Director: Agní¨s Varda. 1961. Francia-Italia. B/N
Intérpretes: Corinne Marchand, Antoine Boursellier, Dominique Davray

Cleo, una joven cantante, espera impaciente los resultados de un exámen médico. Cuando una adivina que lee las cartas le revela que tiene cáncer y que puede morir, sus preocupaciones aumentan. Tratando de ocupar su tiempo a la espera de los resultados, Cleo conoce un joven soldado que está a punto de partir al servicio militar en Argelia, y que confía en la joven sus temores a la muerte.


Cléo de 5 a 7 es una película menor. Una historia que, además de tener cierto tufillo a títulos reconocibles y para mí bastante más logrados, no acaba de conseguir que el dardo cuelgue de la diana.
Estructurada en trece capítulos, la película nos describe el itinerario marcado por una joven entre las 17h y las 19h de la tarde. Horas en las que Cléo, una cantante parisina bastante frívola e ínfimamente humana, se cuestiona trascendencias a la espera de los resultados de una biopsia.
Irma, una anciana cartomántica de mal agüero y talante seco, nos servirá de pretexto para que solidifiquemos nuestra sospecha de la crónica de una ” muerte” anunciada.

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La enfermedad amenaza a la belleza. Y Cléo, que preferiría morir a haber nacido fea, vulnera sus esperanzas con la vida. Frases del tipo “piensa un poco, preciosa. La muerte es la fealdad. Mientras seas guapa, estarás mucho más viva que los demás” dejan constancia de cuál es la Cléo que se nos presenta. Una chica melodramática, víctima de su belleza, que no dejará de atormentar a los que la rodean con sus caprichos de niña mimada.
Haciendo alarde de sus méritos como cronista del detalle y de la cotidianidad, la directora empapa su película de primerísimos primeros planos para darle énfasis al valor del momento, de la empatía entre lo que estamos pensando y lo que, casualmente, aparece frente a nosotros. Guiños que le dan ese toque de dulzura a una fotografía en blanco y negro que reporta, además, elegancia y solemnidad al conflicto.
Agní¨s Varda, por su parte, no deja de afilar sus cuchillos. En este bello retrato del París de los años 60, la directora imprime su crítica más sutil a la clase elitista dentro del sector artístico. Una especie de azote a los llamados ‘bohemios de postín’, con el perfil de esta joven aburguesada en su hermosura que, por momentos, parece haberse instalado en el cuerpo de la cámara sin necesidad de que sea un plano subjetivo el que veamos. Simplemente es Cléo porque el modus operandi del foco es tan engreído como ella.
Por otro lado, tengo que reconocer que el montaje está bastante pulido. El modo en que una imagen pisa a la anterior no es un mero efectismo como director, sino más bien una manera de ilustrar lo que a nuestra joven con síndrome de “Reina de la fiesta” le ocurre.
Entre toda la simbología que plaga la historia, el punto de inflexión a ella será Antoine, un soldado en licencia que esa misma tarde tomará un barco rumbo a Argelia. Así pues, en el día del solsticio de verano y mientras los fusiles atacamiedos se preparan, la caída del ego hace su entrada en el parque de Monchuries.