LAS TRES CARAS DE EVA (The Three Faces of Eve)

Película estrenada entre 1957-1958

Director: Nunnally Johnson. 1957. EE.UU. B/N
Intérpretes: Joanne Woodward, David Wayne, Lee, J. Cobb, Edwin Jerome

Un doctor trata a una mujer que sufre un desorden de múltiple personalidad. Basada en hechos reales.

En este drama, totalmente absorbente y fascinante, Johann Woodward es una mujer con tres personalidades. Woodward ganó un Oscar a la mejor actriz por su extraordinaria interpretación.
Eva White, una ama de casa sosa y retraída, desconcierta a su marido (David Wayne) cuando le dice que las prendas provocativas que éste encuentra en el dormitorio no son suyas. Eva se queja de que sufre desvanecimientos y su marido la lleva a un psiquiatra (Lee J. Cobb), quien muy pronto descubre su segunda personalidad: Eva Black, una mujer atractiva y desinhibida. Según progresa la terapia de Eva, su tercera personalidad, Jane, sensible e inteligente, aparece para ayudar a resolver su extraña condición de múltiple personalidad. Basada en una historia real, este aclamado y brillante drama psicológico explora las dimensiones de la mente humana. “Presentada con un gran realismo… muy especial y de grandes cualidades”.

Si la película de Nunnally Johnson no se iniciara con la intervención del periodista Alistair Cooke, “certificando” en su intervención la real exactitud de lo que nos cuenta su historia, lo cierto es que muy pronto podría considerarse Las tres caras de Eva como una extraña aportación dentro del género fantástico norteamericano de la segunda mitad de los años cincuenta. La extrañeza que proporciona en el filme la aparición y el análisis de la personalidad múltiple, tiene en este caso una fuerza inusitada, representada en la persona de la tímida e introvertida Eve White (Joanne Woodward). Eva está casada con Ralph (David Wayne), un hombre al que pronto se describe como de característica mediocridad -su forma de vestir y sus actitudes son reveladoras al respecto-, y ambos son padres de Bonnie, una pequeña de poco más de cuatro años de edad. Sin embargo, en un entorno aparentemente cómodo y arquetípicamente representativo del “American Way of Life”, se suceden una serie de hechos que por sí solos provocan una extraña inquietud. Esas inusuales compras de vestidos y zapatos de estridente diseño, o el peligroso ataque que Eva iba a proporcionar a su hija -le pone una cuerda alrededor del cuello-, de alguna manera me hacen recordar ese panorama casi pesadillesco que se vivía en el aparentemente idílico hogar de los Carey, cuando este iba viviendo en sus carnes los primeros indicios del ciclo que llevará a su protagonista a convertirse en una infinitésima partícula del universo. Me estoy refiriendo a la sublime El increíble hombre menguante (1957, Jack Arnold), en la que entre otras sugerencias se planteaba una subversión de los estilos que por aquel entonces podían definir una feliz vida en pareja.
En este caso, pronto veremos como la apocada Eva White alberga en su mente otra personalidad; la de la denominada -de forma un tanto simplista- Eva Black. En la oposición de sus personalidades cabría definirlas como una lucha entre la mediocridad y la vulgaridad. Indudablemente, hacía falta un elemento de estabilidad y este hará acto de presencia en una de las ya acostumbradas citas con el Dr. Luther (Lee J. Cobb), apareciendo la personalidad de Jane -en un magnífico plano fijo que no altera la tonalidad del filme-, que en buena medida tiene la templanza y la cordura de la que sus compañeras de cuerpo carecen. El tiempo irá pasando y lógicamente Jane llegará a relacionarse con un hombre de aparentes bruscas intenciones, pero no se atreve a dar el paso adelante al no tener claro el devenir de su extraña situación, ya que ni recuerda su pasado y de alguna manera tampoco ve con optimismo su futuro vital.
Es evidente que con Las tres caras de Eva nos encontramos con una historia compleja, que requiere un notable interés por parte del espectador, y que desde el primer momento Johnson estoy convencido decidió producir y realizar, convencido de que se encontraba con un tema “serio” y “trascendente”, e introducirse en una especie de prolongación de aquel tipo de cine de ascendencia psicoanalítica que tanto predicamento tuvo en la década de los cuarenta. No voy a ser yo quien niegue el interés a la historia, que tiene como guionistas a los propios autores del libro que novelizó la historia; Corbett Thigpen y Hervey M. Cleckley. Pero pienso que el paso del tiempo ha permitido desviar el interés por el hecho de proceder de una historia real, al tratamiento cinematográfico que esta transmite a la pantalla. No es la primera vez que señalo que en el cine no hay “grandes historias” sino “grandes películas”. Y en este caso creo que vale la referencia para destacar algo que hoy día mantiene la película de Johnson, y que quizá en el momento de su realización no fue uno de los principales objetivos por los que esta fue filmada. Me estoy refiriendo a esa sensación de asistir a una historia de trasfondo “fantástico”, y que emparenta este filme -sin salirnos del ámbito de un estudio como la Fox-, con un producto como La mosca (1958, Kurt Newmann). Estoy convencido, que en este caso la historia narrada podría haber sido realizada -incluso con mayor acierto cinematográfico- por el gran Otto Preminger que unos años después filmó en Inglaterra una historia que tiene ciertas concomitancias con la que nos ocupa -El rapto de Bunny
Lake (1965)-. Ambas curiosamente están fotografiadas en blanco y negro -en la película de Johnson la labor del veterano Stanley Cortez con su revelador y constante juego de sombras proyectadas en los principales personajes es uno de sus mayores méritos-, se inician con unos títulos de crédito especialmente diseñados, utilizan la música como elemento insinuante y juegan con una extraña ambig√ºedad quizá consustancial a este tipo de productos.
Las tres caras de Eva goza en este sentido del estupendo y familiar “look” de la Fox, y consigue casi en todo momento prender el interés del espectador, quizá precisamente al utilizar una narrativa bastante sencilla, basada en el plano-contraplano, con una planificación primordialmente centrada en planos americanos con el uso ya habitual por el estudio en aquellos años del cinemascope. Es precisamente esa ausencia de efectismos y golpes de efectos, uno de los rasgos que han permitido que el producto de Johnson haya envejecido con bastante buena salud. Una serie de elementos a los que hay que añadir por supuesto el interés por ofrecer una historia que dentro de los clichés y estereotipos en los que cae -la presencia de esa tercera personalidad equilibrada que permite una resolución satisfactoria del filme-, procura como antes señalaba no caer en puntos fuertes que desvirtuaran su extraño equilibrio interno.

Un equilibrio este que permite que la película concluya de forma tan sobria con la que ha discurrido, con esa insólita “muerte” de las dos personalidad contrapuestas que acompañan a la finalmente victoriosa Jane, y que no obstante permite la presencia de algunos instantes tan decididamente “fantásticos” como la secuencia que se desarrolla en el subsuelo de la casa de los padres de Eva, cuando esta recuerda la referencia que ella tuvo en su infancia. En un fondo que logra trasladar una sensación de soledad e inquietud, el encuadre simétrico desliza un impetuoso “travelling” hacia el rostro de Eva -en mi opinión el momento más memorable de la película-, que tras la exploración del psicólogo nos llevará a la secuencia que revelará el origen de la presencia de las personalidades múltiples -un obligado encuentro con el cadáver de su abuela que se muestra con una fotografía más contrastada a la del resto del filme, y que logra transmitir un aire siniestro y malsano-.

Ni qué decir tiene que una propuesta como esta se basa muy especialmente en la eficacia de sus actores, y en este capítulo no se puede por menos que destacar la brillantez del triple personaje que encarna con un enorme dominio del matiz la joven Joanne Woodward -que logró el Oscar a la mejor actriz de aquel año-. Pero ello a mi juicio no debe oscurecer la humanidad y sinceridad que Lee J. Cobb desprende en su labor como el doctor que acompañará a la protagonista en sus dos años de relación -sus miradas finales denotan un enorme cariño hacia la muchacha, y lo cierto es que la inusual química que desprenden ambos actores, contribuye en gran medida a eliminar el encorsetamiento inicial paciente-psiquiatra.
En resumen. Nos encontramos con un producto lleno de interés, que conserva su personalidad pese a estar englobado en el conjunto -mas creciente de lo que pudiera parecer- de títulos que cuestionaban determinados aspectos del modo de vida norteamericano y que, por no ser excesivamente generosos, plantea la escasa definición -y el desacierto de reparto- en el personaje que encarna David Wayne; al que le sobra el postizo de la presentación inicial antes señalada, y también a la hora de plasmar las variaciones de la personalidad de Eva White por Eva Black, que probablemente debieran haber sido plasmados en sus cambios de forma mucho más discreta y a tono con el resto del filme -parece que por el contrario se planifiquen para forzar los indudables registros de la Woodward-. En cualquier caso, un ejemplo claro de que en aquellos tiempos también un realizador sin excesivo prestigio -el de Johnson viene dado fundamentalmente como guionista-, podía plasmar una buena película, aprovechando los interesantes elementos de partida de su planteamiento.


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