el chico muera por tus razones personales, no por los hechos”, ya que éste, por una experiencia negativa con su hijo, se había identificado con la víctima hasta tal punto que “sentía el puñal” en su pecho.
Desde luego, no pretendo condenar el proceso judicial -en la película, en los EE.UU.- a una ineficacia inherente causada por la subjetividad humana; pero sí que se debería aclarar que la objetividad no se alcanza “eliminando” o descartando las características personales de quienes están envueltos en el proceso de tomar decisiones objetivas, sino mediante un entendimiento claro de la influencia que las mismas ejercen sobre su deliberación, para así tener un mayor control de éstas y disminuir su efecto.
En fin, con Doce hombres sin piedad, Henry Fonda, en su doble vertiente de actor y productor, y Sydney Lumet, como director, crearon uno de los más admirados ejemplos de drama judicial, un género cuyo intenso dramatismo y ambiente claustrofóbico han hecho que sea, desde hace mucho tiempo, uno de los más favorecidos por los realizadores de cine y TV.