WEST SIDE STORY

Director: Robert Wise/Jerome Robbins. Estados Unidos. 1961. Color

Intérpretes: Natalie Word (María), Richard Beymer (Tony), Russ Tamblyn (Riff), George Chaquiris (Bernardo)


La acción transcurre en un barrio de Nueva York, el West Side, donde dos bandas juveniles, los Jets y los Sharks, se encuentran enfrentadas. Unos son anglosajones y otros son de origen puertorriqueño, que luchan por un territorio y por el respeto de los anglosajones. Tony (Richard Beymer), que perteneció a la banda de los Jets, se enamora de la hermana de Bernardo (George Chakiris), líder de los Sharks, María (Natalie Wood).

La vida es buena en América. Si eres blanco en América

En el West Side de Nueva York se disputan la hegemonía dos bandas de jóvenes: los “sharks”, todos ellos procedentes de Puerto Rico, y los “jets”, de ascendencia anglosajona. Estos últimos están comandados por Riff, una vez que Tony abandonó la pandilla para llevar una vida normal y poder trabajar. Por otra parte, Bernardo, que es el jefe de los puertorriqueños, convive con su hermana, María, recién llegada de la isla. Una noche, en un baile, coinciden los dos grupos y están a punto de provocar una violenta pelea.

Los Montesco y Capuleto no son familias sino bandas callejeras, no viven en Verona sino en Manhattan, y sus rivalidades las dilucidan bailando al ritmo de Leonard Bernstein. Un musical de inmenso éxito que adaptó de Broadway la historia de Romeo y Julieta, con unos espléndidos números de baile, para conseguir la gloria con 10 Oscars. Lo cierto es que creo que está algo sobrevalorada, pero sin duda pertenece ya a la historia de los grandes musicales del cine.

Vigorosa y moderna, esta enésima versión de “Romeo y Julieta” sigue siendo un título imprescindible y un clásico en el cine musical. El número de la pelea de las bandas todavía eriza de emoción.

West Side Story es uno de los musicales más famosos del cine. Está basado en la obra de teatro Romeo y Julieta de Shakespeare. Con música compuesta por Leonard Berstein,ganó diez Oscar, a la mejor película, al mejor director, al mejor actor de reparto (George Chakiris), a la mejor actriz de reparto (Rita Moreno), a la mejor dirección artística, a la mejor música, a la mejor fotografía, al mejor sonido, al mejor vestuario, y al mejor montaje, y fue nominada al mejor guión adaptado.

La acción transcurre en un barrio de Nueva York,  el West Side, donde dos bandas juveniles, los Jets y los Sharks, se encuentran enfrentadas. Unos son anglosajones y otros son de origen puertorriqueño, que luchan por un territorio y por el respeto de los anglosajones. Tony (Richard Beymer), que perteneció a la banda de los Jets, se enamora de la hermana de Bernardo (George Chakiris), lider de los Sharks, María (Natalie Wood).


Cuando se habla de cine de arte por lo regular acuden a la mente de los cinéfagos imágenes en blanco y negro, largos planos secuencias y tiempos muertos. Close-up de actores mirando al infinito y más allá en clara mueca de atravesar dilemas existenciales y casi siempre nos quedamos con la impresión de que se trata de filmes lentos e introspectivos, cine contemplativo que se piensa es filmado exclusivamente en Europa o Asia, cuyos títulos impronunciables solamente son recordados por las huestes cinéfilas más sesudas, y que este tipo de cine es por completo ajeno a los márgenes de Hollywood. Cierto, pero sólo en parte.

El cine de entretenimiento no tiene por qué ser menospreciado bajo ningún contexto. Grandes obras del séptimo arte −revaloradas en nuestros días−, han surgido precisamente de las fórmulas de reciclaje, cuyo principal objetivo no es la trascendencia artística “per se”, sino simplemente el de agradar al mayor público posible. Justamente de estas pretensiones surge una película musical que hoy por hoy debe ser considerada como uno de los mejores ejemplos de cine de arte en su más amplia acepción −porque aun en nuestros días existen mentes tan retrógradas que se empeñan en creer que el cine de arte es sólo aquél que ni ellos pueden entender, pero que ensalzan por mero compromiso snob−, reconocida ya como una obra fundamental del cine moderno. Se trata de West Side Story, conocida en México con el romantiquísimo y delicado nombre de Amor Sin Barreras.

El cine musical se supone ya había alcanzado sus más altas cimas de la mano de nombres míticos como el coreógrafo y realizador Busby Berkeley y el director Mark Sandrich durante la década de los años 30. En los años 40 las mejores obras vinieron del talento de Vincente Minelli, mientras que los años cincuenta verían en Stanley Donen y Gene Kelly a sus máximos artífices. Aquellos años de esplendor del cine musical dejaban ver coreografías siempre impresionantes, fastuosos despliegues que poco caso hacían de una trama por lo regular simple y en ocasiones apenas hilvanada para el lucimiento de las verdaderas estrellas de la función: los números musicales.

Pronto las escuetas tramas y la saturación “ad infinitum” de cantos y bailes desplegados a la primer provocación llevó al cine musical a un hartazgo donde pocas películas ofrecían alguna novedad. Así, en medio de ese declive del cine musical aparece en el año de 1961 West Side Story, con un sólido guión de Ernst Lehman, impresionante música de Bernard Bernstein y Stephen Sondheim y dirección de Robert Wise y Jerome Robbins, responsable también del manejo de las coreografías.

Siendo un éxito probado en los teatros de Broadway, su traslación al cine se convirtió en todo un fenómeno. La historia, que es en realidad una puesta al día del clásico de Shakespeare Romeo y Julieta sirve también como pretexto para evidenciar dos problemas sociales que comenzaba a dar dolores de cabeza a las autoridades estadounidenses: el pandillerismo juvenil y los constantes problemas con las comunidades de inmigrantes. En medio de este mar de confusiones y riñas por el dominio del territorio de un barrio al oeste de Nueva York se desarrollará la historia de amor entre María, una hermosa joven recién llegada de Puerto Rico, y Tony, un yanqui exmiembro de la pandilla de los Jets, quien ahora ha decidido rehacer su vida fuera de las calles.


Las familias de los Montesco y los Capuleto son sustituidas aquí por las pandillas de los Jets (neoyorquinos) y los Sharks (puertorriqueños) que por ningún motivo desean entablar otra relación que no sea la de los golpes, por lo que el amor entre Tony −el mejor líder que han tenido los Jets− y María −hermana de Bernardo, jefe del clan Shark− es poco menos que imposible. Aun así ambos habrán de entablar una lucha personal en contra de los prejuicios étnicos.

La solidez del guión −basada perfectamente en esa lucha de contrarios− encuentra su equivalente exacto en la pantalla de la mano de Robbins, creador de una serie de coreografías majestuosas que van más allá del espectáculo caleidoscópico, es decir, cada uno de los movimientos es una puesta en escena de una pelea, cada baile maneja una pulsión de violencia que se desarrolla “in crescendo”, desde la secuencia inicial de la cinta −la presentación de los miembros de ambas pandillas caminando/bailando/luchando a lo largo del territorio que pretenden dominar− hasta la violenta cita bajo de un puente, donde Bernardo, Tony y Riff, su mejor amigo, se encuentran en una danza de furia y muerte.

Pero también la adecuada planificación de los encuadres es una muestra de que Robert Wise estuvo a la altura para dar a la cinta el equilibrio perfecto, pues más allá de los números musicales también las escenas de poderosos diálogos, la mayoría de ellos de una carga dramática pocas veces vista en el género, hacen que la tensión dramática avance de manera fluida hacia un clímax donde los celos, la mentira y la confusión se conjunten en un desenlace abrumador, impactante y melancólico.

Sin embargo, esta es una historia de amor, y como tal alcanza algunas de las mejores escenas del género, sobrepasando el mero ámbito de la comedia musical. Ahí está ese bello juego de plano/contraplano que Wise utiliza para enfrentar por vez primera a María y Tony en una fiesta: ellos nítidamente enfocados al centro del encuadre, mientras a su alrededor todo se desarrolla fuera de foco. Una expresión onírica donde sólo ellos dos importan y su amor es lo único verdadero, más allá de cualquier rencor de sus respectivas “familias”.

Amor que irá creciendo con una fuerza natural y libre que no es comprendida, pero que ellos se esmeran en mantener con una pureza memorable. Allí quedan como ejemplo magníficas secuencias como el sueño de su boda en medio de los maniquíes de la boutique donde trabaja María, escena que finaliza con un contrapicado majestuoso de ellos dos arrodillados repitiendo una a una las palabras de su supuesto enlace matrimonial; o bien el diálogo que sostienen cuando Tony ingresa al cuarto de María, después del desenlace trágico de la pelea debajo del puente que no pudo detener.

West Side Story es, sin duda, una obra de arte redonda en todos los sentidos, poderosa como historia romántica y poderosa también como obra musical, aderezada por uno de los scores más recordados de la historia del cine (canciones ya clásicas como María, America, Somewhere o Tonight) y que ya es considerada como una de las películas románticas más importante que se han realizado

Nueva York, década de los 60. Dos pandillas, los Riff (Russ Tamblyn), y los Tiburones, con Bernardo (George Chakiris) como cabecilla de un grupo de adolescentes de origen puertorriqueño, mantienen un enfrentamiento constante

Uno de los Jets, llamado Tony (Richard Beymer) se enamorará de Maria (Natalie Wood), la hermana de Bernardo.



Un clásico del musical, que desarrolla un alegoría sobre la violencia urbana, su génesis y sus letales derivaciones, con atisbamientos críticos a la xenofobia, al racismo, al trato al inmigrante, al condicionamiento familiar y grupal del comportamiento vehemente, determinado por un contexto propicio al mismo, estableciendo también una mirada al distanciamiento generacional y a la entidad del joven en la pandilla y al margen de ésta, con vinculaciones afectivas y románticas.

Como bien expone el filme en sus dos horas y media de metraje, mediante el uso de la violencia jamás se podrá lograr un objetivo que vaya más allá de esa propia actitud. Su vorágine, que termina atrapando hasta a la persona más sensata y calmada, convirtiendo sus ansias futuras de felicidad en una fuente de rencor e ímpetu, solamente puede conducir al dolor, la muerte y el odio.

Al margen de sus implicaciones temáticas y vinculadas a ellas líricamente, a lo largo de esta agridulce, taciturna y noctívaga película, dirigida por Robert Wise con la ayuda en las coreografías de Jerome Robbins, aparecen un buen número de grandes canciones escritas por Leonard Bernstein (música) y Stephen Sondheim (letras), entre ellas, clásicos como “America”, “Tonight”, “Maria”, “One hand, one herat” o “Cool”. Esta actualización de la historia de William Shakespeare “Romeo y Julieta”, que había sido llevada con anterioridad al teatro, fue adaptada por el guionista Ernest Lehman y protagonizada por Natalie Wood –doblada en las canciones por Marni Nixon–, Richard Beymer (una persona muy proclive a las causas sociales en su vida real), Russ Tamblyn –conocido por su participación en Siete novias para siete hermanos– y los oscarizados George Chakiris y Rita Moreno, ambos excelentes en sus papeles de reparto y sin demasiada fortuna en sus siguientes trabajos cinematográficos, especialmente Chakiris.

Muchos musicales han pasado a la historia del cine por su calidad en lo referente a sus bailes, sus canciones y demás características propias de este género cinematográfico (Cantando bajo la lluvia, Mary Poppins…) pero ninguno de ellos supera, en mi opinión, la conmovedora grandeza y espectacularidad de West Side Story. Ganadora de 10 Oscars de la Academia en 1961 –incluyendo el de mejor película–, esta maravillosa historia de amor conquistó el corazón de millones de espectadores de todo el mundo en su día, convirtiéndose en un éxito de crítica y taquilla.

Este magistral y emocionante musical traslada la tragedia de “Romeo y Julieta” de William Shakespeare al mundo actual y, como trasfondo, nos muestra los barrios pobres de Nueva York en los años 50. En dichos barrios conviven con poca fortuna dos bandas callejeras de diferentes nacionalidades: unos son los Jets (de origen inglés) y otros los Sharks (de origen puertorriqueño). Todo marchará, más o menos, tranquilamente hasta que se descubra que un chico de los Jets mantiene un apasionado romance con una muchacha del bando contrario. Los enfrentamientos no tardarán en producirse y el asunto terminará yéndoseles de las manos, llevándoles a la tragedia.

Las coreografías de Jerome Robbins, las letras de Stephen Sondheim, la inolvidable música de Leonard Bernstein, las excepcionales interpretaciones de todo el reparto (con especial atención a una encantadora Natalie Wood) y el buen pulso narrativo de Robert Wise, hacen de este musical todo un espectáculo para los aficionados al género. Canciones tan inolvidables como “Tonight”, “Maria”, “Somewhere”, “Cool” o el mítico número musical de “America” permanecerán para siempre en la memoria del espectador, que sabe que difícilmente podrán realizarse musicales tan excepcionales como éste, que mantiene toda su fuerza y esplendor con más de cuarenta años a sus espaldas. Vista hoy día, es cierto que algunos temas musicales resultan un tanto empalagosos, pero la fuerza de la coreografía y sus excelentes bailarines permanecen vigentes y difícilmente superables.


Nueva York, década de los 60. Dos pandillas, los Jets, hijos de inmigrantes europeos liderados por Riff (Russ Tamblyn), y los Tiburones, con Bernardo (George Chakiris) como cabecilla de un grupo de adolescentes de origen puertorriqueño, mantienen un enfrentamiento constante. Uno de los Jets, llamado Tony (Richard Beymer) se enamorará de Maria (Natalie Wood), la hermana de Bernardo.



Un clásico del musical, que desarrolla un alegoría sobre la violencia urbana, su génesis y sus letales derivaciones, con atisbamientos críticos a la xenofobia, al racismo, al trato al inmigrante, al condicionamiento familiar y grupal del comportamiento vehemente, determinado por un contexto propicio al mismo, estableciendo también una mirada al distanciamiento generacional y a la entidad del joven en la pandilla y al margen de ésta, con vinculaciones afectivas y románticas.

Como bien expone el filme en sus dos horas y media de metraje, mediante el uso de la violencia jamás se podrá lograr un objetivo que vaya más allá de esa propia actitud. Su vorágine, que termina atrapando hasta a la persona más sensata y calmada, convirtiendo sus ansias futuras de felicidad en una fuente de rencor e ímpetu, solamente puede conducir al dolor, la muerte y el odio.

Al margen de sus implicaciones temáticas y vinculadas a ellas líricamente, a lo largo de esta agridulce, taciturna y noctívaga película, dirigida por Robert Wise con la ayuda en las coreografías de Jerome Robbins, aparecen un buen número de grandes canciones escritas por Leonard Bernstein (música) y Stephen Sondheim (letras), entre ellas, clásicos como “America”, “Tonight”, “Maria”, “One hand, one heart” o “Cool”.

Esta actualización de la historia de William Shakespeare “Romeo y Julieta”, que había sido llevada con anterioridad al teatro, fue adaptada por el guionista Ernest Lehman (Con la muerte en los talones) y protagonizada por Natalie Wood (doblada en las canciones por Marni Nixon), Richard Beymer (una persona muy proclive a las causas sociales en su vida real), Russ Tamblyn (conocido por su participación en “Siete novias para siete hermanos”) y los oscarizados George Chakiris y Rita Moreno, ambos excelentes en sus papeles de reparto y sin demasiada fortuna en sus siguientes trabajos cinematográficos, especialmente Chakiris.


Muchos musicales han pasado a la historia del cine por su calidad en lo referente a sus bailes, sus canciones y demás características propias de este género cinematográfico (”Cantando bajo la lluvia”, “Mary Poppins”…) pero ninguno de ellos supera, en mi opinión, la conmovedora grandeza y espectacularidad de “West Side Story”. Ganadora de 10 Oscars de la Academia en 1961 (incluyendo el de mejor película), esta maravillosa historia de amor conquistó el corazón de millones de espectadores de todo el mundo en su día, convirtiéndose en un éxito de crítica y taquilla.

Este magistral y emocionante musical traslada la tragedia de “Romeo y Julieta” de William Shakespeare al mundo actual y, como trasfondo, nos muestra los barrios pobres de Nueva York en los años 50. En dichos barrios conviven con poca fortuna bandas callejeras de diferentes nacionalidades: unos son los “Jets” (de origen inglés) y otros los “Sharks” (de origen puertorriqueño).

Todo marchará, más o menos, tranquilamente hasta que se descubra que un chico de los Jets mantiene un apasionado romance con una muchacha del bando contrario. Los enfrentamientos no tardarán en producirse y el asunto terminará yéndoseles de las manos, llevándoles a la tragedia.

Las coreografías de Jerome Robbins, las letras de Stephen Sondheim, la inolvidable música de Leonard Bernstein, las excepcionales interpretaciones de todo el reparto (con especial atención a una encantadora Natalie Wood) y el buen pulso narrativo de Robert Wise, hacen de este musical todo un espectáculo para los aficionados al género.



Canciones tan inolvidables como “Tonight”, “Maria”, “Somewhere”, “Cool” o el mítico número musical de “America” permanecerán para siempre en la memoria del espectador, que sabe que difícilmente podrán realizarse musicales tan excepcionales como éste, que mantiene toda su fuerza y esplendor con más de cuarenta años a sus espaldas.

Y es que la presencia latente del ritmo a lo largo de todo el filme y que la hace avanzar, con la potente banda sonora de Bernstein. lleva al nivel de una obra operística.

West Side Story, con su dura perspectiva de un problema social terrible, puede establecer ¿lo ha hecho? una nueva pauta para las prócimas presentaciones musicales.

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