LA EVASIÓN (Le Trou / Il buco)

Película estrenada entre 1960

Director: Jacques Becker. 1960. Francia-Italia. B/N

Intérpretes: Marc Michel, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier, Michel Constantin, André Bervil, Jean-Paul Coquelin, Eddy Rasimi


Gaspard Claude es un joven inocente acusado de intento de asesinato de su mujer. Enviado a una cárcel de Parí­s, es instalado en una celda junto a otros cuatro duros criminales, los cuales han decidido escapar de la prisión construyendo un laborioso túnel. A regañadientes, convencen al joven para que se una a su plan de fuga y participe en las labores de construcción del túnel. Aclamado ejercicio de precisión narrativa, apabullante en su perfecta simplicidad, es sin duda alguna la obra más redonda de Becker.



La pelí­cula que es ya todo un clásico del cine de evasiones carcelarias, ya se sabe, un grupo de gente presa que intenta fugarse de la prisión.

Ha habido un montón de pelí­culas a lo largo de la historia del cine que nos contaban más o menos la misma temática, de las que podemos destacar las conocidí­simas: La gran evasión, La fuga de Alcatraz o Cadena perpetua. La primera de ellas referente a un campo de prisioneros, pero el desarrollo de la pelí­cula es muy similar. Pues bien, La evasión de Jacques Becker no es para nada inferior a ninguna de ellas, además su manera de filmarla la hace claramente diferenciable del resto de pelí­cula arriba mencionadas, todas ellas americanas, lo que influye en la forma de filmar la pelí­cula, por lo tanto podemos decir que La evasión es casi una pelí­cula única, porque si queremos ver La fuga de
Alcatraz y no la tenemos podemos poner La gran evasión que básicamente mantiene una gran similitud en el ritmo interno de la misma, pero si nos apetece ver La evasión, es muy difí­cil encontrar algo que la sustituya, es una pelí­cula con una concepción muy diferente.

La evasión nos cuenta la historia de 5 presos franceses que comparten una única celda y que estando condenados a sentencias de reclusión superiores a los 10 años por persona, deciden fugarse de la cárcel. Para ello ponen en marcha un plan sencillo pero que requerirá de todo su ingenio para salir adelante.

Al contrario que la mayorí­a de pelí­culas de prisiones, en ésta, la historia va directa al grano desde el principio, casi desde el comienzo de la pelí­cula empiezan las maniobras encaminadas a la fuga. No hay mucho tiempo que perder porque como veremos a continuación el director necesita de todo el tiempo posible para poder centrarse en lo que es propiamente la fuga y los detalles relacionados con la misma. Como acabo de mencionar, esta es una pelí­cula de detalles, está plagada de ellos, en forma de objetos, de descripciones visuales, etc. Es raro ver una pelí­cula que le dedica tanto tiempo a los detalles, pero creo que en pelí­culas de este estilo, en donde la huida requiere de tantos factores, es necesario que se nos muestren claramente todos los que intervienen en esa posible evasión.

El estilo de rodaje de la pelí­cula deja muy claro que Jacques Becker es un director muy poco influenciado tanto por tendencias como por clasicismos en el cine, y que es capaz en 1960 de saltarse las reglas preconcebidas para rodar la pelí­cula a su manera.

Centrémonos un poco más en lo que comentaba antes referente a la filmación de Jacques Becker. Después de haber visto muchas pelí­culas me es difí­cil recordar una en donde se le dedique tanto tiempo a mostrar con prioridad las cosas en la pantalla en lugar de dar prioridad a las personas. Me explico, durante la fuga podemos ver al dedillo toda la ruta de fuga y conocer de memoria toda la instalación carcelaria con sólo ver la pelí­cula una vez, la fijación por los detalles de la huida que muestra Becker es realmente sorprenderte. Por ejemplo durante muchos momentos de excavación vemos claramente cómo golpean el cemento sin descanso y durante un tiempo prolongado, dejando de lado al actor y centrándose clara y únicamente en los golpes contra el cemento, o en cómo sierran un barrote de hierro. Se que parece extraña la idea de por momentos casi dejar de lado al actor, pero de esa manera consigue en la pelí­cula un objetivo importantí­simo, consigue que el espectador se centre en la huida, en la excavación, en serrar ese barrote, de modo que el espectador se fatiga también con cada golpe sobre la piedra, se agota de ver serrar, con lo que consigue una total compenetración del espectador con la tarea de la huida, nosotros al ver la pelí­cula estamos escapando también. Además evita el gran peligro de esta clase de filmaciones, consigue que el espectador no se aburra en absoluto, da igual el tiempo que le dedique a ver cómo se cava, nunca aburre porque mantiene el ritmo de una manera ejemplar, manteniendo constantemente la tensión dramática.

Una de las mejores secuencias de la pelí­cula es la que sucede cuando unos fontaneros que van a reparar una averí­a en la celda les roban unos cigarrillos y unos sellos a los presos. A partir de ahí­ uno de los responsables de la prisión se encarga de que los presos puedan ajustar cuentas con los ladrones (un pequeño repaso para aclarar las cosas), dejando claro que los carceleros también son personas y tienen un respeto hacia los presos, al contrario que en la mayorí­a de las pelí­culas anteriores sobre el tema.

Como he dicho antes, el ritmo narrativo es uno de los puntales de la pelí­cula, lo que unido a la magní­fica dirección de actores, evidentemente junto al talento intrí­nseco del actor hacen que una pelí­cula pase de grande a genial, que es el caso de la pelí­cula que comentamos aquí­.

De entre todos los actores de la pelí­cula, desde los principales hasta los secundarios, que están todos a un grandí­simo nivel, me gustarí­a destacar sobre todo la aportación de Jean Keraudy, muy convincente en un papel y nos recuerda mucho al Richard Dean Anderson de MacGyver con sus continuos trucos. Además es un actor aficionado que trabaja en su primera y única pelí­cula, narrándonos su historia personal, una historia evidentemente verí­dica.

Una breve indicación del actor Jean Keraudy -que interpreta a Roland en la pelí­cula, un personaje que vivió en carne propia- nos indica con extraña cercaní­a que los hechos que vamos a contemplar son reales y sucedieron en la cárcel francesa de la Santé en 1949. Esa aviso -rodado con una extrañeza basada en la sinceridad- predispone a la implicación del espectador en los hechos que nos va a contar Jacques Becker en la que supondrí­a su último filme -a raí­z de su inesperado fallecimiento tuvo que culminar algunos detalles de postproducción su hijo, el posterior realizador Jean Becker-. Y personalmente creo que Le trou (1960) constituye un inesperado testamento y la obra maestra del que considero uno de los más grandes realizadores de la cinematografí­a gala. Dentro del conjunto de una filmografí­a caracterizada por su alto nivel y, muy especialmente, su destreza técnica y hondura temática y ética dentro de una trayectoria que se implicó con diversos géneros populares, Le trou supone un auténtico canto a la amistad y la lealtad, para lo que se contó con la base de una novela de Jose Giovanni -muy pronto habitual al ser adaptado para pelí­culas del cine polar francés y que incluso desarrolló una andadura como director-. Giovanni relató una historia que le era igualmente muy próxima, puesto que participó en esta huí­da finalmente frustrada y su persona está representada en Manu, el personaje que encarna Philippe Leroy.


Tras este aviso la pelí­cula se centra en la llegada de Gaspard (Marc Michel) a una celda en la que conviven cuatro reclusos -los ya mencionados Manu y Roland, Géo (Michel Constantin) y Monseigneur (Raimond Meunier). De forma rápida el espectador advertirá que Gaspard tiene unos rasgos bien diferentes al de sus cuatro nuevos compañeros. Se caracteriza por sus modales más aparentemente sensibles, aspecto más cuidado y una mirada temerosa. Sus compañeros son aparentemente más brutos pero muy pronto se revelan de gran nobleza. Tras unos instantes de duda ellos deciden contarle al nuevo compañero el plan que han decidido acometer para huir de la prisión, no sin antes preguntarle por las causas por las que se encuentra encerrado -ha sido acusado por su esposa de haber intentado un homicidio frustrado; en realidad todo se dirime en la infidelidad que le ha provocado con su hermana menor y el substrato de ser un mantenido de su cónyuge-.

Cuando el espectador se encuentra un tanto sorprendido por las escasas posibilidades que observa de huir de una cárcel contundentemente vigilada, la pelí­cula despliega un giro sorprendente y logra -como muy pocas veces he sentido en el cine- que el espectador en todo momento sea un personaje más en el proceso que está a punto de lograr la huí­da -en este caso serí­a más propio señalar un “reencuentro con la libertad” de estos cinco reclusos. Con tanta deslumbrante facilidad y en el fondo una enorme complejidad que en realidad está sedimentada por la sabidurí­a y entrega con la que todo el equipo del filme se entrega en su desarrollo, vemos como se desarrolla el inapelable proceso para lograr la huí­da tan añorada. Jacques Becker sabe extenderse en prácticamente treinta minutos al mostrar el proceso por el que se logra efectuar el orificio de salida de la celda -la fisicidad con que se plantea la labor de sus personajes en unos planos larguí­simos que llegan a resultar angustiosos para el espectador; la aparente contradicción que supone el hecho de que se produzca un ruido tremendo para perforar el suelo (precisamente ese fondo estridente dentro de una cárcel que siempre tiene salas en obras es el que permite que no provoquen sospechas), la precisión con la que Roland (ya en el pasado se ha evadido de cárceles).

va desarrollando la investigación por los túneles y subsuelo de la cárcel, explicando a Manu en breves comentarios demostrativos -y con él al espectador- los pormenores que van realizando para lograr la localización del lugar en el que desarrollarán el túnel final que los llevará a la libertad.
Esa extensa pero apasionante secuencia -en la que Becker logra atrapar al espectador de la forma más noble posible- hay que destacar -algo extensible a toda la pelí­cula- la impresionante labor de iluminación de Ghislain Cloquet en la que tanto las sombras, las oscuridades y los escasos puntos de luz tienen su máximo exponente en esos largos planos en los que la oscuridad prácticamente engulle a los dos presos exploradores en sus desplazamientos por los húmedos y frí­os túneles del castillo. La lógica y al mismo tiempo el esfuerzo de los dos exploradores iniciales -completados en la celda con la ayuda inestimable de los otros tres reclusos que incluso han desarrollado un ingenioso artilugio para poder disimular la ausencia de estos en los camastros ante las guardias de los carceleros-, finalmente llegará a un punto cerca de la desembocadura del desagüe, que se encuentra taponado con cemento armado. A su alrededor se iniciará un túnel de unos tres metros de extensión, en una aventura que parece colosal a ojos de Manu -y también para el espectador-. Cuando hemos llegado a ese punto y nuevamente se atisba la sensación de que el interés de Le trou puede empezar a decaer, la pelí­cula aplica otro giro en su ritmo, a través del cual Becker monta secuencias más cortas desarrollando el trabajo en equipo de los reclusos, y en las que veremos tanto su ingenio, como capacidad de solidaridad e innegable sentido de la organización. De forma directa, sin coartadas discursivas y siempre atendiendo a la lógica de la acción, con una extraordinaria capacidad de sí­ntesis, una sobriedad deudora del mejor cine francés y una extraordinaria dirección de actores que atiende a miradas pero también al enorme esfuerzo fí­sico que desarrollan todos ellos -el único que se muestra un tanto alejado pese a su implicación en el grupo es Gaspard, quien sin embargo a medida que se va completando el plan se siente transformado e invadido por esa sensación de totalidad en el compañerismo que vive con sus compañeros-, Le trouse distancia de posteriores tí­tulos como el limitado la gran evasión (1963, John Sturges) y siempre mantiene a ese espectador como un personaje más, que en algunos momentos -estoy seguro de ello- quisiera implicarse en ese esfuerzo solidario realizado por este grupo de presos.

La obra póstuma de Becker logra ese justo y casi milagroso equilibrio entre lo fí­sico y lo moral, entre el sentimiento que anuda a sus protagonistas, los une y llena de amistad y la facilidad con la que desarrollan una tarea a todas luces titánica. Al mismo tiempo diversas incidencias tendrán lugar en el último tercio de la pelí­cula. La observación de que el grifo de la celda está a punto de averiarse -con el consiguiente riesgo que tendrí­a en los planes de los reclusos- llevará a llamar a unos fontaneros también internos que les robarán algunas de sus compartidas provisiones. Incluso entre los carceleros existe una extraña anuencia con los reclusos y estos fontaneros regresarán a la celda donde recibirán una paliza, devolviendo lo que han robado. Paralelamente y poco antes de que los planes de huí­da ya estén a punto de finalizar, Manu le confiesa a Roland que ha decidido no participar en ella para no provocar sufrimientos a su anciana madre, pero que colaborará con ellos hasta el final -haciéndole la advertencia de que no comente la noticia a sus compañeros; pese a todo siente esa sensación de sinceridad de contar sus intenciones a uno de sus compañeros; el que realmente ha planificado la huida-.

En la penúltima secuencia el esfuerzo está a punto de llegar a su feliz término. Manu logra alcanzar con su pico el otro lado del desagüe y junto a Gaspard ambos caminan por las alcantarillas de las calles parisinas hasta alcanzar una salida y contemplar desde una trapa el exterior de la cárcel. Está a punto de amanecer y pasa un taxi en la solitaria calle. Gaspard llega a comentar “podrí­amos pedir incluso que este taxi parara a recogernos”. Una sensación de libertad compartida se extiende desde la pantalla y nuevamente llega a invadir el sentimiento del espectador por la sinceridad y cercaní­a de lo que contemplamos. Pese a ello los dos reclusos regresan a la celda para contar la buena nueva y planificar la huí­da la noche siguiente. El plan parece estar a punto de llegar a su fin. Sin embargo, todos ya hemos tenido un lejano indicio de lo que podrí­a suceder con la intempestiva visita -planificada casi de forma bressoniana- que Gaspard ha tenido por parte de su cuñada y amante y en la que le indica que su mujer está a punto de retirar la denuncia. Este queda dominado en su debilidad e incluso se equivoca de celda -camina hacia la que ocupaba anteriormente y le lleva a un tropiezo con el director-. Cuando ya todo está a punto de llevarse a cabo -incluso con el anuncio de Géo de no escaparse- Gaspard es llamado por el director, quien le anuncia lo que todos intuí­amos -la retirada de su denuncia-. Becker no tiene que ser más explí­cito; un primer plano mostrando la turbación del joven pese a la cercaní­a de su libertad, que culmina con un fundido. Este regresa al cabo de dos horas provocando las sospechas de sus compañeros, dudas que consigue eliminar aunque en su interior anide al fantasma de la traición. Cuando todos ellos se disponen a llevar a la practica ese plan que se ha forjado a base de amistad, compañerismo y esfuerzo, precisamente la fisura del elemento que menos encajaba en el grupo llevará su ruptura -un impresionante plano que muestra como en el reducidí­simo espejo que sirve de periscopio muestra un autentico batallón de vigilantes-. Géo anunciará la mala nueva. Ya solo queda ese antológico final con los reclusos casi desnudos puestos en fila mientras el apesadumbrado traidor -en el fondo también despreciado por los vigilantes de la prisión- recibe esa simple y rotunda sentencia por parte de un Roland de mirada expresiva; “pobre Gaspard”.

Le trou es un filme de una riqueza inagotable, una obra que por sí­ sola marca un punto y aparte en la cinematografí­a francesa. Un lugar de llegada que quizá no tuvo una continuidad por que era difí­cil llegar a repetir unas cotas como las alcanzadas, en las que la hondura psicológica de todos sus personajes fuera en consonancia a su sobriedad expositiva, y en diametral oposición a los auténticos “tours de force” cinematográficos que constantemente nos dosifica Becker con la sabidurí­a de un maestro -uno de ellos es la enorme complejidad con la que se filman los planos a través del diminuto espejo adosado al cepillo de dientes; la primera vez que contemplamos el procedimiento nos quedamos deslumbrados por la aparente facilidad con que se muestra el encuadre, más adelante ya se nos muestra familiar su recurso-. En su momento Jean-Pierre Melville comentó que la obra póstuma de Jacques Becker era “el más bello filme francés”. Se que es una afirmación hecha de forma impetuosa y desde el sincero entusiasmo. Sin embargo no es una barbaridad. Pocos realizadores en el cine tuvieron -en este caso de forma involuntaria- un testamento tan admirable, sentido, directo y al mismo tiempo narrado de forma tan creí­ble y cercano. Una absoluta obra maestra.


 


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