LOLA

Película estrenada entre 1961

Director: Jacques Demy. 1961. Italia-Francia. B/N

Intérpretes: Anouk Aimée, Marc Michel, Jacques Harden, Alan Scott



En Nantes, un joven que responde al nombre de Roland deja pasar los dí­as sumido en su aburrida existencia hasta que un dí­a encuentra a Lola, una mujer a la que conoció siendo adolescente hoy convertida en bailarina de un cabaret. Lola es madre soltera, y vive con su hijo a la espera de que regrese el padre que los abandonó a los dos hace siete años yéndose a América y que prometió volver sólo cuando fuese rico. Pero Roland no tarda en reconocerse enamorado de ella y esntirá que este amor le dará nuevas y renovadas energí­as a su existencia.

Es bastante probable que de todos los realizadores que probaron sus armas en la profesión en plena eclosión de la “nouvelle vague” francesa, Jacques Demy sea al mismo tiempo uno de los más olvidados y denostados por cierto sector de crí­tica y aficionados, como mitificado por otros tantos. La especial musicalidad y evanescencia de sus pelí­culas, su innegable inclinación a intentar plasmar la pureza del amor -con los riesgos que ello conlleva– y la reiteración en los temas e incluso los personajes que poblaron su no muy nutrida cinematografí­a -y que se extendieron a ciertos tí­tulos de su esposa, la también realizadora Agnes Varda- posibilitaron esa singularidad que ya se manifiesta en el tí­tulo que prácticamente significó su encumbramiento: Lola .

Dedicado a la figura de Max Ophuls -y algo de ese sentimiento se intentará trasladar el espí­ritu de esta pelí­cula como más adelante comprobaremos-. La pelí­cula intenta trasplantar a la pantalla todo un mosaico de personajes en apariencia banales e intrascendentes, todos ellos finalmente relacionados entre sí­ por azares del destino y por la incesante búsqueda del amor. Desarrollada en Nantes, LOLA nos muestra la azarosa búsqueda de Roland Cassard (Marc Michel) – joven y romántico muchacho-, de un sentimiento que se acerque a su anhelo de amor. El destino le lleva a un fortuito reencuentro con Lola (Anouk Aimée), una encantadora prostituta con la que tuvo relaciones en la primera juventud de ambos y que enseguida reaviva la ensoñación que le produce. Pese a su apasionamiento ella solo le manifiesta una sincera amistad, ya que sigue ensimismada en el recuerdo del único amor de su vida, Michel, el padre de su único hijo. Junto a este amor no correspondido se interrelaciona la presencia de una elegante y madura mujer que intenta alcanzar infundadamente la estima de Roland, al igual que su sobrina. El muchacho por otra parte se muestra deseoso de huir de Nantes al ratificar la inexistencia de amor por parte de Lola hacia él, y decide embarcarse en una oscura aventura pese a conocer que tiene su origen en unos traficantes de diamantes.


Esa casi ophulsiana “ronda” de personajes y sentimientos entrecruzados, estará dotada de una sensación de huidiza evanescencia, de felicidad que se alcanza únicamente por instantes y se desvanece con la misma fragilidad del paso del tiempo. Acompañado por el impagable fondo sonoro de la música de Michel Legrand, la cámara de Demy -bien respaldada por la libre iluminación de Raoul Coutard- recorre las calles de Nantes, registra confesiones y momentos aparentemente inocuos, pero que según discurre el devenir filme irán haciéndonos notar esa amalgama de sentimientos y emociones que adquiere una acusada confesionalidad en esas conversaciones filmadas con mirada frontal fundamentalmente entre Lola y Roland -aquellas que tienen lugar en un pequeño restaurante donde ambos confiesan sus sentimientos-. Al mismo tiempo encontramos ecos de fondo en el lejano cine musical norteamericano -la presencia de esos marinos que nos retrotraen a Un dí­a en Nueva York (1949, Stanley Donen-Gene Kelly) aspecto en el que Demy incidirá en su filmografí­a posterior. Uno de ellos, precisamente, será el que de alguna manera simbolice ese sentimiento de pureza del amor. Y se manifestará en la actitud y entrega de Frankie (Alan Scott). Un personaje que de forma paradójica protagonizará los que son, bajo mi punto de vista, el mejor y peor momento de la pelí­cula. El primero de ellos se produce cuando este se despide por última vez del domicilio de Lola, discurriendo por la barandilla central de una calle con pendiente, mientras la cámara registra un doble movimiento de grúa ascendente y descendente. Por su parte, hoy queda ciertamente ridí­cula la utilización de un chirriante “ralentí­” en el momento en el que Frankie discurre en un carrusel por la pequeña Cécile.

En cualquier caso, bajo su inicial insustancialidad pero con el posterior esfuerzo de dotar de sentido tanto a los personajes como a sus acciones, LOLA adquiere paulatinamente una pátina de romanticismo perdido que tiene su momento más cortante precisamente en esas imágenes finales con la protagonista en apariencia satisfecha ante el inesperado regreso de Michel (una incidencia ciertamente un tanto artificiosa), entrecruzando su mirada al contemplar como Roland está a punto de embarcarse en su odisea por Sudáfrica. Quizá esa espera con el que consideró el “amor de su vida”, no fue más que una vana ilusión y dejó pasar a la persona que verdaderamente la podrí­a corresponder.

Una finalmente sensible esta Lola de Jacques Demy, que nos muestra la mirada del sentimiento y que ha logrado pervivir con el paso del tiempo. En cualquier caso es curioso reseñar la curiosa semejanza del argumento y el spirit de esta pelí­cula con el de la obra maestra de Blake Edwrads -Desayuno con diamantes (1961) -y de alguna manera con esa nueva forma de concebir la comedia romántica que pusieron en solfa nombres como el propio Edwards, Richard Quine o Stanley Donen. Me quedo sin duda con los referentes norteamericanos, pero en cualquier caso ello no invalidad el sentimiento de frustración y melancolí­a en clave musical que desprende esta finalmente notable cinta.







Lola Montes

La figura elegida para hilvanar estas lí­neas precisa un antecedente personal, que luego dará ocasión a otros escarceos. El caso es el siguiente: como admirador de la gran actriz Conchita Montenegro —una figura familiar, al margen de nuestra coincidencia de apellidos—, siempre he defendido la última de sus pelí­culas, Lola Montes (1944). La rodó Antonio Román y nuestra bellí­sima donostiarra, según indica el tí­tulo, encarnaba a aquella bailarina de tan caudalosa y enigmática vida. Tiempo después, conocí­ otra biografí­a en imágenes sobre la Montes, escenificada por Max Ophüls en 1955, y cerrando el ciclo, un largometraje de Jacques Demy, Lola (1960), que vení­a a ser un homenaje al filme de Ophüls. En un enésimo intento de reinventar la fatalidad femenina, Demy también citaba entre sus motivos a Lola-Lola, aquella turbadora y más bien tosca mujer que interpretaba Marlene Dietrich en El ángel azul (1930), de Josef Von Sternberg.

Por hacer una lectura más histórica que fantasiosa, el posesttudio de dicha sesión de cine fue la búsqueda de la verdadera Lola Montes, figura sin duda heterodoxa, a quien hoy me permito considerar española pese a su crianza irlandesa. Con las reservas del caso, y aunque no fue escritora, también creo posible aplicarle la etiqueta literaria. No en vano, el tiempo ha hecho de ella un personaje novelesco: fuente de tramas y tópico seguido de variaciones.

Su nombre auténtico era Marí­a Dolores Eliza Rosanna Gilbert y vino al mundo en Limerick en 1818. Su madre era medio española y presumí­a de un muy turbulento pasado. Poniendo al escándalo de su parte, esta mujer, apenas una adolescente, habí­a conquistado el corazón de un fusilero británico. Gracias a este enlace, la pequeña Lola pudo crecer en un ambiente tranquilo, estudiando en diversos internados. La suerte cambió para ella en 1837. Ese año repitió el esquema amoroso de su madre casándose con un oficial cuyo más próximo destino era una guarnición en la India.

Preocupada siempre por la libertad, nuestra heroí­na regresó a Inglaterra en 1842 y su primer impulso fue pedir el divorcio. Aunque la máscara matrimonial le habí­a brindado respetabilidad, Lola no quiso ceñirse a esos rigores y practicó profusamente el amor. Sin duda, le iba mejor el papel de seductora, o al menos, eso era lo que se decí­a de ella cuando empezó a actuar en los escenarios, reclamando su código hereditario como bailarina española.

Con las castañuelas en alto y una peineta de nácar, Lola se convirtió en una diva. Para ella, el hechizo era algo así­ como un don axiomático, y muy pronto los caballeros más notables de Europa solicitaron sus favores mediante lujosos regalos. En 1847, Luis I de Baviera la invitó a la residencia real de Aschaffenburg, un palacio de recreo edificado bajo el exuberante diseño de Friedrich von Gí¤rtner. La consecuencia más inmediata fue que ambos -el monarca y la danzarina- se hicieron amantes. Con cierto apresuramiento, el Rey otorgó a su dama los tí­tulos de baronesa de Rosenthal y condesa de Lansfield. Y aunque el liberal Karl Abel rehusó firmar esas cartas de nobleza, lo cierto es que Lola consiguió elevadas cotas de poder en la corte bávara.

En todo caso, su amor por Luis I admite diversas lecturas. El novelista escocés George MacDonald Fraser lo describe de este modo: “Se ha sugerido que su interés por él era puramente intelectual. Es materia opinable. Lo que no se puede dudar es que era la verdadera gobernante de Baviera -y ha habido peores gobernantes de naciones- hasta la revolución de 1848, que la obligó a dejar el paí­s” (Royal Flash, traducción de Ana Herrera, Edhasa, Barcelona, 1997, pp. 437-438). Que nadie piense en un destierro infeliz. Lola se consoló del trono perdido llevando ante el altar a otro oficial británico en 1849.

Poco después, debió de mirar su imagen en el espejo y se vio capaz de alejarse en busca de nuevos aires. Nunca se sintió maniatada por un hombre: abandonó a su nuevo esposo -otro juguete roto- y en 1851 tomó un naví­o con destino a Estados Unidos. Aprovechándose del mito que la precedí­a, estrenó en un teatro neoyorquino la obra Lola Montes in Baviera, al tiempo que improvisaba conferencias en torno a materias tan equí­vocas como la belleza femenina. En su caso, este rasgo era tan notable que no le costó hallar un nuevo acompañante con quien divertirse: el editor y periodista californiano Patrick Hall. Aunque admitió que fuera su esposo en 1853, no lo encontró cosmopolita y muy pronto se aburrió de él.

La nueva separación marcó el momento de desdeñarlo todo y admitir la sugestión de un largo viaje. En 1855 Lola Montes, coqueta y alborozada, llegaba a Australia con la intención de estrenar un fastuoso espectáculo de danza. Dos años después, sin haber cumplido del todo sus aspiraciones, volví­a a Nueva York en busca de descanso. Lo halló definitivamente el 17 de enero de 1861. En el plano más frí­volo, es obvio que su muerte autorizó a muchos a convertirla en mito.


 


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina