LA CAZA

Película estrenada entre 1963-1964

Director: Carlos Saura. 1966. España. B/N

Intérpretes: Ismael Merlo (José), Alfredo Mayo (Paco), José Marí­a Prada (Luis), Emilio Gutiérrez Cava (Enrique), Fernando Sánchez Polack (Juan), Violeta Garcí­a (Carmen), Marí­a Sánchez Aroca (Madre de Juan)


José, Paco y Luis son tres amigos que van a cazar en compañí­a de Enrique, un joven de 20 años que asiste a su “bautismo de fuego”, en un coto de caza propiedad de Paco y que fue escenario de una batalla durante la Guerra Civil española. Todos ellos están pasando por momentos difí­ciles en sus vidas -separaciones, problemas con el alcohol-, y lo que iba a ser una tranquila jornada de caza se convierte en un enfrentamiento entre los tres hombres.







José (Ismael Merlo), Luis (José Marí­a Prada) y Paco (Alfredo Mayo), éste último acompañado de su cuñado Enrique (Emilio Gutiérrez Caba), se reúnen un caluroso dí­a para disfrutar de una jornada de caza.

Las conversaciones entre ellos servirán para recordar viejos tiempos, amistades truncadas y amores fallidos. Pero también se aprovecharán para solicitar favores que desencadenarán en situaciones de tensión.

Con La caza, el tercer trabajo en la dirección de Carlos Saura, se iniciarí­a una de las relaciones artí­sticas más fecundas que ha dado el cine español, la que asociarí­a al director oscense con Elí­as Querejeta.

En este sentido, la aportación de Querejeta no serí­a baladí­ ya que le acompañaba un equipo técnico sobresaliente, desde el montador González del Amo (La caza fue una de sus preferidas), hasta la fotografí­a de Luis Cuadrado (en sincroní­a con Teo Escamilla), pasando por la música de Luis de Pablo o la tarea de producción de Primitivo Álvaro.

La caza, premiada en Berlí­n con el Oso de Plata, es un relato ideado por Saura en colaboración con Angelino Fons que sitúa la acción en el coto de uno de los protagonistas de la historia, dando lugar a una serie de encuentros cruzados de los personajes que sirven para definir el ánimo de cada uno de ellos durante el devenir cinegético.

Es, ciertamente, atinado, para dar la sensación de hipocresí­a y falsedad imperante, el hecho de extrapolar al espectador los pensamientos que cruzan por las cabezas de los cuatro cazadores, pero que éstos se reservan muy mucho la posibilidad de exteriorizarlos.

Si el guión es sólido, su materialización por cuatro pesos pesados de la escena española como Mayo, Merlo, Prada y Gutiérrez Caba (sin menospreciar las recreaciones de Violeta Garcí­a y Fernando Sánchez Polack), hacen de La caza una pelí­cula clásica e imprescindible dentro de la cinematografí­a española.

Una fábula sobre la amistad en donde la afluencia de rencor, egoí­smo e ira, traen como consecuencia el óbito de las relaciones humanas.


La década de los años 60 fue una fiesta cinematográfica en Europa. El auge de los nuevos cines (o “nuevas olas”, como se prefiera) fue simplemente aplastante, avasallador en su ruptura, deslumbrante en su inteligente atrevimiento. La revolución narrativa y estética experimentada por el cine también tuvo una gran significación en la industria de cine española, donde incluso se vio apoyada por un ligero cambio en el apoyo del régimen franquista -con el nombramiento de J.M. Garcí­a Escudero como director general de Cinematografí­a y Teatro-, pese a que seguí­a inamovible la Junta de Clasificación y Censura de Pelí­culas. El conocido como Nuevo Cine Español (NCE) siempre se ha hallado por detrás de las “nueva olas” francesas, italianas, inglesas y alemanas, pues pese a la importancia que tuvo en su momento, pocas huellas reconocibles han perdurado en la evolución histórica del cine español, incluso dentro de las filmografí­as de los propios realizadores que lo conformaron. La lista de realizadores es larga si aunamos tanto al grupo que surgió de las Conversaciones de Salamanca de 1955 (Saura, Patino, Regueiro, Gutiérrez Aragón…), con la Escuela de Barcelona (Jordí , Esteva, Portabella…) e, incluso, los realizadores experimentales vascos (Aguirre, Sistiaga); pero serí­a más inteligente resaltar los realizadores que conformarí­an el grupo más potente de la época, la verdadera “nueva ola” española: Carlos Saura, Basilio Martí­n Patino, Joaquim Jordí , Jorge Grau y Antonio Eceiza.

Se podrí­a tomar como balazo de salida tres obras claves de la cinematografí­a española: Viridiana (1961. Luis Buñuel) -el realizador aragonés jamás pertenecerí­a a ningún nuevo cine, primero, por su condición de nómada exiliado, segundo, porque como otros grandes realizadores como Pasolini, Fassbinder o Bresson, no se puede incluir dentro de ningún nuevo cine, pues ellos mismos, por decirlo de una manera tosca, ya son su propia filosofí­a, tendencia y vanguardia-, Plácido (1961. Luis Garcí­a Berlanga) y Los golfos (1960. Carlos Saura); estas dos últimas, claras herencias del neorrealismo de Rossellini y De Sica, territorio afí­n al guionista Rafael Azcona, que además de Plácido, escribirí­a buena parte de las pelí­culas claves de la época: El pisito (1959) y El cochecito (1960), ambas de Marco Ferreri, El verdugo (1963. Luis Garcí­a Berlanga), Peppermint Frappé (1967. Carlos Saura), Los desafí­os (1969. Azcona, Egea, Guerí­n y Erice)…

Carlos Saura (y ya nos vamos acercando) es un realizador, ya no sólo clave, sino punta de lanza de toda esta generación perdida de directores. De sus primeras inquietudes rossellinianas con Los golfos, intentó una estilización viscontiana en Llanto por un bandido (1964), hasta realizar La caza, filme básico, tanto para la evolución como cineasta del propio Saura -de lo que no es ajeno el hecho de que fuera la primera colaboración entre el realizador oscense y el productor vasco Elí­as Querejeta-, como para el NCE en su totalidad. En palabras de Zunzunegui La caza
“supondrá su tercer (y por mucho tiempo último) paseo por los difí­ciles caminos del “realismo”, aunque estemos ya en un “realismo” profundamente teñido de “simbolismo”. Así­, La caza se convierte en un filme bisagra, entre el realismo cercano al documental de Los golfos y las piezas alegóricas (de una dramática que se autoempuja hacia la ficción terrorí­fica), que Saura filmarí­a con un estilo cercano a la maestrí­a, como pueden ser Peppermint Frappé, Ana y los lobos (1973), La prima Angélica (1974) y Crí­a cuervos (1976). Bisagra que se podrí­a entender entre el documentalismo de Patino en Nueve cartas a Berta (1965) y Fernán-Gómez en El extraño viaje (1964), frente a la experimentación de De cuerpo presente (1967), de Antonio Eceiza y el godardismo de Acteón (1967), de Jorge Grau.

La caza es una pelí­cula total. Cuatro personajes (Paco, Luis, José y Enrique, éste, yerno del primero) bajo un sol abrasador entregados a la caza del conejo -tí­tulo preliminar de la pelí­cula que la censura recortó a su tí­tulo definitivo-que acabará deviniendo en “la caza del hombre”, la mejor caza, en palabras de Luis (José Marí­a Prada), el cazador hedonista, entregado a la bebida y a la literatura de ciencia-ficción como medio de supervivencia. La reunión de estos tres amigos de juventud (el cuarto, sin estar presente fí­sicamente -suicidio de por medio-, lo está a un nivel psicológico, como una verdadera carga sobre unos personajes que no son ni meros reflejos de lo que fueron en el pasado), a los que se les une el joven Enrique (Emilio Gutiérrez Caba), por momentos, el testimonio del espectador dentro del filme, mientas va retratando con su cámara fragmentos de la evolución del catártico dí­a de caza, en realidad, una mera excusa de José (Ismael Merlo), el cazador mentiroso, canalla y más perturbado del grupo, para pedir un préstamo a Paco (Alfredo Mayo), el cazador soberbio, autoritario y despiadado, que tanto desprecia al tullido campesino que cuida las tierras de José, como a su propio amigo cuando se rebaja a pedirle dinero.

Hay en La caza mucho de Chabrol y Godard, en especial en el ritmo narrativo y los trucajes fí­lmicos empleados: movimientos bruscos de cámara, diálogos en primer plano como monólogos (extrayendo dobles y terribles significados a cada comentario), exteriorización del pensamiento de los personajes (con apuntillamientos finales igual de destructrores)… y sobre todo, un retrato de lo que existe entre los personajes, más que los personajes mismos (por citar a Godard a través de Belmondo en Pierrot, le fou (1965). ¡Y sin olvidarnos de Buñuel! (ese maniquí­, ese cadáver vencido…), firme defensor de la pelí­cula, excepto por la masacre de conejos realizada (sic).

Con unos reflejos claros a la guerra civil -el propio campo de caza, habí­a sido antes campo de batalla-, la pelí­cula triunfa no sólo en lo metafórico, también en lo realista. La evolución de los personajes hacia su particular sangrienta redención, está trazado en un crescendo fantástico. Entomológico en su descripción de preparación de la cacerí­a, acaba deviniendo en un magní­fico retrato de la miseria humana, usando la doble ví­a narrativa (la realista y la alegórica) para trazar la violenta relación entre los personajes, primero de una manera introspectiva, para posteriormente convertirse en un espectáculo de carne, sangre y fuego. Desde ya el principio se descubre una reticencia mutua entre los tres amigos, que acabará descubriéndose como un desprecio absoluto, en sus caras, ellos se ven a sí­ mismos, y el contraste entre el pasado y el presente es demasiado descarnado como para que pueda existir ningún tipo de futuro. La caza, así­, es un catálogo de las diversas formas que adopta la miseria humana: envidia, rencor, celos, desprecio, soberbia, crueldad, gula, lascivia… pocos pecados se les escapan a los protagonistas. El filme de Saura es demoledor en su retrato del ser humano, por encima de cualquier tipo de localismo, condición social y/o etapa histórica. Cuando uno ve La caza está asistiendo a una crónica de la destrucción humana, no está así­ lejos de Bergman o el propio Buñuel, un pesimismo existencial que hoy se puede ver reflejado en el cine de autores como Lars Von Trier o Michael Haneke.


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