A SANGRE FRÍA (In Cold Blood)

Película estrenada entre 1965-1967

Director: Richard Brooks. 1967. EE.UU. B/N

Intérpretes: Robert Blake (Perry Smith), Scott Wilson (Richard “Dick” Hickock), John Forsythe Alvin Dewey), Paul Stewart (Jensen), Jeff Corey (Sr. Hickock)


La historia real de un brutal asesinato, basada en la célebre novela de Truman Capote -cuando tení­a sólo 24 años-. Un granjero de Kansas, próspero y muy respetado, es asesinado de una forma salvaje y brutal junto a su mujer y sus dos hijos adolescentes. Los asesinos son dos ex convictos dementes: Perry Smith y Dick Hickock. La historia se adentra en las profundidades de las mentes de los dos criminales mientras sigue su periplo por México y los Estados Unidos huyendo de la ley, hasta el trágico final de su viaje.


Esta es la tragedia de unos hechos contada en diferentes formatos. Por un lado tenemos los hechos reales, por otra la novela “de ficción real” de Truman Capote, y por otro el filme homónimo de Richard Brooks. Empecemos por la cruda realidad. Dick Hickock y Perry Smith, la noche del 15 de noviembre de 1959, asesinando a la familia Clutter -Herb (padre), Bonnie (madre), Kenyon (hijo), Nancy (hija)-en su rancho de Holcomb, Texas; con la intención de robar 10.000 dólares de una caja fuerte inexistente. Los ex presos emprenden la huida a México con el botí­n real: unos 40 dólares, una radio y unos prismáticos. En Texas, el agente responsable del caso (ex sheriff y ex agente del FBI) Al Dewey se desespera para atar los cabos que le lleven tras la pista de los culpables, pues de momento sólo se puede aferrar a unas huellas de unas botas y restos de cuerda y cinta adhesiva común. Mientras los asesinos deambulan de norte a sur y de este a oeste del paí­s, malviviendo con cuatro dólares que, bien obtienen pasando talones falsos, bien canjean por envases de vidrio reciclables, el preso Floyd Wells acaba confesando que él cree conocer a uno de los asesinos, un ex compañero de celda llamado Dick Hickock. Con toda la policí­a tras su pista, Smith y Hickock son finalmente arrestados en Las Vegas, y en sólo unas horas de interrogatorio, estos famélicos tipos duros confiesan su brutal crimen. Luego hay un juicio y son condenados a muerte, para ser más concretos, son condenados a la horca, uno de los pasos intermedios existentes entre la guillotina de la revolución francesa y la inyección letal con antihistamí­nicos y relajante muscular que se practica en la actualidad. Tras cinco años de apelaciones en el corredor de la muerte, Hickock y Smith son finalmente ejecutados. Las últimas palabras de Hickock (primero en morir) fueron: “Sólo quiero decir que no os guardo rencor. Me enviáis a un mundo mejor de lo que éste fue para mí­”. Y estas fueron las de Smith: “Pienso que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo, algo… No sirve de nada pedir perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar. Pero lo hago. Pido perdón”.

Dick y Perry pasaron los últimos años de su vida encerrados, completamente solos, ya ni siquiera hablaban el uno con el otro a través de la rejilla de su celda. Bueno, quizás decir solos, no serí­a del todo justo. Estaban los otros presos condenados. Un maxilar de dientes con caries que iban cayendo uno tras otro. Solamente recibí­an una visita más o menos constante, la de una extraño escritor amanerado, al que se habí­an confiado a falta de un Dios en que creer. Este escritor era Truman Capote.


La novela A sangre frí­a ha contado desde siempre con un lugar predilecto en mi biblioteca personal. Sé que eso no es un dato relevante, pero creo necesario expresar la pasión que siento por esta turbadora novela que voy releyendo de vez en cuando para no alejarme del horror en que puede convertirse la existencia humana. Hay un pasaje que vendrí­a bien citar ahora: en la pelí­cula Truman Capote, de Bennett Miller, hay un momento en que el editor del escritor, el señor William Shawn, le dice a éste en referencia al tí­tulo escogido: “¿Te refieres al comportamiento de los asesinos o al tuyo propio?”. La malicia es transparente. A sangre frí­a es importante no tanto como ensayo literario, sino por la exactitud en la descripción del horror. El ser humano cognitivo vive intentando comprender durante toda su vida el porqué de la maldad humana. En otras palabras: por qué libre albedrí­o significa hacer daño al prójimo. Capote, en A sangre frí­a, lo retrata. Hickock y Smith no son figuras de un paisaje, son mente, sentimiento, pasión, tristeza, dolor y odio, sobre todo, mucho odio. Es realmente desolador descubrir a un ser de carne y hueso allí­ donde se esperaba encontrar a un monstruo. Capote es milimétrico en su descripción. Los datos que revela a través de su realidad ficcionada son simplemente insultantes. Durante la lectura de A sangre frí­a uno no deja de cuestionarse de dónde sacaba Capote la información, en ocasiones, meras reflexiones de personas en soledad. Algo huele a podrido entre las lí­neas de A sangre frí­a. Uno no puede llegar a saber si Capote sintió algo más por Smith y Hickock que una falsa amistad utilizada para documentar mejor su novela, donde los asesinos son los protagonistas y los asesinados unos secundarios algo idealizados. Truman Capote parece tener las ideas algo más claras que el resto de los lectores/espectadores, y cuando el escritor mimetizado en las carnes de Philip Seymour Hoffman se lamenta del retraso de la ejecución, uno no sabe si es por la angustia de los reos o porque su novela así­ tardará más tiempo en publicarse.+

Aquellos que se decanten por la opción moral más perversa, es decir, aquella que premia la magnificencia del producto resultante, o sea la novela, por encima de los hechos inquisitorios llevados a término durante su elaboración, se verán aún más respaldados por el resultado que ésta obtuvo al ser llevada a la gran pantalla. Y es que A sangre frí­a de Richard Brooks no pasa sólo por ser la obra maestra del genial realizador norteamericano, sino que puede ser una de las mejores adaptaciones de novela jamás llevada al arte cinematográfico.

Cuando Richard Brooks se hizo cargo de la adaptación de la novela de Capote, dos años después de su publicación, llevaba cinco pelí­culas seguidas que marcarí­an el cine norteamericano de los años sesenta: La gata sobre el tejado de zinc (1959), El fuego y la palabra (1960), Dulce pájaro de juventud (1961), Lord Jim (1964) y Los profesionales (1966), esta última fue todo un bombazo, incluso anticipándose dos años al Grupo salvaje (1969) de Sam Peckinpah. Cinco pelí­culas intachables que demostraban que Brooks no tení­a nada que envidiar a Billy Wilder o Joseph L. Mankiewicz en su doble faceta de guionista y realizador. Pocos se podí­an imaginar que Brooks no habí­a firmado su definitiva obra cumbre.

1967 fue año espectacular para el arte moderno. The Beatles publicaron el “Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band”, la psicodelia se hizo eco dentro del movimiento hippie gracias a Country Joe and the Fish y el enorme Captain Beefheart y su “Safe as milk”. Además nací­an The Velvet Underground, The Doors y The Jimmy Hendrix Experience, todos ellos componiendo riffs a base de rascados de guitarras, marihuana y L.S.D., aunque posiblemente el álbum más lisérgico de la historia sea el “Surrealistic Pillow”
de Jefferson Airplane, cómo no, publicado también este mismo año. En el mundo del cine las cosas tampoco andaban muy desencaminadas. Mientras en Hollywood se premiaba En el calor de la noche (1967, Norman Jewison) y El graduado (1967, Mike Nichols), el desencanto cobraba forma de “thriller” hiperrealista con un predominio exclusivo de la violencia: prueba de ello son A quemarropa (1967, John Boorman) y Bonnie & Clyde (1967, Arthur Penn). Es en este contexto artí­stico donde Brooks retrató el asesinato, acaecido ocho años antes, de la familia Clutter.


Brooks, queda dicho ya, era un gran guionista, pero con ello no me refiero al uso de la palabra en sí­, sino a la exposición de los momentos que hací­an que la pelí­cula cobrara vida por sí­ misma. Ya sea la arena en los zapatos de la protagonista de El fuego y la palabra o en los “flashbacks” bergmanianos de A sangre frí­a, donde Perry transforma a Dick y una puta mexicana en su madre borracha y adúltera. Narrada siguiendo el trazado firme del libro -únicamente se aligera la última parte por medio de una voz en “off”
del periodista que sigue el caso y que está basado en el propio Capote-, el filme planea entre la iluminación expresionista del genio de la luz Conrad L. Hall y un continuo de rimas encadenadas que hacen avanzar la acción de forma paralela. Brooks oscurece e ilumina allí­ donde es necesario remarcar la dramática ya desde el brillante prólogo en el que una niña se acerca en la oscuridad al asesino sensible Perry Smith. La atmósfera se cierra con la magní­fica banda sonora de un Quincy Jones tras haber consumido una sobredosis de Charlie Parker.

Aunque la gran mayorí­a de espectadores sabe que los asesinatos ocurrieron, se genera una importante dosis de suspense.

A sangre frí­a navega entre el cine negro y el cine de terror. La última sangre frí­a, la que le falta por comentar al editor cuando inquiere a Capote es la de los verdugos. ¿O no es menos el ahorcamiento de los reos como si fueran el último despojo de la miseria humana? Está claro que es diferente la muerte de un inocente que la de un asesino. Pero lo terrible de los hechos ya viene grabado en la novela: la maldad humana no es innata, es educativa, o al menos esa es la conclusión a la que llega Capote. Brooks no es menos incisivo. Smith y Hickock son culpables al margen de la vida que hayan tenido por separado. Ahora bien la respuesta es aún más trágica y pérfida, que por ejemplo, en Bailar en la oscuridad (2000, Lars Von Trier), que no en vano acaba con un plano muy similar al de A sangre frí­a, puesto que si la heroí­na ciega interpretada por Björk es una falsa culpable, Smith y Hickock sí­ lo son. En otras palabras: la pena de muerte justificada es menos cruel que la errónea, pero es igual de despiadada.


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