
En el México de los años veinte, la inminente sucesión del caudillo militar en el poder está a punto de decidirse. El caudillo favorece la candidatura del general Jiménez, ministro de gobernación, a pesar de la simpatía que despierta el general Aguirre, ministro de guerra. Aguirre se retira de la contienda, pero sus partidarios continuan apoyándolo. Orillado por las circunstancias, Aguirre debe decidir entre su lealtad al régimen y la oportunidad de acceder al poder


La novela de la revolución mexicana marcaba una nueva etapa en la literatura nacional: se abría una visión crítica de un sangriento conflicto armado que terminara con una cruel dictadura para dar paso a un nuevo país. Autores como Rafael F. Muñóz, Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, intelectuales de clase media, ofrecen una imagen desencantada y pesimista de la lucha armada.

Con La Sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán da cuenta de las pugnas por el poder entre los militares revolucionarios: en la trama, situada en los años veinte, el general Aguirre se rebela contra la decisión del caudillo en el poder de imponer a su ministro de gobernación como candidato a la presidencia; la contienda toma carices violentos, el general sublevado decide lanzarse a la contienda electoral, y con el fin de prevenir una rebelión, Aguirre y sus partidarios son traicionados y asesinados por militares al pie de una carretera, sobreviviendo únicamente el diputado Axkaná, testigo de los hechos.
El escritor, que redactara su obra en 1929 durante su exilio en Madrid a causa de su inclinación vasconcelista -y que pudo regresar a México gracias a una amnistía extendida por el presidente Cárdenas-, daba otros nombres y rostros a personajes verídicos de la historia mexicana: el Caudillo era a todas luces Álvaro Obregón, el impuesto candidato era Plutarco Elías Calles, y el rebelde general Aguirre no era otro que el general Francisco Serrano, asesinado junto con otros de sus seguidores en Huitzilac (carretera de Cuernavaca) el 3 de octubre de 1927, y para hacer más compleja su historia, combinaba el asunto también con la rebelión de Adolfo de la Huerta. Director de varios clásicos de la época de Oro del cine mexicano, como ¡Ay que tiempos, señor don Simón! (1941), Historia de un gran amor (1942), La virgen que forjó una patria (1942), Distinto amanecer (1943) y Rosenda (1948), nacido en Durango en 1909, y de una formación cultural e intelectual mucho mayor al de sus otros colegas cineastas, en el teatro y las letras, Julio Bracho proyectó la realización de La sombra del caudillo durante veinticinco años; hasta que en 1960 encuentra el apoyo del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) y a colaboradores entusiasmados para llevar a cabo el proyecto, Martín Luis Guzmán incluido.
La producción fue en cooperativa, técnicos y actores aportaron parte de su salario para la realización del filme, que alcanzó un costo de tres millones de pesos. Bracho dirigió con grandes bríos una sólida historia, que narraba los hechos de forma audaz, comprometida, haciendo suya la visión crítica de la historia que sustenta la obra literaria, además de contar con los actores más representativos del cine mexicano de la época, y una intervención (que existe sólo en algunas copias) del propio Martín Luis Guzmán a manera de prólogo.
El proyecto contaba con el visto bueno de la Dirección de Cinematografía, con el fotógrafo Gabriel Figueroa, figura de gran peso en el cine nacional, y hasta con el apoyo del presidente López Mateos, colega también en la lucha vasconcelista. Ese mismo año La sombra del caudillo es enviada al Festival de Cine de Karlovy-Vary en Checoslovaquia, donde su realizador recibe el premio a mejor dirección y Tito Junco el de mejor actuación masculina. El estreno en México se planeaba en grande, con publicidad por todas partes y en salas de primer nivel; la comunidad cinematográfica la calificó, unánimemente, como la mejor película nacional jamás realizada, y….
Un día antes del estreno, la copia desapareció. La Secretaría de la Defensa comunicaba que “la cinta denigraba a México y sus instituciones”, además de “ofrecer una visión falsa de la historia y del Ejército Mexicano”. Bracho trató por todos los medios posibles de conseguir el estreno de su cinta, pero nadie sabía dónde estaba; el Secretario de Gobernación en ese entonces, Gustavo
Díaz Ordaz, aseguró que “sólo necesitaba un poco de tiempo para arreglar el asunto”…
Los años y los funcionarios pasaron, y el filme adquirió entonces su carácter de “maldito”, “prohibido” o, en el mejor de los casos, “perdido”. ¿De la copia? Nadie sabe, nadie supo. Bracho quedó moralmente destrozado, endeudado, artísticamente muerto, no pudo jamás recuperar el nivel de sus mejores películas. La Sombra del Caudillo comenzó a circular en copias clandestinas en video, mientras su director fallecía en 1978; la inversión nunca se recuperó. Cuando por fin se estrenó comercialmente, el 25 de octubre de 1990, por sólo una semana en el cine Gabriel Figueroa, y en una copia en 16 mm., era ya demasiado tarde. La que pudo ser la gran película de la peor década del cine mexicano, los sesenta, será siempre uno de los más repugnantes casos de la censura cinematográfica en la historia del cine mundial, que no sólo enlató una cinta, sino que también terminó con la vida artística de un gran realizador.
Treinta años de un veto militar jamás aclarado convirtieron a La sombra del caudillo en la “película maldita” del cine mexicano y en la prueba fehaciente de que el control del gobierno sobre la industria cinematográfica nacional puede ir más allá de la jurisdicción de la Secretaría de Gobernación.
Basada en la novela homónima del escritor chihuahuense Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo narra la historia de la sucesión presidencial en los turbulentos años previos a la institucionalización de la revolución. Aunque los nombres están cambiados, los personajes son fácilmente reconocibles: el caudillo es el general Álvaro Obregón, presidente de México de 1920 a 1924; Jiménez es Plutarco Elías Calles, sucesor de Obregón; Aguirre, una mezcla de Adolfo de la Huerta y del general Francisco Serrano, asesinado junto con sus partidarios en 1927.
La novela se publicó en Madrid en 1929 y fue prohibida en México durante algún tiempo. Para 1960, habían pasado quince años desde que el último presidente militar finalizara su mandato y los eventos que narra la novela formaban parte de la historia política mexicana, por lo que Julio Bracho no consideró que pudiesen incomodar a nadie. La filmación de la película no sufrió contratiempos e incluso gozó de amplias facilidades al permitirse su rodaje en la Cámara de Diputados y el Castillo de Chapultepec. Antes de su prohibición, La sombra del caudillo fue enviada al Festival de Karlovy Vary, en donde recibió un premio especial.
El veto que impidió su estreno comercial en México nunca fue explícito, aunque la versión popular señala que un grupo de militares consideraron que no debían ventilarse en el cine cuestiones históricas comprometedoras, por lo que la autorización para la exhibición fue denegada. Durante el régimen de Luis Echevarría, las solicitudes para que la película fuese exhibida llegaron a abrumar al presidente, quien nunca se atrevió a intervenir en este asunto.
Decepcionado, Bracho falleció en 1978 sin reponerse por completo del golpe que significó para su carrera esta lamentable situación. En los ochenta, La sombra del caudillo pudo ser conocida gracias a la misteriosa circulación de copias clandestinas en video, mismas que se cotizaban a precio alto en el mercado de la Lagunilla.
Finalmente, en 1990, el gobierno de Salinas de Gortari autorizó la exhibición de La sombra del caudillo
y la cinta pudo ser estrenada el 25 de octubre de 1990 en la sala “Gabriel Figueroa” de la ciudad de México. Inexplicablemente, la película fue exhibida en una copia de muy mala calidad en 16 mm. lo cual hace sospechar que el negativo original de 35 mm. pudo haber sido destruido por quienes desearon que esta película jamás se hubiese filmado.