Director: Federico Fellini. Italia, 1963. B/N
Intérpretes: Marcello Mastroianni (Guido AnselmiLuisa Anselmi), Claudia Cardinale (Claudia), Anouk Aimée (Luisa Anselmi), Sandra Milo (Carla), Eossella Falk (Rossella), Barbara Steele Gloria Morin)

8 ¬Ω se transformó sin duda en una de las obras más personales y singulares del cine. Incoherente para muchos, quizá porque la coherencia no viene de un estilo o género ya establecido, sino de un pensamiento y carácter ofrecidos por un autor que se vale de su obra para crear un universo nuevo y donde la creación de la película sirve como una herramienta maravillosa que permite al realizador reflexionar sobre los temas y aspectos de la vida que más le conmueven e interesan y exponer sus pensamientos más profundos sobre su vida y entorno.
Es un filme poético y filosófico como el propio Fellini y es inútil tratar de comprenderlo si se rechaza dicha evidencia y si se pretende abrirse a él sin abrirse primero al alma y la mentalidad de su autor.
La fidelidad a lo real y lo establecido ya no necesariamente es lo estético, sino la capacidad expresiva y comunicativa profunda donde a la árida y llana lucidez y capacidad de raciocinio se le demanda un espacio para el conocimiento espiritual y un tanto mágico al que nos invita Fellini en su mundo surrealista.
No podemos decir entonces que en este y otros de sus filmes Fellini sea un narcisista, ilógico que no piensa en nosotros como espectadores, pues siempre está en la búsqueda de la mejor forma expresiva para involucrarnos a un nivel dignamente profundo, aún incluso en su comunicación intrapersonal que pudiera convertirse en un dialogo espiritual e intelectual muy personal si nos permitiéramos olvidarnos de lo convencional.



El cine artístico europeo de los años 60 engendró a autores como Bergman, Truffaut, Fellini, Antonioni, Godard o Richardson, desconcertadores de la industria del cine norteamericano, que era avasallada por el Nuevo Cine Italiano, la “nouvelle vague” francesa, el “free cinema” británico o incluso el “spaghetti western”. Era una década de transición y experimentación social, moral y artística. Por ello, la película Fellini, Ocho y medio, encajó tan bien en su momento, representando en sí misma el proceso de confusión de los autores de cualquier parte del mundo y de cualquier tendencia. El genial y arrebatador Mastroianni, alter ego de Fellini en este filme, sufre una compleja crisis personal y profesional que se proyecta a través de temores, dudas y fantasías disparatadas que finalmente se convertirán en un trabajo metaling√ºístico de calidad superior. La mente del autor (Mastroianni/Fellini) se expone magistralmente a los espectadores que, rápidamente, se hacen cómplices y derivan en la misma confusión. Todo un ejemplo de modernidad fílmica y superación de los estancamientos industriales y comerciales.

El famoso director y autor Guido Anselmi está atravesando una profunda crisis creativa. El tiempo acordado transcurre inexorablemente, mientras los productores y periodistas lo apremian, ansiosos de saber en qué punto se encuentra el trabajo para su nueva película. Escarnecido por sus amigos, sus compañeros y su esposa Luisa, que se ha cansado de sus infidelidades y de su humor inconstante, Guido busca una respuesta en las visiones que invaden su mente: recuerdos de una vida, sueños fantásticos y oscuras imágenes de un futuro nebuloso expresan su profundo deseo de libertad y soledad.
La llegada de Claudia, actriz y musa de su vida, y de su amante Carla trae nuevas inquietudes en vez de la serenidad y el consuelo que él esperaba. Mientras los productores organizan las ruedas de prensa, Guido aparece lejano, esquivo y confuso, incapaz de darles lo que esperan. Pero no puede escapar eternamente, y se ve obligado a participar en un grandioso refrigerio. Cae presa del pánico: no sabe qué contestar a las preguntas que lo abruman y busca instintivamente refugio bajo la mesa, en el último acto de su ocaso humano y artístico. Sin embargo, cuando todo parecía perdido, las visiones que hasta entonces lo habían atormentado adquieren una resplandeciente claridad. Todos juntos, los fantasmas de su conciencia reconstruyen un mosaico hecho de verdad y belleza, a través del cual renace el placer mismo de la vida y de todo lo que ella contiene. Con una marcha circense, la película finalmente puede comenzar.
Se ha dicho que esta película es confusa, recargada, monstruosa o caótica. En el mejor de los casos la llaman “barroca”. No lo entiendo muy bien. La película que yo vi, y más tras un varios visionados, a través de los años, me pareció rica y exuberante, no tan difícil de comprender, casi me atrevería a decir que es transparente (sin rehuir el sentido “oculto” de la palabra). Es entretenida, sencilla y no poco seria; el propio Fellini la llamó “cómica”… Pero sobre todo, me parece una de las dos o tres películas más inteligentes de Fellini.
Hay tanta calidad en la filmación de las secuencias que nos dejan apenas sin aliento para preguntarnos qué significan. Hay un entorno visual tan mágico que cualquier duda acerca del contenido del filme se convierte en irrelevante.