Director: Billy Wilder. 1960. EE.UU. B/N
Intérpretes: Jack Lemmon (C.C. “Bud” Baxter), Shirley MacLaine (Fran Kubelik), Fred MacMurray (Jeff. De Sheldrake), Ray Walston (Joe Dobisch)

El empleado de unas grandes oficinas C.C. Bud Baxter condiciona su ascenso a la cesión de su apartamento para que sus superiores puedan disfrutar en el anonimato de sus amantes. A pesar de conseguir un puesto de relevancia en el organigrama de la empresa, C.C.Baxter ha de frecuentar bares y deambular por la calle mientras alquila su apartamento. Durante este período de impasse, Baxter entabla una relación con Fran Kubelik, una chica que resulta ser la amante de su jefe Jeff D.Sheldrake, aunque no sienta una especial simpatía por ella, tal como le explica la noche de Navidad.
Apología del arribismo
¿Qué decir de El apartamento? Ríos de tinta han corrido desde su estreno en 1960. La crítica a favor ha sido unánime, excepto en el momento de proyectarse por primera vez, cuando un sector de opinantes la tildó de “repugnante”, “carente de estilo o de buen gusto” e “inmoral, es decir, deshonesta”. Pecata minuta en el recuento global de juicios, pero comprensible si nos atenemos a lo que la sociedad estadounidense considera(ba) “buena moral”.



Y es que el tema se las trae: un simple oficinista ejerce de alcahuete con sus jefes, dejándoles su apartamento por unas horas para que consumen el adulterio a cambio de un ascenso en la compañía de seguros donde trabaja. Mirándolo bien quizá sí sea un tema inmoral, aunque en manos de Billy Wilder y I.A.L. Diamond, el guión de El apartamento es una amalgama perfecta de drama y comedia, hilvanado todo ello con hilo de pescar y sus correspondientes anzuelos.

Como muchos sabrán, la idea de la película proviene de Breve encuentro (1945), de David Lean, donde Alec y Laura tienen un fugaz encuentro en un apartamento que les deja un tercer personaje. Sin embargo, todo el romanticismo contenido en la cinta británica se desvanece en esta ocasión en favor de una crítica mordaz a las relaciones de pareja y al arribismo salvaje. Ahí tenemos a C.C. “Bud” Baxter (Jack Lemmon) haciendo horas extras en la oficina o esperando en la fría noche a que se apaguen las luces de “su” habitación; ahí aparece el semblante risueño de Fran Kubelik (Shirley MacLaine), máscara que oculta la inconveniencia de enamorarse siempre de hombres casados que no dejarán a su mujer. Dos auténticos payasos metidos en el pellejo de unos fracasados en los lances amorosos, víctimas de un sistema mercantilista de los sentimientos, más interesado en ir por el camino fácil que en forjar una auténtica unión.



Baxter es un hombre de ciencias, no se preocupa por el porqué de las cosas, sino por cuadrar las cuentas, de la empresa de seguros y de su agenda de visitas a su casa. Es la versión moderna del John Doe americano, sencillo y sin grandes preocupaciones, que cambiará el chip mental al darse cuenta de las injusticias que se cometen. Su salvación será Fran, la ascensorista simpática de la empresa, liada con el jefe Sheldrake (Fred MacMurray), precisamente quien debe autorizar el ascenso de Baxter. Hay una clara diferencia entre las plantas inferiores y las superiores del edificio de la “Consolidated Life”: en la planta baja el hormigueo de personal es constante -la puesta en escena es deudora del filme de King Vidor. .Y el mundo marcha (1927)-, y los codazos y envidias están a la orden del día; las plantas nobles, en cambio, son un remanso de paz y pulcritud. Pero, ¿qué ambiente está más emponzoñado? ¿El que intenta subsistir en la competición o quien se aprovecha de la necesidad del Oompa Loompa de turno para medrar o divertirse a su costa?


Normalmente se ha encuadrado la película dentro del género “comedia dramática”, al combinar la causticidad de Con faldas y a lo loco (1959) con la desventura de Días sin huella (1945). No busca la carcajada, sino la complicidad del espectador para con sus personajes. Aun así, la historia peca de cierta irrealidad al decidirse Fran por Baxter -decidirse no en el sentido de entregarse en cuerpo y alma, sino en el de hablar y escucharse mutuamente-. Cierto es que la chica ha sufrido mucho -ella cree que ha alcanzado su límite de angustia e intenta suicidarse-, pero Baxter no es ni mucho menos el hombre ideal: un ser simplón como pocos, alcohólico ocasional y cuyo impulso vital son los trepas intereses pecuniarios no parece que se acerque a ningún prototipo de hombre maravilloso. Por mucho que Baxter renuncie al último puesto que se le ofrece, ello no supone la expiación de sus pecados, más bien un momento de lucidez en la cumbre de su ascenso.



En el haber de la película, sin embargo, quedan momentos inolvidables para el imaginario colectivo: la oficina interminable ideada por Alexander Trauner, la fotografía en blanco y negro de Joseph LaShelle en formato panorámico, lo corrosivo de algunas situaciones -atención a la comparación entre la borracha del bar en Nochebuena con Marilyn Monroe-, el ir y venir de llaves, la tupida agenda de Baxter, los extrañamientos del doctor Dreyfuss y señora, la cama siempre caliente, el billete de cien dólares, el espejo roto y la hoja de afeitar,… Momentos y miradas llenas de tristeza y mezquindad, de ilusión y apasionamiento, como sólo Billy Wilder supo hacerlo.


De todo buen aficionado al cine es bien sabido cuán difícil es encontrar una película de género “químicamente pura” -adscribible a un género concreto de manera inequívoca y sin el más mínimo aditamento o incrustación de un género distinto-: de los filmes que mezclan, en dosis variadas, elementos de múltiples géneros, hasta aquellos otros que, ateniéndose básicamente a las convenciones de uno en particular – el cual se inscriben-, se trufan o salpican con elementos puntuales de otros diferentes, un altísimo porcentaje de la producción cinematográfica se atiene a esta premisa. Y también a ella se acoge esta auténtica obra maestra que es El apartamento, una película que amalgama en su particular “coctelera” ingredientes de la que, probablemente, constituya la más explosiva y complicada de esas mixturas: la de la comedia de tintes amargos y románticos, esa probeta que a más de un reputado alquimista le ha estallado entre las manos de forma estrepitosa, mientras que al genial Billy Wilder siempre le ha proporcionado exquisitos brebajes -y éste es, posiblemente, el más delicioso de todos ellos-.
El apartamento -pequeño y coqueto- es el teatro de las operaciones en el que se va erigiendo una montaña de ignonimia, un verdadero retablo de las miserias humanas, que, por muy inocuas y disculpables que sean (cuán débil es la carne, hermanos…), no dejan de ser miserias. Y su epicentro personal es el bueno de “Buddy” Baxter, un hombre tranquilo y sencillo al que da vida un Jack Lemmon en auténtico estado de gracia, que obtuvo, gracias a este papel, una nominación al Oscar® como mejor protagonista -el premio se lo terminaría llevando otro monstruo como Burt Lancaster, por su papel en “Elmer Gantry”-. “Buddy” Baxter es un hombre bueno, muy bueno, que lleva una existencia gris y anodina, la de un simple número, un punto perdido en la inmensidad de esa inacabable oficina -ese prodigio que, salido del magín de ese extraordinario director artístico que fue Alexandre Trauner, aún constituye objeto de estudio y admiración en las escuelas de cine de medio mundo-, en la que desarrolla su trabajo, mecánico y rutinario. Y es tan, tan bueno, que es incapaz de negarse a los requerimientos de sus superiores para dejarles utilizar su precioso apartamento como infame picadero, aun a costa de su comodidad e, incluso llegado el caso, su salud. Demasiada bondad, ¿no?

No menos buena que Buddy es Fran Kubelik -otra fastuosa interpretación a cargo de Shirley McLaine-, esa amable y servicial ascensorista de sonrisa sempiterna y palabra simpática siempre en la punta de sus labios, bajo las cuales -sonrisa y palabra- esconde su sufrida condición de amante oculta y avergonzada de uno de los jerarcas de la compañía, bastante poco dispuesto a alterar su estatus sociofamiliar para dar satisfacción a las calladas aspiraciones de su chica, sumisa y resignada a tan triste condición. De nuevo, demasiada bondad, ¿no? Pues no se lo crean, amigos, tampoco hay tanta bondad, ni siquiera en estas dos almas benditas. Porque, en el fondo, en el más interno de sus fueros, son ciertamente buenos, muy buenos -y por eso, y por la fuerza arrolladora que sólo un sentimiento como el amor imprime hasta en el más pusilánime de los espíritus, ambos serán capaces de redimirse de sus respectivas infamias-, pero eso no puede ocultar cuáles son sus motivaciones y sus aspiraciones -muy poco edificantes, por cierto-. Buddy quiere ascender, aspira a un despacho propio y, los únicos méritos que puede esgrimir -quod natura non dat…- son los de su indigna y servil disposición. Y Fran quiere convertirse en la nueva esposa del jefazo, objetivo en pos del cual no tendrá mayor inconveniente -aun con todo su sufrimiento- en tragar el sapo del desprecio permanente y el trato displicente de su mantenedor. ¿Ven ustedes, ahora, cómo tampoco eran tan buenos?

Este planteamiento de la trama, con su redención final incluida, podría haber dado origen y fundamento, en manos menos diestras, a una comedieta insulsa de moralina insufrible o a un dramón lacrimógeno hasta el tuétano. Pero desarrollado con una puesta en escena tan sobria como efectiva, un ritmo narrativo fluido y bien medido, unas interpretaciones de sus protagonistas tan entrañables como creíbles, y una riqueza en los diálogos como sólo la casa “DiamondWilder” es capaz de proveer, se termina convirtiendo en eso que ya adivinan: un monumento del séptimo arte, no por su grandiosidad, sino por su enorme calidad. Porque éste, y no otro, es el gran cine: el que nos ofrece una baranda desde la cual asomarnos a esas escaleras que suben y bajan por los entresijos de la humana condición, sin resultar plúmbeo ni cargante -no es necesario aburrir para incitar a la reflexión-. Y eso es lo que nos da El apartamento, una auténtica obra maestra.
LA SOMBRA DEL CAUDILLO
Director: Julio Bracho. 1960. México. B/N.
Intérpretes: Tito Junco (Ignacio Aguirre), Tomás Perrín (Axkaná González), Carlos López Moctezuma (Emilio Olivier Fernández), Miguel Ángel Ferríz (Caudillo), Ignacio López Tarso (Hilario Jiménez), Bárbara Gil (Rosario), Víctor Manuel Mendoza (Elizondo), José Elías Moreno (Catarino Ibáñez), Kitty de Hoyos (La Mora), Antonio Aguilar (Jáuregui), Roberto Cañedo (Presidente de la Cámara de Diputados).