EL CUCHILLO EN EL AGUA (Nóz w wodzie)

Película estrenada entre 1962

Director: Roman Polanski. 1962. Polonia. B/N

Intérpretes: Leon Niemczyk (Andrej), Jolanta Umecka (Krystina), Zygmunt Malanowicz (Younf Boy)

En el transcurso de un día a bordo de un yate de vela se establecerá un extraño triángulo entre tres personas, una pareja y un hombre, de diferentes extratos sociales, convirtiéndose la mujer en el centro de una lucha de poder entre los dos hombres.

Intenso juego psicológico

En su viaje al lago para pasar un domingo a bordo de su pequeño velero, una pareja recoge a un joven autostopista que desde el principio se muestra desafiante. El marido se siente humillado y decide invitarle a bordo del yate con la intención de ridiculizarle ante su esposa. Durante todo el día se desarrolla un juego psicológico de gran intensidad en el que el marido se comportará con el chico como un capitán despótico, pero en el que el joven no se someterá fácilmente.

El guión es fantástico; ideal para rodar con bajo presupuesto. Aunque prácticamente el único escenario sea el yate, hay pocos momentos de calma. Para mí serán inolvidables unos enfrentamientos entre infantiles y animales; la preciosa mujer, que le sigue el rollo a su marido salvo cuando este se excede; la partida de las prendas; el chico “corriendo” sobre el agua; el cuchillo “picando” entre los dedos, volando por el aire hasta clavarse en la madera o hundiéndose en el agua; etc.

Una película que otorga el protagonismo a los pequeños detalles, motivo por el cual su calidad puede pasar desapercibida ante los ojos de los que sólo se entretienen con ruidosos fuegos artificiales.

Drama complejo y malicioso, basado en una historia sencilla, sazonada con con la fértil creatividad del director

Primer largo de Polanski, realizado tras dirigir 5 cortos (1956-62). Rodado en el lago Mazury (Polonia), fue nominado al Oscar a la mejor película en lengua extranjera y ganó el FIPRESCI de Venecia. Obtuvo otras 2 nominaciones.

La acción tiene lugar en un velero sin motor, en el lago Mazury, entre la mañana de un domingo y la del lunes. Narra la historia de Andrej (Leon Niemczyk) y Krystyna (Jolanta Umecka), dispuestos a pasar una jornada de recreo en el velero “Christine”. En el camino encuentran a un joven autoestopista (Zygmunt Malanowicz), al que invitan a compartir la jornada de navegación. Andrej es un acreditado cronista deportivo, de unos 35 años y posición económica desahogada. Krystyna es una mujer independiente, que comparte labores con el marido (conducir, preparar la comida, manejar el velero). Al joven estudiante, de 19 años, le gustan los espacios abiertos y es fuerte y astuto.

La película plantea una implacable competición entre Andrej y el joven, encaminada a demostrar ante la chica la superioridad, intelectual y física, de uno frente al otro. El juego inicial es inocente, pero pronto deriva en un crescendo de crueldad y suspense. A éste se añade un duelo de dominación y sumisión, que irrita al joven, molesta a la mujer y da paso a lances despiadados de engaño y traición. El filme incluye, además, una atmósfera de tenso erotismo, patente sobre todo en la escena del juego de las prendas. La presencia del sexo cumple, como en otros filmes del autor, funciones perturbadoras de la acción. La afición de Polanski por lo inesperado que altera el orden de las cosas, con consecuencias imprevisibles, se concreta en la súbita aparición del autoestopista y su incorporación al grupo. A partir de una historia sencilla, Polanski crea una narración compleja, absorbente y maliciosa, en la que, sin muertes, todos se convierten en víctimas. El humor está sutilmente presente en el involuntario contorneo de Krystyna en bikini provocado por el balanceo del barco, en la atención que Andrej pone en la radiación de un combate de boxeo mientras la chica y el joven se cruzan miradas tentadoras, etc.

La música, del jazzista polaco Krzysztof Komeda, se hace presente de modo comedido, pero muy efectivo en la elevación del clima de suspense. La fotografía con imágenes muy contrastadas, encuadres asimétricos y composiciones de gran belleza, sitúa al espectador en posición de “voyeur”. No hay cámara subjetiva ni juego de plano/contraplano. Resalta la tangibilidad del cuerpo (torso del joven) y de objetos (cuchillo). El guión basa la fuerza del filme en la insinuación y la sugerencia. La interpretación corre a cargo de actores de corta experiencia, que trabajan con convicción y acierto. La dirección crea en un espacio mínimo un clima de abrumadora intensidad.

Considerada por algunos la mejor ópera prima después de Ciudadano Kane (1941), se cuenta entre las mejores realizaciones del autor.

Matrimonio a la deriva

El primer largometraje dirigido por Roman Polanski, escrito por él junto a Jakub Goldberg y al también director Jerzy Skolimowski, fue, como se ha repetido hasta la saciedad, muy mal acogido por las autoridades de Polonia. Sin embargo, aunque no sea chocante este hecho, uno no puede dejar de preguntarse el porqué de semejante hostilidad hacia un film que carece de alusiones directas a temas políticos o sociales de la época. Y es que, aunque tampoco hay en él simbolismos apreciables, los censores no se sintieron a gusto con esta película. ¿Qué les incomodaba, entonces? Sin duda su negrura, su trazo de existencias en estado de descomposición (universal, aplicable en toda organización social moderna), su hermético juego de engaños y crueldad, y su tono pesimista y descreído hacia el mundo que retrata, algo muy peligroso (la posibilidad de que la gente deje de creer en el mundo, de que deje de esperar) para cualquier régimen político (y no digamos ya para los autoritarios), sea del signo que sea.

El cuchillo en el agua arranca con la pareja formada por Andrzej (Leon Niemczyk) y Christine (Jolanta Umecka), quienes se desplazan en su coche con intención de emprender un viaje de relax a bordo de su yate. Todo parece en orden, nada chirría. Sin embargo, enseguida irrumpe un elemento distorsionador personificado en un joven (Zygmunt Malanowicz) al que la pareja está a punto de atropellar, y al cual, finalmente, recogen en su vehículo, convidándole a acompañarles en su crucero. Así pues, ya tenemos a tres únicos personajes (no hay ni uno solo más) aislados en una nave que surca aguas sin duda cenagosas, argumento al que recuerdan los de películas recientes como Calma Total (Dead Calm. Phillip Noyce, 1989) o El peso del agua (The Weight of Water. Kathryn Bigelow, 2000), films, por otra parte, incapaces de igualar en todo su metraje la tensión que posee uno solo de los planos de la película de Polanski. Más interesante, a este respecto, resulta traer a colación el proyecto inconcluso de Orson Welles The Deep (adaptado de la misma novela de Charles Williams que daría lugar a Calma Total), habida cuenta, además, de ciertas similitudes de puesta en escena entre Welles y Polanski (composiciones asimétricas, importancia del fondo del plano, ausencia del plano/contraplano), y también, por qué no, dirigir nuestra atención a los planos a bordo del yate incluidos en La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948), y ver sus similitudes con los del debut de Polanski.

Tras una serie de pueriles competiciones entre los dos personajes masculinos por impresionar a la chica, que incluyen no pocas situaciones de atmósfera enrarecida y turbio erotismo, ella llegará a engañar a su marido con el joven, y la película desemboca en una espiral de falsedades, en la que tanto los casados (cuyo matrimonio ha dejado entrever su carcomido interior) como los amantes (su relación se intuye como una fugaz conquista, una aventurilla más del joven…) son mirados a través del velo del escepticismo más rotundo. La película concluye, pues, como empieza, mostrando al matrimonio encerrado en su coche, mas los barnices exteriores ya han caído, y el viaje al que hemos asistido ha cambiado nuestra percepción de la pareja, y también la percepción de los personajes sobre sí mismos, rotas sus máscaras, aunque, al final, vuelvan a intentar camuflar lo viciado de su relación.

El argumento de la película se resume en dos líneas, pero no así la complejidad final de la misma, enorme, y todas sus sugerencias, que son incluso difíciles de expresar con palabras (se trata de un film trufado de imágenes poderosas, muy bien fotografiadas por Jerzy Lipman), pues están en las atmósferas, en los ruidos, en los cuerpos… A través de incómodos diálogos y silencios, y de un uso comedido del excelente jazz del músico Krzysztof T. Komeda (efectivo para crear suspense en secuencias como la de la pérdida de control del barco), Polanski juega con la fisicidad de los intérpretes (cf. el torso desnudo del joven; el marido untando de crema a su mujer) y los objetos (cf. la colchoneta-cocodrilo; el cuchillo del joven, que da título al film), y mantiene un tempo narrativo deliberadamente parsimonioso, deteniéndose sin prisa alguna en los tiempos muertos que una narración clásica (por entonces ya herida de muerte en el cine americano, donde alcanzó su máximo esplendor) nunca incluiría en sus imágenes, en lo que es un claro síntoma de modernidad cinematográfica

Al igual que pudo hacerlo Michelangelo Antonioni, se trata de filmar instantes consideradas como poco relevantes desde un enfoque narrativo, sin empatía, pero no para mostrar el vacío, como hace el director de El eclipse (L’eclisse, 1962) , sino para revelarnos oscuras motivaciones en el comportamiento de los personajes. En lo que se refiere a la descentración de la narrativa, existe un director reciente que parece tener en cuenta algunos aspectos del cine polanskiano. Se trata de Michael Haneke, un cineasta austríaco que ha sido capaz de llevar al límite la idea de filmar sin distinción entre los momentos más definitorios de personajes y trama, y aquellos instantes que, faltos de utilidad aparente, terminan por desgarrar el tejido del film, del cual se hacen dueños (véase, para esta cuestión, Código desconocidoCode inconnu, 2000–). Además, una de las obras más reputadas y terroríficas de Haneke, Funny Games (1997), comparte aún más elementos con el cine de Polanski, y, en concreto, con la película que nos ocupa, como el protagonismo de un matrimonio que ve alterados sus planes por una pareja de jóvenes no ya inmorales, sino, lo que es mucho peor, amorales, aislada a su merced, y con una durísima secuencia también a bordo de un barco en la que el fuera de campo y el plano sostenido durante una conversación banal se clavan como dolorosos estiletes en el espectador.El futuro de una película como El cuchillo en el agua en las salas de cine actuales estaría, sin duda, condenado al fracaso económico. Su minucioso proceso de deconstrucción de personajes, su ritmo, provocaría la desesperación del receptor menos prevenido y acostumbrado a los lenguajes publicitarios. Un ejemplo inmejorable está en la secuencia de la tormenta, en la que el trío protagonista se encierra dentro del minúsculo camarote del barco. Este fragmento, una suerte de versión minimalista de El ángel exterminador (1962) de Buñuel, muestra a unos personajes que, aunque no se llevan bien entre sí, no consiguen escapar a la inercia de las situaciones, y continúan hablándose normalmente. Durante el período que dura la tormenta, Polanski no duda en narrar en tiempo real una canción que la chica canta, o el juego de los palitos, en el que se recrea durante más de tres minutos. El cine como reflejo de la cotidianeidad, y la cotidianeidad como espejo del interior de los personajes: En uno de los planos de esta extraordinaria secuencia, Polanski compone el encuadre con los dos hombres en primer término, y la mujer al fondo. El joven, situado a la derecha del plano, simula estar cazando una mosca que revolotea por la estancia, mientras la mujer se cambia de ropa tras él. En uno de sus movimientos para intentar capturar al insecto, el joven se gira y se queda mirando a la chica. En ese instante, el marido de ella descubre al joven, y, al darse cuenta de que el marido le observa, éste disimula y prosigue la persecución de la mosca. Un momento que constituye el auténtico corazón de la película, a la vez que un certero resumen de sus abundantes logros.

Sorprende

Por supuesto otra vez una más que apreciable cinta de ese director tan sorprendente como turbador. Roman Polanski sabe hacer disfrutar al espectador con películas muy personales. Aquí, en su ópera prima realiza un solvente trabajo en el que veríamos que sería capaz de hacer en posteriores películas suyas tan sorprendentes como Chinatown, La semilla del diablo, Lunas de hiel, La muerte y la doncella o El pianista por citar unas cuantas.

La película se apoya en el trabajo de los tres actores cuyas labores ayudan a acercar más al público a la película consiguiendo buenas interpretaciones. La chica te mantiene cachondete, y las rencillas entre los dos tíos molan verlas. Todo empieza con putadas pequeñitas, de esas que molestan, de que uno siempre tiene que quedar por encima del otro sea como sea y claro, todos sabemos que eso no puede acabar nada bien.

El guión es cojonudo. Quizá el principio antes de llegar al barco sea un poco precipitado y no ayuda. Pero a partir del barco la situaciones se desarrollan bien, y Polanski hace gala de su sobriedad y de su talento en la dirección y llevando con su habitual buen pulso una película que en manos de cualquier otro probablemente, hubiera caído en tontos excesos en la dirección que, por suerte, Polanski en ningún momento comete. Eso es una de las cosas por las que Polanski es tan buen director.

Una cinta recomendable para fans del director y también para fans de este tipo de cine más personal por así decirlo. Disfrutable y sorprendente con buenas actuaciones, buena historia y como siempre, con un Roman Polanski inspirado. Hay cosas que nunca cambian.


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