Director: Orson Welles. 1962. Francia-Italia-Alemania Occidental-Yugoslavia. B/N
Intérpretes: Anthony Perkins, Arnoldo Foí , Jess Hahn, Billy Kearns, Madeleine Robinson, Jeanne Moreau

Joseph K. se despierta encontrando a la policía en su habitación. Le dicen que debe ir a un juicio, pero no le informan de lo que ha sido acusado. Para averiguar el motivo de su acusación y protestar por su inocencia, intenta ver lo que hay detrás del sistema judicial. Pero dado que sus averiguaciones no dan frutos, parece no haber escapatoria para él en esta pesadilla “kafkiana”.


Un hombre llamado Joseph K (Anthony Perkins) despierta un buen día con la desagradable sorpresa de que sido acusado de un acto criminal que desconoce y que no ha cometido.
Su indagación de los hechos que le han conducido a esta situación dramática y el posterior proceso terminarán por desembocarle a la desesperación.
Cuando dos genios se encuentran sólo puede realizarse una obra maestra como El Proceso. La novela del escritor checo Franz Kafka filtrada por el barroquismo y expresionismo de Orson Welles en un apabullante ejercicio de ética y estética, que permite a su director horadar en los mecanismos opresores de la sociedad burocratizada, gracias a esta brillante trama en clave paranoica y surreal, que angustia en un proceso mimético al de Josep K. al espectador envuelto por esta locura visual. El entramado judicial es el objetivo empleado por Welles y Kafka para exhibir esta acción opresora, ejercida por todo el mecanismo de un sistema corrupto, prevaricador y desalentador.

El ciudadano medio, confundido en medio de una guerra que ya tiene perdida de antemano, espera tranquilamente una ley salvadora, que después del transcurso del tiempo abre sus puertas para que el aguardante sea devorado por las propias normas y condiciones de una comunidad alienante.
En este acerado documento cinematográfico, iniciado con un inteligente prólogo basado en el relato corto de Kafka “Ante la ley”, Welles utiliza su excepcional manejo estilístico para crear una atmósfera opresiva y asfixiante, con bizarras angulaciones y encuadres llenos de fuerza, empleo del gran angular, soberbia puesta en escena, claroscuros y un magistral uso del montaje. El Proceso, con música de Albinoni, es un alucinógeno título a redescubrir, que se encuentra a la altura de los mejores y más admirados trabajos de su ilustre autor e intérprete, quien realiza aquí una soberana interpretación, al igual que Akim Tamiroff, Romy Schneider y un extraordinario Anthony Perkins encarnando a Joseph K.
He tenido la ocasión de volver a visionar esta gran película de Orson Welles en un cine club, y los comentarios posteriores de los espectadores no fueron muy favorables. Esto puede deberse a una difícil comprensión del hilo argumental y narrativo (la copia era doblada al francés y subtitulada al castellano).
La puesta en escena es magnífica, recreando unos ambientes tan opresivos y surrealistas como narra el propio argumento de la novela de Franz Kafka.
A las imágenes acompaña una música que lleva muy bien el ritmo de la película, con golpes rápidos de jazz en los momentos de más agobio, para acentuar así el desconcierto que vive el personaje y, a su vez, el espectador, así como el leitmotiv sonoro, el cual da una emotividad y sensibilidad a otras escenas de mayor lucimiento visual y estilístico. Quizás los diálogos, algo cargantes, ralentizan algo el ritmo de la película. Anthony Perkins me parece sencillamente genial, bordando un papel sin duda hecho a su medida, y trasladando al espectador esa sensación de opresión y desconcierto que experimenta su personaje, Joseph K.
Destacar también algunas escenas sobresalientes, como aquella en la que Joseph K, rozando ya la locura y perseguido por una jauría de niños, va a visitar al pintor oficial de los jueces para pedirle ayuda: el ritmo es trepidante, los primerísimos primeros planos de los ojos observando a través de los huecos de la habitación creando así un clima asfixiante, y la persecución posterior con la música de jazz golpeando cada paso de la carrera de Perkins, son de una belleza visual extraordinaria. Sin olvidarse, por supuesto, de la escena final, la cual no podía acabar de otro modo, el apoteosis del desenlace en el que el silencio antes de la explosión hace más inquientante aún si cabe ese gran momento final de suspense.
A vueltas con los montajes
Los malos tiempos corrían para Welles, para variar; de hecho, desde Ciudadano Kane (1941) a Welles pareció perseguirle una mala sombra, de esas que tan bien retrataba en sus filmes, con unas tijeras en la mano dispuesta a hacer pedazos cualquiera de sus películas, cuando le llegó a sus manos la oportunidad de plasmar la novela de Franz Kafka “El Proceso”.
Welles se hallaba en Europa rodando como actor cualquier papel mal avenido con tal de recoger más fondos para cualquiera de sus múltiples proyectos que ya tenía en mente: desde poder proseguir con su amado Don Quijote que había empezado a rodarlo en 1955, hasta la inmediata preparación en España del filme Campanadas a medianoche (1962), o la futura preparación del filme The Deep (que empezó a rodar en Yugoslavia en 1967, pero que jamás llegaría a finalizar, como tantos otros).
Tras la escabechina que le habían realizado con los montajes en sus últimos filmes: Macbeth (1948), Otelo (1952), Mr. Arkadin (1955) y Sed de mal (1958), Welles se había sentido prácticamente expulsado de Norteamérica, y fue justamente en esta época, cuando se hallaba rodando para Abel Gance su Austerlitz (1960. Abel Gance y Roger Richebé), cuando conoció a los productores franceses y hermanos Ilya y Michael Salkind. Éstos le ofrecieron la adaptación de diversas novelas, decantándose Welles finalmente por la obra de Kafka, garantizándose esta vez su derecho al montaje final, por lo que si se entiende que El proceso no salió del todo de gusto de Welles, pese a ser una de sus obras cumbre, fue más por la falta de medios económicos y técnicos, que no por el montaje final realizado, por otra parte, tremendamente brillante y de un adelanto a su tiempo que haría caer la cara de vergüenza a muchos de los realizadores que hoy en día se tildan de modernos.
De hecho Welles, ya desde Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento (1942) había demostrado tener una máxima capacidad creativa a la hora de posicionar la cámara, fotografiar el filme y montarlo con un grado artístico de un carácter casi inconcebible, y si este fuerza visual se había visto disminuida en filmes como Estambul (1942), o El extraño (1946), fue sin duda para que Welles pudiera demostrar a los productores norteamericanos que era capaz de filmar como alguien “normal” un filme y obtener beneficios en taquilla sin asustar al espectador con encuadres, que pese a su genialidad, era incapaz de concebir.
Según cuentó Welles: “Yo había diseñado una película completamente diferente. Todo tenía un aire completamente diverso. Todo fue inventado en el último minuto porque mi película físicamente era diferente en su concepción. Estaba determinada por el hecho de que no había decorados (…) lo formaban decorados que gradualmente desaparecían. Iban desapareciendo cada vez más elementos realistas y el público era consciente de ello, hasta que, finalmente, el escenario era el espacio abierto, como si todo se hubiera disuelto. Y nada de esto se pudo hacer. Era otra película”.
El proceso ¿Kafka o Welles?
Una de las máximas virtudes que tenía Welles, y ello queda demostrado claramente en su obra, es la gran capacidad del realizador para hacerse suyo un texto ajeno. Su fagocitación, tanto de obras clásicas de carácter mítico como pueden ser Macbeth,
Othello, Campanadas a medianoche y El Quijote -inacabado-; obras de excelente calidad como El cuarto mandamiento,
El proceso o Una historia inmorta; (1968) o, y lo que resulta más sorprendente, de novelas de segunda y tercera fila con las que Welles haría maravillosas obras como son La dama de Shanghai (1948) y Sed de mal.
Así Welles hizo suyo el texto de Kafka, y convirtió la habitual lucha perdida entre el protagonista kafkiano y un ente superior que domina su destino, en la crítica habitual de Welles contra los estamentos de poder y en el gusto del realizador por el anacronismo de un mundo que parece desaparecer para dar paso a otro, conllevando así la extinción de su protagonista. Si bien en Ciudadano Kane y El cuarto mandamiento, el progreso es la base por la que se ven arrastrados sus protagonistas (para mal o para bien), en El proceso, el progreso es ahora, y una vez instalado, en un mundo exuberante de democracia y libertad, llevado por las invisibles cotas de poder, la que da paso a un desierto, más mental que físico, en el que los culpables de la sociedad (en esto profundizaré después) deben ser llevados por su incapacidad frente al acomodamiento de dichos parámetros de estilo de vida.
Joseph K. -un Anthony Perkins perfecto en su composición delicada y agobiante, que venía de realizar recientemente su mítica composición de Norman Bates en Psicosis (1960, Alfred de Hitchcock)- es en Kafka un hombre perseguido por un poder intangible, que le ha juzgado antes incluso de que empezara el proceso; en Welles, K. es un hombre abandonado a la suerte de un tiempo y un escenario físico que se desvanece sin que el pueda hacer nada por cambiarlo. Desde luego los dos universos se tocan y conviven, pero es Welles el máximo responsable de la total sensación surrealista que destila su film: Personajes y escenarios aparecen y desaparecen para no regresar en un itinerario confuso y equivocado del joven K., paradigma de falso culpable, perdido en un mundo que creía conocer perfectamente (desde la estabilidad de su despacho) y que resulta plagado de contradicciones tan rotundas como el hecho de que el Tribunal Supremo se halle en una barriada, donde pasillos imposibles repletos de culpables esperando sentencia, se unen por arte de magia (Welles, ese gran mago) con habitáculos de madera tallada en forma de jaula que habitan pintores y salas de lo penal abarrotadas de público que no son más que funcionarios simulando un espectáculo o como en casa del abogado, especie de mausoleo de libros viejos y desvencijados repleto de candelabros polvorientos, donde se esconden desde un alto personaje del tribunal a un acusado encerrado bajo llave que no se marcha a esperas de que el abogado le llame.
Pero sin duda, donde más se respira el aroma de Welles, es en el personaje que él mismo interpreta, el abogado Hastler (Huld en la novela de Kafka), perfecta representación del poder corrompido en un personaje humano (vaya, tan humano como el Quinlan de Sed de mal o el de Gregory Arkadin en Mr. Arkadin), donde ya desde su aparición entre vapores, tumbado en la cama, consigue aglomerar toda los enemigos de K. en uno solo: su propio abogado. Desde este punto de vista, Welles, elimina parcialmente el personaje del párroco que le cuenta la leyenda sobre el hombre a las puertas de la ley, para adjudicársela al propio Hastler: Un símbolo de la defensa de los procesados que se divierte torturando a los presuntos culpables, sus clientes, de la manera más abyecta posible (ejemplo: Su humillación al pobre Block -perfecto, como siempre, Akim Tamiroff-, ejemplar representativo de lo que deberían ser todos los culpables… poco más que un perro).
¿Culpable… pero de qué?
¿Quién fue Charles Foster Kane? ¿Y qué trama la enigmática Elsa Bannister? ¿Por qué Iago actúa como actúa? ¿Qué le pasó en la juventud a Gregory Arkadin que es incapaz de recordar? ¿Y Mr. Clay? ¿Y Quinlan?… Toda la obra de Welles es repleta de preguntas, la mayoría sin respuesta, que les sirven a sus protagonistas tanto como leit-motiv de la historia, como de desencadenante o macguffin de la misma. El proceso por supuesto, no se libra. Empieza el filme y en una escena magnífica en la que no se corta el plano, Joseph K. se ve arrestado por guardianes (ni siquiera, policías y se le comunica que está arrestado, pero que no pueden (ni, de hecho, saben) explicarle por que razones ha sido detenido.
A medida que avanza el filme, un seguro y decidido K. se va desmoronando sobre sí mismo a medida que va descubriendo tanto la corrupción de las altas esferas de poder, como por su terrible itinerario físico, como si de un laberinto se tratara, sin más salida que el propio final del proceso, el que de hecho, está ya decidido desde el primer fotograma de la película, cuando se narra la historia del hombre imposibilitado para entrar en las puertas de la ley.
Claro que si se sostiene que nos hallamos “en un mundo cuyas estructuras de poder y sometimiento están basadas precisamente en el hecho de la culpabilidad generalizada, ¿por qué alguien va a ser inocente?”.
¡Desde luego que K. es culpable! ¿Cómo no va a serlo, si es el único que no se resigna a ser procesado? K. con su altitud frente a sus interrogadores, con su desplante al abogado y con su insistencia en decir que es inocente, es culpable aún antes de que le despierten para decirle que ha sido arrestado. Y que no se esfuerce en llegar a las puertas de la ley, por que cuando llegue, no se le dejará entrar. Aunque esas puertas estén allí para él. Como si se tratara de un sueño o… de una pesadilla.
Desde un punto de vista formal, la película es, en todo caso, una brillante antología de los medios estilísticos de Orson Welles; los recursos fílmicos que encontró y utilizódesde Ciudadano Kane vuelven a reunirse en este filme al completo.
En las imágenes de El proceso resplandece, sobre un juego de símbolos, una prodigiosa maestría cinematográfica.