IRMA LA DULCE (Irma la Douce)

Película estrenada entre 1963-1964

Director: Billy Wilder. 1963. EE.UU. Color

Intérpretes: Jack Lemmon (Nestor Patou/Lord X), Shirley MacLaine (Irma la Douce), Lou Jacobi (Moustache), Bruce Yarnell (Hippolyte), Herschel Bernardi (Inspector Lefevre), Hope Holiday (Lolita), Grace Lee Whitney (Kiki el Cosaco), Paul Dubov (Andre), Cliff Osmond (Sargento), Diki Lerner (Jojo), Herb Jones (Casablanca Charlie), Ruth Earl y Jane Earl (Hermanas Zebra)


En un distrito humilde, el mercadillo al por menor de Les Hayes, de la corrompida ciudad de Paris, se narra esta entrañable y maravillosa historia digna de las mejores comedias.Cuando Nestor Tatou es convencido por el barman de origen rumano Moustache de que su fallo en la vida es tener una mentalidad de pequeño burgués, tratará de pasarse por todos los medios al otro lado del mundo, el de la ilegalidad encarnando a un proxeneta o agente representante de Irma La Douce (MacLaine), una solitaria prostituta siempre a cuestas con su perrito y su traje verde trajinándose a sus clientes en el hotel Casanova sito en la calle del mismo nombre.



La pelí­cula narra la historia de Irma “La Dulce” (Shirley MacLaine), una puta de Parí­s asqueada de su chulo y de su trabajo. Irma conoce a un policí­a (Jack Lemmon) que termina enamorándose de ella y se convierte en su protector. Los celos le conducen a convertirse en su único cliente, el misterioso “Monsieur X”.

Irma, La Dulce (1963) se convierte en uno de los mayores éxitos de Wilder. Sus protagonistas son una pareja ya conocida del director: Shirley MacLaine y Jack Lemmon. La pelí­cula se concibe como un musical, pero Wilder, poco partidario de la música que enmascara el desarrollo de las historias, terminó por casi anularla.

Las crí­ticas fueron de todos los colores para esta atrevida historia de Wilder, que llegó a ser considera como una inmoralidad. Por ello, junto a buenas crí­ticas que valoraban su calidad de  comedia muy divertida, se pueden leer ataques contra el filme, tachando a la historia de vulgar, monotemática y vergonzosa. Todo ello no pasa de ser una pataleta lamentable de los hipócritas moralistas, puesto que el filme está perfectamente construido y nos presenta una historia bella y amena.

Se pueden resaltar algunas frases y diálogos del filme que quedan como prueba de lo irónico de su planteamiento:

“En este mundo en que vivimos el amor es ilegal, pero el odio no”. (el camarero, Lou Jacobi).

“Ser honesto es como desplumar una gallina al viento, te llenas la boca de plumas”. (el camarero, Lou Jacobi).

“La cárcel está llena de inocentes que dijeron la verdad. Difí­cil forma de tener una vida fácil” (el camarero, Lou Jacobi).















¿Qué pasaria si Billy Wilder, uno de los directores más transgresores y originales que ha dado Hollywood en su historia, viviera y siguiera dirigiendo? O mejor aún, ¿qué pasarí­a si en las filas del cine americano de hoy dí­a predominaran directores con el espí­ritu de Wilder? Olví­dense de las invasiones bárbaras de comedias juveniles plagadas de la peor escatologí­a como único sustento en las tramas. También dejen a un lado las clásicas cintas de fórmula ubicadas en Nueva York y que con tan sólo ver el trailer sabemos lo que pasará. Julia Roberts, Sandra Bullock o Meg Ryan seguirí­an siendo las reinas de la comedia y de taquilla pero dejarí­an de ser las mujeres ideales, castas y puras que siempre nos han querido pintar, ya que no interpretarí­an los papeles que siempre les endilgan sino serí­an unas mujeres manipuladoras, crueles, cí­nicas y probablemente serí­an prostitutas o drogadictas. Dí­ganle adiós a actorcillos infumables como Sean William Scott, Jason Biggs o Marlon Wayans, ya que en este ambiente no encajarí­an. Prepárense para poner el cerebro a funcionar porque seguramente la cinta nos tratará de decir algo.


En pocas palabras podrí­amos ser testigos de cintas entretenidas, inteligentes, probablemente ingenuas pero, eso sí­, nunca rayando el estilo fácil. Si la cinta resultara genérica, el director en cuestión se las arreglarí­a para darle un giro digno al asunto. Es cierto, probablemente no existirí­a tanta cinta “slapstick”, ni “rolling gag” y “screwball comedy” pero, ¿a quién le interesarí­a, si sólo un director tiene el tino de decirle de una manera fina, pero no muy sutil a la Motion Pictures Producers Association (MPPA): bola de corruptos, padrotes y explotadores? Pero, sigamos soñando por un cine mejor en esta epoca de vací­o creativo.

Nacido en Austria-Hungrí­a (hoy Polonia) en 1909, Billy Wilder (o Samuel Wilder, como en realidad se llamaba), fue uno de los directores más atí­picos de Hollywood. Un realizador que siempre se salió de los cánones, ya que detrás de cintas aparentemente inofensivas y muy al estilo de la época que le tocó vivir, se escondí­an obras con un comentario más ácido y crí­tico. Otros directores, como Michael Gordon o Delbert Mann, siempre hicieron cintas que aun siendo irresistibles simpre se antojaban anacrónicas (como la comedia sexual en donde existí­a todo menos sexo o las cintas de “batallas de géneros”) y siempre tocaban los temas que querí­an tocar de una manera muy superficial. Wilder por su parte se atrevió a más y después de ser guionista de varias cintas alemanas (principalmente para cintas de Paul Martin y Robert Siodmak) y realizar junto a Richard Brackett los argumentos de Ninotchka (1939, Ernest Lubischt), sin lugar a dudas la mayor influencia de Wilder tanto por la fina manera de contar sus aparentemente sencillas tramas así­ como por los temas a tratar, mostró que serí­a uno de los genios del cine así­ como un verdadero dolor de cabeza para productores, crí­ticos, reguladores y académicos.

Cintas como El crepúsculo de los dioses (1950), Sabrina (1954), Con faldas y a lo loco (1959), El apartamento (1960), Uno, dos, tres (1961), Bésame, tonto (1964) o Aquí­, un amigo (1981) su última cinta, demostraron a un director que siempre trató de mantenerse alejado de los lineamientos y que a 23 años de distancia de su retiro y dos de su muerte, no sólo pesa su ausencia sino que mucha gente a tratado de imitarlo infructuosamente -quién se acuerda de Una buena chica (2002, Miguel Arteta), o Sucedió en Manhattan (2002, Wayne Wang)-. Es una lástima que aun con todas las ventajas servidas en charola de plata (llámese DVD, Internet o TV de pago), nombres como el propio Wilder, Blake Edwards, George Stevens o Mervyn LeRoy, hayan sido olvidados (si es que en algún momento los conocieron) por una nueva camada de aficionados al cine (dí­gase cinéfilos, cinéfagos o el nombre que manden y gusten) , que ignoran que no sólo qué géneros, como la comedia o el romance, en la actualidad se han desvirtuado y sólo aspiran a llegarle a los talones a obras que tení­an otra actitud, otros objetivos y aspiraciones. Es penoso que ahora se recurra a hacer “remakes” a diestra y siniestra de obras maestras -ya sea de los géneros aquí­ mencionados o de cualquier otro-. Ahí­ están Ocean’s eleven: Hagan juego (2001, Steven Soderbergh), La verdad sobre Charlie (2002, Jonathan Demme) que resultaba ser el “remake” de Charada (1963, Stanley Donen) o El Principe y Yo (2004, Martha Coolidge), que aunque no en su totalidad es un “fusilamiento” de Vacaciones en Roma (1953, William Wyler), entre docenas de “segundas versiones”.



O peor aún, tratar de hacer una revision/reelaboración de una época difí­cil de superar haciéndonos creer que la moda “retro” justifica que no se tenga una mejor actitud para hacer cine en nuestros dí­as. Kate & Leopold (2001, James Mangold), que tras la historia de ciencia ficción ocultaba un tufo a la maravillosa Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), Lejos del cielo (2002, Todd Haynes) o Abajo el amor (2003, Peyton Reed) son una pequeña muestra de esta crisis. Lo más infame del caso es que la mayorí­a de los nuevos espectadores (ya sea de hueso colorado u ocasionales) desconocen las fuentes originales y por ende el hueco cinéfago es mayor que el de la capa de ozono. Y es que si alguien se atreve a mencionar que es un buen aficionado al cine y desconoce estos y otros nombres y no tiene en cuenta por lo menos una filmografí­a básica, es mejor que se olvide de dicho apelativo.

Los barrios bajos de Parí­s son un nido de ratas, madriguera de la peor clase de escoria. La policí­a local está asociada con los padrotes, amos de la zona, y extorsionan a las prostitutas, vendedores, dueños de locales y al que se deje. En pocas palabras, no existen reglas. Pero eso está a punto de cambiar cuando Nestor Patou -el genial Jack Lemmon, el actor fetiche de Wilder-, un torpe pero bienintencionado policí­a -caracterí­stica de varias de sus interpretaciones- es asignado en dicho sector de la capital francesa. Por supuesto, tanto para sus compañeros como para los padrotes, su llegada resulta todo un problema y estorbo, al ser un elemento incorruptible, que no entiende ni quiere entender los tratos debajo del agua, que no abusa de su poder, que tiene una pizca de valores y que ve como un atentado a la moralidad que las calles estén infestadas de prostitutas. Precisamente al ver este ataque a las “buenas costumbres”, lleva a cabo una redada para poner a todas estas muchachas de la “vida alegre” en el trullo. Lo que Nestor no sospecha es que su actitud de infalible servidor de la justicia se verá menguada cuando en dicha redada conoce a la Irma del tí­tulo (Shirley McClaine), una chica envalentonada pero de corazón de oro, que se ha convertido en la favorita de la clientela gala y que tiene la peculiaridad de siempre vestirse de verde, por lo que por supuesto el cuico cae rendido a sus pies.

Nestor causa aún más problemas a los proxenetas al encararlos y lograr ganarles, obteniendo el respeto de todos, la salida de éstos de la zona y la independencia de las chicas. Pero Nestor no concibe que la mujer de sus sueños sea una chica del talón y mucho menos acepta que a ella le encante jugar con él por sus desmedidos celos. Por ello, crea un plan descabellado: por una parte dejar la policia y ser el “manejador” de Irma y por otro lado convertirse en Lord X, un extravagante barón inglés que le ofrece a la chica cantidades excesivas de dinero y lujos para ser su único cliente. El problema es que el tiro le sale por la culata ya que Irma se ha enamorado del Lord y para seguir a su lado deberá hacer toda clase de trabajos y así­ obtener el dinero necesario para representar el papel de millonario, produciéndose toda clase de malos entendidos y confusiones. Precisamente muchas de las convenciones anteriormente mencionadas aparecen en Irma la Dulce: la comedia de “enredos”, en algunos momentos del “pastelazo”, una cinta con un romance a contracorriente y hasta de “pareja dispareja”. Y es ahi donde Wilder saca su cuchara: ¿una prostituta de protagonista?, ¿un policí­a que deja su trabajo para pasarse al otro lado de la ley?, ¿una crí­tica hacia Hollywood en forma de la explotación que reciben las ingenuas chicas de unos intocables productores perdón, padrotes?

Sin miedo a equivocarme, puedo decir que después de 45 años, Irma, la Dulce ha pasado la prueba del añejo. A la fecha se nota y siente fresca y con vitalidad. Wilder aprovecha cada momento que tiene oportunidad para incluir chistes de un humor negrí­simo y lo hace con clase. Jack Lemmon, como es costumbre, nos conquista y agrada por ofrecernos un personaje simpático y carismático, mientras que Shirley MacLaine se desata con un personaje entrañable. Sólo hay un gran prietito en el arroz. Yo sé que uno de las peores cosas que se puede hacer cuando se reseña una pelí­cula es contar algo del final o partes cercanas a éste. Pero es inevitable al toparnos con un final que si bien no echa a perder el resto de la cinta, si le resta méritos. Y es que así­ como hay que aceptar que Wilder era un genio de la comedia, también hay que admitir que no era muy diestro a la hora de definir los finales de sus historias. Así­, los finales de Con faldas y a lo loco o El apartamento resultaban muy apresurados y atrabancados, o el de Compañeros resulta anticlimático. No se asusten, no voy a comentar nada relevante, pero en este caso, la conclusión es muy rebuscada y se alarga unos innecesarios 15 minutos para que al final suceda lo que deberí­a de pasar.

El cine actual se vanagloria de las libertades que tienen y continuamente alardea de haber descubierto el hilo negro. Pero en ningún momento veo que los directores del nuevo milenio se atrevan tan siquiera a algo de lo que hizo Wilder en Irm,a la Dulce ¿Una prostituta y un policí­a retraí­do? ¡Uy, no, qué horror! ¿Qué van a pensar de nosotros? Mejor que los protagonistas sean una exitosa ejecutiva y un irresistible gigolo ¿Para qué tener crí­tica social? Es cine: no se debe ni de pensar ni cuestionar. Si tan sólo se tuviera un poco de la actitud de épocas pasadas, otra canción estarí­amos cantando. No se estarí­a recurriendo a la guerra de los clones, a saquear las ideas de los demás, ni mucho menos a hacer cintas tan parecidas unas de otras que muchas veces es imposible distinguirlas. ¿Qué se puede hacer al respecto?. No mucho, en realidad. Pero para consuelo de muchos existen los recursos para dar ese vistazo hacia el pasado. Todos aquellos que piensan que el cine de esos años es aburrido, aní­mense a introducirse a esa cápsula para volar sin cielo en Technicolor, recordando o conociendo mejores épocas y con la que sólo nos quedan las ganas de pedirle al tiempo que vuelva.

Creo que es justo mencionar que las payasadas vivaces y ágiles de Jack Lemmon son las que acaban sosteniendo la pelí­cula.


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