Director: Claude Chabrol. 1959. Francia-Alemania Occidental
Intérpretes: Gérard Blain (Charles), Jean-Claude Brialy (Paul), Juliette Maynel (Florence), Guy Decomble (Bookseller), Stéphane Audran (Franí§oise)

Dos primos, muy diferentes entre sí como personas, coinciden en París para ir a la Universidad. Los dos se enamorarán de la misma chica, y competirán por ella con todas sus armas. Stéphane Audran se convirtió con este filme en una de las actrices favoritas de Chabrol (de hecho, se casó con ella a mediados de los 60) y de las más representativas de la Nueva Ola. Les Cousins obtuvo el Premio a la Mejor Película en el Festival de Berlin de 1959.



Los Primos, segundo largometraje de Claude Chabrol, es un encendido homenaje al cine de Alfred Hitchcock, más en la forma (visual, cinematográfica, narrativa), que en el fondo. Charles (Gérard Blain) llega a París, proveniente de la campiña francesa. Va a vivir con su amoral y holgazán primo Paul (Jean-Claude Brialy) y a estudiar en la Facultad de Derecho de “La Sorbonne”. Todo le va a salir mal al “puro” Charles en el entorno decadente de su primo: se enamorará de Florence (Juliette Mayniel), sólo para que ella termine acostándose con Paul, quien la echará algún día cuando ya estén aburridos uno del otro; suspenderá el examen final a pesar de su laboriosa preparación y dedicados estudios, mientras el borrachín Paul aprobará el suyo sin mayor problema; y, finalmente, una bala que iba dirigida a su primo se alojará en su pecho, dándole muerte de la manera más absurda, gratuita y cruel que uno se puede imaginar.
Diestro en el manejo de los espacios y con la cámara como un personaje vital más, Chabrol desciende en línea directa de la elegante línea narrativa del mejor Hitchcock: largas y sinuosas tomas laterales siguiendo a los personajes, acercamientos o alejamientos súbitos de la acción, planos secuencia resueltos sin alarde obedeciendo más a la funcionalidad que a un “tour de force” vacío, son los elementos narrativos (estrictamente cinematográficos) que utiliza Chabrol. Pero la riqueza del cine de Chabrol no descansa (no solamente) en la forma, sino en el ambiguo fondo de sus historias.
Al igual que Hitchcock, Chabrol juega con la dualidad (el bueno y el malo, el perverso y el limpio, el puro y el demoníaco) pero a diferencia del maestro inglés, Chabrol
no saca conclusiones moralistas de ello. Hitchcock -como Buñuel- es un cineasta católico, preocupado por la culpa y la moral; Chabrol es un cineasta-cronista que gusta ver las cosas de lejos, sin juzgar. No es un moralista y su cine tiene más bien un desencantado tono amoral.
En Los primos “el bueno”, Charles, es el menos interesante de los dos protagonistas: es aburrido, cuadrado, mediocre estudiante, nada comprensivo, egoísta en su “pureza”. “El malo”, Paul, es divertido, perverso, inmoral, despreocupado, sin escrúpulos. Lo que obtiene Charles al final, no corresponde a lo que “en justicia” debería recibir: muerto por una bala que él había colocado en el cilindro de un viejo revolver con el cual le había disparado a Paul, dormido, en un enfermizo juego vengador de “ruleta rusa”.
Pero es imposible olvidar un detalle adicional: en el climático y sorpresivo final, cuando Paul dispara accidentalmente hacia Charles, se escucha insistente como telón de fondo “Tristán e Isolda” de Wagner. La encendida música buñueliana acompaña la agonía de Charles y el estupor de Paul; en ese momento, la cámara se desliza hacia la derecha, en una precisa “toma”, enfocándose en un tocadiscos: lo que hemos estado escuchando es un “long-play” de Wagner, el cual al terminar, rechaza automáticamente el brazo de la aguja, que se mueve hacia su posición original.
Recordemos: esta música proviene de un LP; esta película, del proyector que tenemos atrás. Lo que hemos visto es sólo una película; es sólo cine; es sólo un cuento, una historia más. Pero qué historia. Una historia irritante, pero lúcida.