LOLITA

Película estrenada entre 1962

Dirección: Stanley Kubrick. 1962. EE.UU. B/N

Intérpretes: James Mason (Humbert Humbert), Shelley Winters (Charlotte Haze), Peter Sellers (Clare Quilty), Sue Lyon (Lolita Haze)


Humbert Humbert, un profesor cuarentón, acaba de instalarse en Ramsdale, New Hampshire. Allí se enamora perdidamente de una niña de once años, tanto que concibe un plan maestro: se casará con su madre, Charlotte Haze, para poder estar siempre cerca del objeto de sus afectos: la alegre adolescente, la irresistible nínfula de nombre encantador, lírico y melodioso: Lolita.

La buena novela de Nabokov tuvo una excelente adaptación cinematográfica a cargo de otro maestro singular. Así, Kubrick se atreve con la turbulenta relación de un padrastro y su hija adolescente, creando una película bella, sugerente y desgarradora sobre la perversa obsesión de la naturaleza humana. La polémica ya estaba servida de antemano, pero el arte acalló las voces religiosas que se levantaron contra su exhibición. Excelente.

Sí, no puede ser de otra manera, todos los personajes de “Lolita” están predestinados para el olimpo de las desgracias… De ahí, que de nada les sirva rezar… Lolita, Charlotte, Quilty y Dick. Y después está Humbert Humbert…

Humbert-Humbert, la imagen de la desgracia personificada, abocado a un fatal destino desde que nace. Pero Humbert Humbertsabe que es un perdedor. Humbert Humbert vive atormentado, y nada podrá cambiar eso, su único quehacer vital se limita a obsesionarse con situaciones y personas para poder encontrar así un sentido a su patética vida. O quizá no, y eso viene después. Pero él se enamora de Lolita, de lo inalcanzable, del imposible, para tener así la razón perfecta para poder regodearse en su mierda. Es esencialmente entrañable cuando le dice a Lolita, de aqui al viejo coche que tan bien conoces solo hay unos pasos, hazlos ahora y seremos felices juntos para siempre. ¿Para siempre?

Claro que no Humbert, y bien lo sabe… que nunca los va a dar… y ese es el sentido de tu existencia.

Humbert Humbert es un personaje complejo y extraordinario. Tremendamente kubrickiano.
Mucha gente la critica, cierto es que nunca fue bien aceptada, no entiendo las razones, la verdad es que me da igual. Pero no conozco a ningún kubrickiano que no adore esta cinta. Huele a Stanley en cada segundo y en cada plano. Y la gente que no está de acuerdo, es porque no conoce suficientemente bien el trabajo de Kubrick. Así que para más referencias, os remito a que leáis sus propias palabras en entrevistas en varios libros editados antes y después de su fallecimiento en 1999.

El profesor Humbert toma posesión de su cátedra de francés en un colegio americano. Se hospeda en casa de Charlotte Haze, una atractiva y joven viuda. La aparición de una bella joven, Lolita, que resulta ser hija de la propietaria, trastoca sus planes y le abre horizontes insospechados.

Esta daptación de la famosa y polémica novela de Vladimir Nabokov, guionista en esta película de Stanley Kubrick, que aunque sin ser la mejor dentro de su extensa filmografía, logra un reconocible y meritorio producto de sensualidad contenida. La trama se muestra sólida y bien llevada, pero se denota una cierta perdida de claridad en los momentos finales de la historia. Quizás la relación de pedófilia, no nos muestra una amplia matización de detalles, si bien esto hay que entenderlo dentro de su contexto histórico. La presencia de Humbert marca un punto de inflexión a la hora de valorar la cinta, no se nos presenta a un personaje enfermizo y malvado, si no, ha una persona afincada y respetada dentro de un peldaño de la sociedad norteamericana, que cierto día se ve atrapada de forma casi irremediable en una obsesión amorosa por una adolescente, que bien podría se su hija. La sensación femenina, se enmarca en Lolita, una auténtica mujer, a pesar de su temprana edad, que ya sólo se interesa por hombres maduros que le puedan ofrecer nuevas experiencias. El drama, es el género que mejor define a la película; los atormentados protagonistas y la cadenciosa visión pesimista del filme, entonan un sombrío y desesperanzado clima. La comedia negra también tiene cabida dentro del metraje, gracias al personaje de Quilty (Peter Sellers).

Las formas adquieren una gran importancia dentro de este título. Kubrick rompe la relación ética-estética, filmando sutilmente la progresiva depravación de Humbert, mediante unos eficaces movimientos de cámara, que se incrementan con una cálida fotografía en blanco y negro de Oswald Morris. Ciertas secuencias afianzan el denso componente dramático de la película; la escapada de Humbert y Lolita en coche a través de las inhóspitas carreteras americanas, se asimila con una huida hacia el fin, hacía la nada. Las partituras modernistas de Nelson Riddle, fluyen de manera agradable. Recomiendo en este aspecto, la visión de la obra en versión original, para poder estimar el verdadero carisma de los personajes. El nivel interpretativo es esencialmente alto; Sue Lyon, lleva a cabo el papel de Lolita, a pesar de ser ligeramente mayor para el personaje, realiza un meritorio trabajo. En el papel masculino se encuentra James Manson, que demuestra lo gran actor que es, minando poco a poco, la personalidad de su figura interpretativa dentro del filme. La novela de Nabokov cuenta con otra secuela posterior, que se aleja demasiado en calidad y carisma de esta fantástica producción.

Esta película le hizo a Kubrick definitivamente mudarse al Reino Unido debido a las críticas de la puritana sociedad norteamericana, aunque también buscando nuevos retos intelectuales que en EE.UU. no encontraba.

Los actores corren distinta suerte, Sue Lyon, la Lolita de la película no termina de cuajar, y a pesar de tener algunas secuencias muy buenas no salva su actuación con nota elevada. Peters Sellers no resulta tan interesante como acostumbra, si acaso resulta abusiva su interpretación por histriónica en una película que no la requeria. Shelley Winters (como siempre) está estupenda como madre de Lolita y demuestra ser una de las grandes y el mejor parado es el enorme talento de James Mason que hace una muy buena interpretación en un personaje que no estaba tan bien definido en el guión.

Película notable, algo apagada, demasiado persistente y machacona en momentos. Un filme sobrevalorado, debido a la marca Kubrick que lo hizo (a pesar de ser de las menos vistas por sus fans), pero que resulta un millón de veces más interesante que ese engendro que hizo Adrian Lyne en el 1997 con Irons y Swan, que aunque se deja ver, era totalmente innecesaria, menos para la MTV que lo premió.
Atención, porque, fallecido Stanley Kubrick, todas sus películas (incluyendo Lolita) se están revalorizando. Como los cuadros de los pintores que fallecían… y entonces se revalorizaban (aunque en vida a penas hubieran vendido alguno).

Destaca en la película un arranque portentoso con una escena larga pero poderosa y muy violenta a pesar de no tener sangre que es el asesinato de Mason a Sellers. Prosigue con un “flash-back” estupendo y poco a poco se va diluyendo y cayendo en un cierto tedio.

Antes que nada, debo describir bajo qué “normas” son trabajadas las obras de Stanley Kubrick: Todas ellas, sin excepción, contienen el mismo proceso de humanización, dejando ver una vez más la eterna lucha del bien contra el mal.

Me explico: vimos a humanos enfrentándose a una máquina en el infinito en la cinta 2001: Una odisea del espacio; varios hombres enfrentándose a su misma naturaleza maliciosa (Jack Nicholson, Malcom McDowell, James Mason y Tom Cruise); y la metamorfosis máquina para matar-hombre en La chaqueta metálica y Barry Lyndon.

Sin embargo… ¿Qué decir sobre Lolita (posteriormente rebautizada Stanley Kubrick’s Lolita con motivo a su colección de películas en la WB)? Nada, basta únicamente decir que estamos en presencia de la película que seguramente inspiró cintas del calibre de The War Zone, Welcome To The Dollhouse, Friends With Money, American Beauty, Happiness, y en menor medida, Ken Park.

Pero primero lo primero… Lolita no es más que la historia de Humbert, Humbert (James Mason), un inmigrante europeo que busca un lugar donde quedarse. Entonces Humbert encuentra la casa de la familia Haze, compuesta únicamente de la viuda Charlotte (Shelley Winters) y de su hija adolescente, Dolores (Sue Lyon). Posteriormente, Humbert es víctima de los intentos de seducción de Charlotte; la cual no sospecha que Humbert sólo se quedó de huésped debido a Lolita. También nos vemos testigos de los profundos rencores de Charlotte en contra de su hija, a la cual ha enviado lejos para así casarse con su inquilino. ¿Logrará en amor vencer ante los obstáculos?

Esto parece ser un guión sacado de alguna telenovela barata, pero en realidad es el disfraz que usa Lolita para posteriormente darnos la sorpresa de que se trata de una negrísima comedia, que a la vez conmueve y provoca gran cantidad de suspenso. Los factores bizarros vienen principalmente del protagonista y de Claire Quilty, maravillosamente interpretado por Peter Sellers.

Esto también puede traducirse en problemas. Pues puede que tachen a Kubrick como inmisericordioso al tratar de estos temas a manera de burla. Y aunque ciertamente algunos de los mismos no son tratados con la profundidad que merece, hay que dar crédito a Stanley Kubrick por entretenernos las dos horas que dura la película.

Eso me recuerda que hubo varios obstáculos que retrasaron el proyecto de ”Lolita”. Uno de ellos fue el guión, escrito por el propio Vladimir Nabokov (escritor de la famosa novela Lolita, de la cual se inspira la cinta), quien desde un principio demandaba un guión el equivalente a nueva horas de película.

A esto Kubrick tuvo que restarle sólo una cuarta parte, pues aunque el famoso y hábil director reconoció que el guión original de ”Lolita” era sencillamente brillante, también tuvo que aceptar que era excesivamente largo. Otro de los problemas era la edad de la protagonista, pues aunque en el libro Dolores tenía doce años de edad, en la adaptación la actriz apenas tenía dieciséis años. Algo muy similar sucedió en ‘A Clockwork Orange’, en la escena donde Alex tiene relaciones sexuales con dos mujeres adultas; en el libro este viola a dos niñas de diez años.

Sin duda estas modificaciones son a causa de una sociedad completamente hipócrita e inmune a la sensibilidad del director. Si tan sólo no hubiera sido víctima de la censura (como Storytelling) sospecho que pudo ser mucho más provocativa de lo que ya fue. Puritano o no, supongo que el tiempo le ha causado algunos estragos, pero nada que se pueda remediar que la reemasterización que tan de moda está estos días.

Lo cual también me recuerda que el papel de Lolita estaba destinado para una muy joven Melanie Griffith, pero jamás pudo estar en la película de Lolita hasta casi cincuenta años después (1997). Así es, Griffith no pudo jamás ser Lolita por lo que se vio obligada a encarnar a Charlotte Haze en la nueva versión de Lolita. La cual, por cierto, carece de todas las virtudes que la original posee. ¿Ironías de la vida o caprichos existenciales? Supongo que jamás lo sabremos.

Entonces, Lolita es un triunfo más del fallecido Kubrick, la cual pueden apreciar en todo su contexto, pues no sólo hay talento detrás de cámaras, sino que todos los actores son completamente talentosos y devotos a su profesión. Sin duda, una película completamente inolvidable.

Juegos de la edad impúber

Las elementales reglas literarias para las historias de amor exigen un final con muerte o separación de los amantes, no pudiendo darse jamás que éstos consigan reunirse para siempre. Es también esencial que la relación deba escandalizar a la sociedad o a sus familiares. Los amantes deben ser condenados al ostracismo. Sería muy difícil construir una historia moderna que pudiera adherirse, con visos de realidad, a estas normas. En este aspecto creo que sería correcto afirmar que “Lolita” es una de las pocas historias modernas de amor”. (Stanley Kubrick)

Antes de la calma creativa que le convirtió en realizador de cada vez menor número de películas por década, y de llegar a ser, no sin razón, uno de los creadores que más seguidores tiene dentro del arte cinematográfico, Stanley Kubrick dirigía films de presupuesto menor, aunque no menos ambiciosos, y, sobre todo, de rodaje mucho más rápido que sus últimos trabajos, como esta Lolita, adaptada de la novela homónima de Vladimir Nabokov, un filme magnífico y, para mi gusto, uno de los mejores de su director, aunque esto es difícil de dilucidar dada la gran calidad de casi todos los trabajos suyos que he podido ver.

La idea de adaptar a Nabokov la toman Kubrick y James B. Harris durante la producción de Espartaco (1960), y se materializará como la siguiente película de la filmografía “kubrickiana”. El escritor de origen ruso será el encargado de convertir su propia novela en guión, aunque algunas modificaciones introducidas por Kubrick (que recurrió a la improvisación mucho más de lo que, por lo visto posteriormente, suele ser habitual en él. La pregunta es: ¿Habría hecho lo mismo de tratarse de un guión firmado por él?), motivaron que Nabokov optase por publicar su versión del libreto en 1968. El filme, el primero que Kubrick decide rodar fuera de los Estados Unidos (en Inglaterra), para evitar, en lo posible, la presión del Código de Producción y la Legión Católica de Decencia, fue, no obstante, bien recibido por el autor del original literario, que lo consideraba una película de primera línea, aunque se lamentaba de que no se hubiese hecho énfasis en algunos detalles como, por ejemplo, los distintos moteles donde se alojaban Humbert y Lolita. El director de la película, por su parte, aseguraba que no había enfatizado suficientemente el erotismo de la relación entre ambos personajes, algo en lo que, según comentaba, habría insistido si hubiese podido hacer la película de nuevo.

Pese a estas reticencias de los responsables del filme, no cabe duda de que la versión fílmica de Lolita conserva intacta toda la emoción que contiene la novela de Nabokov. De hecho, ofrece una novedad importante respecto al texto, y es que se evita mencionar un caso anterior, acaecido en la juventud de Humbert, en el que el protagonista tiene una extraña relación con una chica, la cual le provocará una especie de trauma obsesivo hacia (algunas) niñas impúberes, llamadas nínfulas, por él. El hecho de que no se mencione esta experiencia previa evita que estemos ante un “caso clínico” (la novela era la descripción de una patología, descripción por lo demás exquisita y fascinante), y refuerza la historia de Humbert y Lolita como un arrebato que surge espontáneamente en cuanto el hombre la conoce, en el jardín de la casa de su madre, Charlotte Haze. Por otra parte, Kubrick y Nabokov coincidían en que el interés narrativo podría decaer una vez que Humbert se hubiese acostado con Lolita, lo que motivó que el filme arrancase con la muerte de Quilty, pues, según opinaban, el público se preguntaría a lo largo del filme qué era lo que pasaba con dicho personaje.

Uno de los aspectos mejores del filme de Kubrick es, a mi entender, el poder de sugerencia de los diálogos y de la puesta en escena. A diferencia de Adrian Lyne y su repelente versión reciente (más fiel al original literario en cuanto al argumento, pero rematadamente burda en su realización, que machaca hasta la extenuación los aspectos más “turbios” de la historia con el estilo publicitario tan propio del director de Nueve semanas y media), la Lolita de Kubrick resulta enormemente más eficaz, por su frecuentación de la perversión subyacente y el erotismo refinado (ahí está la presentación de Lolita tomando el sol; compárese con el torpe spot que rueda Lyne en su versión), y su extracción de la sensualidad incluso de las situaciones más sencillas (cf. Humbert pintándole las uñas a su nínfula), aumentando el misterio de la cinta al permanecer ocultos muchos de los elementos de la historia (cf. Los movimientos de Quilty, en la sombra, para arrebatar a Lolita de manos de Humbert).

Asombra la capacidad del director de Barry Lyndon (1974) para conseguir que los escenarios y las acciones se nos graben en la mente de modo imborrable. Por ejemplo, todas las secuencias que tienen lugar en la casa de la señora Haze resultan de una claridad expositiva envidiable, pues nos dan la geografía del edificio como pocas veces (da gusto cómo mueve la cámara Kubrick de estancia en estancia). Luego está la resolución de secuencias como las de la fiesta, la función teatral, o la partida de “ping-pong romano” entre Humbert y Quilty, y toda la conversación que precede al fallecimiento del segundo. Hay un hallazgo de planificación que siempre he admirado especialmente, y es el instante en el cual Humbert, que ya se ha casado con la señora Haze, reposa en la cama junto a ella, y la abraza. Podemos ver cómo, en la mesita situada a su izquierda, está la foto de Lolita, a la cual mira Humbert mientras se frota contra su esposa. En ese momento, Charlotte le anuncia que ha decidido enviar directamente a Lolita a un internado, lo que provoca el enfado del hombre, que deja de abrazarla y se da la vuelta, mirando hacia el otro lado. Ahí, Kubrick encuadra el rostro de Humbert apretado contra el colchón, y, en primer término del plano, vemos un revólver que descansa sobre la mesilla. Manteniendo el plano fijo, Charlotte pregunta “¿Formo parte de tu pensamiento?”, a lo que Humbert responde: “Sí.”, mientras mira el arma que tiene delante.

No falta tampoco el humor en Lolita. Recuérdese la secuencia en el auto-cine, en la que se produce un juego de manos tan gracioso como tenso, el momento (puro cine mudo) en el que Humbert y el empleado del Motel se pelean para montar la cama plegable (un instante que divertía especialmente a David Lynch, declarado fan de esta película), o, claro, la conclusión en la que vemos a Lolita casada, preñada, y llevando una triste vida como ama de casa junto a un tipo de lo más vulgar, secuencia afrontada por Kubrick con ironía y humor negro a costa del atormentado y patético Humbert, que aún desea llevarse a Lolita con él. Esta es una imagen más de las que ofrece un filme en el que, igual que dijo Nabokov (uno de los más brillantes escritores del siglo XX, tanto en lengua rusa como en lengua inglesa) de su magistral novela, lo más importante acaban siendo las imágenes que uno, posteriormente, puede evocar. En el caso de la película, la plasmación de los jugueteos es sublime, como aquel instante en el que Lolita le lleva el desayuno a Humbert y le da el alimento como se ceba a un perrito; aquel otro en el que, tras llegar de casa de una amiga, se descalza puerilmente; la confesión de las actividades del campamento que Lolita susurra al oído de Humbert; o ese cuadro que la muestra en el coche, bebiendo Coca-Cola y comiendo patatas fritas de una bolsa directamente con la boca. Todo ello punteado por un uso extremadamente estilizado de los fundidos en negro (no se había visto nada igual desde Lubistch).

Dichas sugerencias serían impensables sin la dirección de actores adecuada, y, por descontado, sin el concurso de intérpretes como los del deslumbrante cuarteto principal. James Mason, soberbio como Humbert, más cerca de sus trabajos para Max Oph√ºls que de su imagen de villano elegante inglés. Shelley Winters, impagable como mujer americana “tonta y romántica”, como se llega a autodefinir. Peter Sellers, indispensable para encarnar al antipático Quilty. Y, finalmente, Sue Lyon, una actriz escogida por Kubrick tras verla en el programa televisivo The Loretta Young Show, y que compone una Lolita francamente inmejorable, aunque a Kubrick le hubiese gustado una chica más joven para el papel (de haberla rodado años después, seguro que Kubrick habría filmado el envejecimiento real de Lolita, o al menos lo habría intentado).

Es notable que Kubrick procuró, desde esta película, tratar de partir de obras literarias menos famosas, pues ver su nombre desplazado a un segundo término por el de gigantes como Nabokov chocaba con su intención de forjarse una carrera artística absolutamente personal, en la que nadie fuese capaz de hacerle sombra más allá de lo que él desease, como corresponde al que, quizás, ha sido el cineasta más individualista (y más escéptico respecto a la condición humana) que ha existido. El temor a ser copiado o imitado por alguien, es decir, a no poder distinguirse bien de todos los demás, fue aumentando durante toda su vida y causó, en parte, que renunciase a su sueño de llevar a la pantalla grande la vida de Napoleón, o que desistiese de realizar un filme sobre el Holocausto, idea que también barajó en algún momento.

Lolita: Imágenes de un deseo oscuro o la tinta oscura de un deseo prohibido

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende

un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta”.

(Nabokov, Vladimir. Lolita. Barcelona, Anagrama, 1991).

Así empieza Vladirmir Nabokov su historia en boca de Humbert, profesor cuarentón que se ve consumiéndose en las llamas de un amor apasionante e imposible con una chica de doce años. Un pedófilo que viene arrastrándose detrás de la irresistible magia que puede radiar una nínfula. Un “perverso” con el alma de un poeta que narra su historia con una ironía y un lirismo desenfrenado mientras recorre unos Estados Unidos, hermosos dentro de la decadencia de su cultura superficial, vista con los ojos de un “embajador” del Viejo Mundo. Y Lolita: el objeto de su deseo oscuro, la quintaesencia de sus imaginaciones prohibidas, la que le engrandece y al mismo tiempo le condena.

El motivo principal de esta narración es la pasión que despierta una jovencita en un hombre con un alma atormentada entre los límites de la culpa y del placer. La Lolita, protagonista en edad en tránsito hacia la adolescencia, es consciente del encanto irresistible que dicho traspaso implica y de su poder frente al hombre que es víctima de su deseo “ilegal”: Humbert no puede resistir el poder del misterio y seducción que ejerce la nínfula y de su fuerza, que proviene de una pasión escondida. El núcleo de comparación de las Lolitas, tanto de Nabokov, Kubrick y como probablemente en la versión contemporánea de American Beauty, es el desarrollo de un lenguaje del “deseo”, que se manifiesta tanto en el lenguaje literario como en el visual. Existen códigos tanto en los actores protagonistas y su relación, como en el texto, que siguen una matriz representativa de los valores básicos que dominan el deseo. Hay similitudes y diferencias entre el texto y el filme a la hora de representar estos valores, pero lo importante no es la Lolita como persona, si no lo que provoca en el hombre arrastrado por su deseo y su pasión.

“Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una gota de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida y su sutil espinazo (!oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables -el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la verg√ºenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; pero allí esta, sin que nadie, ni siquiera ella, sea consciente de su fantástico poder.” Solo bajo este contexto podemos entrar, descifrar y entender el mundo de Humbert con sus obsesiones pero también con su naturaleza ambigua, que más allá de una eminente culpa a raíz de su pederastia revela una admiración auténtica y poética a una Lolita que se convierte en la musa de un amor intenso y desesperado. El objeto del deseo alcanza un nivel espiritual que se eleva a medida que la caída moral de Humbert se precipita y este contraste continuo es la pieza fundamental de la novela de Nabokov; algo que en la adaptación fílmica de Kubrick se demuestra muy poco o pasa totalmente desapercibido.

Comenzaré el análisis comparando la obra literaria de Nabokov con la adaptación fílmica de Kubrick, que según los lectores de la novela no alcanza su nivel: “la película queda muy por debajo de la obra literaria: Kubrick y luego Adrian Lyne pueden contar las acciones, crear ciertas atmósferas, pero es difícil que acierten con el traslado de esos juegos de lenguaje que es el corazón de Lolita.”
El presente enfoque está centrado en el corpus del deseo, que involucra todas aquellas manifestaciones y códigos semejantes que construyen la relación entre Humbert y el sujeto de su deseo oscuro, Lolita, y en la contraposición del lenguaje poético de Nabokov a la hora de revelar una atmósfera, una imagen, una mirada, en relación a las imágenes construidas desde el cine y la puesta en escena por parte de Kubrick y su equipo. Análogamente, pueden incluirse la Lolita de Lynn junto a la de la película American Beauty de Sam Mendes, también inspirada en el personaje de la novela de Nabokov.

Es interesante añadir previamente algunos datos sobre la polémica novela de Nabokov, cuyo tema llega de escandalizar en la actualidad más que en 1955, fecha en que fue publicada en Paris. No obstante, fue inicialmente prohibida tanto en Francia como en Inglaterra y recién luego de tres años pudo ver la luz en los Estados Unidos, dado que el Viejo Mundo o Europa experimenta otro tipo de sensibilidad – resultado de su profunda y heterogénea cultura- que el puritano Nuevo Mundo o EEUU carece; una afirmación que muy a menudo se manifiesta en la novela pero no en el filme. El mismo escritor claramente no comparte la “pederosis” de su protagonista, y aunque ha utilizado experiencias propias como fuente de inspiración no pueden compararse con el estado enfermizo de Humbert. El primer gran amor de Humbert en su adolescencia – probablemente motor de su obsesión- fue Annabel, amante también de Edgar Allan Poe, y coincide con un amor prematuro del propio Nabokov. Y en fin, “Lolita le traería (a Nabokov) escándalo, fama, dinero y estudios de su obra, además de ser el libro que le costó más trabajo. Cincuenta años después, esta novela tan artificial ha creado una nueva palabra internacional: “Lolita”, y ha inventado una nueva América -la de moteles y carretera- de la que aún se nutre buena parte de la narrativa americana contemporánea. Es una de las obras con el lenguaje más rico y preciso de la literatura de este siglo, y, en contra de las acusaciones iniciales de pornografía que hubo de padecer, es quizá la novela más melancólica, elegante y lírica que existe.” Incluso se podría añadir que, al momento de crear esta obra, Nabokov ni siquiera escribía en su idioma.

La Lolita de las páginas frente a la Lolita de la pantalla



Antes de recorrer la novela de Nabokov o la película de Kubrick para rastrear todos aquellos elementos que indican la percepción de las facetas de deseo o de pasión por parte de los respectivos creadores en esta relación condenada, quisiera detenerme en ciertas reflexiones.

La intención de hacer un filme de la novela de Nabokov contiene una cierta provocación para el cineasta. Aparte de su temática oscura que ya establece unos límites a la hora de planear la narración fílmica, el mismo lenguaje de Nabokov con la riqueza y la dinámica de un maestro literario, resulta un factor decisivo en el proceso de adaptación. Por eso, tanto Kubrick como Lyne resolvieron la situación de tener que transferir a la pantalla “mágica” un tema tan polémico pero a la vez tan “ilegalmente” seductor, acudiendo a un enfoque diferenciado y un poco borroso. Nabokov presento a Kubrick un guión que se estimaba en nada menos que siete horas de acción fílmica con la intención de trasladar el lenguaje de la novela a la película, algo que resultaría irrealizable. De la misma manera el increíble potencial erótico aunque extremadamente difícil de manejar quedó escasamente explotado.

Por otra parte la necesidad de re-narrar la historia parecía una salida a una problemática compuesta por todos aquellos elementos que hemos mencionado relacionados con la pedofília. Kubrick, con su experiencia digna de un gran director de cine, conocía los problemas de una adaptación de esta mesura y en cierto modo era consciente de lo que suponía.

No obstante, la versión algo más ligera de Kubrick y más relacionada con el género de la comedia negra, ha dado la oportunidad de otro punto de vista con una Lolita que no inquieta tanto, de una naturaleza más conforme, quizás al modelo de familia americana, y que en realidad ha asistido al aumento de la fama de Nabokov. Sin embargo era evidente que muchas facetas de una obra con esta “impureza” seductora y con esta capacidad de evocar con fuerza imágenes inquietantes al lector iban a atraparse a la red de esta problemática, mas allá de los límites de las cuestiones de adaptación fílmica.

Todo lo mencionado viene a subrayar la hipótesis concreta sobre la existencia y la captación de aquellos componentes que forman parte de la construcción de la relación de los principales personajes de la trama de la novela y su comparación con aquellos componentes semejantes en la película de Kubrick. Este es el motivo del siguiente análisis y no la comparación en general del filme Lolita de Kubrick con la novela de Nabokov, que pertenece a otro enfoque y bajo diferentes coordenadas.

Imágenes narrativas y puesta en escena

” Y entonces, sin previo aviso, una oleada azul se hinchó bajo mí corazón y vi sobre una esterilla, en un estanque de sol semidesnuda, de rodillas, a mi amor de Riviera, que se volvió para espiarme por encima de sus gafas de sol.” Este es el primer impacto y el más importante en el desarrollo de la trama de la novela de Nabokov. El instante en que los ojos de Humbert-Humbert se encuentran con la mirada de Dolores Haze, alias Lolita, se produce un inconsciente “flashback” a su pasado bajo el hechizo de aquel primer amor en las playas de Riviera: “Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, aquel estremecimiento, aquel impacto de apasionado reconocimientoTodo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento de Lolita fue una consecuencia fatal de aquel “principado junto al mar” que había habido en mi torturado pasado”.
De ahí la importancia de aquella primera mirada con todo lo que llevaba en si: el momento en que Humbert se da cuenta, con Lolita mirándole a sus ojos, que su búsqueda de la musa -superadora de la primer erotógena musa de su pubertad- ya ha terminado. La importancia que da Nabokov a este primer “apocalipsis” es reflejado en las dos páginas de delirio de Humbert que se dedican a aquel instante; Humbert está en una situación de éxtasis que proviene de la anagnórisis del objeto de su deseo ardiente.

Esta escena, transportada a la pantalla por Kubrick, se ha convertido en una de las clásicas escenas del cine de todos los tiempos y por eso la he seleccionado para una comparación. La clave de esta representación visual del delirio narrativo de Nabokov a través de Humbert está dada a través de las miradas entre los actores principales -James Mason (Humbert) y Sue Lyon (Lolita)- en el momento del encuentro. La mirada de Mason-Humbert demuestra esta intensidad frente a la mirada de Lyon-Lolita por encima de sus gafas de sol y con la cual se termina la escena a través de un fading. El juego de estas miradas, mientras la Sra. Haze -Shelley Winters- sigue hablando, revela el comienzo de ese deseo prohibido.

Por otra parte, no se hace ningún “flashback” en el filme de Kubrick, o referencia alguna al amor perturbador de Riviera como en la evocación semejante en el libro. Sólo lo que podía, quizás, reflejarse es el alto estilismo de la escena y de la postura del cuerpo de la Lolita recostada en el jardín; una estética seductora pero más sutil que la que se describe en las páginas con la voz de un alma enfermiza.

Elegí esta escena por la importancia que le corresponde como apertura del drama amoroso. Pero hay otras escenas claves en el discurso de la representación de este avance en el juego que ya va más allá de las miradas.

A través de una serie de escenas menores, Nabokov nos introduce poco a poco en el mundo de Humbert y de su inconfesable pasión. La enorme capacidad de elevar unos simples hechos a la alta esfera de una poesía amorosa se manifiesta a través de descripciones por parte de Humbert de las gracias de su musa. Muchas de estas escenas narrativas a raíz de su fuerte cargo erótica sensual, como la del Humbert lamiendo los ojos de la niña o la escena culminante en el discurso de seducción en el sofá, se sustituyen por otras más ligeras y más aceptables en la versión fílmica.

La narración de Humbert, a medida que el juego erótico avanza, se vuelve más frenética al tiempo que trapa al lector en sus redes del juego prohibido y a la vez atrayente; Humbert “descubre” a Lolita y al mismo tiempo nos invita a hacer lo mismo. Mediante sus confesiones la cortina se corre y su deseo nos hace partícipes en las escenas vibrantes: ” Cada movimiento que hacía en aquella sombra moteada de rayos de sol punzaba la cuerda más secreta y sensible de mi cuerpo abyecto ” o ” mostró a los mil ojos desorbitados abiertos en mi sangre palpitante, sus omóplatos ligeramente prominentes y la pelusilla en la ondulación de su espinazo, y también las prominencias que formaban sus estrechas y tensas nalgas vestidas de negro, y el interior de sus juveniles muslosEra la nínfula verde-roja-azul más encantadora que hubiera podido imaginar el mismísimo Príapo.”

Por su parte, Kubrick nos propone unas escenas reveladoras de este juego que, sin embargo, no alcanzan la fuerte carga sentimental sino que acogen un tono más tenue, como hemos mencionado previamente, y otra vez es el lenguaje de los cuerpos y de las miradas las que están en el objetivo. La cámara enfoca el rostro de Humbert y especialmente su mirada por encima del libro que disimula leer a la hora de espiar a Lolita en el jardín. Hay una referencia a la mirada anterior de Lolita encima de sus gafas de sol y el movimiento parece congelado para intensificar el momento de este espionaje apasionado al objeto deseoso pero todavía inalcanzable.

En la escena del baile -que no existe en el libro pero quizás sustituya la escena clave del sofá, con una fuerte carga erótica, y previa a la la unión de Humbert y Lolita en el hotel- el protagonista admira a su nínfula bailando: el zoom nuevamente sobre la mirada llena de pensamientos e imaginaciones sombrías bajo el anhelo prohibido de la conquista de este ser mágico; los pensamientos impuros de Humbert se ponen sutilmente en un encuadre contradictorio con el cisne a su lado -símbolo de pureza y moralidad. Eficientemente Kubrick hace un comentario visual por la lucha interna de Humbert con sus principios morales y la fuerza de su deseo. En la novela esta lucha revela su intensidad a través de frases como: “¿Porque su modo de andar -¡es una niña, recuérdalo, sólo una niña!- me excita tan abominablemente?”. Bajo esta lucha sigue Humbert el desarrollo de su narración, pero obviamente la parte moral pierde la batalla.

Otro punto destacable, consiste en la identificación a la que impele la mirada de Humbert hacía Lolita, lo que produce en el espectador un placer “escopofílico”, según Laura Mulvey: “…la relación entre cine y placer es doble: es “escopofílica”, por el hecho mismo de que toda mirada suscita placer; y es también narcisista lo que se deriva del hecho mismo de que la mirada interviene en la construcción del yo. Sin embargo, este placer no es sexualmente neutro, al menos no en el cine hollywoodiense, donde todo se realiza en función de la mirada del espectador masculino: el placer “escopofílico” adquiere aquí, por ejemplo, un aspecto voyeurista y sádico: es una manera de reducir al otro (en este caso la mujer) y transformarlo en puro objeto “. Aunque Lolita como obra parece ir más allá de un simple conjunto de atributos sensuales.

El juego erótico quizás se representa con más vivacidad en esta escena con Lolita dando de comer a Humbert, que intenta coger la comida de su mano a la vez que sus miradas se encuentran y ella juega con él, impidiéndole alcanzarla. También existe aquí una referencia sexual que anuncia el avance de esta pasión profunda y el papel dominante que va a jugar Lolita explotando dicha pasión erótica de Humbert.

A continuación, la escena quizás más romántica, tanto en la novela como en el filme, es Lolita antes de marcharse al campamento Q (juego con la letra inicial de Quilty, el “antagonista” del protagonista), en la que mira hacia la ventana de Humbert, sube corriendo las escaleras para lanzarse en sus brazos y declarar la aceptación de su amor. En la versión narrativa por parte de Nabokov: ” Mi corazón se ensanchó con tal fuerza, que casi estalló en mi pechoy cayó en mis brazos. ¡Y entonces la boca inocente de mi adorada, que temblaba como un flan, se fundió bajo la feroz pasión de unas oscuras mandíbulas masculinas!”. Es el primer beso con toda la fuerza irresistible que es capaz de transmitir a Humbert aquella nínfula, mientras que en la versión fílmica el beso queda disminuido a un sentimental beso rutinario.

Dos momentos o escenas son las más importantes y claves en la construcción de este corpus de deseo. La primera es la escena del sofá – a la que me he referido anteriormente- y la segunda es la fase final de la realización del anhelo tenebroso de Humbert con la unión de ambos en una habitación del hotel “Cazadores Encantados”. No obstante, como he mencionado previamente, la escena del sofá fue eliminada del filme por su fuerte carga erótica y sustituida por otras escenas, de las cuales, algunas no forman parte de la novela.

Humbert abre el escenario hablando directamente a los lectores e invitándoles a participar en esta sutil seducción, que revela toda la pasión y todo el deseo aprisionado por su musa: “Quiero que mis cultos lectores se sientan participes de la escena que voy a evocar. Quiero que examinen cada pormenor y vean por si mismos hasta qué punto fue cauteloso y casto aquel acontecimiento dulce como el vino, si se lo considera como mi abogado ha llamado (en una conversación privada) “simpatía imparcial”. Empecemos, pues. Tengo ante mi una tarea difícil.”

La ingeniosa estrategia de Nabokov, a la vez que subraya la importancia de la escena que va a describir, nos hace participes a dicha seducción. En las dos páginas que siguen se describe vivamente la red de seducción que construye Humbert para atrapar a su nínfula, pero la descripción es tan ingeniosamente ambigua que al final es imposible afirmar quien seduce a quien. Con tan solo un sofá y una manzana Nabokov nos presenta una de las escenas más eróticas en la literatura. Humbert tiene su primera experiencia con Lolita, saborea el fruto prohibido del amor pero todavía no lo hace suyo. El delirio de su deseo nunca ha sido más fuertemente evocado con sólo el tacto del cuerpo de su musa erótica, y al mismo tiempo tan provocador para los lectores partícipes en esta escena. Tan solo el resultado lo dice todo: “Me sentía orgulloso de mi mismo. Había robado la miel de un espasmo sin perturbar la moral de una menor. No le había causado el menor daño. El mago había echado leche, melaza, espumoso champán en el banco bolso nuevo de una damita, y el bolso permanecía incólume.”

Otro punto destacable, consiste en la identificación a la que impele la mirada de Humbert hacía Lolita, lo que produce en el espectador un placer “escopofílico”, según Laura Mulvey: “…la relación entre cine y placer es doble: es “escopofílica” por el hecho mismo de que toda mirada suscita placer; y es también narcisista lo que se deriva del hecho mismo de que la mirada interviene en la construcción del yo. Sin embargo, este placer no es sexualmente neutro, al menos no en el cine hollywoodiense, donde todo se realiza en función de la mirada del espectador masculino: el placer “escopophilique” adquiere aquí, por ejemplo, un aspecto voyeurista y sádico: es una manera de reducir al otro (en este caso la mujer) y transformarlo en puro objeto “. Aunque Lolita como obra parece ir más allá de un simple conjunto de atributos sensuales. corriendo las escaleras para lanzarse en sus brazos y declarar la aceptación de su amor. En la versión narrativa por parte de Nabokov: ” Mi corazón se ensanchó con tal fuerza, que casi estalló en mi pechoy cayo en mis brazos. ¡Y entonces la boca inocente de mi adorada, que temblaba como un flan, se fundió bajo la feroz pasión de unas oscuras mandíbulas masculinas!”. Es el primer beso con toda la fuerza irresistible que es capaz de transmitir a Humbert aquella nínfula, mientras que en la versión fílmica el beso queda disminuido a un sentimental “No te olvides de mi”.

Dos momentos o escenas son las más importantes y claves en la construcción de este corpus de deseo. La primera es la escena del sofá – a la que me he referido anteriormente- y la segunda es la fase final de la realización del anhelo tenebroso de Humbert con la unión de ambos en una habitación del hotel “Cazadores Encantados”. No obstante, como he mencionado previamente, la escena del sofá fue eliminada del filme por su fuerte carga erótica y sustituida por otras escenas, de las cuales, algunas no forman parte de la novela.

Humbert abre el escenario hablando directamente a los lectores e invitándoles a participar en esta sutil seducción, que revela toda la pasión y todo el deseo aprisionado por su musa: “Quiero que mis cultos lectores se sientan participes de la escena que voy a evocar. Quiero que examinen cada pormenor y vean por si mismos hasta qué punto fue cauteloso y casto aquel acontecimiento dulce como el vino, si se lo considera como mi abogado ha llamado (en una conversación privada) “simpatía imparcial”. Empecemos, pues. Tengo ante mi una tarea difícil.”

La ingeniosa estrategia de Nabokov, a la vez que subraya la importancia de la escena que va a describir, nos hace participes a dicha seducción. En las dos páginas que siguen se describe vivamente la red de seducción que construye Humbert para atrapar a su nínfula, pero la descripción es tan ingeniosamente ambigua que al final es imposible afirmar quien seduce a quien. Con tan solo un sofá y una manzana Nabokov nos presenta una de las escenas más eróticas en la literatura. Humbert tiene su primera experiencia con Lolita, saborea el fruto prohibido del amor pero todavía no lo hace suyo. El delirio de su deseo nunca ha sido más fuertemente evocado con sólo el tacto del cuerpo de su musa erótica, y al mismo tiempo tan provocador para los lectores partícipes en esta escena. Tan solo el resultado lo dice todo: “Me sentía orgulloso de mi mismo. Había robado la miel de un espasmo sin perturbar la moral de una menor. No le había causado el menor daño. El mago había echado leche, melaza, espumoso champán en el banco bolso nuevo de una damita, y el bolso permanecía incólume.”

Otro punto destacable, consiste en la identificación a la que impele la mirada de Humbert hacía Lolita, lo que produce en el espectador un placer “escopofílico”, según Laura Mulvey: “…la relación entre cine y placer es doble: es “escopofílica” por el hecho mismo de que toda mirada suscita placer; y es también narcisista lo que se deriva del hecho mismo de que la mirada interviene en la construcción del yo. Sin embargo, este placer no es sexualmente neutro, al menos no en el cine hollywoodiense, donde todo se realiza en función de la mirada del espectador masculino: el placer “escopophilique” adquiere aquí, por ejemplo, un aspecto voyeurista y sádico: es una manera de reducir al otro (en este caso la mujer) y transformarlo en puro objeto “. Aunque Lolita como obra parece ir mas allá de un simple conjunto de atributos sensuales.

El juego erótico quizás se representa con más vivacidad en esta escena con Lolita dando de comer a Humbert, que intenta coger la comida de su mano a la vez que sus miradas se encuentran y ella juega con él, impidiéndole alcanzarla. También existe aquí una referencia sexual que anuncia el avance de esta pasión profunda y el papel dominante que va a jugar Lolita explotando dicha pasión erótica de Humbert.

A continuación, la escena quizás más romántica, tanto en la novela como en el filme, es Lolita antes de marcharse al campamento Q (juego con la letra inicial de Quilty, el “antagonista” del protagonista), en la que mira hacia la ventana de Humbert, sube corriendo las escaleras para lanzarse en sus brazos y declarar la aceptación de su amor. En la versión narrativa por parte de Nabokov: ” Mi corazón se ensanchó con tal fuerza, que casi estalló en mi pechoy cayo en mis brazos. ¡Y entonces la boca inocente de mi adorada, que temblaba como un flan, se fundió bajo la feroz pasión de unas oscuras mandíbulas masculinas!”. Es el primer beso con toda la fuerza irresistible que es capaz de transmitir a Humbert aquella nínfula, mientras que en la versión fílmica el beso queda disminuido a un sentimental “No te olvides de mi”.

Durante mucho tiempo, prácticamente nadie quiso dar su beneplácito a la versión cinematográfica de Lolita firmada por Stanley Kubrick. Por lo general,el director tuvo que hacer frente a esta acusación (que, por otro lado, suele ser la habitual cuando se lleva una novela a la pantalla grande) de no haber respetado la complejidad del libro de Nabokov y, sobre todo, de haber falseado el tema principal del mismo. A decir verdad, está última cuestión difícilmente puede contradecirse pero, al mismo tiempo, debemos plantearnos una pregunta: ¿cómo habría resultado una Lolita fiel al original teniendo en cuenta la mojigatería del cine en aquellos tiempos?
La novela (algo espesa, o larga) trata el “imposible” tema de la pedofilia. que el autor, con toda la ironía de la que era capaz, planteó como un encuentro de culturas distintas: Humbert Humbert, un europeo educado, culto y “decadente” de mediana edad, desea lograr los favores de una niña de doce años, Lolita, una terrible mocosaque se vuelve loca por la comida basura, la Coca-Cola y las chucherías.

El hecho de que (al menos de cara a la galería) la relación amorosa de un hombre adulto con una menor continúe siendo “tabú”impidió (en su momento)que la actriz que interpreta a Lolita, Sue Lyon, viera”su película en Estados Unidos: Así que esta joven no ha podido apreciar la totalidad del proyecto para el que fue “utilizada” como actriz. ¿Puede existir una esquizofrenia mayor entre la denominada “sociedad” actual y sus preceptos morales?

¿Cuándo consideraremos una novela un medio distinto considerablemente a la cinematografía?
Y más.¿Puedo decir que me interesó más la película que el libro? Que tengo más en mi mente el filmeque la novela? Pues lo digo.


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