EL BUSCAVIDAS (The Hustler)
Director: Robert Rossen. 1961. EE.UU. B/N
Intérpretes: Paul Newman (Eddie Flson), Jackie Gleason (Minnesota Fats), Piper Laurie (Sarah Packard), George C. Scott (Bert Gordon)

Eddie Felson (Newman) es un joven, arrogante y amoral buscavidas que frecuenta salas de billar, dejando pelado a cualquiera que empuñe un taco. Decidido a ser aclamado como el mejor, Eddie busca al legendario “Gordo de Minnesota” (Gleason), apoyado por Bert Gordon (Scott) un agresivo jugador. Eddie podría batir al campeón, pero se ve derrotado por su baja autoestima. El amor de una solitaria mujer (Laurie) podría volver a sacarle de esta vida, pero Eddie no descansará hasta vencer al Gordo de Minnesota, in importarle el precio que tenga que pagar por ello.
La cámara se sumerge en los tugurios mugrientos y llenos de humode una gran ciudad de Estados Unidosen los que se juega al billar , baila sobre el tapete verde y atrapa a jugadores y a mirones, bolas, miradas y movimientos en un tórrido torbellino
Robert Rossen… ¡cuán desconocido resulta hoy en día su nombre! Perteneciente al pelotón de damnificados por la paranoia roja que asoló los EE.UU. tras la II Guerra Mundial, la carrera de Rossen −como la de tantos otros− se vio fracturada por sus supuestas actividades antiamericanas. Nada del otro jueves en el manicomio McCarthysta: menganito soltó su nombre para evitar el acoso y derribo de la comisión y de la noche a la mañana el prometedor director se enfrentó a la dicotomía de moda (delatar y seguir en nómina o mantener la integridad y dejar de comer caliente). Así de simple, así de duro.
Al igual que el estigmatizado Elia Kazan (con algo de chivo expiatorio y algo de verdugo), Robert, tras las reticencias iniciales “noblesse obligue”, acabó “cantando” de plano en el 53: reconoció haber pertenecido al Partido Comunista (¡pecador!) y de paso demostró su buena “disposición” para con los inquisidores, soltando medio centenar de nombres. Y aquí paz y después gloria.
También como Elia, Robert Rossen provenía del mundillo de las tablas, donde se empeñó en representar obras “de contenido social” (vamos, que el tío se había ido labrando un currículum que lo convertía en el candidato ideal al degüello reaccionario). Como guionista, sus aportaciones tampoco tuvieron desperdicio: La mujer marcada, Los violentos años 20 o El extraño amor de Martha Ivers.
Su legado lo conforman 10 filmes absolutamente ligados a su trasunto personal, a sus incertidumbres, a su exilio, a su vuelta triunfante. Excelentes películas son tanto Cuerpo y alma (1947) como El político (1949). La primera estaba interpretada por John Garfield y escrita por Abraham Polonsky, formando junto a Rossen un triunvirato de futuros represaliados con saña. Sorprende que la contundente El político recibiese varias estatuillas doradas (aunque nos permite hacernos una idea del brusco e interesado viraje de los mandamases de la Industria −a rebufo de la opinión “publicada”− entre la Comisión de 1947 y la de 1953). Los progresistas pasaron a ser apestados; el compromiso −a cualquier nivel−, sinónimo de activismo “sospechoso”.
Los 50 −época de gloria para otros− constituyen para Rossen una travesía del desierto, semejante a la que emprenderían Gary Cooper y Rita Hayworth en Llegaron a Cordura (1959). Recuérdese el argumento de aquella historia: el mayor Thomas Thorn debía de arrastrar consigo a unos soldados susceptibles de recibir condecoraciones por diversas acciones “heroicas” (o entendidas así por la cúpula del ejército). La larga ruta le permitía conocer más en profundidad a aquellos hombres, relativizando así el sentido de sus rojas insignias del valor. (Curiosidad: Rossen nunca supo muy bien porqué no funcionó aquél filme y se pasó años remontándolo, con vistas a un reestreno más decente).
Previamente, en Alejandro Magno (1956), investigó el vértigo que provoca el poder absoluto, en un filme tan curioso como olvidado (¿será cierta la maldición que pesa sobre todas las adaptaciones cinematográficas de la vida de este primer defensor de la interculturalidad?). Su única regla en los rodajes de aquella época −en Italia, España o México” era ésta: “por mis muertos… ¡bien lejos de Hollywood!”.
No sé porqué, al hablar de los sesenta, siempre vienen a la cabeza los títulos que cerraron la década: Easy Rider (1969), Cowboy de medianoche (1969), Grupo salvaje (1969). Filmes que se erigen como hitos kilométricos, como señales de tráfico que marcan un giro, un cambio repentino de sentido, un “¡atención!”. Por su propia temática e impacto (me atrevería incluso a decir “socio-cultural”, y perdonen por la memez), resulta muy atractivo referirse a ellas: funcionan como resumen donde aparecen listadas gran parte de las inquietudes del momento. Con todo, las películas-icono no siempre sobreviven airosamente a su propio tiempo. El caso de Easy Rider es especialmente sangrante: sus escasos valores cinematográficos se ven rebatidos una y otra vez por el mismo argumento: su legendario rodaje, el trasnochado elogio del “tripa” y la apología de lo lisérgico (¿está sobrevalorada la contracultura?).
Robert Rossen es sinónimo de cine de perdedores (por muy en la cumbre que éstos se sientan), un género en sí mismo que nace tras la orgía de felicidad y consumismo con que se cierran los 50. No es casualidad que este cine con genuina voluntad independiente −Rossen trataba en lo posible de producir sus filmes, amén de responsabilizarse del guión−, venga firmado por unos directores que el propio Estado se encargará de tachar de sediciosos o subversivos. Tampoco debe de ser casual el que coincida, cronológicamente, con el ocaso de los grandes estudios.
El buscavidas es la primera gran película rodada en Hollywood que tiene como temática principal el fracaso con mayúsculas, más allá de otras magníficas reflexiones sobre la soledad de los triunfadores En un lugar solitario (1950), Un rostro en la multitud (1957) o Un lugar en la cumbre (1959). Los avatares de este golfillo de billar convencido del sueño americano, su loca carrera hacia la gloria (en pos del dinero, vamos) de partida en partida, concluirá con la puesta en escena del más doloroso de los fracasos afectivos posibles.

Ha hecho de este juego un oficio. Es capaz de ganarse la vida a salto de mata, timando a paletos con su impostada falta de pericia en el tapete verde, esperando que muerdan el anzuelo en alguna trastienda calurosa. Sí, Eddie “relámpago” Nelson (Paul Newman) es un hombre dispuesto a hacerse a sí mismo, terriblemente orgulloso y cuya ambición contrasta con una incapacidad manifiesta para abandonar el ranking local y hacerse con la partida de su vida, esa que le permitirá jubilarse tras embolsarse la esquilmada parte proporcional del premio.


Este timador −esa vendría a ser la traducción del original “hustler”, aunque también se la conoce como El vividor−, llegado el momento de la verdad, no engaña a nadie más que a sí mismo: ególatra, autocompasivo e inseguro, su pericia con el taco en la mano no le permitirá escapar a la manipulación ejercida por su socio capitalista, ni salvar su relación con una mujer a la que no sabe rescatar de la soledad. El destello de madurez que tiene cuando ya comienza a ser un ganador rutilante −algo tan sencillo como felicitar a su rival por su actuación− es la demostración tardía de que el héroe ha entendido de qué va el juego…
La película conoció de un “remake-continuación” más bien olvidable, a manos de Martin Scorsese. El color del dinero (1986) pasará a la historia por ser el filme que le dio el Oscar a Paul Newman, emparejado para la ocasión con Tom Cruise, en plena etapa insoportable. 25 años después, Eddie era un perdedor con clase, un galán ajado más parecido al Juncal de Paco Rabal que al arribista original. Los ochenta fueron duros, y Martin estaba más interesado en rodar innumerables planos de bolas rebotando por las cuatro bandas de la mesa que en hacer un retrato de cierta hondura con un tema tan poco agradecido como el de la amargura vital.
La filmografía rosseniana se cierra con la extraña y maravillosa Lilith: enamorarse de la locura o la locura del enamoramiento. Junto a su imprescindible El buscavidas, un recadito final a Hollywood, algo incrédulo en lo relativo al caudal de talento vertido a la cuneta por causas… ¿de fuerza mayor?
Y es que en la política, los daños colaterales afectan casi siempre al pelotón del ingenio y la libertad… bastante esclarecedor…
Una impenetrable oscuridad
Se hace muy difícil expresar en palabras todas y cada una de los aciertos de un filme tan monumental como El buscavidas (1961), y no por el espacio disponible (limitado como puede imaginar el lector), sino por una razón, que ahora mismo se me antoja insalvable: las imágenes y los diálogos del filme expresan y explican todo de forma concisa, magistral, irrepetible; ¿cómo se puede, entonces, trasladar todo eso en un escrito cuando ya está perfectamente explicado en la película, sin caer irremediablemente en la repetición, en lo evidente? Consciente de ello intentaré exponer en las siguientes líneas algunos de los aspectos, que en mi opinión, son los más relevantes de una película, que ya invito a (volver) ver al lector, pues, insisto, lo mejor que uno puede hacer ante algo tan extraordinario es saborearlo una y otra vez, pues siempre se tiene la sensación de estar viéndola (disfrutándola mejor dicho) por primera vez.
La secuencia que abre el filme, aun antes de que aparezcan los genéricos, define en apenas cinco minutos quién es el protagonista –Eddie “Relámpago” Felson: posiblemente nunca Paul Newman ha estado mejor– y a qué se dedica: en una parada en el camino él y su socio, Charlie (Myron McCormick), toman unas cervezas en un bar y aprovechan para jugar al billar; todo no es más que una artimaña para sacarle el dinero al pobre primo, en ese caso el camarero, que apostará contra Felson una jugada.
El magnífico retrato que Robert Rossen, director y co−guionista del filme, realiza del submundo del juego, de pequeñas mafias y de unos personajes memorables, se aprecia ya en este conciso y magistral prólogo.
Felson, un tahúr del billar, tiene un objetivo: desafiar al “Gordo de Minnesota”, considerado el mejor jugador y que no ha perdido una partida en los últimos diez años. El enfrentamiento entre ambos no se hace esperar y llena el primer acto del filme, que no sirve para mostrar simplemente las cualidades de ambos (el billar siempre es el fondo de la narración, una mera excusa, que resulta, de todos modos, fascinante) sino que define ya por completo a Eddie Felson: su carácter prepotente, ya intuido en los primeros diálogos arrogantes del joven especialista antes de iniciar la partida; su obsesión de equipararse en todo momento al “Gordo” y derrotarlo definitivamente; su falta de sentido común en el momento cumbre. Y aunque pudiera parecer que sólo existe el personaje protagonista como tal en toda esta parte, no es así: el propio “Gordo de Minnesota”, en su aparente esquematismo es un personaje espléndidamente descrito gracias a la genial composición de Jackie Gleason, y a aspectos, a priori, poco relevantes, como su vestimenta, sus gestos, convirtiéndose en el perfecto contraste frente al joven buscavidas; incluso Charlie se perfila como algo más que el simple socio capitalista, en su intento de proteger su inversión, sin dejar por ello de sentir aprecio por el jugador. Del mismo modo se introduce el mundo donde se desarrollará todo el filme, caracterizado por el juego, el alcohol y el dinero, perfectamente ubicada en una sala de billares y modélicamente iluminado por Eugen Shuftman.
Tras caer derrotado ante el “Gordo” y quedarse con tan solo doscientos dólares, Eddie Felson abandonará a su socio, con un único objetivo: conseguir el suficiente dinero para volver a desafiar y demostrar(se) que es el mejor.
En esta búsqueda conocerá a Sarah Packard (interpretada por una portentosa e inolvidable Piper Laurie) en la cafetería/bar de la estación de autobuses, en una escena memorable, edificada sobre una estudiada puesta en escena, en la que apenas cuatro o cinco planos describen el acercamiento de los dos. Si en un principio Sarah desconfiará del joven buscavidas y le rechazará, ella misma regresará en su busca a la misma cafetería en una escena extraordinaria, en la que perfectamente se define la atracción que se profesan y la necesidad que uno tiene del otro, y que concluye magistralmente con ese plano de los dos abandonando la estación abrazados, iniciándose así su tortuosa relación. El excelente sentido elíptico de Rossen se puede apreciar ya en este momento, pues la inmediatamente posterior escena presenta a Sarah llevando la compra y dirigiéndose a su casa, en la que Eddie la espera, pues están viviendo juntos; subrayado ese paso del tiempo de manera sutil y hábil mediante algunos diálogos.
La relación entre ambos es, en primera instancia, fría y distante, pero la necesidad de tener a alguien es mucho mayor y ambos se enamoran, por mucho que sólo sea ella quien lo exprese abiertamente. La aparición de Charlie, en busca de estabilizar de nuevo su sociedad con Eddie, sirve para que se refuerce la relación entre éste y Sarah −ella conocerá por fin a qué se dedica Eddie−, aunque de pie, primero, a una fuerte discusión entre ambos, y de paso para mostrar la larga separación entre Eddie y su socio, que buscan metas distintas y que obviamente les llevará a la ruptura definitiva, marcada por el desprecio y la continua arrogancia del tahúr, que le despedirá con un “muérte ya”.
El buscavidas sigue de manera ejemplar una estructura causa-efecto: cada plano es consecuencia del anterior y, a su vez, germen del siguiente. Un ejemplo sería cuando Eddie se encuentra de nuevo con Bert Gordon (George C. Scott, ofreciendo su hosco y antipático rostro −y sus excelentes dotes interpretativas− a uno de los malvados más inolvidables que ha dado el cine) tras conocerle en la partida contra el “Gordo”, que, con cierta superioridad le asegura que ha nacido para perder, ofreciéndole una asociación, que Eddie rechaza. La siguiente escena es determinante: el buscavidas vence a un nuevo pardillo en uno de esos bares de los barrios bajos que frecuenta, pero en esta ocasión su arrogancia le pasa una mala pasada y es víctima de una paliza por parte de un grupo que exclama que no quieren buscavidas en su bar, y que consiguen fracturarle los dedos. Su intento de buscarse la vida por su cuenta no sólo no fructifica sino que acaba mal como le había advertido Gordon y, es más, el tono agrio entre Sarah y Eddie que dejó su anterior discusión que mantuvieron antes del accidente, se torna en mutuo acercamiento, tanto en la magistral escena en la que Eddie deja que Sarah le abroche la camisa, como en su picnic en el campo donde cada uno expresa sus sentimientos y dudas, adelantándose a una posible reflexión del espectador sobre lo sucedido justo antes, mostrando a unos personajes tan cercanos y auténticos que es imposible no sentir ni sufrir con ellos. Este encadenado de secuencias, que duran lo justo y resultan admirables por todo, y las dependencias entre una y otras, son un claro ejemplo de narración cinematográfica y prueba que Rossen no sólo era un excelente guionista.
Como no podría ser de otra manera Eddie finalmente aceptará la propuesta inicial de Gordon y se irá con él y Sarah para enfrentarse a un tal Findley. Será este “viaje” definitivo para que “Relámpago” Felson madure como jugador de billar y como persona, pero a un precio muy alto. La perfecta descripción que hace Rossen del nuevo trío y sus trágicos acontecimientos tiene tres momentos claves, cada uno consecuencia del anterior, en esta tercera y penúltima parte del filme.
1. − Debido a la lógica desconfianza que Sarah siente por el mezquino Gordon, y la intención de éste por proteger su inversión, buscando librarse, por lo tanto, de ella, en la fiesta que da Findley, Gordon procura sacar de quicio a la muchacha, que no para de beber, murmurándola algo al oído −que queda en off, de manera muy inteligente, pero que permite imaginarnos, aproximadamente, lo qué le dice−, consiguiéndolo: un ataque de histeria de la muchacha, que terminará descansando en una cama de la mansión.
2. − Mientras Sarah pasa su resaca, Eddie juega contra Findley. Es un desastre: Gordon le asegura, nuevamente, y entre cierta desilusión, que ha nacido para perder y que se acabó. En ese momento, entra Sarah, que solicita la compañía de Eddie y que vuelva con ella al hotel. Sin embargo él no quiere, está obsesionado con la partida. Es entonces, cuando el carroñero Gordon aprovecha la breve, pero grave discusión entre la parejea, y el estado de ánimo de él, para apostar de nuevo: Eddie termina aplastando a Findley.
3. − Gordon llega al hotel sólo y aprovecha para deshacerse de la muchacha asegurándola que es lo que quiere Eddie. Tras una elipsis genial se devela lo sucedido: Gordon habla con unos policías, en el baño el cuerpo inerte de Sarah, que ha decidido quitarse la vida. Eddie, lleno de una insondable tristeza se abalanza contra Gordon, pidiéndole explicaciones…
Los tres mil dólares ganados a Findley permiten a Eddie desafiar de nuevo al “Gordo de Minnesota”, derrotándolo ante la mirada de Bert Gordon, que reclamará su parte, pues entiende que continúa siendo su socio. Sin embargo, el recuerdo de Sarah, de lo sucedido y las palabras de Eddie, no dejan ni siquiera indiferente a una persona como Gordon, incapaz de sentir amor, incapaz de poder sufrir por otra persona, pero, muy posiblemente, incapaz también de olvidar e, incapaz de enfrentarse a alguien que no le importa seguir vivo, pues en su camino hacia el cielo ha atravesado las profundidades del infierno. Una antológica secuencia que concluye una película perfecta.
El drama del éxito americano
Nunca pensé que un director tan desconocido para mi como Robert Rossen pudiera sorprenderme con una película tan digna como ésta. El drama se hace cada vez más denso en una cinta que bebe de lo mejor del cine de Elia Kazan (concretamente me recuerda mucho a La ley del silencio en su estética), quedando una de las mejores estampas del cine social de finales de los cincuenta y principios de los sesenta; en el que el cine americano descubrió (gracias a la sangría llamada McCarthy) que el sueño de su país distaba mucho de ser lo que aparentaba. Sin duda muchas figuras salieron mal paradas de aquellos fatídicos días, pero los guiones, la temática y la visión del cine comenzaron a cambiar.
En este contexto se encuadra esta película. Sin duda una dirección muy conseguida unida a una gran fotografía hacen de su visionado una sesión memorable. Pero lo más fascinante resulta ser la actuación de un impagable Paul Newman en un absoluto estado de gracia que llena la pantalla con una solvencia total, sin necesidad de apoyos. Además se ve acompañado por un Scott profesional y dignísimo como siempre (una gloria muy poco reclamada a mi gusto). Las escenas de billar son magistrales, con algunos golpes inauditos, algo sé de billar, y están grabadas con un finura exquisita.
Así queda una película amarga, pero perfectamente contada que rezuma emoción en cada plano. El fracaso de un sueño ahogado en la exigencia de una moral estúpida, la de la competencia a todo coste. El drama del juego servido con estilo y buena factura.
No sabrán si irse directamente a la sala de billar más próxima o no volver a pisar una.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario