EL OTOÑO DE LA FAMILIA KOHAYAGAWA (Kohoyagawa-ke no aki)

Película estrenada entre 1961

Director: Yasuziro Ozu. 1961. Japón. B/N y Color

Ganjir Nakamura, Setsuko Hara, Yí´ko Tsukasa, Michiyo Aratama



Dentro de ese inmenso caudal de variaciones, reflexiones y cí­rculos concéntricos que propone el universo creador del cine de Yasujiro Ozu, Kohayagawa-ke no aki (1961) -editada en DVD bajo el tí­tulo El otoño de la familia Kohayagawa-, centra su doble mirada en dos temas concretos; la occidentalización y el progreso de la vida japonesa y, sobre todo, la muerte. Ni que decir tiene que ambos ya habí­an estado presentes su obra precedente, pero en este su penúltimo tí­tulo ya nos encontramos en el inicio de una década de modernización. Por otro lado, esa cercaní­a a la desaparición tendrá una continuidad temática en la pelí­cula que cerrará su filmografí­a -Sanma No Aji (1962)-, de forma cercana a su prematuro fallecimiento, y cuando ya se habí­a producido la de su madre, con la que estaba muy ligado. En cualquier caso, si el tí­tulo que nos ocupa hubiera sido el de conclusión de su carrera, estoy convencido que habrí­a sido similarmente analizado bajo ese prisma. Y es que es tal la coherencia, nivel y homogeneidad de su obra, que cualquiera de sus tí­tulos parece formar parte de un todo armonioso e inmutable en su vivencia.

El otoño de la familia Kohayagawa nos relata las vivencias de los componentes de dicha familia a la hora de hacer casar a dos de sus hijas con hombres de economí­as solventes. Por un lado se encuentra la joven Noriko -Yí´ko Tsukasa-, quien sin embargo mantiene secretamente su ilusión con un compañero de estudios que se tiene que trasladar de ciudad para trabajar. Por su parte, Akiko (la maravillosa Setsuko Hara), otra hija ya a punto de entrar en la madurez conservando su serena belleza, recibe una nueva propuesta de matrimonio -ella es viuda y tiene dos hijos- de un hombre de buena posición que inmediatamente se queda prendado de ella. No obstante lo tentador de la oferta, Akiko -que está al mando de una galerí­a de arte- se muestra reacia a entregarse a otro hombre.


Por su parte, el patriarca de la familia -el viudo Banpei (Ganjiro Nakamura)-, se escapa continuamente de casa. Él es el propietario de una pequeña destilerí­a que ejerce como negocio familiar y que en esos momentos de crisis, se encuentra sometido a la presión de las grandes empresas. Banpei acude a visitar a su vieja amante Tsune, que regenta una taberna y tiene una hija que llama a este “padre” y no deja de pedirle que le regale una prenda de visón. Una vez los componentes de la familia conocen la noticia, será especialmente su hija Fumiko (Michiyo Aratama) quien censure la, a su juicio, inmoral conducta de su padre. Todos los componentes de la familia se reunirán y viajarán para celebrar un rito funerario, y una vez este se ha celebrado, el patriarca sufrirá un ataque al corazón. Lo que hasta el momento era satisfacción por su buena salud y reproches sobre su comportamiento, rápidamente se tornará con la sombra de la muerte.

Contra todo pronóstico, Banpei se recupera y una vez todos los componentes retornan a la vida habitual, el anciano realizará una nueva visita a Tsune, con la que acudirá a unas carreras de caballo haciendo apuestas que perderá. El esfuerzo en el desplazamiento le llevará a la muerte, una situación que sus hijos creí­an haber superado. Toda la familia se reunirá de nuevo para efectuar la incineración del cadáver y el rito funerario que discurrirán sobre el puente que se eleva ante un rí­o que no detiene su cauce y ante el cual unos pescadores contemplan el sepelio. La vida sigue; la naturaleza es sabia.


El otoño de la familia Kohoyagawa se inicia con unos bellí­simos planos nocturnos de la ciudad de Osaka, que por sus espectaculares luces de neón parecen una reedición de Las Vegas. Uno de dichos rótulos nos da la clave New Japon. En apenas unos segundos se nos describe una sociedad totalmente occidentalizada, en la que la juventud luce vestidos totalmente impregnados de ese espí­ritu, por más que los representantes de apenas una generación anterior se muestren reacio a ello -la diferencia en este sentido entre Noriko y Akiko es reveladora-. Pero hay más. La cámara de Ozu se interna en oficinas y pasillos totalmente frí­os y modernizados. Estamos más cerca que nunca del universo de Jacques Tatí­ -creo que no soy el primero en señalar esa influencia-.

En este entorno se describen las relaciones y miserias del entorno de la familia protagonista, y en cuyo abanico se describen diferentes perfiles psicológicos oscilantes entre la nobleza, la sumisión, el egoí­smo y el verdadero cariño. Como en tantas otras pelí­culas del maestro japonés, se despliega una familia aparentemente unida, que duda entre el respeto a unas tradiciones muy acentuadas y la irresistible llegada al progreso y el consumismo. Y en pocas de sus obras la influencia de esa occidentalización es tan manifiesta -un plano nos muestra una vivienda tradicional al lado de una antena televisiva, en otros la presencia de publicidad de Coca-Cola es notoria; los hombres beben cerveza en vez de sake-. Los tonos verdosos del maravilloso cromatismo de las imágenes del operador Asakazu Nakai, tendrán un brillo y luminosidad especial en aquellos instantes que se desarrollen en ambientes campestres.

Incluso en este fragmento se incorporarán divertidos elementos de comedia, especialmente centrados en las escapadas furtivas del patriarca para permanecer con su amante -la persecución que protagoniza con uno de sus empleados es impagable-, que muy pronto se tornarán en reproche por parte de Fumiko. Precisamente la secuencia en la que se manifiesta ese recelo me recordó mucho otra bastante similar del melodrama de Douglas Sirk Solo el cielo lo sabe (1955)-. De hecho, el look de esta pelí­cula tiene enormes semejanzas con el del melodrama cinematográfico norteamericano de aquel periodo -obras de Sirk, Minnelli o Ray-.

Y de repente, irrumpirá en la pelí­cula un aroma mortuorio. Poco antes ha tenido presencia en algunos diálogos -han ido a visitar la tumba de su esposa, de la cual destacan que se encuentra llena de musgo, consecuencia del paso del tiempo-, pero se manifestará cuando Banpei sufre una crisis cardiaca. El ritmo familiar se detiene, las sombras llegan, Noriko llora desconsolada y Fumiko se arrepiente de los reproches formulados poco antes a su padre. Un plano nos muestra las tumbas del cementerio. Todo parece indicar que su muerte es un hecho y se escucha como sonido de fondo la señal de un tren -lo hará de nuevo cuando el anciano padre fallezca de forma definitiva; una parada en la estación de la vida-.


Sin embargo, y contra todo pronóstico, Banpei sobrevivirá y recuperará su salud. No será sin embargo más que una pequeña prórroga quizá para alcanzar la armoní­a con su familia; Fumiko le pide perdón y se muestra cariñosa con su padre. Con una serenidad cinematográfica que contrasta con lo sombrí­o De su primer ataque, Ozu no mostrará la muerte de Banpei hasta que este se encuentra cadáver en casa de Tsune y hemos asistido a los comentarios superficiales de la hija de esta, a la que solo le preocupa el hecho de no recibir ese visón que tanto le habí­a pedido a quien llamaba “padre” -se santigua ante él antes de marcharse, probablemente con otro de los jóvenes norteamericanos con los que gusta coquetear-.

Se celebra la incineración del cuerpo del patriarca y cuando por la chimenea del crematorio aparezca el humo emanado por el cadáver, los rostros de sus hijos más que lamentar su ausencia, muestran el miedo de todos ellos ante la idea de la desaparición que también ha de llegarles a ellos antes o después. Hay dos excepciones: Akiro y Noriko. Ambas pasean con placidez y confianza mutua y la primera se resigna a vivir su existencia solitaria sin aceptar la propuesta de matrimonio que le hicieron, mientras su hermana decide rechazar el matrimonio de conveniencia que le habí­an planteado y unirse con la persona que ama secretamente.

Dos pescadores -uno de ellos interpretado por el inolvidable Chishu Ryu- reflexionan de forma familiar al percatarse de que el crematorio está en funcionamiento, y ante la orilla de un rí­o que sigue con su corriente sin inmutarse. Pero un elemento de aire mortuorio culmina la pelí­cula; una manada de pájaros de mal agüero se encuentran apostados en el rí­o, junto al discurrir del sencillo e í­ntimo cortejo mortuorio. Bajo mi punto de vista, jamás Yasujiro Ozu miró tan de cara a cara con la muerte en su obra. Quizá en su posterior y última pelí­cula lo hiciera con mayor serenidad, pero no superior contundencia.


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