ACCIDENTE (Accident)

Película estrenada entre 1965-1967

Director: Joseph Losey. 1967. G.B. Color

Intérpretes: Dirk Bogarde (Stephen), Stanley Baker (Charley) Jacqueline Sassard (Anna), Michael York (William), Vivien Merchant (Rosalind), Delphine Seyring (Francesca)



Una joven estudiante de Oxford se ve envuelta en un accidente como consecuencia del cual muere su novio. Desesperada, sólo encontrará consuelo en un sereno y cálido profesor universitario.



Joseph Losey, expatriado estadounidense (perseguido por la “caza de brujas” maccarthysta) que en un estilizado análisis -El sirviente (1963), Modesty Blaise, superagente femenino (1966) y Accidente (1967)-asumió un punto de vista despectivo en su obsesión por mostrar las clases sociales y el sexo en el Reino Unido.

Cuando un accidente de tráfico acaba con la vida de uno de sus alumnos, un profesor de Oxford (Dirk Bogarde) recuerda la relación mantenida con el fallecido. Pero sus recuerdos resultarán ser turbulentos, relatando una serie de perversas situaciones producidas desde el adulterio, la obsesión y la autodestrucción.

Nada es lo que parece y todo tiene su precio. Crí­ticos de alrededor del mundo consideran esta pelí­cula como la más brillante de la trilogí­a de Joseph Losey y Harold Printer (El Sirviente, El Mensajero y Accidente).

En Accidente (que por lo demás se basa en una novela de Nicholas Mosley), Losey por lo visto fue consciente de esa preocupación suya, pues en un momento dado, cuando todos los personajes están juntos celebrando una merienda campestre en la finca de Stephen (Dirk Bogarde), Charley (Stanley Baker) le pide a William (Michael York) que diga lo que hace cada uno de ellos en ese momento. Dice Charley: “Dirí­as que Stephen cuida el jardí­n, Rosalind lee un libro, etc., etc. Pero también podrí­as decir que Rosalind está embarazada, que Stephen tiene un lí­o con una alumna de diecisiete años, etc.”.

Es una manera clara de decirle al espectador eso: que las relaciones y las cosas se pueden mirar de varias maneras y nada es lo que parece. Hombre, tontos no somos y lo podemos ver por nosotros mismos, pero en cualquier caso la escena no es gratuita, sino reveladora, y se asienta bien en la trama de la pelí­cula.

Así­ tenemos a Stephen, que se siente atraí­do por su alumna Anna (Jacqueline Sassard), la cual está empezando a salir con otro alumno, William, pero que mantiene una relación sexual con Charley de la que nadie sabe nada, y así­, mientras Stephen trata de hacer que Anna frecuente su casa con William para tenerla cerca (aunque no da la impresión de intentar seducirla), lo que obtiene es que Charley, al que no conocí­a apenas sea quien se la beneficie en su propia casa durante su ausencia; para más inri, la mujer de Charley, Laura (Ann Firbank) lo descubre antes que nadie y se lo escribe a Stephen en una carta ¡que le lee tan tranquilamente el propio Charley delante de Anna! Aquí­ los personajes -algunos, al menos-viven totalmente ignorantes de lo que hacen los demás. La mujer de Stephen, Rosalind (Vivien Merchant), ignora los deseos de su marido hacia Anna, ignora el que Anna se acuesta con Charley e ignora que el propio Stpehen tiene un lí­o en Londres con una tal Francesca (Delphine Seyrig), “¿Te acuerdas de ella?”, le dice Stephen tan tranquilamente cuando a la vuelta de Londres le cuenta que la ha visto. William, enamorado de su compañera de estudios Anna, es amigo de Stephen e ignora las intenciones de su profesor, y al mismo tiempo ignora que Anna ya se está acostando con el otro profesor, amigo de Stephen, Charley. Anna no parece consciente del interés -romántico, acaso-que Stephen siente por ella y nosotros ignoraremos cómo diantre se ha liado con Charley. De hecho, Charley es el único personaje del filme que por lo visto está al cabo de la calle de todo: se huele lo de Stephen hacia Anna; sabe que es la medio novia de William, y no parece sorprendido de que Laura, su esposa, haya descubierto su adulterio. Cierto, Charley es lo que llamarí­amos… ¿un cí­nico? ¿un fresco? Pero en una pelí­cula en que el resto de personajes se comportan un tanto como si estuvieran en las nubes (Stephen, William) o reservándose sus pensamientos (Anna, Rosalind), Charley parece el tocacojones del barrio: pone los pies sobre la mesa incluso en la biblioteca de la universidad; empieza a comerse la tortilla que Stephen se ha preparado para sí­, aunque antes le ha dicho que no tiene hambre al ofrecerle compartirla (y cuando Anna se lo reprocha se limita a medio encogerse de hombros); juega al tenis de manera vulgar y ordinaria; se presenta por la cara a la fiesta campestre en casa de Stephen (ya hemos visto antes que Stephen no parece sentir mucho agrado de estar en su compañí­a); cuando al descubrir su relación con Anna, Stephen le pregunta si ya se acostó con ella el primer dí­a que la conoció, Charley le contesta asombrado: “¡Pues claro!”… en suma, Charley es un incordio, aunque evidentemente como intelectual que es goza de un evidente prestigio en la universidad (incluso participa en un programa cultural de televisión al que trata de acceder Stephen sin éxito, entre la sorna y el escepticismo del propio Charley).

Así­ pues, ésta es la pelí­cula que mejor perfila ese cine de Losey, esa temática de apariencias equivocadas, de relaciones inexactas, de ocultamientos y fingimientos siempre entre los propios personajes y a veces cara al propio espectador, de manipulaciones más o menos disimuladas.


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