Director: Luis Buñuel. 1958. México
Intérpretes: Francisco Rabal, Marga López, Rita Macedo, Ignacio López Tarso

En el México de principios del siglo XX, el humilde cura Nazarín comparte su pobreza con los necesitados que habitan alrededor del mesón de Chanfa. Después de proteger a una prostituta que provoca el incendio del mesón, Nazarín se ve obligado a abandonar el lugar. En su camino, las acciones del religioso provocan una serie de conflictos que se oponen a su visión de la caridad cristiana.






Nazarín significó el primer encuentro entre dos grandes españoles: por un lado Buñuel, el cineasta más importante de habla hispana; por el otro, Benito Pérez Galdós, el más grande novelista español después de Cervantes. El proyecto rondaba por la cabeza de Buñuel desde 1948, cuando el director trabajaba en la adaptación de Doña Perfecta (1950), otra obra de Pérez Galdós de la cual Buñuel poseía los derechos.
Una triquiñuela del productor Francisco Cabrera dejó a Buñuel sin la oportunidad de filmar Doña Perfecta (1950), la cual terminó siendo dirigida por Alejandro Galindo. Tuvieron que pasar diez años, para que Buñuel tuviese de nuevo la oportunidad de llevar a la pantalla su particular visión del universo galdosiano.
El interés de Buñuel por Pérez Galdós fue tardío. En su juventud le parecía anticuado este escritor perteneciente a una generación famosa -la del 98-, pero alejada de la suya, la del 27. Tuvieron que pasar varios años para que Buñuel comenzara a valorar los elementos y personajes de la obra de Pérez Galdós:
“Fue en el exilio cuando empecé de verdad a leerlo, y entonces me interesó. Encontré en sus obras elementos que podríamos incluso llamar “surrealistas”: amor loco, visiones delirantes, una realidad muy intensa con momentos de lirismo. Nazarín es una novela de su última etapa y no de las mejor logradas, pero su historia y su personaje son apasionantes, o por lo menos a mí me sugerían muchas cosas, me inquietaban.”
La película significó la primera y única colaboración de Buñuel con el famoso productor independiente Manuel Barbachano Ponce, quien logró importantes aportaciones al cine mexicano, manteniéndose siempre al margen de la anquilosada industria oficial, la cual comenzaba a presentar serios problemas de burocratismo y cerrazón sindical.
Ubicada en el México del porfiriato, Nazarín fue criticada en un principio por no apegarse al contexto mexicano de principios de s. XX. “Eso no me importa mucho” decía Buñuel. “Si no es México ni España, es un país posible el que muestro en la película. Aparte de que ustedes saben que en muchos detalles -si no en esos, precisamente, sí en otros- México es muy español. Lo es y no lo es, eso lo hace más interesante.”
Nazarín contiene varias de las más inquietantes y enigmáticas imágenes de la filmografía buñueliana. El Cristo que ríe, la niña que llora arrastrando una sábana por una calle vacía, el beso que se convierte en mordisco o la mujer entregando una piña al protagonista se han convertido en tema de innumerables discusiones en las que Buñuel, divertido, siempre se negó a participar. “A mí me intrigan tanto como a ustedes”, decía. “No hay teorías ni metafísicas en mis películas.”
Pertenece al cine más realista de Buñuel. Lo adornan, y le quitan solemnidad, las escenas surrealistas. Buñuel sigue pareciendo a muchos un autor duro, principalmente por su surrealismo. En estos tiempos en que todo vale, es habitual escuchar voces críticas contra Buñuel. A mi entender, el surrealismo de Buñuel forma parte de su socarrón sentido del humor, y su mayor presencia en las películas que rodó las realza como divertimentos intelectuales. Luis Buñuel, Billy Wilder y Fellini fueron, en mi opinión, los grandes maestros de la comedia del cine sonoro, y en los tres casos su sentido del humor tiene una honda raíz intelectual. Filmes buñuelianos como El ángel exterminador o El discreto encanto de la burguesía son formidables comedias oscuras cuyo humor no puede complacer a todos, pero es un humor que existe y que para muchos puede ser muy disfrutable.
Basada en la célebre novela de Galdós (uno de esos genios de la literatura que merecen ya una reivindicación universal) cuenta en esta ocasión con un comedido y profundo Paco Rabal que interpreta al padre Nazario, un sacerdote que se busca la ruina al comportarse estrictamente de acuerdo con sus principios. No va a ser la única vez que don Luis aborde el tema de “los infortunios de la virtud”. Su película Viridiana, por ejemplo, es una paráfrasis de “Los infortunios de la virtud”, subtítulo famoso de la novela “Justine”, del Marqués de Sade. También en esta ocasión, como en Nazarín, centraría su tesis en una persona perteneciente al orden religioso, esta vez una monja. También contemplaría al orate y sus tentaciones en Simón del desierto, para abarcar de esta manera los tres elementos más representativos del orden religioso: el místico desintegrado del orden institucional de la religión y dos individuos “integrados” en él cuya ingenuidad les hace creer que un comportamiento ejemplar será la senda de realización dentro de la orden, pero resulta ser lo contrario: Viridiana es brutalmente violada por aquellos a quienes buscaba proteger, y su vergüenza la aleja de los hábitos; Nazario, hombre predestinado al sacrificio y a la filantropía motivada por su pura e intensa fe en Dios, es visto como un apestado por el resto de la institución eclesiástica.
Otro aspecto interesante en la obra de don Luis es el torrente de erotismo soterrado. Viridiana es una santa deseable, pero al final del filme (desprovista de los hábitos de monja y con el cabello suelto) es una mujer más. Nazarín (interpretado por el galán Paco Rabal) es adorado por las mujeres mientras continúa siendo sacerdote, pero su caída en desgracia provoca el rechazo de las mismas mujeres que antes le idolatraban y, de manera velada, le deseaban sexualmente; antes se hallaba provisto del erotismo de la santidad, lo que queda muy claro en la escena final: una de ellas, reconciliada con su amante, pasa en carro junto a él mientras éste avanza pesadamente por la carretera donde lo conducen preso. Ella ni siquiera se vuelve para mirarle por última vez. Erotismo y religión fueron para don Luis conceptos relacionados desde su misma infancia, desde que éste, todavía un niño, se masturbaba en la iglesia contemplando una imagen de la Virgen (Primer capítulo de su libro de memorias, “Mi último suspiro”).
Nazarín no es una de las películas más divertidas de Buñuel (desde el punto de vista de la relación surrealismo/humor), pero sus múltiples posibilidades simbólicas (siempre negadas por don Luis) guardan todavía enormes posibilidades de análisis.
Fábula sobre la insuficiencia de la solidaridad y del amor
Realización de Luis Buñuel. Se inspira en la novela homónima (1895) de Benito Pérez Galdós, adaptada por Julio Alejando y el realizador. Se rodó en Méjico en un plazo de tiempo acorde con lo que Buñuel llamaba “la dictadura de las tres semanas”. Obtuvo el Premio del Jurado de Cannes y otros premios. Producido por Manuel Barbancho Ponce, se estrenó a finales de 1958 (México). En España se estrenó en 1976.
La acción tiene lugar en Méjico en torno a 1910. Narra la historia de Nazarín (Francisco Rabal), joven sacerdote, que ejerce la caridad cristiana con entrega extrema. Traslada su residencia a una vivienda próxima al mesón de Chanfa, frecuentado por prostitutas, ladrones, truhanes y chulos. Desea acercarlos a la virtud. Conoce a Beatriz (Marga López), bondadosa y despechada, que deja al novio porque la quiere prostituir. También conoce a Andara (Rita Macedo), prostituta, peleona y de buen corazón.
La película constituye una fábula sobre cómo sería la vida de Jesús de Nazaret, si se encarnara en la actualidad, los conflictos que crearía, el enfrentamiento que tendría con la Iglesia, el rechazo que provocaría y su condena a una vida de exclusión, humillación y pasión. La caridad de Nazarín en lugar de provocar efectos positivos, levanta reacciones agresivas, airadas y amenazadoras. Su apego a la verdad le indispone con las vecinas del mesón, que le insultan y humillan. Más adelante, se ve enfrentado a la Jerarquía eclesiástica, que le expulsa del sacerdocio por conducta inmoral. Su atención a los necesitados ofende a los hipócritas y egoístas. Su honradez irrita a los hampones. Las personas piadosas creen que su conducta oculta una vida disoluta y depravada. Su humildad enfurece a los vanidosos, que le exigen muestras reiteradas de sumisión y sometimiento. El autor se interroga sobre varias cuestiones: la posibilidad de conjugar la piedad con una organización religiosa, la debilidad de del bien (pasivo) frente al mal (activo), la viabilidad de la virtud en el mundo actual, la conveniencia de transformar al bondadoso en revolucionario. La reflexión sobre el último punto contiene, posiblemente, la clave del relato de un Buñuel soñador, político e ideológico. Son escenas memorables la de la moribunda que prefiere el amor terrenal a la salvación eterna, el crucifijo que sonríe a la prostituta, el beso soñado que termina en mordisco, el aspecto de nazareno coronado de espinas de Nazarín, el suicidio y otras.
La música, escasa, reproduce una cautivadora partitura original de Rodolfo Halfter, a la que añade el vals “Dios nunca muere” (Macedonio Alcalá) y el redoble fúnebre de tambores de Calanda. La fotografía extrema la aridez del paisaje y el aspecto miserable de los escenarios. El guión aporta un relato explícito que escandalizó a muchos en su momento. La interpretación de Paco Rabal, primera de 3 colaboraciones con Buñuel, es magnífica. La dirección alcanza la cima de su producción mejicana.