Director: Akira Kurosawa. 1961. Japón. B/N
Intérpretes: Toshir√≠¬¥ Mifune, Tatsuya Nakadai, Y√≠¬¥ko Tsukasa, Isuzu, Yamada

En el Japón feudal del siglo XIX, un samurai llega a un pequeño poblado donde dos bandas rivales luchan entre sí por el control de la ciudad. Los jefes de ambos bandos han contratado a sus propios mercenarios para que acaben con el enemigo, pero pronto el recién llegado da muestras de ser un guerrero invencible, por lo que las dos bandas enfrentadas desean contratarle. El samurai espera a ver quién hace la mejor oferta por sus servicios.


El samurái errante Sanjuro llega a un pueblo del Japón rural del siglo XIX. Dividido por dos familias rivales. Pobre y hambriento decide servir como mercenario en uno de lo bandos, y posteriormente decide trabajar con el contrario. Descubierte su traición. Sanjuro es encarcelado, aunque logra escapar durante una sanguinaria matanza. Tras un tiempo de meditación lejos del pueblo arrasado, Sanjuro volverá para enfrentarse al instigador de la terrible masacre.

Una de las mejores de Kurosawa, y eso son palabras mayores. Contó con sus actores habituales, y en este caso todos pegan para sus papeles. También con un elaborado guión en el que se suceden situaciones intrigantes y cómicas y las luchas entre unos samuráis cuya figura en el siglo XIX estaba en proceso de desintegración.
Me repatea tener que oír a muchos listillos que Por un puñado de dólares o El último hombre son mejores. No lo son, son un mero calco. No deberían hacerse remakes de obras perfectas si no aportan nada nuevo (la fotografía a color o el actor de moda (Eastwood, Bruce Willis…) no se pueden considerar novedades.
Quítense prejuicios de la cabeza y anímense a ver clásicos, terminarán por apreciar la inteligencia, la profesionalidad, la sabiduría que actualmente sólo está en posesión de unos pocos realizadores que, como es lógico, no se rebajarían a hacer una simple copia.
Otra vez Mifune y Kurosawa pergreñando una película de samurais y otra vez consigues rizar el rizo y realizar una película gloriosa. Es la única ocasión en la que he visto a Mifune combatir como si no tuviese miedo a la muerte manejando la katana de una manera perfecta y eliminando a todos sus enemigos con golpes perfectos además de resultar un personaje extremadamente cínico pero no porque si tiene sus razones y están bastante bien explicadas. Además, y como en tantos otros casos, los americanos tuvieron que adaptarla a su propia cultura para hacer una película pésima que simplemente engrandece a esta película, a ver cuando nos enteramos que mayor presupuesto no supone una mejor película, lo que cuenta es la historia y como se cuenta e interpreta.
Kurosawa vuelve al Japón feudal, para relatarnos la historia de Yojimbo (Mifune), un mercenario samurai que irrumpe en un pueblo en el que dos familias se disputan el poder, para, por medio de su picardía y arte con las armas, intentar que reine la paz.
Mifune está arrebatador, como de costumbre en sus colaboraciones con Kurosawa, y el filme dará lugar a una secuela “Sanjuro”, firmada por el mismo director e interpretada también por Toshiro Mufune, aunque de menor factura.
Por otro lado Leone, años después, y de la forma que mejor sabe (con sus aclamados “spaghetti-western”), rinde homenaje a Kurosawa con un remake, esta vez ambientado en el oeste, y que también entrará en la historia del cine, se trata de Por un puñado de dólares filme que empezará a forjar el mito de Clint Eastwood.
Yojimbo es una llamativa, interesante y exótica cinta para los entendidos de cine, pues Kurosawa trata sus historias con una profundidad, unas pausas reflexivas y un contenido filosófico de la existencia que es lo que las hace tan particulares y con un sello de tanta calidad. Incluso el director japonés se permite, como en ésta, introducir escenas de comicidad o provocadoras de risa, lo cual no resta que el conjunto del filme sea de una gran hondura, en el caso de Yojimbo de cómo un ser humano trata de sobrevivir haciendo uso de su imaginación y del oficio que mejor desempeña.
Recuerdo películas españolas acerca de guerrillero como José María “el tempranillo”, “Curro Jiménez” o incluso de algún torero, que representan figuras populares de la historia de España, equiparables a las narraciones de los samurais japoneses; pues estoy seguro que si un director de aquí, con la calidad de Kurosawa, las hubiese tomado como personajes principales de alguna de sus películas, rodeándolos de un guión con peso reflexivo y acción de calidad, casi seguro que para Oriente habría sido un genio del exótico cine occidental tal y como Kurosawa lo es para nosotros: un Maetro del cine Oriental. Ni más ni menos.
La raíz del “spaghetti-western”
Un mercenario samurái (Mifune) se pone al servicio de las dos bandas rivales de un poblado japonés, comenzando a eliminar progresivamente a los de un bando y a los de otro, basándose en sus dotes cizañeras y en su inteligencia.
Una de las más famosas obras de Kurosawa luego mitificada y ¿superada? por Leone en su estupenda e inolvidable inauguración del “spaghetti-western” con Por un puñado de dólares. Es un ejemplo del absurdo comportamiento del ser humano, de su egocentrismo y egoísmo y de lo fácil que resulta el engaño entre idiotas.
No es un filme extraordinario, ni de las grandes películas de Kurosawa, pero en él se siguen apreciando la textura plástica de sus imágenes, la vivacidad de su puesta en escena y el consternado dramatismo del que se dota a la narración.
Por un puñado de yenes
Pocos cineastas pueden presumir de una filmografía tan ecléctica como la de Akira Kurosawa. Similar en ese sentido a Hawks, Kurosawa ha abordado casi todos los géneros obteniendo grandes resultados en cada campo en el que se ha atrevido a entrar.
A pesar de estar muy arraigado en la cultura japonesa (mostrado sobremanera en sus películas de samuráis) y preocuparse por mostrar una realidad y unos problemas muy reales además de ampararse en el folklore japonés para dar rienda suelta a historias desarrolladas en siglos pasados, el director nipón es sin duda alguna el más occidental de todos los cineastas japoneses que han existido. Muy influenciado por el cine norteamericano en general y por el de John Ford en particular, Kurosawa ha conseguido forjarse un estilo propio que le ha desbancado de las típicas etiquetas de “director” oriental que hace películas orientales encontrando un camino basado en su cultura pero mucho más cercano por tratamiento, ritmo y guión al cine norteamericano.
Buena prueba de ello son las adaptaciones que los grandes estudios han hecho de sus películas más famosas como Los siete magníficos (1960, John Sturges) a partir de Los siete samuráis (1954) o Por un puñado de dólares (1964, Sergio Leone) a partir de la presente película.
En ese sentido, Kurosawa se nutre de la historia de su país del mismo modo que el western bebe de la historia de América. Y esa es sólo una más de las similitudes entre ambos cines. Concretamente, todas las películas que el cineasta rodó acerca de samuráis que son sino westerns japoneses.
En consecuencia, la violencia dentro de la película (y dentro de la filmografía del cineasta) es una violencia muy estilizada, dura, tosca. Es un protagonista más y la planificación empleada por Kurosawa (planos largos siguiendo las peleas, sin cortes casi dejando que todos los enfrentamientos se resuelvan en dos planos para mostrarla lo más cercana y real posible) incrementa su protagonismo hasta igualarlo al de un personaje más.
La película cuenta la historia de Sanjuro (Toshir√≠¬¥ Mifune) un samurai que llega a un pueblo dividido en dos bandas en continua confrontación. Sanjuro decide alquilarse como “yojimbo” (guardaespaldas) y va cambiando de bando según quien le pague más.
A pesar de encerrar una trama tan simple, Kurosawa crea un personaje mucho más trabajado de lo que parece a simple vista puesto que a pesar de ser un mercenario, Sanjuro es el más inteligente, el único que va ideando diversas salidas y el modo en que juega con los dos bandos siendo siempre superior a ellos, muy seguro de si mismo y consciente de su fuerza acentúa la lejanía entre el mundo de Sanjuro y el de las bandas rivales, o incluso la de los humildes habitantes del pueblo, poco más que idiotas la mayoría. Una diferencia que viene incrementada también por el patetismo que el director escribe en la historia. El pueblo al que llega el protagonista es claramente un pueblo de perdedores, y él se da cuenta de ello así que como reza la canción, él ha llegado para ganar. Matones patéticos que luchan por una causa patética y que no tiene según las ocasiones las agallas necesarias para enfrentarse entre ellos como muestra la magnífica secuencia del intento de batalla en la calle con Sanjuro en lo alto de la torre mirando y que ninguno de los dos bandos se decide a atacar, retrocediendo unos a medida que avanzan los otros. Gente sin honor en un tiempo en el que el honor es la posesión más preciada que un hombre puede poseer, y que al perderlo pierde su condición de hombre y su necesidad de vivir, como el duro instante en el que tras la liberación del hijo de Seibei la madre lo abofetea preguntándole porque no ha muerto tras la humillación de dejarse atrapar y tachándolo de cobarde.
A todos ellos se les une Sanjuro, otro perdedor. Un vagabundo que no tiene más que su espada y su honor. A pesar de su frialdad y su falta de escrúpulos es el único que demuestra un poco de humanidad y un estricto sentido del honor no dudando en masacrar a seis hombres con tal de liberar a una mujer a la que ni siquiera conoce pero que como exclama en un momento del film “Odio a la gente patética”.
Kurosawa a mediante el formato panorámico y las estudiadas composiciones se encarga siempre de mostrar a Sanjuro como el personaje de la discordia, en medio de los dos bandos o separado por puertas, ventanas, katanas o cualquier objeto de cualquier personaje perteneciente a uno de los dos bandos. Tan solo pertenece al suyo.
Un hecho apoyado en la magnífica utilización del espacio que el cineasta utiliza y domina con maestría estableciendo un juego entre básicamente cuatro espacios por los que deambularán los personajes y donde tendrán lugar los hechos más importantes. La casa y domino de Seibei donde residen él y su banda, la de Ushi-Tora, su rival, la calle principal que separa ambos dominios donde ocurrirán los enfrentamientos, intercambios y el duelo final (con cowboys vestidos con quimonos que utilizan katanas) y la taberna, el espacio neutral que Sanjuro utilizará como propio, su propio espacio donde podrá ser él mismo y negociará sus honorarios con los jefes rivales y ocurren las acciones que tiene que ver con su persona, no con algún hecho desencadenado de la trama principal.
Yojimbo por méritos propios se convierte pues y a pesar que sus protagonistas luzcan moño en vez de sombrero polvoriento en uno de los mejores westerns jamás filmados. Un “western” en el que solamente aparece un revolver (y cuya aparición y consecuencia Kurosawa se preocupa en resaltar), pero cuyo sentido y constantes lo enmarcan más hondo en el género que algunos rodados en las soleadas colinas de Almería.