EL BAILE DE LOS VAMPIROS (Dance of the Vampires)

Director: Roman Polanski. 1967. EE.UU. Color

Intérpretes: Jack MacGowran (profesor Abronsius), Roman Polanski (Alfred), Alfie Bass (Shagal), Jessie Robins (Rebecca Shagal), Sharon Tate (Sarah Shagal), Ferdy Mayne (conde Von Krolock), Iain Quarrier (Herbert Von Krolock), Terry Downes (Koukol), Fiona Lewis (doncella)


En una remota aldea de Transilvania, el profesor Abronsius y su atribulado ayudante, Alfred, descubren indicios que parecen demostrar la teoría que les ha llevado hasta allí: la existencia de vampiros. Cuando la doncella de la que Alfred se ha enamorado es raptada misteriosamente, los dos investigadores se lanzan a su búsqueda en las profundidades del castillo del conde Von Krolock, el aristócrata de la zona…





El baile de los vampiros puede considerarse un punto de inflexión tanto en la obra de su director, Roman Polanski, como en el subgénero en que el filme se encuadra, es decir, el vampirismo gótico, muy en especial el vampirismo entronizado por la Hammer (esta película viene a ser una parodia/homenaje al cine de la mítica productora del Martillo, en particular de la película Kiss of the Vampire).

En efecto, en el momento en que Polanski arribó a la industria fílmica inglesa, las producciones Hammer estaban en su apogeo y las historias de vampiros, en concreto, se hallaban en pleno proceso de remodelación: desde el éxito del primer Drácula de Fisher venía cristalizando en este subgénero una cierta tendencia a presentar el vampirismo como un ritual místico más allá de la mera manifestación de una monstruosidad sobrenatural. Así, cuando nuestro director decidió ofrecer su particular visión de las “vampire stories”, no es extraño que decidiera otorgarle a tal tendencia ritual la máxima importancia, consiguiendo ofrecer una visión absolutamente renovadora del molde inmortalizado por Bram Stoker.

Fiel a los esquemas narrativo−visuales implantados desde la Universal, el director juega de esta forma con los espectadores como el conde Von Krolock juega con los protagonistas, llevándolos por un sendero cómodo y conocido hasta adentrarles en su propio terreno: la incursión en el castillo de los vampiros representa, así, la entrada a un universo subterráneo plagado de túneles y recovecos en los que asoma una sorpresa nueva a cada esquina, un juego de equívocos cercano al universo literario de Jan Potocki, en el que el ganador recibe el ascenso a una nueva clase social regida por valores opuestos −o, más bien, invertidos−a los que mueven el mundo exterior.

Tal planteamiento, por desgracia, no se plasma en la pantalla con la brillantez que sería de desear en el realizador de Repulsión o El cuchillo en el agua; probada su habilidad para crear atmósferas opresivas, Polanski sólo necesitaba un éxito comercial para alcanzar su prestigio en el panorama cinematográfico internacional, y el terror gótico parecía el vehículo más lógico y adecuado para ello. Empero, no resulta nada fácil aunar comercialidad y personalidad, escollo que Polanski trató de solventar insuflándoles a las imágenes un notable distanciamiento a través del humor, que constituye tanto una de las grandes bazas como uno de los mayores errores del filme.

El juego de humor/terror, por más adecuado que resulte a los planteamientos teóricos, requiere habilidades narrativas para las que el director polaco aún resultaba bisoño, dando como resultado una frustrante alternancia de momentos brillantes y burdos, que sólo funcionan cuando Polanski maneja el elemento que más conoce −el terror atmosférico−y fracasa estrepitosamente cuando da rienda suelta a la comedia bufa que tanto éxito le proporcionó en sus cortos iniciales, en lugar de un más adecuado tono sofisticado, como demuestran las escasas −pero brillantísimas−escenas en las que fructifica la fórmula, así el ataque en la bañera, la seducción del vampiro homosexual, el baile iniciático, momentos que con toda justicia han pasado a la historia del cine.

A partir de este título, la obra posterior de Polanski se han caracterizado por ese intento de aunar conceptos antitéticos en el mismo plano, dando como resultado altibajos de lo sublime −La semilla del diablo, Chinatown−a lo desastroso −Che?, Piratas−; sólo en la última etapa de su carrera ha sabido olvidarse de sus ínfulas comerciales y otorgar a su cine un toque más personal, más arriesgado, al retornar a los orígenes que llamaron la atención de la crítica, las atmósferas opresivas en las que tan bien se maneja, abriendo así una nueva etapa llena de promesas.

Cuando el productor ejecutivo de la MGM vio la versión  de El baile de los vampiros montada por Polanski, no le quedó ninguna duda: se había imaginado una película totalmente distinta. Por su parte, el director no quiso cambiar ni un solo fotograma- Se imponía llegar a un acuerdo.Y lo hubo. Así, para la versión oficial estrenada en todo el mundo excepto en Gran Bretaña, se eliminaron más de 15 minutos; los dialestos eslavo, alemanes y “yiddisk”. que tanto color conferían a la cinta, se doblaron; la película fue rebautizada y se incluyeron unos cursis títulos de crédito animados. La versión original sólo pudo verse en Inglaterra.

Polanski, un maestro del terror, había llevado a buen puerto un brillante ejercicio de malabarismo:parodiar un género cinematográfico y, al mismo tiempo, realizar una espléndida película que se inscribe en el mismo. El director complace a los aficionados de las cintas de vampiros y, un minuto después, les toma el pelo. Lejos de sentir un excesivo respeto esteticista por el género, Polanski desmantela sin consideraciones un mito popular milenario.

Como suele suceder, años después (bastantes) pudimos ver la copia íntegra.

¿Saben los productores algo más que ganar dinero? ¿Lo saben, realmente?

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