Director: Milos Forman. 1967. Checoslovaquia-Italia. Color
Intérpretes: Jan Vostrcil, Vaclav Stockel, Josef Sebanek, Josef Valnola, Frantisek Debelka, Josef Svet


El director Milos Forman (conocido por trabajos como Amadeus o Man on the moon) nos sorprende con un trabajo un tanto insólito, aunque simpático (y dramático), donde narra la fiesta de jubilación del jefe de bomberos de una pequeña población.
El estilo resulta un poco anticuado, pero la típica historia de proyectos frustrados en situaciones humorísticas (que tanto nos recuerda al estilo de García Berlanga) siempre nos arranca una carcajada.






Y es que cuando el desamparo humano choca con la incompetencia burocrática. Reina el caos más puro. Así funciona el principio sobre el que se construye la última película checoslovaca de Milos Forman, En una escena disparatada de esta maliciosa pequeña obra de arte, el autor lo expresa con precisión: durante un baile de bomberos, se incendia una casa vecina. Los salvadores borrachos llegan demasiado tarde a sus puestos y el camión está clavado en la nieve; así, pues, a la congregada gente del pueblo sólo le queda consolar a un viejo viejo (Josef Svet) de la pérdida de todos sus bienes. Para ahorrarle el espectáculo, le sientan en una silla y lo giran en otra dirección. Cuando el pobre hombre tiene frío, lo acercan al fuego.
Estas formas socialistas de manejar los problemas determinan el curso del baile de bomberos desde el primer instante. Tiene que ser una gran fiesta para todos, asociada a la entrega de una insignia al anciano presidente de honor de la brigada de bomberos local (Václav Stocckel). Pero cada vez que el hombre se encamina al podio, es el turno de otro punto del programa, como un concurso de belleza improvisado que degenera en un espectáculo denigrante: el jurado no consigue convencer a las escasísimas bellezas del pueblo de que salgan al escenario. Más tarde se organiza incluso una tómbola, que queda empañada por el simple hecho de que los premios puestos sobre la mesa desaparecen uno a uno. Después de innumerables intentos de disimulo y desagravio, el presidente de honor recibe su insignia. El hombre digno hace un emocionante discurso de agradecimiento que pone un toque de luz inmerecida a la engañosa reunión. Cuando abre la cajita en la que tenía que haber un hacha dorada, la encuentra vacía. El venerable emblema de su profesión también ha sido robado. Cierra la cajita y mira a sus colegas con compasión.
Con ¡Al fuego, bomberos!, sólo una hora y once minutos magistrales a ritmo de comedia, Milos Forman compró el billete para Hollywood.. De todos modos, no le quedaba otro remedio. Sólo un año más tarde, después que los tanques soviéticos reprimieran a la Primavera de Praga, la película fue prohibida junto a muchas otras. Al fin y al cabo, apenas podía pasar por alto que se trataba de una sátira sobre la pequeña burguesía provinciana y la incapacidad de organización socialista. Sin embargo, reducir esta joya de la “nouvelle vague” checa a una declaración política significaría no hacerle justicia. El jaleo atronador del baile es una fiesta para todos los sentidos. Una cámara móvil, las payasadas anárquicas típicas del cine mudo y la acentuada mímica de los actores no profesionales procuran un placer visual memorable. El comité de organización se precipita a la balaustrada para mirar los pechos de las señoras que bailan; las ganas de ver piernas les arrastran de vuelta al entarimado. Justo en el medio, una inspectora busca una salchicha robada, sólo para ser descubierta al final ella misma como ladrona. A Forman se le recrimina una mirada cruel sobre el pueblo sencillo en esas escenas. De hecho, el coproductor italiano Carlo Ponti reclamó en vano actrices más guapas. En el Este y en el Oeste eran ciegos para el humor checo sutil y muy tierno de Forman.
La gente no es mala, lo es el mundo en el que viven. Eso sirve igual para el viejo que tiene que calentarse con las llamas de su casa incendiada que para la brigada de bomberos, a la que se le pide demasiado tanto en un pequeño baile como en el ejercicio de su profesión. Naturalmente, el director sólo pudo admitir más tarde que se trataba sobre todo de una alegoría de las relaciones del poder, algo en que no todos los espectadores se dan cuenta de inmediato. Antes de partir para los EE.UU., Forman tuvo que disculparse en Checoslovaquia ante los bomberos ofendidos.