DÍAS DE VINO Y ROSAS (Days of Wine and Roses)

Película estrenada entre 1962

Director: Blake Edwards. 1962. EE.UU. B/N

Intérpretes: Jack Lemmon (Joe Clay), Lee Remick (Kirsten Arnesen Clay), Charles Bickford (Ellis Arnesen), Jack Klugman (Jim Hungerford), Alan Hewitt (Rad Leland)


Joe Clay, jefe de relaciones públicas de una empresa de San Francisco, conoce durante una fiesta a la bella Kirsten Anudsen Remick, una brillante secretaria abstemia, de la que se enamora. La muchacha se muestra cautelosa al principio, debido a la afición de Joe a la bebida. Pero más tarde sucumbe ante su simpatí­a y acaban casándose. Tienen un bebé y todo parece ir bien. Pero Joe bebe cada vez más y, lo que es peor, arrastra también a su mujer. Los dos se convierten en alcohólicos y en sus ratos sobrios piensan en cómo dejar la bebida. Al final Joe consigue dejar la bebida con la ayuda de Alcohólicos Anónimos. Kirsten, no.






Notable drama, sincero en su planteamiento, que mu
estra como un matrimonio destruyen sus vidas por el alcoholismo. Aunque patética y depresiva, su principal mérito es la actuación maravillosa del dueto: Jack Lemmon-Lee Remick, como la citada pareja. Quizás una de las mejores muestras del efecto devastador de la bebida, brindados por el cine. Con una canción inolvidable (de tí­tulo homónimo) de un inspirado Henry Mancini, y de lo mejor del director Blake Edwards, responsable de un veintena de buenos filmes.

La pelí­cula es un estudio de lo destructivo que pueden ser las adiciones en la vida moderna.




Dí­as de vino y rosas es una de las escasas incursiones dramáticas de un autor conocido fundamentalmente por sus comedias. En esto existe un claro paralelismo entre Edwards y Billy Wilder, quien casi veinte años antes habí­a rodado Dí­as sin huella, su aportación desgarrada a un subgénero, el del alcoholismo y su tragedia, al que también pertenece la pelí­cula que aquí­ nos ocupa. 

Si bien serí­a aventurado establecer una influencia directa de Wilder sobre Edwards basándonos tan sólo en el esquema argumental, dado que ambas pelí­culas reproducen con total ortodoxia las claves del género (caí­da y degradación de los personajes, intentos vanos de recuperación, incierto final), si reparamos en la elección de Jack Lemmon, fetiche de las comedias de Wilder, con quien ya habí­a intervenido en Con faldas y a lo loco y El apartamento, y cuya secuela, Irma la dulce, es del mismo año que Dí­as de vino y rosas, se abre la sugerente perspectiva del reconocimiento a la obra del director austriaco.

Edwards pretende con su pelí­cula dar una visión total del problema del alcoholismo. Es por ello que no nos hurta ninguna de las etapas del proceso. Mientras que en Dí­as sin huella la caí­da de Ray Milland en la adicción está elidida y sólo hay una breve referencia rememorativa del protagonista, en esta obra el autor se detiene minuciosamente en el análisis de las causas y motivos que conducen a la dependencia del alcohol. En este sentido Edwards plantea una variedad de posibilidades, desde la congénita predisposición de Lee Remick, manifestada inicialmente en el chocolate, y fomentada por una educación restrictiva y una situación degradada (“El reino de la cucaracha”), pasando por la endeblez de la personalidad de Lemmon, asqueado con su trabajo pero incapaz de dejarlo, hasta la presión social que impone la resignación ante cualquier intento de rebelión, como ilustra perfectamente la escena en la que los vecinos reprochan a Lee Remick haber fumigado su apartamento.

A partir de ahí­ se reproduce fielmente el esquema marcado: caí­da progresiva e imparable en los abismos del alcohol, abandono de las responsabilidades familiares, malos tratos, intentos vanos de recuperación, redención de la soledad (como señala el brindis noruego al que se recurre cí­clicamente: “Juntos en el paraí­so”), degradación fí­sica, “delirium tremens”, delincuencia… El relato resulta de una negritud aplastante. En Dí­as sin huella se nos concede un respiro que humaniza al personaje, aquél en el que repasa los sentimientos que le produce la bebida: se hace ser Miguel Ángel, Van Gogh, Shakespeare…, aunque en última instancia todo quede reducido a un evanescente sueño, pero Edwards no otorga fascinación ninguna al alcohol. En este sentido Dí­as de vino y rosas acaba siendo más moralista que Dí­as sin huella.

El resultado final no es todo lo redondo que cabrí­a desear. A pesar de contar con momentos ciertamente brillantes, la pelí­cula adolece del exceso de pretensiones. El interés en que no quede ningún cabo suelto, por trazar una explicación completa del problema, y por ofrecer una explicación para cada una de las situaciones, lastra y resta credibilidad a una historia a la que sin duda el espectador podrí­a aportar más de lo que se le permite.

El plano final es quizá el momento más brillante del filme. Se supone que Jack Lemmon se ha rehabilitado; es capaz incluso de mantener la firmeza ante su mujer, y cuando ella abandona la casa y él la observa desde la ventana, vemos reflejarse en el cristal, junto a su cara, el rótulo intermitente del bar que reclama nuevos clientes. Todo el drama interior del personaje, su incierta lucha, en un solo plano.


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