SED DE MAL (Touch of Evil)

Película estrenada entre 1957-1958

Director: Orson Welles. 1958. EE.UU. B/N

Intérpretes: Charlton Heston (Ramón Miguel (Mike” Vargas), Janet Leigh (Susan “Susie” Vargas), Orson Welles Policí­a capitán Hank Quinlan), Joseph Calleia (Policí­a sargento Pete Menzies), Akim Tamiroff (“Uncle”
Joe Grandi), Joanna Cook Moore (Marcia Linnekar), Marlene Dietrich (Tanya), Ray Collins, Dennis Weaver


México. Un mafioso muere al explotar una bomba en el lado norteamericano de una pequeña ciudad fronteriza, aunque, según se descubrirá, el explosivo fue colocado en territorio mexicano. Vargas, un policí­a mexicano, se ofrece a ayudar en el caso a Quinlan, el voluminoso policí­a norteamericano encargado del caso. A pesar de las advertencias que recibe la mujer de Vargas por parte del Tí­o Joe Grand, el jefe de una red de narcotráfico, para que su marido abandone sus pesquisas, éste continúa la investigación y descubre con espanto que Quinlan ha colocado pruebas falsas para incriminar al joven Sánchez, uno de los sospechosos. No tardará en descubrir las motivaciones de corte racista que impulsan a Quinlan a actuar de esa manera. Con objeto de frenar a Vargas, Quinlan y Grand secuestran a su mujer y la recluyen en un hotel de mala muerte. Quinlan mata a Grand y abandona su cuerpo junto a la mujer de Vargas, que permanece drogada. Vargas devuelve el golpe a Quinlan al descubrir una prueba crucial: un bastón que aquél se habí­a dejado olvidado en el lugar del crimen. Mientras una pitonisa profetiza a Quinlan que su vida toca a su fin, Vargas y Menzies, el ayudante de Quinlan, preparan una trampa que demuestre, mediante una grabación, la culpabilidad del policí­a norteamericano. En el tiroteo que se sucede a continuación, Quinlan y Menzies mueren. Mientras el cuerpo de Quinlan flota a la deriva en un rí­o, Vargas oye por la radio que Sánchez se ha confesado culpable.


Si bien la corriente de cine policial parece el marco más apropiado para albergar, durante los años 50, dos ciclos casi complementarios quehacen de la defensa de lainstitución y de la propaganda anticomunista el motivo temático principal de sus narraciones, a medida que avance la década y se vayan apagando los ecos de la persecución maccartista surgirán en su seno nuevos tí­tulos que,siguiendo la estela de Los sobornados (1953), presentarán en sus ficciones la cara menos complaciente y más turbia de los agentes policiales, situados ya en plena frontera entre la ley y el delito y dentro de un mundo en descomposición donde la corrupción dominante ha terminado por afectarles también a ellos mismos.

Entre varias, Sed de mal serí­a el paradigma que, con su alto nivel de ejecución, acabarí­a por dinamitar el arquetipo clásico del policí­a tras hacer de éste -en la figura de Hank Quinlan, que interpreta el propio director -Orson Welles- un antihéroe abyecto, corrupto, racista, asesino y, sin embargo, acertado en sus intuiciones detectivescas.

Según parece, fue Charlton Heston quien -en plena cima de su carrera tras interpretar a Moisés en Los diez mandamientos (1956, Cecil B. deMille)- convenció a la Universal para que Orson Welles dirigiera el proyecto cuando se enteró de que, contrariamente a lo que habí­a creí­do cuando recibió la propuesta, trabajarí­a simplemente al lado de éste como actor y no bajo sus órdenes. Welles puso como condición para realizar el filme reescribir de nuevo el guión y después de tres semanas y media de trabajo, y sin conocer la obra original (“Badge of Evil”) de Whit Masterson que habí­a dado lugar al primer tratamiento narrativo, terminó su tarea trasladando la acción a la frontera mexicana (Los Robles) y dándole a todo el conjunto un tono de ambigüedad, donde las lindes entre el bien y el mal quedaban constantemente superadas en uno y otro sentido, y un aire de tragedia shakesperiana especialmente presente en la conclusión final de la pelí­cula.

Pelí­cula barroca y excesiva como su propio protagonista, escéptica y crispada, la pelí­cula (tal y como parecí­a el destino de Welles a lo largo de toda su carrera), fue retocada posteriormente por los productores, añadiéndole algunas escenas y extendiendo su metraje hasta los 108 minutos con los que se emite actualmente en televisión y se comercializa en ví­deo.

Excepcional pelí­cula negra, retrato de corrupción y obsesiones moralmente comprometidas, está interpretada por Orson Welles en el papel de Hank Quinlan, un corrupto jefe de policí­a que acusa en falso a un joven mejicano como parte de una enmarañada trama criminal. Charlton Heston da vida a un honorable detective de narcóticos mejicano que choca con el fanático Quinlan después de sondear su oscuro pasado. El inolvidable elenco de secundarios cuenta con Janet Leigh en el papel de la inquisitiva esposa de Heston; con Akim Tamiroff, que interpreta a un degenerado cabecilla de los bajos fondos; con Zsa Zsa Gabor y con Marlene Dietrich que encarna a una enigmática gitana en este fascinante drama envuelto en una perturbadora fotografí­a y una magní­fica y misteriosa música de Henry Mancini.

La inolvidable secuencia inicial de Sed de mal, un plano ininterrumpido de tres minutos de duración, rodado desde una grúa, que culmina con la explosión que nos pone en marcha la sórdida trama de la pelí­cula, es, probablemente, uno de los planos más famosos de cuantos han quedado registrados en celuloide y un ejemplo caracterí­stico tanto del virtuosismo como de los excesos de su director.











Sed de mal, considerada por muchos crí­ticos como la segunda mejor obra de Orson Welles, es una pelí­cula que retrata, de modo turbio e incluso melancólico, la resolución de un caso policial de asesinato en la frontera mexicano-estadounidense. Estelarizada por Charlton Heston, Janet Leigh y Orson Welles (además del significativo rol secundario de Marlene Dietrich) la cinta parece debatirse en dos tópicos: la resolución del crimen y el desenlace del personaje de Welles, quien encarna a Hank Quinlan, un detective con un pasado trágico y un presente oscuro que, sin duda, se roba el protagonismo.

A este filme se le atribuye el gran final del “cine negro”, resaltando tanto el manejo del tema, como el relato cinematográfico.

“¿Falsificando pruebas? No, ayudando a la justicia.”

Es difí­cil encontrar la mejor forma de abstraer el concepto de la pelí­cula Sed de mal Decir que, tal como aquellas frases populares señalan, las leyes y normas están hechas para romperse y las lí­neas y fronteras para cruzarse, podrí­a ser una buena manera para mostrar la noción de vulnerabilidad de la moral humana, proyectada en esta cinta; así­ como la manera ambigua en que la misma es tratada. Sin embargo, como toda generalización, termina siendo injusta -injustí­sima- y acabamos pecando por omisión. Sobre todo, por tratarse del virtuosismo de la mirada de Orson Welles.

Un espacio fronterizo entre México y Estados Unidos (en realidad una locación en California), conseguí­a ser el lugar preciso para dar pie a las relaciones de estos seres que personajes como el encarnado por el propio Welles (Hank Quinlan) que se encuentran en la vacilación ética con sus cercanos y con el espacio mismo.

La historia parte a raí­z de un asesinato: un carro proveniente de México llevaba una bomba al momento de cruzar al territorio estadounidense, sus dos ocupantes mueren con múltiples testigos de la explosión. Entre ellos está el detective Vargas (Charlton Heston en su papel de mexicano incorruptible) quien estaba con su esposa (Janet Leigh). Él considera que es su deber inmiscuirse en la resolución del caso, aún cuando todo sucedió al otro lado de su frontera. De ahí­ que tenga que trabajar junto a Quinlan, detective estadounidense, de gran reputación, un doloroso pasado y (esto sólo lo sabe el espectador) un dudoso proceder legal.

“¿Qué otra cosa para pensar, excepto mi trabajo? Mi sucio trabajo.”

La pelí­cula maneja un tono perverso y malintencionado a través de los diálogos de sus personajes. Los temas de la traición, la ley y el poder son reflejados por caracteres fuertes, vulnerables, ingenuos, astutos, malvados y crédulos, dentro de un tópico de deslealtad y corrupción. De todo un poco, de lado a lado.

Se trata, en todo caso, de un relato de una compañí­a policial oscura, tan oscura como el Cine Negro (con una Janet Leigh que puede que no sea la “femme fatale” que se esperarí­a, pero con una Marlene Dietrich, en un papel secundario memorable, con una mirada y un porte, verdaderamente, “fatale”). Género policial que finaliza -como una muerte en la cumbre- con este filme.

El renacimiento de Sed de mal: 50 cambios

Welles. Causante de mil y un dolores de cabeza a la industria cinematográfica. Un nombre, sin duda, polémico para su época; un hombre de peso.

Habiéndose dado a conocer en Hollywood con la muy aclamada cinta Citizen Kane, Orson Welles se habí­a consolidado como cineasta, en todo el sentido de la palabra (se desenvolvió en los roles de dirección, actuación y producción y como genio. Habí­a marcado, en 1941, un antes y después con un filme que traí­a un innovador uso del lenguaje en el cine, a través de una serie de recursos visuales y narrativos (profundidad de campo, fotogramas en claroscuro y juegos de iluminación, así­ como los notables movimientos de cámara -que no son menores en la pelí­cula Sed de mal-, entre otros).

Resulta claro, entonces, el porqué de las libertades que le eran otorgadas cuando llegó a encargarse de la dirección de Sed de mal en 1958. Sin embargo, y muy a pesar de lo muy evidente de su talento, éste cineasta no conseguí­a ser rentable para los estudios. Finalmente, dadas la “desesperante” autonomí­a asumida por Welles y demás minuciosidades caprichosas (hací­a caso omiso de las complacencias narrativas y temáticas) que no eran entendidas, resulta obvia la decisión que los Estudios Universal tomaron, al contratar a otro director para que se encargase de la historia. Historia de la cual el mismo Welles hací­a parte como actor.

Haciendo breve la historia, podemos decir que, de aquella visión orsoniana de 103 minutos, se omitieron unos cinco minutos de tomas significativas para el entendimiento de escenas clave, en la proyección comercial de la época. Una de ellas es la de Suzie (Janet Leigh) al encontrarse acorralada en un motel por los jóvenes de la familia Grandi, momento al que, aquellos conocedores de la primera versión, se refieren como confuso.

Para fortuna nuestra, Welles “se tomó la molestia” de elaborar un memorial con todas las especificaciones necesarias respecto a planos, tiempos, movimientos, música, etcétera. Documento que se recuperarí­a, años después, a manos del grupo de dirección, al mando de Walter Mürch. Muchos aseguran que son aproximadamente 50 cambios -decisivos- desde la versión de 1958 a la que vemos y disfrutamos ahora. 50 cambios que marcaron a Sed de mal como una de las grandes obras de Welles. Algo así­ como un homenaje póstumo.

Relato en movimiento: tanto y más que grúas, dollys y travellings

La historia, criticada por algunos por la inverosimilitud de algunas acciones y ciertos diálogos, no creo que deba calificarse “per se”, sino en virtud de la forma. Es el relato y no la historia la que la hace verdaderamente brillante. De ahí­ a que debamos hacer capí­tulo aparte a la forma y su estructura. Por lo menos, en sus momentos clave.

Ahora bien, si hay algo que no se puede evitar resaltar es aquella famosa secuencia inicial en la que nos son introducidos los personajes: toda una sinfoní­a, una coreografí­a en absoluta sincroní­a. Cada persona, paso, carro, señal dan cuenta de una minuciosidad impresionante: se nos presenta, mediante una cámara en toma ininterrumpida, a una pareja dirigiéndose, y luego manejando, un carro portador de una bomba. A su paso por un viejo pueblo mexicano, éste adelanta y se deja adelantar por otra pareja que camina hacia la frontera (Charlton Heston y Janet Leigh), éstos últimos se detienen frente a un oficial que les indaga por su procedencia (momento en el cual se da cuenta del papel primordial de Vargas como investigador y héroe). El carro les alcanza y les pasa nuevamente. Boom! Ininterrumpida, reitero. El público los observa de frente, de lado, desde arriba, los persigue, los deja ir, los detiene y tras unos segundos después de un tic-tac, percibido por la copiloto, sufre con ellos la explosión.

Sin ninguna duda, la descomunal expresividad de la cámara, merece un aplauso. Los movimientos de planos secuenciales, así­ como la fotografí­a de Russel Metty son grandes destacados. De cualquier modo, no se puede dejar atrás ese juego de luces y sombras que representa, de algún modo, la misma ambigüedad que refleja la trama de la pelí­cula. Se trata de la claridad, escasamente arrojada, en las escenas y en la resolución del caso (o tal vez del personaje de Quinlan, que, de cierta manera, parece ser más central que la misma historia y que el mismo “héroe”).

Por otro lado está la música de Mancini con una mezcla deliciosa y pertinente para cada escena. Jazz, bossa-nova, salsa, rock’n'roll y, por supuesto, música mexicana, son los ingredientes principales en su composición. Valga decir que parte de la fuerza que tiene esta banda sonora es que fue utilizada en el filme de manera dietética. Es decir sonando de fondo en numerosas escenas en las que hay puesto un tocadiscos, una pianola o una banda que interpreta sus piezas en “directo”.

Doloroso sentido autobiográfico

-” (…) Léeme el futuro”. -”No tienes futuro”. -”Qué quieres decir?”. -”Se te acabó el futuro. ¿Por qué no te vas a casa?”

Crí­ticos de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en Cuba, como Jorge Iglesias, se han referido a esta cinta como un “valiente suicidio cometido por uno de los espí­ritus más intransigentes de toda la historia del cine estadounidense ( ,) pero creer que su conducta era inocente serí­a una torpe ingenuidad” ¿Cómo analizar esto?

La imagen ofrecida por Welles a través del personaje de Hank Quinlan -esa figura robusta, sudorosa, desaliñada, repugnante en ocasiones a final de cuentas fea, sufrida e indeseable- parece representar al mismo Orson Welles desde la perspectiva de aquella industria cinematográfica hollywoodense, quienes prácticamente despreciaban (¿qué mayor prueba que su despido?) al cineasta.

Quinlan es un papel que corporiza todo lo contrario a aquel “star system” reclama y aún así­, comprende un protagonismo mayor que el mismo Charlton Heston, a quien podrí­a exigí­rsele un poco más de carisma o un poco más de esa exhibición de Hank. Su recordación es en gran medida absorbida por el personaje -magní­ficamente- encarnado por Welles, el cual hace del mismo un acto -gran acto- de deformación y rebeldí­a. Éste serí­a hermosamente contrastado con la figura de Tana, papel que desempeña Marlene Dietrich: por un lado, Tana, una mujer bella, una prostituta y bruja; y por otro una Marlene aclamada como estrella y parte del mundo-glamour, ambas enteramente conscientes de lo que son.

“( ) un hombre excepcional. Gran detective, mal policí­a.”

El “toque de maldad” (de su tí­tulo original Touch of Evil) está inmerso en Quinlan y en la justicia (sus métodos) por la que lucha. La fascinación que causa este personaje en los espectadores es impresionante: un ser de naturaleza turbia, justificado por su pasado, respetado y querido por una sociedad que no lo conoce, de donde sólo una persona (curiosamente, del otro lado de la frontera, Tana), puede presentar aquella otra dimensión que lo hacen vulnerable, sensible y comprendido. Posiblemente dimensiones del mismo Welles.


 


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