EL SABOR DEL MIEDO (Taste of Fear) (Scream of Fear)

Película estrenada entre 1961

Director: Seth Holt. 1961. G.B. B/N

Intérpretes: Susan Strasberg, Ronald Lewis, Ann Todd, Christopher Lee, Anne Blake


Una jovencita en silla de ruedas va de visita a la casa de su padre. A pesar de que su madrastra insiste con que él ha salido de viaje, ella ve repetidas veces el cadáver de él en la casa. Una de las mejores incursiones por parte de la Hammer en los terrores psicológicos, con momentos inolvidables como el descubrimiento del cadáver en la piscina.


Aunque sea el firmante de otras tres pelí­culas generalmente escoradas al cine policiaco, lo cierto es que el relativo prestigio del palestino de nacimiento y británico de adopción Seth Holt viene marcado por sus dos primeras aportaciones para Hammer Films -la tercera de ellas tuvo un rodaje accidentado y Holt murió antes de finalizarla, dejando bruscamente interrumpida una trayectoria que hubiera podido fructificar en tí­tulos definidos por sus singulares modos visuales de realización.

Una de sus dos renombradas aportaciones para el célebre estudio británico, llevaba el sello de Jimmy Sangster en calidad de guionista y productor. Fue precisamente Sangster quien potenció en la firma la presencia de filmes de terror psicológico al margen del revisionismo de las grandes mitologí­as del género que propusieron a partir de 1957. Fruto del interés de Sangster son pelí­culas simpáticas aunque de cortos vuelos, como El alucinante mundo de los Ashby (1963, Freddie Francis), Maniac (1963, Michael Carreras) o Hysteria (1965, Freddie Francis).

Pero se dio la circunstancia del encuentro con Seth Holt, quien logró trasladar las sencillas directrices de Sangster, extrayendo de sus esquemáticos puntos de partida un planteamiento competente de puesta en escena, que es lo que permite que las dos pelí­culas en la que ambos colaboraron juntos, hayan alcanzado cierto status de culto. El sabor del miedo (1961) responde al esquema esgrimido no solo por la cinematografí­a inglesa -en todos los paí­ses europeos encontramos tí­tulos de estas caracterí­sticas- de imitar el modelo propuesto por el francés Henri-Georges Clouzot con su exitosa Las diabólicas (1955). Una pelí­cula de la que nunca he comprendido ni el ya señalado éxito popular, ni su relativo prestigio crí­tico. El caso es que el cine británico tuvo bien presente el modelo para plantear historias de crí­menes, muertos vivos y desenmascaramiento de asesinatos, bajo un prisma cercano a la aparentemente sobrenatural. Se trata de una vertiente que, sin salir del contexto fí­lmico en que nos encontramos, tuvo un exponente con Sombras acusadoras (1958, Michael Anderson) -pelí­cula que tiene bastantes similitudes con la que comentamos, y que elige como escenario exterior la Costa Brava catalana-.

Por el contrario, la cinta de Holt tiene como marco fí­sico la Costa Azul, y tras una breve secuencia previa en la que se descubre en un lago un cadáver, la pelí­cula se inicia en el aeropuerto de Niza, a donde llega en vuelo Penny Appleby (Susan Strasberg). Se trata de la hija de un acaudalado caballero, que años antes sufrió una lesión en un accidente de caballo, lo que le obliga a discurrir en silla de ruedas. En el aeropuerto es recogida por Bob (Ronald Lewis), el chofer de su padre. Es trasladada a la mansión que este posee, conociendo allí­ a la segunda esposa de este  -Jane (Anne Todd)-. No podrá ver a su padre, ya que le indican que se ha marchado de viaje, pero al poco de instalarse, Penny será protagonista de diversas situaciones terrorí­ficas, que le harán suponer que su progenitor ha sido asesinado. Esas sospechas le harán recelar de su madrastra, logrando encontrar en dicho contexto el único apoyo del chófer, quien incluso apunta a un plan destinado a eliminarla, y permitiendo que el desarrollo de su asesinato, designara a Jane como única heredera de la fortuna de su desaparecido padre. Bob incluso descubrirá el cadáver del propietario de la mansión, y junto con Penny acudirán a la policí­a a denunciar el previsible asesinato. Pero, como suele suceder en estos casos, nada es como parece.

Y es precisamente ese servilismo para intentar sorprender al espectador, lo que más ha envejecido en una pelí­cula que desarrolla todo un auténtico juego de convenciones entre buenos que parecen malos, villanos que simulan buenos y situaciones que en realidad sostienen una lógica inversa. En ese sentido, El sabor del miedo no ofrece grandes novedades pero, por el contrario, es en el capí­tulo de la puesta en escena y su lograda atmósfera, donde la pelí­cula alcanza una notable vigencia. Holt supo rodearse de un equipo técnico competente; era buen conocedor de las posibilidades de los profesionales ingleses, ya que él mismo era parte de ellos en su cualificación como montador en diversos tí­tulos de los años cincuenta. Sin lugar a duda, el mayor acierto de todo el conjunto vino dado de la elección de Douglas Slocombe como operador de fotografí­a, logrando imprimir con su labor en la pelí­cula unas texturas muy fí­sicas a través de su contrastado blanco y negro. Un rasgo este que se ajustaba a la perfección a una escenografí­a que alternaba ambientes modernos con otros decadentes en la misma mansión -es una curiosa dualidad que potencia el falso aire “fantastique” de la pelí­cula-, y donde destacan cuatro “tours de force” que, hábilmente insertados, logran mantener el interés de la función.

Estos son el primer encuentro de Penny con la imagen de su padre y su posterior caí­da a la piscina; la segunda de dichas “visiones” -ya en su propia habitación-; la secuencia submarina dentro de la piscina, en la que Bob localiza el cadáver del padre de Penny y, por supuesto, la del accidente provocado junto al acantilado. Estos concienzudos y eficaces golpes de efecto y la acertada utilización cinematográfica que se ofrece de decorados y objetos, contribuyen a mantener la fuerza de una pelí­cula que adquiere un clí­max final francamente poco creí­ble -esa ira transformada en erróneo asesinato por parte del joven conductor-, a la que hemos de unir la molesta e imperturbable presencia de Ronald Lewis en uno de los papeles protagonistas. Es evidente que Seth Holt -y también Jimmy Sangster-, lograron salvar los escollos que aparecen en esta con todo apreciable El sabor del miedo de cara a la posterior reunión de ambos con A merced del
odio (1965). En ambas, por cierto, los ecos del cine psicológico de Losey son bastante acusados.


 


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