LA CARNE Y EL DEMONIO (The Flesh and the Fiends)

Película estrenada entre 1959

Director:John Gilling. 1959. G.B. Color

Intérpretes:Peter Cushing (Dr. Robert Knox),June Laverick (Martha Knox),Donald Pleasence (William Hare), George Rose (William Burke), Renee Houston (Helen Burke), Dermot Walsh (Dr. Geoffrey Mitchell), Billie Whitelaw (Mary Patterson)


William Burke y William Hare son dos rufianes que obtienen pingües beneficios dedicándose a saquear tumbas con el fin de proporcionar material de estudio clí­nico al doctor Knox, un anatomista que en el Edimburgo del siglo XIX realizaba sus estudios sobre el cuerpo humano.. Cuando los cuerpos no resultan excesivamente frescos, los dos criminales habrán de crearlos por sus propios medios


La carne y el demonio es considerada como la mejor pelí­cula sobre ladrones de cadáveres que existe. Producido por los estimables Robert S. Baker y Monty Berman (tras otra joya, por lo menos argumental, como Jack the Ripper), el filme narra la historia del Dr. Knox, el médico de Edimburgo que contrató los servicios de los ruines Burke y Hare para abastecerse con los cuerpos humanos que necesitaba para sus estudios forenses. Cuando los productores anunciaron la intención de realizar la pelí­cula, la Rank Organisation pidió echar un vistazo al guión, ya que ellos mismos contaban con otro similar escrito por Dylan Thomas y temí­an que hubiera sido plagiado; tras la minuciosa supervisión, la Rank descubrió que el único punto que uní­a los dos guiones era el argumento, permitiendo que el proyecto de Baker y Berman continuara (finalmente, el escrito de Thomas tardarí­a sobre 20 años en convertirse en pelí­cula, The Doctor and the Devilsde Freddie Francis).

Sin embargo, La carne y el demonio avivó otra clase de problemas que, a la larga, acrecentó su aureola de cinta de culto; de hecho, la calidad del producto no es tan significativa como para justificar la fama de la pelí­cula. La dirección corre a cargo de un antiguo colaborador de Baker y Berman, John Gilling, el cual aportó ese estilo inconfundible, más tarde presente en sus logros para la Hammer. Por eso, la realización de The Flesh and the Fiendses completamente afí­n a la de, por ejemplo, The Reptile o La plaga de los zombies, con un tempo muy pausado, lento, incluso aburrido y casi sin ninguna proeza de planificación y encuadre. Por otro lado, las cualidades de excelente guionista de Gilling provocan los puntos álgidos del filme, así­ como la cuidada producción donde destacan una puntillosa ambientación y una fotografí­a en blanco y negro única.

Baker y Berman reunieron 55.000 libras para que Gilling comenzara a filmar en otoño de 1959, tras la acertada elección del elenco. Es la dirección de actores, así­ como el trabajo interpretativo de los mimos, otro de los alicientes de La carne y el demonio. Un jovencí­simo Donald Pleasence (que más tarde serí­a el mí­tico Dr. Loomis de Halloween) lo borda con su papel de ladino Hare; ataviado con ropas sucias, con escasa mata de pelo grasiento, y mostrando una repulsiva dentadura, Pleasence consigue la mejor interpretación de su carrera; lleva su personaje desde el más simple plano desagradable hasta la lí­nea del “psycho-killer” más peligroso. George Rose interpreta a Burke, dándole el necesario matiz de necedad (rayando la subnormalidad) para convertirse en el pelele gobernado sin problemas por su compañero de crí­menes (al contemplar a estos dos truhanes es difí­cil no recordar a otra triste pareja de análogas caracterí­sticas como son los asesinos de A sangre frí­a). También es destacable la aportación femenina, una Billie Whitelaw que, si bien, forma parte de la subtrama más superflua y plomiza del argumento (una historia de amor solamente necesaria para provocar el descubrimiento de los horrendos delitos de Burke y Hare), serí­a injusto no alabar su maravilloso trabajo como desquiciada prostituta. En todo caso, y aunque por muy increí­ble que parezca, es Peter Cushing en su papel como Dr. Knox lo peor del reparto; si bien su especialista en anatomí­a guarda destacable conexión con el malvado Dr. Frankenstein que interpretarí­a para la Hammer, la sutileza de este último es malograda aquí­ por una rudeza desmesurada y la excesiva sobreactuación del actor. Aún así­, Cushing es pieza clave de uno de los logros del guión redactado por Gilling y Leon Griffiths, aquel que muestra el contraste entre la clase y refinamiento de la alta sociedad británica de la época (enfundados en caros smokins, asistiendo a lujosos bailes y cenas) y la escoria de la calle (harapientos y sucios, asiduos a tabernas de mala muerte), un contraste que no lo es tanto desde el momento en el que el rico, el Dr. Knox, cierra los ojos ante los actos deshonrosos de los parias para beneficio propio (al fin y al cabo, como el mismo Dr. Knox aclara a uno de sus alumnos de anatomí­a, para su trabajo “es necesario desechar los sentimientos”).

Es una vez más John Trevelyan y su grupo de censores los que provocan que parte del metraje del filme sea cortado, activando incluso los rumores de la existencia o inexistencia de dichas secuencias; en concreto, una escena que mostraba una orgí­a con desnudos femeninos fue la causante de la repulsa de Trevelyan, una escena cruda y muy atrevida para la época y que fue rápidamente eliminada de la versión inglesa (esta versión dura 94 minutos, pudiéndose encontrar otra de 95 que sí­ contiene los destapes destinada para la distribución europea). La carne y el demonio destaca por su minucioso relame en planos que muestran la muerte. La iconografí­a de lo macabro y mortuorio es tan delicada que provocó la susceptibilidad de la BBFC, y solamente una dura conversación entre Baker y Trevelyan, en las oficinas del Soho del censor en enero de 1960, pudo salvar el corte de varios asesinatos; eso sí­, la pelí­cula tuvo que ser etiquetada con la temible X, amén de no ser permitidos los nombres de Burke y Hare en el tí­tulo (hay otra versión americana, más reducida aún que las anteriores, que responde al nombre de Mania). Por lo menos, Trevelyan afirmó que era la primera vez que veí­a a Peter Cushing realizando una interpretación “decente”.

Lo que a nosotros nos interesa es el significado, tanto artí­stico como cultural, de esa gran cantidad de escenas censuradas. Sin duda, el guión de Gilling se centra en intentar mostrar los hechos más escabrosos con realismo y sin tapujos, siempre con esa pizca de “explotation” necesaria para manosear el morbo del espectador, y nunca olvidando la calidad en la estética de los mismos. Así­, resulta estupendo contemplar ese acierto visual que nos muestra a los protagonistas del filme arrojando los cadáveres a tinajas llenas de agua después de persignarse y exclamar “rest in pace (R.I.P.)”, imitando cí­nicamente el método convencional (cristiano y legal) de enterrar a los muertos en las fosas de los cementerios. Esa falta de respeto a la muerte continua a lo largo de todo el metraje: la mercancí­a entre cadáveres se hace más palpable aún cuando el Dr. Knox paga los servicios de los canallas arrojando las monedas en los cuerpos de las ví­ctimas. Las elipsis son constantes; si el comportamiento de Burke es claustrofóbico, aborreciendo la presencia de las ratas, la muerte de una anciana en la mitad del filme suscita sensaciones de igual talante: en el medio de la conversación que los rufianes mantienen con la vieja, Hare utiliza señas ostentosa para explicar a Burke cómo quiere que acabe con la mujer: la estrangulan, la asfixian mientras le tapan boca y ojos (más tarde, Hare será ajusticiado con la quema de sus globos oculares). Contemplando esta secuencia se ve lógico que la pelí­cula también cuente un tí­tulo más, menos romántico que los anteriores pero más rotundo, “psycho-killer”. Tras el estreno del filme en abril de 1960, la revista “Variety” se preguntó si habí­a alguien que, en su sano juicio, quisiese asistir a tan repulsiva proyección.

En resumidas cuentas, La carne y el demonio no es una pelí­cula redonda (como todas las dirigidas por John Gilling) pero es indudable que su encanto cinematográfico atrapa con poco esfuerzos. Las correrí­as del Dr. Knox, de Burke y Hare, y de los reales sucesos que provocaron en el Edimburgo de 1827 tienen su plasmación fí­lmica más veraz en este clásico del “Brittish Horror Cinema”.


 


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