EL TESTAMENTO DE ORFEO (Le testament d´Orphée)

Película estrenada entre 1959

Director: Jean Cocteau. 1959. Francia. B/N

Intérpretes: Jean Cocteau, Edouard Dermit, Henti Crémieux, Maria Casares, Franí§ois Périer, Yul Brynner, Jean-Pierre Léaud



Un poeta ve que se acerca la hora de su muerte y decide hacer balance de su vida y su obra. Entre sueños de inmortalidad y deseos de nacer de nuevo se suceden toda una serie de surrealistas personajes, en un preciso análisis de las inspiraciones, fobias y obsesiones del artista.




Tercer tí­tulo sobre el mito de Orfeo, tras La sangre de un poeta (1930) y Orfeo (1950).

La despedida del cine de Jean Cocteau estaba interpretada por el mismo como un enigmático viajero del tiempo, que iba encontrándose con figuras simbólicas de anteriores pelí­culas suyas según vagaba en búsqueda de una identidad o de la muerte. El filme retoma las pautas vanguardistas y surrealistas.

El propio Cocteau confiesa en el prologo de El testamento de Orfeo que su filme es una suerte de streap-tease del alma poética, un acto de desnudar su espí­ritu, sus inquietudes como creador, su conciencia intima. La trayectoria vital y la trayectoria artí­stica son indisociables en este autorretrato. El poeta se convierte en una criatura imposible mas de su imposible universo y se reencuentra con sus fantasmas. Sus fantasmas vuelven a ser el tiempo, la muerte, la disidencia sexual y social, la infancia perdida y recuperada y la belleza, la búsqueda interminable de la belleza. El paso del tiempo, la erosión del tiempo y la incapacidad / capacidad de romper sus leyes cobra una importancia especial en este filme desconcertante, una pieza de cámara inusual en el cine de finales de los cincuenta. Los paisajes desolados, desnudos y fantasmales de El testamento de Orfeo nos retrotraen a los cuadros de Dalí­ y Chirico transformados por la imaginerí­a del cineasta francés donde no faltan imágenes relamidas, ingenuas y hasta de regusto “kitsch” con iconografí­a homoerótica sacada de paisajes Lorquianos, cine de Hollywood y decorados deliberadamente artificiosos. La presencia de Picasso y otros grandes iconos de la cultura del momento no debe verse como una efectista “boutade” sino como una verdadera ceremonia de reencuentro del artista con sus monstruos en el lecho póstumo.


 


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