Director: Sam Fuller. 1961. EE.UU. B/N
Intérpretes: Clift Robertson (Tolly Devlin), Dolores Dorn (Cuddles), Beatrice Kay (Sandy), Paul Dubov (Gela), Robert Emhardt (Earl Connors), Larry Gates (Driscoll)

Un chico adolescente presencia cuando cuatro indeseables asesinan a su padre, así irá creciendo con el solo objetivo de hallarlos para hacer realidad sus deseos de venganza.
Como anticipaba visual y narrativamente Force of Evil (1948, Abraham Polonsky), tras la II Guerra Mundial las organizaciones gangsteriles comenzaron a adoptar -al menos en el ámbito cinematográfico- la forma de grandes corporaciones empresariales o de sociedades anónimas que escondían, bajo la limpia superficie de su fachada, el el turbio universo de los negocios de la droga, del crimen o de la prostitución.
Títulos como The Big Operator (1960, Charles Haa), The Line Up (1958, Donald Siegel) o Código del hampa (1964, Don Siegel) venían a confirmar la relación “casi laboral” que hacía de los asesinos unos asalariados o unos empleados a tiempo parcial de las grandes “corporaciones” criminales, mientras que obras como El sindicato del crimen (1960), A quemarropa (1967) y The Brotherhood (1978, Martin Ritt)
desvelaban parte de los entresijos de estas nuevas organizaciones mafiosas.
Basándose en una serie de artículos publicados por Joseph Dineen en el “Saturday Evening Post” sobre unos traficantes clandestinos de alcohol durante la época de la “prohibición”, Sam Fuller describe, en el marco de una histooria nihilista y desesperanzada y trasladando la acción al momento del rodaje de la película, el interior de una de estas grandes empresas (con sede social incluida y con departamentos dedicados a los estudios y a proyectos de mercado), cuya actividad se concentra en el negocio de las drogas y de la prostitución juvenil.


Sobre este telón de fondo, se narra la película Underworld USA
Pocos autores han retratado con tanta sabiduría del dolor, con tanta poesía descarnada y tanta fuerza el mundo de la mafia y los bajos fondos como Samuel Fuller, y un buen ejemplo de ello es este Underworld USA, historia de una venganza que se convertirá también en la crónica de un mundo corrompido que debe ser limpiado de tanta escoria y tantas malas hierbas. Será uno de los típicos y viriles antihéroes de su director (de esos tipos que cuando se declaran a una mujer lo hacen avergonzados y mirando hacia otro lado), un cachorro herido en su orgullo paterno-filial que creció entre cárceles y reformatorios incubando la semilla del rencor, el que se encargue de llevar a cabo tamaña hazaña, primero limitada a lo personal y luego extendida hasta llegar al huevo de la serpiente, más por un repentino ataque de conciencia social que por necesidad.
Fuller rueda con las tripas, nos clava a la pantalla con uno de esos comienzos que se le dan tan bien (recordemos el electrizante prólogo de The Crimson Kimono) y nos hiela la sangre al filmar con una templanza escalofriante el asesinato a sangre fría de una niña pequeña, en una escena que rebosa nervio y tensión por los cuatro costados. Por supuesto, el estilo de su autor sigue siendo tan rabioso, tan cruel, tan dolorosamente romántico (el final, con un Cliff Robertson tambaleante en medio de esas calles vacías y seguido por una cámara que no para un segundo, es espectacular) como cabía esperar, redondeando una de las obras más oscuras y perfectas de su director. Extraordinaria película.