OJOS SIN ROSTRO (Les yux sans visage)
Director: Georges Franju. 1960. Francia-Italia. B/N
Intérpretes: Pierre Brasseur (profesor Génessier), Edith Scob (Christiane Génessier), Alida Valli (Louise), François Guérin (Jacques Vernon), Alexandre Rignault (inspector Parot), Béatrice Altariba (Paulette), Juliette Mayniel (Edna), Claude Brasseur (inspector)

El Profesor Genessier, un brillante cirujano, ayudado por su asistente Louise,secuestra hermosas muchachas y les arranca la piel del rostro para efectuar operaciones en el rostro desfigurado cpompletamente de su otrora bella hija, con el fin de devolverle la gracia primigenia que tuvo antes de un accidente. Pero las operaciones aún no son perfectas, y el rostro terso, paulatinamente, vuelve a degradarse, por lo que el profesor precisará matar una y otra vez…

A partir de la excelente novela de Pierre Boileau, Georges Franjú firma una obra cinematográfica de culto, algo rompedora para la época, y en la que combina terror, surrealismo y poesía a partes iguales.
Visualmente cautivadora, Ojos sin rostro es una película algo inaccesible a veces, pero siempre sugerente.
Teniendo en cuenta que no se suele prodigar en filmotecas ni televisiones recomiendo, si hay ocasión, el visionado o grabación en video. Merece la pena.

Ojos sin rostro es una película fundamental en la historia del cine de terror. Pese a beber de diversas fuentes previas −se perciben ecos de La isla de las almas perdidas en cierto elemento final, de El Fantasma de la Ópera, incluso de Los ojos misteriosos de Londres−, este bellísimo filme de Georges Franju creó escuela y sería imitado hasta la extenuación temática: Jesús Franco lo plagió directamente en su Gritos en la noche/L’horrible docteur Orloff (1961) −que luego reharía infinidad de veces−, Amenábar se inspiró claramente en la máscara que cubre el deformado rostro de Edith Scob para su Abre los ojos (1997), inclusive la explícita operación en la cual el doctor arranca la piel de la muchacha remite a un momento de Masacre en Texas 2 (1986, Tobe Hooper), o los paseos finales de Edith Scob con las palomas, arrastrando su bata de vuelo ancho, son muy similares a las rondas que efectúa el Fantasma de la reciente y subvalorada La máscara del faraón − Belphégor, el fantasma del Louvre (2001, Jean Paul Salomé).
Georges Franju (1912-1987) sería uno de los cineastas franceses más importantes de su época, y sólo en momentos recientes se le comienza a valorar en su justa medida. Cuando acometió esta película, y pese a haber tocado muy diversos temas −rodó inclusive una biografía de los Curie en 1953− ya se percibía en él una fascinación hacia lo insólito: Le grand Méliès (1952) deja a las claras esa pulsión.
Ojos sin rostro se vería influida por las diversas personalidades que trabajaron en el proyecto: el guión fue elaborado por el propio autor de la novela, Jean Redon, el futuro director Claude Sautet y, particularmente, dos escritores míticos, Pierre Boileau y Thomas Narcejac, responsables de la magistral Las diabólicas (1954, Henri-Georges Clouzot). Quizá por ello, el arranque del filme remite a este título fundamental de la cinematografía gala, otorgando un aura de cine negro que aporta plausibilidad y misterio a lo que poco a poco se nos está planteando. Después, irrumpe el elemento fantástico con esa suerte de científico loco que arranca la piel a las muchachas para restaurar la belleza marchita del rostro de su hija desfigurada.
Es en esos momentos cuando el filme alcanza altas cotas de lirismo, donde el “monstruo” de la película es la víctima de la historia. Edith Scob interpreta a Christiane, una muchacha con el rostro desfigurado que ha de ocultar los estragos de un accidente automovilístico por medio de una máscara que se ajusta a sus facciones, de modo que semeja una faz inexpresiva, muda y suplicante, donde sólo tienen vida unos inmensos ojos apesadumbrados. La etérea belleza de la actriz facilita esa identificación con un ser cuasi-sobrenatural −Louise (Alida Valli) incluso la equiparará con un ángel−, ser que asistirá a los actos inhumanos que perpetra su padre por amor a ella; de hecho, todos los personajes fundamentales del filme actúan, de un modo u otro, impulsados por el amor. O compasión, acto este que provocará la catarsis final, la “liberación” en todos los sentidos, bella metáfora donde los animales enjaulados representan el estado anímico de unos personajes que no pueden luchar con el destino.


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