LA DOLCE VITA

Película estrenada entre 1960

Director: Federico Fellini. 1960. Italia. B/N

Intérpretes: Marcello Mastroianni (Marcello Rubini), Anita Ekberg (Sylvia), Anouk Aimée (Maddalena), Yvonne Furneaux (Emma), Magali Noí«l (Fanny, Alain Cuni (Steiner)




Cartel original de la pelí­cula

Roma. Marcello Rubini, un columnista de la prensa rosa con aspiraciones literarias es testigo de la decadente vida de la alta sociedad, Mientras va de fiesta en fiesta, de incidente en incidente y tiene una serie de encuentros con varias mujeres, entre ellas su novia Maddalena y su prometida Emma. Tras cubrir la llegada de la “starlet” Sylvia Rank, acude a un lugar donde se ha profetizado que va a ocurrir un milagro, donde se produce un tumulto en el que fallece un tullido. Aunque parece decidido a tomar serio la literatura, la sensación de frustración personal y su disgusto consigo mismo, se verán exacerbados por la visita de su padre y la noticia de que un amigo se ha suicidado, matando a la vez a sus hijos. Durante una noche loca, se convencerá de que no es más que un agente de publicidad. La pelí­cula acaba con Marcello contemplando cómo los invitados a una fiesta se reúnen en una playa para ver cómo arrastran fuera del mar a un enorme pez.


En el filme, la fingida tranquilidad de las aguas sociales se agita de vez en cuando y se asoman los testimonios evidentes que hacen sinónimos vida e infierno. Roma, particularmente, ha parecido un ámbito en que el fenómeno se produce a la perfección. Desde las orgí­as del Imperio, reporteadas por Petronio en El Satiricón, estudio de la época que fue descrito por el crí­tico Guido Aristarco como la “dolce vita” de la Antigüedad, hasta el asesinato de Aldo Moro y el atentado al Papa, sin olvidar las continuas denuncias de corrupción de la clase dirigente.

Fellini trabajó como caricaturista y periodista, hasta enrolarse en el cine como autor de trucos y guionista. Esta etapa culminó con su participación en el guión de Roma ciudad abierta (1945). Esta pelí­cula, dirigida por Roberto Rosellini, lo instala entre los fundadores de uno de los movimientos mayores de la cinematografí­a, el neorrealismo italiano, que abogaba por una estética de la realidad y del estado de necesidad, postulados que no elude Fellini como realizador, y cuyos rastros se observan en Luces de Variedades (1951, co-dirigida con Alberto Lattuada), El Jeque Blanco (1952), Amores en la ciudad (1953), Los inútiles (1953), La strada (1954), El engaño (1955) y Las noches de Cabiria (1957). Ya en esos dí­as se habí­a casado con Giulietta Massina y la tuvo como protagonista de sus mayores triunfos. Por lo demás, se considera que Las noches de Cabiria fue la última pelí­cula del neorrealismo. Con La dolce vita (1960) inaugura otra etapa y otra mirada de su creatividad.

Estos antecedentes establecen la calidad e intensidad del aporte felliniano a la cinematografí­a mundial. Definió un canon insoslayable para entender una parte del cine de categorí­a. Agudo observador, su obra, esencialmente autobiográfica, denota la intención de crónica, sin renunciar a la magia carnavalesca ni a la sorna, porque ese gusto por el documento personal quedó impresa en él en los primeros años de su enfrentamiento con la metrópoli milenaria de sus amores y odios, época que precisamente retrata en Roma de Fellini (1972). Sus filmes son reportajes, confirmado por su propia confesión acerca de que lo que fundamentalmente incorpora en su puesta en escena: “Siempre estoy haciendo la misma pelí­cula: la historia de unos personajes en un lugar reconocible pese a sus máscaras, en busca de sí­ mismos”.



Anita Ekberg en la inolvidable escena en la Fontana di Trevi de Roma


Anita Ekberg y Marcello Mastroiani en La Fontana de Trevi romana

El caso Montessi

En La dolce vita esos personajes andan en busca de la nada o, por lo menos, siempre tropiezan con ella. En Roma “ciudad cerrada” -encerrada- se instala el gran fresco de la decadencia y la perversión, no sólo de una clase, sino que traspasando la sociedad entera. Deambulando por el soberbio barrio EUR, la via Veneto, las añejas mansiones señoriales, los milagros de provincia, los nights clubs y discotecas, las playas de madrugada, las traviesas e iluminadas fuentes, en suma, cualquier rincón en que los fantasmas romanos salen a incitar vicio y pecado. Quien recorre ahora como turista esos lugares no puede evitar reconocer cuanto de Fellini quedó esparcido allí­, y viceversa. O sea, cuanto Fellini contribuyó a dejar en evidencia el alma de Roma.

Era la Roma de fines de los años 50. La misma que se habí­a estremecido hasta sus cimientos con el escándalo Montessi, en que una joven de origen proletario -Vilma Montessi- apareció asesinada a orillas del Tiber. El juicio se inició en 1957 y reveló pistas sobre el modo de “divertirse” de los grandes personajes, dejando la convicción de que la joven -y bella- ví­ctima era sólo la parte visible del corrompido iceberg de una sociedad comprometida hasta la médula en el luctuoso crimen.

A partir de estos antecedentes, Fellini y sus guionistas Tulio Pinelli, Ennio Flaiano y Brunello Rondi elaboraron otro testimonio levemente distinto, pero idéntico en su intención de denuncia y revelación de los hechos que produjeron repulsa y alarma pública. Quienes asistí­an ver la pelí­cula no sabí­an-ono querí­an darse cuenta- que ellos tampoco estaban exentos de culpa. En realidad, todos eran tan cómplices, a la par que la autoridad, los polí­ticos, los rumbosos empresarios, y los medios de comunicación. Ministros, camareros del Vaticano, periodistas, eran tan responsables como los aristócratas, los comerciantes o los oficinistas. Las imágenes del filme no apuntaban con el dedo sólo a sus personajes, sino que a Roma entera.



Marcello Mastroianni, como el inmortal Marcello Rubini

Ubicando su cámara y su inspiración en este caldo de cultivo regido por el error y el pecado, Fellini, quizás hasta sin quererlo, habí­a logrado lo que se proponí­a: un retrato de una sociedad extraviada, tanto como su protagonista Marcello, testimonio de un orden en que se habí­a olvidado a Dios. Por algo la escena de apertura es la de la estatua de Cristo con los brazos extendidos, conducido en un helicóptero por sobre los techos de Roma: la ciudad necesita de Él. En las escenas siguientes, el director explica por qué. Y esto se reafirma en la secuencia de cierre, cuando ensordecido por el ruido del viento y el mar, Marcello no escucha la voz de la inocencia en la figura de una frágil adolescente rubia -¿un ángel?- que lo llama desde la otra orilla del torrente.

Ocio social

Cuando La dolce vita apareció en las pantallas en 1960 también originó escándalo -incomprensible desde una perspectiva actual, del siglo XXI- que garantizó el inmenso éxito de la pelí­cula, debido a su tratamiento -supuestamente explí­cito- del sexo, consagró a Fellini como un autor de prestigio internacional. La popularidad que alcanzó llegó hasta tal punto, que su tí­tulo y el nombre de uno de sus personajes -el desaliñado fotógrafo Paparazzo- han pasado a formar parte del lenguaje común.

Pero sí­, originó escándalo. Desde diversos sectores se rasgaron vestiduras tratando de impedir que la pelí­cula continuara exhibiéndose. Se decí­a que le harí­a un daño irreparable a Italia y a Roma. Lo que temí­an en realidad aquellos guardianes de la moralidad era verse retratados en una visión demasiado fiel y cruel acerca de sus vicios y conductas. Era el estilo de vida de la sociedad del ocio, el que no era conveniente denunciar con tanta vivacidad, por los múltiples intereses y contactos que se sentí­an seriamente agraviados. Los ominosos ecos del caso Montessi aún resonaban y producí­an temor a quienes permanecí­an en la hipócrita sombra de la impunidad.

Hubo también otros frentes, con menor malicia, pero más severos. “L’Osservattore Romano”, órgano oficial de el Vaticano, estimó muy exhibicionistas las orgí­as y castigó a la pelí­cula con el anatema del escándalo. En este aspecto tení­a sus razones, porque, por mucha ficción que contuvieran sus imágenes, hay en ellas la manifiesta intención de reportaje a la realidad. Es, por lo mismo, un crudo documento -sin sensualidad ni pornografí­a- sobre unos seres errabundos que en un paseo por el infierno, guí­an al espectador por las formas de vida de una sociedad cercada por la materia.


El director observando a la voluptuosa Anita Ekberg durante el rodaje

Y hay más. Los que conocen la época en que se insertan las situaciones no ignoran que cada situación, circunstancia y personaje corresponden a la verdad. En el episodio de la estrella de cine, por ejemplo, Anita Ekberg, un monumento humano tan impresionante y radiante como cualquier fuente de Roma, a quien Fellini apodó irónica y cariñosamente “Anitona”, se imita a sí­ misma, incluyendo las bofetadas propinadas por su marido al llegar a su hotel en la madrugada acompañada por Marcello y los paparrazzi. Por otra parte, ella y otras divas, en la vida real, no se sentí­an suficientemente bautizadas por la gloria si no se bañaban, como Dios las echó al mundo, en la Fontana de Trevi. También, en su ascenso frenético por la interminable escalera de la cúpula de la basí­lica de San Pedro va vestida con el traje sacerdotal que usara Ava Gardner en igual situación cuando visitó Roma.

El intelectual Steiner (Alain Cuny) es también la recreación de tantos artistas honestos que buscan desesperadamente la belleza, la sinceridad y la paz en una sociedad suicida. A él no le son suficientes su ilusión, su vocación estética, su hogar ejemplar (en el que su pequeña hija le preguntó una vez “Papá ¿quien es la madre del sol?”) y sus amigos extraordinarios para escapar de la nausea que le lleva a autoinmolarse con su familia. Marcello, protagonista-testigo (una espeice de Dante recorriendo el infierno)es reconocible no sólo en los rasgos biográficos del propio Fellini, sino que en los de Gualterio Jacopetti. Éste fue un joven periodista que saltó a la fama con las crónicas del caso Montessi. Se fuE comprometiendo con la decadencia del ambiente que le correspondió cubrir profesionalmente y se pervirtió, derivando después hacia el cine como realizador de tramposos documentales en los que buscaba sensacionalismo y lucro, olvidando los imperativos de la ética informativa. Resultado de esta viciada posición fueron Perro mundo (1962) y sus secuelas.

En La dolce vita, Fellini no sólo comprendió el estado general de una sociedad, sino que extendió la cédula de identidad de ésta, una fotografí­a inmisericorde, en la que era posible reconocer sus rasgos menos perceptibles. Transcurridos cuarenta años desde que se originaran aplausos y distinciones mundiales y una polémica activí­sima, aún sus imágenes no han perdido fuerza ni vigencia.

Lenguaje universal

Por su sello de verosimilitud, no fue difí­cil que todo en ella llegara ser universal. Desde Marcello y Anita hasta los sí­mbolos y algunas expresiones. El periodista protagonista (Marcello Mastroianni se estableció desde ese ese momento como í­cono mundial) tiene un colega fotógrafo (Walter Santesso) que se apellida Paparazzo, acosador sin piedad de los famosos que no pueden escapar a su cámara. De allí­ quedó el término “paparazzi” para designar a un incansable cazador de imágenes indiscretas y exclusivas. Y el tí­tulo: ahora “dolce vita” pasó a todos los idiomas como una expresión que describe las orgí­as de los grupos que huyen del permanente hastí­o o que creen divertirse a morir con la superficialidad de sus vidas.

Pero la validez de la pelí­cula no se halla sólo en su testimonio social. Hay que reconocer, primero, que Fellini ya habí­a conocido la fama internacional (ya habí­a ganado el Oscar dos veces a la mejor pelí­cula extranjera) y era muy bien considerado por la mayorí­a de la crí­tica mundial. Por ello, si La dolce vita perdura es, más allá de lo que muestra, por la forma en que lo hace. Si Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti y Federico Fellini son considerados el más importante cuarteto del cine italiano, es por la sólida y personal calidad de sus estilos y por una fortaleza creativa que entre ellos se comunican. En los cuatro se aúnan, en mayor o menor grado, la poética del desamparo de De Sica, la soledad de Antonioni, el decadentismo de Visconti y el barroquismo moral de Fellini.


Fellini filmando a la Italia burguesa profunda

La dolce vita tuvo influencia sobre el cine posterior, cuando éste retrata el aburrimiento y la perdición en un ambiente que se precipita hacia la nada (Eyes Wide Shut, de Kubrick, por ejemplo). Este reportaje sobre personas quizás inocentes, pero sin capacidad – o voluntad – de redención, conducidas como rebaño por el medio social contaminante, como marionetas trágicas, sordas al llamado de la pureza, estableció una nueva forma de la narrativa cinematográfica. Con este prisma estético desgranado en episodios, y sin renunciar a su gusto por lo circense, que conducen a los personajes al despeñadero, Fellini revela otra de las caracterí­sticas de su estilo: la visión de sucesos objetivos iluminados por una poética subjetiva.

Hace 25 años se exhibió una versión restaurada y discutiblemente virada al verde. En aquella “modernización” se suprimieron dos secuencias. Una de ellas es la del padre de Marcello (Aniballe Ninchi) con la prostituta (Magaly Noí«l), en que la sensible melancolí­a del hombre en el ocaso y la posibilidad de redención de la muchacha son dos ejes espirituales que se echan de menos. La otra es el encuentro de Marcello con Steiner en una iglesia (y una reunión cultural en la casa de éste), en que habí­a otra de los ejes de emoción que anuncian y caracterizan el patética y estéril naufragio existencial del protagonista. Ojalá que en las reposiciones-homenajes que sin duda se harán en adelante, no se omitan tales escenas.

Este filme, a más de 45 años de su estreno, mantiene su vigencia y validez. Es una cinta indispensable cuando se quiere hacer una conmemoración de los años de nacimiento -o de la muerte- del director Federico Fellini.


Anita, entre Fellini y Mastroianni en el estreno del filme


 


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