Director: Franí§ois Truffaut. Francia, 1959. B/N
Intérpretes: Jean-Pierre Léaud (Antoine Doinel), Albert Rémy (Julien Doinel,
padrastro de Antoine), Claire Maurier (Gilberte Doinel, madre de Antoine), Patrick Auffay (René Bigey, amigo de Antoine), Georges Flamant (padre de René), Yvonne Claudie (madre de René), Robert Beauvais (director de la escuela), Guy Decomble (profesor de francés), Pierre Repp (profesor de inglés), Claude Marsard (juez instructor), Henri Virlogeux (vigilante), Richard Kanayan (Abbou), Jeanne Moreau (mujer con perro), Jean-Brialy (su perseguidor), Jacques Demy (policía)

Cautivante estudio de la vida de un joven Parisino que se convierte en un pequeño criminal en protesta hacia sus elusivos padres. El “ojo” de Truffaut para relatar los detalles, no tiene rival en este clásico, quizá el más representativo de la “nueva ola” francesa que se dio al final de los años 50.



¿Quién es Antoine Doinel? – Franí§ois Truffaut
En septiembre de 1958 puse un anuncio en el periódico France-Soir con el fin de encontrar un chaval de 13 años que representara al héroe de Los 400 golpes. Se presentaron unos sesenta niños y les hice pruebas en dieciséis milímetros a todos; me limité a hacerles preguntas sencillas, con la intención de encontrar un parecido más moral que físico con el niño que yo creía haber sido.
Muchos niños habían venido por curiosidad o empujados por sus padres. Jean-Pierre Léaud era diferente de ellos; él quería el papel con todas sus fuerzas; se esforzaba en parecer relajado y bromista, pero en realidad estaba terriblemente nervioso y de este primer encuentro me llevé una impresión de ansiedad e intensidad.
Continué con las pruebas el jueves siguiente; Jean-Pierre Léaud se diferenciaba claramente del grupo y en seguida decidí darle el papel de Antoine Doinel Jean-Pierre Léaud, que en aquel momento era menos socarrón que Antoine Doinel, que todo lo hace a escondidas, que finge estar siempre sometido para acabar solamente lo que él quiere.
Jean-Pierre era, al igual que Doinel, solitario, antisocial y rebelde, pero, como adolescente, tenía mejor salud y a menudo se mostraba desvergonzado. En su primera prueba, dijo delante de la cámara: “Por lo visto buscas a un chico bromista, y aquí me tienes”
Cuando empecé el rodaje de la película, Jean-Pierre Léaud se convirtió en uno de los más preciados colaboradores de Los 400 golpes. Espontáneamente, encontraba los gestos adecuados, rectificaba el texto cuando era necesario, y yo le animaba a utilizar palabras de su vocabulario. Observábamos las primeras pruebas en una pequeña sala que tenía quince o veinte butacas y, por eso ¡Jean-Pierre creía que la película nunca sería proyectada en las grandes salas de cine normales! Cuando vio acabada la película Jean-Pierre, que no había dejado de reírse durante todo el rodaje, prorrumpió en sollozos. Reconoció un poco su propia historia detrás de esa historia que había sido la mía.





Antoine Doinel hace del París de los años 50 el escenario de sus enlazadas pillerías, ya sea solo o acompañado de su compañero René. El ambiente familiar de Antoine, compuesto por una madre fría y distante, aunque inalcanzablemente tierna a veces y un padrastro algo necio, provocan en el chico un estado de constante tensión que trata de evitar en la calle, siempre a costa de las horas de clase, haciendo novillos. No es que sea un niño maltratado, es un niño sencillamente no tratado.
Todo empieza con algo tan sencillo como el no haber terminado unas tareas de la escuela y escaparse por París tentado por su amigo René que dispone de un justificante familiar. Unas atracciones de feria, pequeños robos, fumar y beber vino a morro, descubrir a su madre con un amante y la culminación de ver una película en el cine donde se cuelan sirven de distracción a ambos en sus escapadas. Pero los profesores no tardan en cuestionar las ausencias y Antoine termina por fingir la muerte de su madre para escudarse. Todo se derrumba cuando es descubierto, abofeteado por su padrastro delante de sus compañeros y castigado fuertemente. Una situación tal hostil provoca que se fugue de casa, en busca de su propia libertad y después de vagar por París, cenar desesperadamente una botella de leche robada y dormir en una vieja imprenta decide volver a la escuela donde se reencuentra con su madre decidida a sacar de la marginalidad a su hijo con un cariño nunca acogido por Antoine. Pero sus andanzas con René no cesan, reforzando su amistad y sumergiéndole en la vida de la calle, lo que provoca su detención policial por robar una máquina de escribir y su posterior ingreso en un centro de menores, del que se escapa hasta llegar a ver sin parar de correr la visión inmensa del mar.
Antoine Doinel, de 14 años, vive con su joven madre, bella e irresponsable, y con su padrastro. Es un adolescente a la deriva. Problemas en la escuela y travesuras con su único amigo terminan convirtiendo su vida en un drama. El intento de birlar una vieja máquina de escribir le vale ser llevado a la comisaría y al reformatorio. Pero Antoine tiene anhelos de libertad que no pueden ser tan fácilmente reprimidos.
En su primer largometraje, dedicado a la memoria de su amigo y mentor André Bazin, Truffaut dibujó claramente sobre el modelo de las experiencias de su propia adolescencia y le dio expresión a una de sus principales preocupaciones: su amor y cuidado por los niños. Para encontrar un niño que hiciera el papel crucial de Antoine, filmó con un grupo de muchachos de entre los cuales escogió al de mayor intensidad expresiva y entusiasmo, Jean-Pierre Léaud, cuya espontaneidad y empuje en la película corresponden perfectamente con el simpático punto de vista de Truffaut. Muchos de los elementos que distinguen las películas de la “nouvelle vague”, así como de las posteriores películas de Truffaut, están aquí presentes. Los efectos técnicos se usan con osadía y gracia y la brillante cámara de Henri Decae se mueve con una nueva libertad por las calles de París o confronta estáticamente al niño sentado ante un psiquiatra. El último asombroso plano de la película, un primer plano congelado del rostro de Antoine, se convirtió en uno de los más memorables de la historia del cine. Hay muchas referencias a la cultura cinematográficas, que incluyen el homenaje abierto a Cero en conducta (1933), de Jean Vigo, y una visita a un cine donde se presenta París nos pertenece (1961), de Rivette.