EL TIGRE DE ESNAPUR (Der Tiger von Eschnapur)

Película estrenada entre 1957-1958

Director: Fritz Lang. 1958. Francia-Italia-Alemania Occidental. Color

Intérpretes: Debra Paget, Paul Hubschmid, Walter Reyer, René Deltgen


Aventuras exóticas que relata la historia de una bailarina del templo del Maharajá de Eschnapur, un poderoso hombre indio enamorado de ella, y su relato de amor con un arquitecto europeo. Tuvo una continuación en La tumba india.




Para su vuelta al cine europeo, Fritz Lang se enfrentó por primera vez al género de aventuras con este magní­fico dí­ptico compuesto por El tigre de Esnapur y La tumba india. En ambas partes asistimos a las relaciones entre un triángulo compuesto por un arquitecto europeo, el maharajá del ficticio reino de Esnapur y el objeto del amor de ambos, una bella bailarina. Cuando ésta elige al arquitecto, el maharajá entra en cólera y ordena que ambos sean perseguidos en su huida por el desierto del que difí­cilmente saldrán con vida. Dos de los tí­tulos más fundamentales del genio de Lang.


íšltimos años. Como en el caso de Hitchcock o Ford, dolorosas jornadas en las que meapilas recién llegados tratan de hacerte creer -y no siempre de manera muy diplomática- que ya no estás en condiciones de ejercer tu oficio, que tu tiempo ya pasó, que no entiendes al público de hoy. Que lo dejes. ¡Que te pires!

Aquél que fuiste o los méritos que acumulas en tu haber poco importan. Los números cantan y no tienen memoria. Hitchcock -lo sabemos por boca de Truffaut, cuyas entrevistas acabaron por tener un tufillo a terapia “divanesca”- murió con la esperanza de rodar todaví­a una pelí­cula más, una nueva historia que él tení­a bien clara, hasta el punto de haberla completado mentalmente unas cuantas veces; a la mí­nima ocasión aprovechaba para contar cierta escena que serí­a la pera, cierto movimiento de cámara donde demostrarí­a una vez más que el que tuvo retuvo porque…

Lang no fue mucho más afortunado en ese sentido: transcurrieron 16 largos años desde su muerte artí­stica Los crí­menes del Doctor Mabuse (1960) hasta su muerte fí­sica (1976). Sus últimas pelí­culas americanas —con todo, igualmente magní­ficas— fueron complicadas empresas donde se perdió demasiado tiempo tratando de convencer a hacendosos contables de que les saldrí­a a cuenta una pelí­cula con la firma de Lang (un Lang que cuando se poní­a a ello, como en el caso de Gardenia Azul (1953), demostraba que era capaz de terminarlas en veintipocos dí­as). Y es que un clima de continua suspicacia no es el más idóneo para seguir trabajando: se imponí­a despedirse del personal con un “buenas noches y buena suerte”.

Su vuelta a la Alemania que le vio nacer conoció de un “intermezzo” canicular en la India, donde aprovechó para rodar un filme en dos partes con el aroma a roble de Las arañas (1919) y bajo el paraguas monetario de las coproducciones europeas, tan en boga por aquel entonces. ¿Qué mejor modo de abordar un cambio de escenario laboral que echando mano de un viejo guión escrito a medias con la olvidada Thea?

¿Un anacronismo? Bueno, no mucho mayor que el perpetrado por Spielberg y Lucas en sus Indiana Jones (¡y bien que funcionaron!) Las aventuras de este héroe pétreo y poco simpático (¿arquitecto y alemán? ¡Menuda fiesta!) por tierras bengalí­es tiene un aire a los Cuentos de La Alhambra de Washington Irving, incluyendo ese exotismo algo impostado con el que los extranjeros se acercan a otras culturas.

El periplo es lo de menos: ya sabemos que los malos recibirán su merecido, que las folletinescas e insalvables situaciones en las que se ven atrapados nuestros héroes serán superadas “in extremis”, sin apenas despeinarse (él) ni ver corrido su rimel (ella). Interesa más el espacio escénico (tan importante siempre en la obra de Lang) y unos decorados no por acartonados menos convincentes.

Cuenta también este dí­ptico con una baza erotómana innegable: los contoneos y el arrebato ombliguil de Debra Paget, la bailarina predilecta del Maharajá y provocadora de calenturas a este y al otro lado del paraí­so. Forma parte de mi galerí­a de inmortales del cine (me la descubrió Terenci Moix) y no pienso extenderme sobre las razones hormonales por las que la encumbré.

Seetha (la bailarina incendiaria) y Berger (el tiralí­neas intrépido) coinciden merced a la presencia del tigre de Esnapur, bicharraco devorador de hombres al que se le atraganta el teutón. La frase con la que Seetha muestra su gratitud es toda una invitación a la coyunda: “he visto luchar a dos tigres. Uno querí­a quitarme la vida, el otro me la ha dado”. ¿En tu casa o en la mí­a?

Tras el fatí­dico encuentro entre los futuros amantes y la constatación de que ella vive recluida en una jaula de oro (que no por ello deja de ser menos hermética), llega la atolondrada huida, la sed de venganza, la construcción de esa tumba india donde el millonario burlado piensa emparedar a esa súcuba impí­a. Por los alrededores moran también legiones de leprosos que el sátrapa ha preferido apartar de las glamorosas calles de su reino y que se pasean por las catacumbas cual zombis de George A. Romero.

El resto: un producto que ahora encuadrarí­amos dentro del más rabioso “kitsch” (y tiene su mérito que podamos encontrar ingenuo el trabajo de alguien que habí­a visto y soportado tanto). Imagí­nense cómo debe de conservarse una pelí­cula que ya a finales de los 50 sabí­a añeja, reivindicando como reivindicaba un cine que hací­a tres décadas que no se practicaba.

Pelí­culas con las que uno crece y que quizás precisen, por parte del espectador, de cierta capacidad para despojarse de la estéril vitola de “crí­tico” y que en estos casos le impedirí­a disfrutar del conjunto. Quizás porque el cariño que se les tiene esté en proporción directa a la edad que tení­amos cuando las vimos por primera vez. Ocurre también con Robí­n de los Bosques (1938, Michael Curtiz & William Keighley), El ladrón de Bagdad (1940, Ludwig Berger & Michael Powell), El temible burlón (1952, Robert Siodmark) o El mundo en sus manos (1952, Raoul Walsh). No es casualidad que una generación de crí­ticos ahora sexagenarios tachen ambas producciones de obras maestras (también los hay bastante crueles: “la pelí­cula es una especie de delirio, que se dirí­a producto de las emanaciones conjuntas del alcohol y los estupefacientes”.

Posiblemente les ocurra otro tanto a los de mi quinta con En busca del arca perdida: al igual que El tigre de Esnapur o La tumba india, un filme que dista mucho de ser magistral, pero… ¡ay!, el corazón siempre le acaba ganando la partida a la cabeza.

También cuentan mucho las condiciones y la naturaleza de la copia que se haya visto. No ha sido hasta fecha bastante reciente que hemos podido remitirnos al dí­ptico original: para su explotación comercial se cogieron las dos pelí­culas (198 minutos) y se montaron en una sola de noventa y tantos minutos (Journey to the Lost City). Así­ que lo primero que deben hacer es verificar que van a ver el producto genuino. ¡No acepten imitaciones!

Cumplida esta formalidad, sumérjanse en uno de aquellos romances viejos recopilados por Ramón Menéndez Pidal, uno de aquellos en que reinas moras huí­an en la grupa del caballo de hermosos cristianos bajo el claro de luna. Cambien Andalucí­a por el Rajastán, el Guadalquivir por el Éufrates. Y disfruten -si todaví­a pueden- de una fantasí­a para niños y adultos contada por un exiliado que no acabó de pertenecer a ninguna parte, como lo atestigua el lugar que eligió para morir: el neutro e impersonal Beverly Hills.


 


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