Director: George Stevens. 1959. EE.UU. Color
Intérpretes: Millie Perkins, Joseph Schildkraut, Shelley Winters, Richard Beymer, Gusti Huber, Lou Jacobi, Diane Baker, Douglas Spencer, Dodie Heath, Ed Wynn

El diario de Ana Frank es una adaptación cinematográfica de una obra de teatro del mismo nombre ganadora de un Premio Pulitzer en 1959 basada en el diario de Anne Frank. Está dirigida por George Stevens, con un guión de Frances Goodrich y Albert Hackett. Ganó tres Oscar.
Aquí tenemos otra película de denuncia que nos cuenta la actuación alemana durante la II Guerra Mundial respecto a la persecución sistemática de todos los judíos que después de ser capturados eran encerrados en los campos de concentración para posteriormente ser ejecutados.

La película está basada en el diario real que fue escrito por Ana Frank durante su estancia en esa habitación del Amsterdam ocupado por los nazis durante la II Guerra Mundial. La convivencia durante años de 8 personas en iguales condiciones y en un espacio muy reducido hace que surjan entre ellos lazos de todo tipo, y el modo en que George Stevens lo trata hace que ese lazo se extienda al espectador.
Las interpretaciones son en todos los actores excepcionales, pero especialmente brillantes en los casos de Millie Perkins (Ana Frank) Joseph Schildkraut (Otto Frank) y Shelley Winters (Petronella Van Daan) que obtendría el Oscar a la mejor actriz secundaria por esa interpretación.
También habría que destacar en la película la magnífica banda sonora compuesta por Alfred Newman, verdaderamente ejemplar, porque además está muy bien ubicada dentro de la película ya que se utiliza con cuentagotas de manera que cuando se usa es realmente efectiva. Además el tema principal de la película hay que reconocer que es sensacional.
Otro de los puntos clave de la película es la fotografía de William C. Mellor, una auténtica maravilla (le valió un Oscar a la mejor fotografía en blanco y negro) que ayuda mucho en varios momentos a la dirección de George Stevens, sobre todo en la escena del ático en la que Millie Perkins (Ana Frank) y Richard Beymar (Peter Van Daan) se abrazan, o en una escena anterior en la que vemos a través de la ventana rota del techo cómo cae la nieve poco a poco. Unas escenas geniales, llenas de ternura y de emoción, que cobran un valor impresionante al final de la película por el desenlace que se va a producir.
A pesar de que han sido varias las películas que han tratado el tema, y también series de televisión, en casi todas ellas hay una variante común que hace referencia explícita a lo que sucedía en esos campos de concentración, mostrando así la vergüenza que sintió el mundo hacia unos acontecimientos que no podía ni creer cuando después de la guerra se desvelaron las atrocidades alemanas. El intento de conseguir del espectador ese rechazo tajante hacia tal vergüenza se producía de manara, como he dicho antes, explícita, mostrando las secuelas, las fosas comunes y demás aberraciones como los experimentos científicos. Sin embargo en el caso en el que nos encontramos, en El Diario de Ana Frank es totalmente lo opuesto, nos ofrece una visión intimista de 8 personas pertenecientes a tres familias judías que se ven obligadas a encerrarse en una habitación durante toda la segunda guerra mundial para alejarse de los nazis.
Como he comentado arriba me gustaría hacer una comparación entre el modo de contar la barbarie nazi hacia los judíos de una película como El Diario de Ana Frank con respecto a otra película como es La lista de Schindler. El enfoque en ambos casos es el mismo, estremecer al espectador con respecto a un tema que ha de refrescarnos la memoria respecto a unos valores humanos básicos que no deberían permitir en ninguno de los casos actuaciones similares. Es curioso que una frase como la que dijo Emund Burke sea tan representativa de la situación. Curiosamente fue otra película la que se encargó de recordarnos esa frase tan cierta, se trata del telefilme Hitler, el reinado del mal de Christian Duguay y que tan bien interpretó Robert Carlyle como Hitler. La frase que decía así: “El único requisito necesario para que el mal se propague, es que los hombres buenos no hagan nada”. Personalmente creo que tiene toda la razón, porque cuando agachas las orejas ante lo que va en contra de tus principios, te estás quedando impasible ante el tirano, de modo que ¿quién defiende al débil si los únicos capacitados para luchar en contra se desentienden?
A lo que íbamos, que hoy estoy algo espeso, vamos a comparar cómo se puede comentar lo mismo y obtener los mismos resultados de maneras tan diferentes. A partir de aquí, por si comento algo de la película que la gente desconoce mejor sería dejar de leer el comentario para no develarles nada importante de la película.

Como decía antes, La lista de Schindler trataba el tema de una manera dura y contundente, con todo tipo de detalles, para que todos los espectadores se hicieran una idea del sufrimiento que tuvo que padecer todo un pueblo simplemente por ser judíos. La violencia y sobre todo la frialdad con la que se efectuaba esa represión eran lo que más impactaba al espectador, esa falta de remordimiento en lo que se estaba haciendo. Pues bien, si esta película era muy dura, el año pasado llegó a las pantallas otra película sobre el mismo tema pero que era más suave, se trata de El pianista era una manera de contar los acontecimientos, y aunque contaba con alguna escena relativamente fuerte, no era para nada tan poderosa como La lista de Schindler, digamos que era un punto intermedio entre la película de Spielberg y la de George Stevens. En este punto, El Diario de Ana Frank es una película modélica, porque aunque parezca mentira en una película exenta completamente de escenas explícitas de violencia, el resultado es tan desolador o más que hasta en el caso de La lista de Schindler.
La secuencia final en la que vemos a Joseph Schildkraut relatando todo cuanto sucedió en los últimos meses de la guerra nos arrastra el alma por los suelos, es un final que nos reivindica con el cine con mayúsculas, en el que un par de frases nos pueden impactar de una manera tan brutal. Os comentaba antes la belleza de la escena entre Millie Perkins y Richard Beymar en el ático, y es al final de la película cuando tras los acontecimientos finales le damos de verdad el valor que tiene la escena, cuando vemos que esa inocencia y esas ganas de vivir se han perdido para siempre. Una película que de verdad desborda talento.
Si en La lista de Schindler la emoción brotaba en el ambiente durante toda la película, en esta película lo que hace George Stevens es un ejercicio de precisión, de contención emocional y de belleza que rara vez se ha visto en el cine. Mediante la contención emocional que practica durante toda la película e inundando la película de escenas de una enorme belleza consigue que las tres horas que dura la película pasen volando y nos identifican perfectamente con todos los personajes de la película, consigue que apreciemos a los personajes a través de la continua convivencia. De ese modo al final de la película todo lo que ha ido sembrando poco a poco George Stevens lo recoge de repente y consigue que se desborden los sentimientos de un sólo golpe. Una vez más en el cine, el haber manejado tan bien el tiempo narrativo y utilizar los contrastes en ese tiempo narrativo para acelerar la narración en el momento preciso para que ese espectador que ha ido poco a poco acumulando afecto hacia los protagonistas, de repente y de un solo golpe se encuentre con la cruda realidad, hacen que el cine sea algo más que un entretenimiento. Repito, la película es un ejemplo perfecto de maestría en el guión y de claridad en todo momento por parte del director de lo que debe ser su película, y también lo que debe durar, porque a buen seguro que no le fue fácil llegar a convencer al estudio de que debía tener una duración de 3 horas.

Y cómo no, cualquier gran película debe tener un gran final, y en esta ocasión el final no es sólo grande sino sublime. Esa última frase en la que el padre de Ana lee el final del diario tras todo lo que ha pasado, refleja a la perfección todo lo que ha sido la película, tanto la injusticia, como sobre todo la esperanza. La frase de Ana ante la que su padre se avergüenza porque él guarda mucho rencor, y se siente empequeñecido por la grandeza de corazón de su hija dice así:
Ana: A pesar de todo lo ocurrido sigo pensando que la gente es, de verdad, buena de corazón.
Otra vez más, ese contraste que ensalza la bondad de algunos (Ana) y que nos enfrenta con la maldad de otros (nazis), pone el punto final a la película.
Por cierto, a esa frase le sigue el plano final por el que vemos el cielo con los pájaros volando en el cielo en una clara alusión a los momentos en los que a través de la ventana era lo único que veían, albergando la ilusión y la esperanza de la libertad en la que los pájaros se movían.

Del teatro al cine
La puesta en escena realizada por Frances Goodrich y Albert Hackett de la adaptación del exitoso “Diario de Anne Frank”, en la cual esta película está basada, se estrenó en 1955, tuvo buenas críticas y dejó pasmado al público. El crítico Kenneth Tynan, que acudió al estreno en Berlín en 1956 la describió como “la experiencia emocional más drástica que el teatro me ha dado nunca. No tiene mucho de artística y no es una gran obra pero la impresión del Berlín de aquel momento de la historia supera cualquier cosa que el arte hubiera podido lograr. Logró conmover a todo el público”. Los espectadores europeos que recordaban la ocupación nazi fueron obligados a enfrentarse a la realidad sufrida por muchos de sus paisanos: persecución, expulsión, deportación y muerte. Algunos críticos notaron que la Anne de la obra tenía poco parecido con la descripción que ella hacía de sí misma en su diario, pero en general el público identificó a la “Anne” teatral con la autora del libro y acudió en masa a ver la obra. Este éxito hizo pensar rápidamente en una adaptación al cine y el 20 de mayo de 1957 el padre de Anne, Otto Frank, (el único superviviente de su familia inmediata) firmó un contrato con 20th Century Fox en el que daba su aprobación con lo que el rodaje empezó en primavera con un presupuesto de 3 millones de dólares.
Se pretendía que los actores de la película fueran los mismos que los de la obra de teatro y Joseph Schildkraut y Gusti Huber repitieron papeles, pero Susan Strasberg, que había interpretado el papel de Anne en la obra, rechazó la oferta y la búsqueda de una actriz para ocupar su lugar comenzó. El papel le fue ofrecido a Natalie Wood quien también lo rechazó. La primera elección de Otto Frank era la de Audrey Hepburn, la cual había nacido el mismo año que Anne Frank, había vivido la guerra durante la ocupación nazi de los Países Bajos y había leído el libro en neerlandés poco tiempo después de que fuera publicado en 1947. Esto es algo que la tenía desolada y a pesar de su entrevista personal con Otto Frank, finalmente también rechazó el papel. Pensaba que era demasiado mayor para interpretar a una adolescente y que la experiencia de revivir la guerra podía traumatizarla. Hepburn siguió siendo amiga de Oto Frank hasta su muerte en 1980 y fue presidenta de honor de la Anne Frank Educational Trust UK. Después de mucho buscar el papel principal recayó en la modelo adolescente Millie Perkins.
George Stevens filmó los exteriores en Amsterdam en los alrededores de la verdadera casa donde la familia se había ocultado, pero el interior de la misma fue recreado en un estudio de Hollywood. Hubo gran cuidado de lograr que la película pareciera lo más real posible. Otto Frank y uno de los hombres que había ayudado a ocultar a la familia, Johannes Kleiman fueron llevados como ayudantes técnicos al equipo de atrezzo, para que el local pudiera ser reconstruido según sus recuerdos. Algunas escenas fueron más reales de lo esperado, una de ellas muestra a Hendrik van Hoeve el frutero que proveía de hortalizas del mercado negro a los escondites, haciendo de sí mismo. Una escena final que mostraba a Millie Perkins como Anne en Auschwitz fue rodada pero cortada del metraje debido a la respuesta desfavorable del público. Stevens la reemplazó por una más animosa del cielo con una voz en “off” de Perkins. Aunque la película no fue un éxito comercial y las críticas fueron variadas pero fue finalista en 8 premios Oscar de los que ganó tres:
- A la mejor actriz de reparto: Shelley Winters (actualmente expuesto en la casa de Anne Frank en Ámsterdam).
- A la mejor dirección artística: George W. Davis, Stuart A. Reiss, Walter M. Scott, y Lyle R. Wheeler.
- A la mejor fotografía: William C. Mellor.