UN CUBO DE SANGRE (A Bucket of Blood)

Película estrenada entre 1959

Director: Roger Corman. 1959. EE.UU. B/N

Intérpretes: Dick Miller (Walter Paisley), Barboura Morris (Carla), Antony Carbone (Leonard de Santis), Julian Burton (Maxwell H. Brock), Ed Nelson (Art Lacroix), John Brinkley (Will), John Herman Shaner, Judy Bamber, Bruno VeSota


En una cafeterí­a trabaja como camarero el retraí­do Walter Paisley, un hombre ignorado por todos y despreciado por el propietario del recinto. De forma casual, Paisley mata al gato de su casera con un cuchillo, no teniendo mejor idea que elaborar con su cuerpo una escultura en arcilla. Una vez lleva su obra al café, esta es un éxito y la circunstancia irá posibilitando por un lado al aburguesamiento del protagonista, al tiempo que le hará iniciar una escalada de esculturas basadas en idéntico macabro sistema.


En la tan dilatada como irregular y frecuentemente decepcionante filmografí­a de Roger Corman, se suceden entre 1959 y 1961 tres tí­tulos que gozan de una especial simpatí­a entre los seguidores del director, al margen de sus conocidas producciones de cine de terror basadas en obras de Edgar Allan Poe. Me estoy refiriendo a -citadas en orden cronológico- Un cubo de sangre (1959), La pequeña tienda de los horrores (1960) -cuya mí­tica conoció incluso con el paso del tiempo una adaptación musical en Broadway, al margen de un posterior remake cinematográfico-, y La bestia de la cueva maldita (1959). Al margen del variable nivel de calidad de estas pelí­culas, lo sorprendente es que en estos años Corman alternara estos rodajes -que nunca llegaban a alcanzar una semana-, con tí­tulos de ciencia-ficción y las primeras -y a mi juicio magní­ficas pelí­culas basadas en Poe.


En todo caso, hasta el momento de estas tres parodias de géneros señaladas, no habí­a podido visionar Un cubo de sangre (1959), por lo que tení­a que ceñirme para intuir su interés en los otros dos “compañeros” de estilo, algo que me provocaba serias dudas. Dudas en tanto en cuanto La pequeña tienda de los horrores me parecí­a una pequeña pero simpática parodia, mientras que La bestia de la cueva maldita no dudo en considerarla como una de las peores pelí­culas que jamás he presenciado. Vista por fin Un cubo de sangre sin duda y afortunadamente no dejo de situarla en sus niveles junto al primero de los tí­tulos citados. Ello no quiere decir que nos encontremos ante una gran pelí­cula. En absoluto. Al igual de La pequeña tienda de los horrores resulta una parodia más o menos divertida, más o menos hinchada igualmente en la levedad de su argumento -que parte sobre todo de una buena idea sin desarrollar convenientemente-, obra del especialista Charles B. Griffith.

En ella se describe inicialmente el entorno “beatnik”, ocupando con ellos los primeros minutos de la función -en mi opinión los más logrados de la misma-, e insertando ya esa ambientación y desarrollo desde los propios tí­tulos de crédito. La acción se centra en una lúgubre cafeterí­a en la que reúnen y pontifican un grupo de pseudofilófos y pseudoartistas, definitorios de un entorno contracultural ciertamente en pocas ocasiones llevado al cine. En dicha tasca trabaja como camarero el retraí­do Walter Paisley (Dick Miller), un hombre ignorado por todos y despreciado por el propietario del recinto. De forma casual -y poco creí­ble-, Paisley mata al gato de su casera con un cuchillo, no teniendo mejor idea que elaborar con su cuerpo una escultura en arcilla. Una vez lleva su obra al café, esta es un éxito y la circunstancia irá posibilitando por un lado al aburguesamiento del protagonista, al tiempo que le hará iniciar una escalada de esculturas basadas en idéntico macabro sistema. En esta relación se sucederá un policí­a que erróneamente desea detener a Walter por tráfico de drogas, una modelo que ha despreciado al escultor y un operario de un aserradero, al que corta la cabeza. Aunque el dueño del café intuye el origen de estas esculturas, esto no impedirá que le organice una exposición con sus obras -una muestra ciertamente pí­rrica-, mientras los crí­ticos se deshacen en elogios ante el genio del nuevo escultor descubierto. Todo ello no tendrá más que el lógico final del descubrimiento de la “matriz” de las creaciones, y la persecución del improvisado y macabro artista, que finalmente deseará convertirse en la mejor de sus obras.

En realidad poco es lo que ofrece esta pelí­cula, aunque en ella resulte especialmente simpática esa ya señalada e inicial descripción de su entorno contracultural, un determinado uso de iluminaciones siniestras y expresionistas, y una planificación bastante interesante cuando trata de describir planos largos en una sola toma. Ni que decir tiene que su tono de comedia negra funciona en ocasiones -y en buena medida ello queda propiciado por la cotidianeidad con la que se plantea la anécdota argumental-. Pero al mismo tiempo la historia es bastante simple y no llega a aburrir por la escasa duración del producto. En cualquier caso, no es menos cierto que su desarrollo y alcance macabro me recordó bastante el “sketch” humorí­stico de la posterior Historias de terror (1962, Roger Corman). Con ella comparte un sentido de la comicidad bastante pedestre -nadie puede creerse el hecho de que dentro de una escultura de un gato que se maneja sin peso alguno se encuentre uno real, que por otro lado al matarse se nota es un ejemplar disecado- al tiempo que una relativa efectividad. Todo ello, sin contar con la anuencia del impagable Vincent Price, que lograba sublimar y dejar en segundo término las debilidades de aquel conjunto -que además tení­a como ventaja una duración mucho más escueta-.

En su conjunto, Un cubo de sangre es la expresión de una pequeña pelí­cula -a todos los niveles-, de planteamiento simple, interesante en sus matices con cierta ironí­a descriptiva, que darí­a pie en su estructura a la sucesiva La pequeña tienda de los horrores, con la que comparte la simpatí­a que proporciona un producto baratí­simo y ocasionalmente efectivo, y un desarrollo argumental caracterizado por su simplonerí­a.


 


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