EL ÁLAMO (The Alamo)

Película estrenada entre 1960

Director: John Wayne. 1960. EE.UU. Color

Intérpretes: John Wayne (Coronel Davy Crockett), Richard Widmark (Jim Bowie), Laurence Harvey (Coronel William Travis), Frankie Avalon (Smitty), Patrick Wayne (Captitán James Butler Bonham), Linda Cristal (Graciela Carmela Maria “Flaca” de Lopez y Vejar), Joan O’Brien (Señora Sue Dickinson), Joseph Calleia (Juan Seguin)


John Wayne en 1960, pudo por fin llevar a cabo uno de sus grandes proyectos, dirigir una pelí­cula sobre la lucha por la independencia de Texas en los tiempos del dominio mejicano. El resultado fue El Álamo (1960), una superproducción que le valió una cierta ruina económica al propio Wayne.

Western que relata minuciosamente el sitio sufrido en 1863 por los tejanos a manos de los mejicanos. Entre los sitiados se encontraba el legendario David Crockett. Su espectacularidad se ve perjudicada por el afán derechista y conservador de Wayne en el tratamiento del guión.


De todos los grandes mitos del celuloide que guardamos en la memoria y que los cinéfilos se llevan consigo en sus múltiples viajes a través de los recuerdos de las tardes, noches y momentos de placer que sus aventuras les han proporcionado, tan sólo John Wayne fue el único que en un intento desesperado marcado por la necesidad imperiosa de expresarse y transmitir una historia que para él debí­a ser contada desde su punto de vista. Saltó a la dirección en un caso aislado para ofrecernos la que fue la pelí­cula de su vida en una carrera cinematográfica detrás de las cámaras que precisamente brilla por su ausencia ya que al igual que otros grandes actores que luego se pasaron a la dirección, caso del enorme Charles Laughton y su maravillosa La noche del cazador (1955) tan sólo realizaron una (gran) pelí­cula para luego proseguir su carrera como actor, si bien es cierto que en 1968 Wayne volverí­a repetir la experiencia codirigiendo junto a Ray Kellogg, Boinas verdes (Green Berets) acerca de la famosa compañí­a que lleva su nombre y con resultados más bien mediocres.

Pero el caso de El Álamo es diferente. Y es diferente porque fue realizada en una época en la que Wayne se pudo permitir el lujo de jugarse todo su dinero tras romper su contrato y ser el dueño absoluto de una pelí­cula de esas que trascienden la pantalla cargada de unos valores y un estilo que solo el Duque sabí­a imprimir, lo que no significa que fueran los mejores ojo, pero si los más apasionados, y si que es cierto que hay una cosa que enaltece todo el conjunto final -del mismo modo que ocurrió con la espléndida Braveheart (1995, Mel Gibson), peliculón acerca de unos personajes y hechos históricos retratados por un actor convertido en director y obsesionado con la transmisión de su epopeya-, y es la fuerza que destila su engranaje final. Una fuerza inherente fruto de la pasión, tiempo, esfuerzo y dinero empleado en la consecución de un fin, un fin que en este caso es una pelí­cula; una pelí­cula que se erige en la obra de tu vida y que una vez acabada más allá de la satisfacción y el regocijo que puede sentir su máximo artí­fice, viene acompañado de un vací­o interior producido por la misma consecución de esa empresa a la que tanto tiempo ha dedicado y que una vez terminada deja de ser suya para formar parte del público, y porque no según el caso de la historia del cine del mismo modo que la acción que relata ha ido perdurando a través de leyendas equiparándose en cierto modo el creador de ellas con la acción que cuentan, salvando las distancias obviamente. No es otra la razón de la tardanza de Gibson en volverse a poner tras las cámaras (y otra vez contando una historia similar, personaje histórico, leyenda que ha perdurado ) y se podrí­a decir que la única vez que Wayne lo hizo.

Para hacer justicia a la pelí­cula y ser honestos, también huelga decir que esa misma pasión que vuelcan sus creadores en esas pelí­culas son sus mayores enemigos puesto que ciertos pasajes de objetividad y rigor por no hablar de serenidad lo pierden en pos de discursos acordes con el suyo propio y no quizás con los de los personajes ensalzando demasiado a los personajes ofreciendo sin querer una visión rozando la inhumanidad de sus protagonistas cuando precisamente no hay mayor héroe que aquel que lo es sin saberlo y sin pretenderlo.


La primera vez que Wayne empezó a buscar exteriores para emplazar el Álamo fue en 1950. Ya por aquel entonces el fantasma de la misión española lo acompañaba convirtiéndose poco a poco en una obsesión de la que no se desprendió hasta una década más tarde. Una época mucho más acorde y más fructí­fera para su realización que no antes. En primer lugar, en 1960 el Duque se encuentra en el apogeo de su carrera, su salto a la condición de mito no queda muy lejos y su estandarte de hombre recto, duro, y portador de los tradicionales valores familiares lo convierten en un patrón a imitar por millones de personas lo que le otorga una privilegiada posición dentro de los estudios a pesar que estos se mostraban reacios a producir una pelí­cula acerca de la leyenda del Álamo ya que todo el mundo conocí­a su trágico final y no contaba con un director de renombre para encargarse de una pelí­cula mastodóntica.

En 1960 el superwestern está en auge. Los westerns intimistas de Mann de los 50 y hasta cierto punto de vista de Ford, dejaron paso a titánicas pelí­culas como la magní­fica Horizontes de Grandeza (1958, William Wyler) o la pesada Cimarrón (1960, Anthony Mann) por poner un ejemplo. No hay que olvidar que la década de los 60 es la iniciadora de pelí­culas que tratan acerca de “La aventura mexicana” como se llegó a definir. Los westerns ya no solamente trataban acerca de cowboys e indios, historias acerca de la frontera empezaban a aflorar en busca de nuevos temas que tratar y ofrecer pero sobretodo, temas que empezaban a interesar, de ahí­ la proliferación de pelí­culas que narraban aventuras mexicanas o con personajes mexicanas y pueden dar cuenta de ello grandes cineastas como Richard Brooks: Los profesionales (1966); John Sturges, Los siete magní­ficos (1960); Sam Peckinpah: Grupo salvaje (1968) o incluso Marlon Brando en su única aproximación tras la cámara en El rostro Impenetrable (1961). En este inmejorable marco “cultural” y cinematográfico Wayne se lanzó a la piscina con poco más que su talento (el cual tras la cámara debí­a demostrar), sus cuartos y sus cojones para embarcarse en una aventura mucho más suicida que la propia que relata la pelí­cula en sí­.

Y es que si ya es difí­cil dirigir una pelí­cula de este calibre, aún lo es más dirigirla, producirla e interpretar el papel principal a la vez. De ahí­ que el bueno de John estuviera tenso y al borde del colapso durante la producción tal y como explicaban los actores y equipo de la pelí­cula. Y es que Wayne puso toda la carne en el asador a la hora de lanzarse al vací­o sin red con tal de sacar adelante su niño mimado, su hijo favorito. Ese fue el gran error que jugó en contra de la pelí­cula y de Wayne a la postre.


Incapaz de ser más objetivo, el director se centró mucho en el aspecto patriótico y épico de la historia ensalzando las vidas y virtudes de los hombres, que aunque mostrando los defectos que subyací­an quedaban sepultados bajo el manto de la libertad y la valentí­a que desprendí­an al decidir quedarse por voluntad propia dentro del Álamo esperando su muerte mientras un halo de heroicidad se iba esfumando camino de la historia. El problema es que interpretando el papel del mí­tico Davy Crockett, Wayne le da un aire heróico más propio de los personajes que hasta ahora habí­a interpretado que del propio Crockett en sí­. A pesar de definir bastante bien al personaje, Wayne no hizo otra cosa que interpretarse a si mismo y dirigiendo pluralizó ese tic hacia los demás actores, quienes si uno se fija a lo largo del metraje realizan los mismos gestos y movimientos que Wayne. La credibilidad quedaba relegada en aras de una mayor compenetración entre público-estrella, si bien es sin duda alguna la peor decisión que pudo tomar: el interpretar el papel principal fue lo que alejó a la pelí­cula del fiel retrato que hasta ahora prometí­a. En este sentido, la caracterización de Billy Bob Thornton en la reciente versión del Álamo está mucho más medida y más acorde con el personaje real. Un personaje que a pesar de permanecer en el Álamo por voluntad propia, se encontró con todo el follón casi sin quererlo, no como el aguerrido Crockett de Wayne, un hombre que defiende sus ideales y que no duda en engañar a sus hombres para quedarse en un principio a pesar que luego confesará y serán éstos quienes decidirán quedarse por designio propio.

A estas alturas de la crónica no voy a relatar la historia de la vieja misión española convertida en fuerte y los históricos hechos que tuvieron lugar durante trece dí­as en plena revolución Mexicana. Más que nada, porque quien más quien menos ya conoce la historia, y quien no, pues no voy a ser yo quien pueda interrumpir las posibles ganas contraí­das hasta aquí­ por un incipiente visionado. Pero eso no me impide constatar la excesiva carga patriotera y nacionalista que desprende la pelí­cula. Por desgracia, el rudo y conservador carácter de su director asoma por cada uno de los fotogramas del largometraje, dando excesiva reiteración a aspectos como la independencia o la moralidad que desprende el luchar por una causa justa aún a sabiendas de lo imposible de su misión y del final trágico que les espera. Esa heroicidad de leyenda tan explotada en la pelí­cula es demasiado acumulada y en muchos momentos facilona y almibarada, como aquel en que Crockett precisamente le recita a Travis la definición de República (que en la versión doblada, recordemos España como era en 1960, la palabra es cambiada por independencia) o el cumpleaños de la pequeña Lisa dentro de la misión, todo un ejemplo de cómo romper una muy buena trama dramática con la concesión familiar y sensiblera de turno.

Por el contrario, y ahí­ radica el mayor acierto de Wayne, el director utiliza su desmesurado metraje (188 minutos en su versión original no recortada) para trazar las lí­neas de lo que deberí­a ser la definición de la épica en su estado más inmortal.

Frente a la épica más realista de por ejemplo Peckinpah en su citado Grupo Salvaje, Wayne se deja arrastrar por ese inconmensurable amor hacia la historia que cuenta y con mucho respeto es capaz de recrearse en detalles tan importantes como la definición de los personajes, sobretodo los tres principales, y su interacción entre ellos, desde el ya mencionado Crockett, Jim Bowie interpretado por un siempre excelente Richard Widmark y el antagonista, Travis con una inmensa caracterización del británico Laurence Harvey. La relación entre los tres personajes reales se erige en el triángulo fundamental por el que discurre la acción siendo ellos los catalizadores de la evolución de la trama quedando de manifiesto en la magistral secuencia de la anunciación de la muerte de la mujer de Bowie. Además, Wayne da mucha importancia a la veracidad del relato deteniéndose en los quehaceres diarios dentro de la misión y sus pesquisas para conseguir comida o desarmar al enemigo en medio de un asedio, ya sea mediante escaramuzas planeadas, ya sea mediante el vil robo.


El director demuestra su saber hacer detrás de la cámara aprendido tras años trabajando con los mejores maestros sabiendo explotar el filón de la sensibilidad consiguiendo momentos tan emotivos como la evacuación de las mujeres y niños antes de empezar la batalla o la noche antes del ataque final, con esa serenidad candente y palpable coronada por la respuesta de Crockett al ser preguntado en que piensa. “No pienso, recuerdo”. De nuevo la vena heroica vuelve a aflorar pero sin rechinar otorgando una dignidad al personaje y a sus compañeros de sitio inconmensurable, o sin duda la secuencia más recordada, aquella de la lí­nea en el suelo, donde los hombres son informados de su verdadera situación cuando no obtendrán refuerzos y a sabiendas de su futura masacre, deciden quedarse para dar tiempo al general Huston para preparar un ejército y enfrentarse a Santa Anna. Un hecho que los propios historiadores discrepan sobre al veracidad de la famosa lí­nea en el suelo trazada por Travis con su espada y que cada unos de los 187 hombres del Álamo cruzaron. Licencia en la pelí­cula que Wayne se preocupa de expresar en todo su esplendor ya que es la cumbre de la pelí­cula, haciendo que el segundo hombre en cruzarla tras Bowie sea su esclavo negro dejando así­ magnificada a la raza negra ya que en esta historia, los héroes no conocen colores ni razas.

Dejando de lado temas tan obvios como la caracterización de la época, los decorados, el maquillaje o los efectos especiales, tan sumamente trabajados en una pelí­cula de estas proporciones, destaca la dirección de Wayne. Una dirección muy clásica y serena que denota un control absoluto acerca del material con el que trabaja y que queda de manifiesto por ejemplo en las excelentes secuencias de batallas. Unas secuencias de acción magní­ficamente resueltas y que superan incluso a muchas de las secuencias de alguna pelí­cula de hoy en dí­a donde no se distingue lo que pasa en la pantalla.

Y es que para que negarlo, Wayne además de haber realizado toda su vida pelí­culas de acción convirtiéndose en un experto, contó con la ventaja de haberse destetado de la mano de gente como Michael Curtiz, Raoul Walsh, Henry Hathaway y sobretodo John Ford y Howard Hawks.

De estos últimos las influencias en la pelí­cula son inabarcables. Su sombra planea por todos los lí­mites del encuadre. La profesionalidad hawksiana se halla ejemplificada en Bowie, aceptando la autoridad de Travis a pesar de odiarlo con toda su alma y sobretodo de Travis, un profesional de la lucha que no dudará defender con su vida una posición totalmente insostenible. Esa conciencia que lucha y pierde con ese sentido del deber podí­a equipararse a Rí­o Bravo (Rí­o Bravo, 1959). Por otra parte, la conciencia de grupo homogéneo no ya solo los compañeros del Álamo sino en la misma lí­nea que Hatari! (Hatari!, 1962) estarí­an los hombres de Tenesse liderados por Crockett, una gran familia que viajan y luchan juntos y que aceptarán su destino conjuntamente.

Además de la gran resonancia que sus colaboraciones con Hawks han dado a lugar, la mayor influencia la encontramos en “Da Man”, el mismo John Ford. La pelí­cula está cargada de personajes fordianos, ese mismo grupo que ama las juergas, las mujeres y las broncas. La secuencia de la taberna durante la noche en la que Crockett y su compañero aguantan la pluma para saber quien pega primero es cien por cien Ford, la citada anteriormente fiesta de Lisa con el baile posterior o el personaje de Flaca, mujer fordiana por excelencia. Pero más que personajes o pasajes en sí­, la sombra de Ford es alargada y se nota en detalles durante sus tres horas de duración, como cuando el grupo decide quedarse, tan absurdo e inocente como los personajes de Ford. De hecho, una de las anécdotas más divertidas la cuentan los actores y el equipo en el documental sobre la pelí­cula es que Ford se presentaba en el plató sin previa invitación y se sentaba en la silla de director empezando a dar órdenes por supuesto sin que cualquiera ni el propio Wayne se atreviera a decirle nada, por lo que decidió junto con el mí­tico director de Fotografí­a William H. Clothier (el mismo director de fotografí­a de Ford) entregarle una cámara y se fue a filmar exteriores durante unos dí­as. De hecho, los planos filmados por el maestro se conservaron en la versión final.

Tras el estreno, la pelí­cula sufrió numerosos cortes y mutilaciones que impidieron gozar de la visión global de su conjunto perdiendo esa fuerza siendo mitigada en pos de una mayor explotación comercial y que se vio perjudicada en la edición de los premios de la academia en los que optaba a ocho premiso incluidos pelí­cula y director quedando relegada a los de Banda sonora y sonido.

Por suerte los años nos han devuelto en su esplendor esta joya del cine histórico-épico-western que si ha sobrevivido tan bien a lo largo de los años es por la universalidad y candencia de su tema, la dignidad. La pelí­cula no trata más que de la dignidad, desde los hombres que se sacrifican por unos ideales, por unas personas renunciando a una vida hasta la dignidad mostrada por Santa Anna, un enemigo terrible pero que no duda en desalojar a las mujeres y niños del Álamo antes de la batalla para que nos sufran daño alguno. Una dignidad alcanzable a cada uno y que se mide según los actos de cada persona y es que como decí­a El Duque acerca de su pelí­cula apoyado en uno de los decorados con la mano en la cintura, el sombrero ladeado, el peso sobre la rodilla y el otro brazo apoyándose en el poste del exterior del saloon y con su caracterí­stico tono de voz paternalista y duro: “How can you mesure the dignity of a man?… On his acts, and that´s the most important legacy of the brave men that fought on the Alamo“.


 


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