EL EXTRANJERO (Lo straniero, L´étranger)

Película estrenada entre 1965-1967

Director: Luchino Visconti. 1967. Italia-Francia-Argelia. 1967

Intérpretes: Marcello Mastroianni, Anna Karina, Bernard Blier, Georges Wilson



Un empleado francés en Argelia renuncia a defenderse en su juicio por asesinato. Y más que el crimen, su propia vida fue la razón de su ejecución.


“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí­ un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.” Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí­ dos dí­as de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecí­a satisfecho. Llegué a decirle: “No es culpa mí­a.” No me respondió. Pensé entonces que no debí­a haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tení­a por qué excusarme. Más bien le correspondí­a a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial. Tomé el autobús a las dos. Hací­a mucho calor. Comí­ en el restaurante de Celeste como de costumbre. Todos se condolieron mucho de mí­, y Celeste me dijo: “Madre hay una sola.” Cuando partí­, me acompañaron hasta la puerta. Me sentí­a un poco aturdido pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. Él perdió a su tí­o hace unos meses. Corrí­ para alcanzar el autobús. Me sentí­ adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a los barquinazos, al olor a gasolina y a la reverberación del camino y del cielo. Dormí­ casi todo el trayecto. Y cuando desperté, estaba apoyado contra un militar que me sonrió y me preguntó si vení­a de lejos. Dije “sí­” para no tener que hablar más. El asilo está a dos kilómetros del pueblo. Hice el camino a pie. Quise ver a mamá en seguida. Pero el portero me dijo que era necesario ver antes al director. Como estaba ocupado, esperé un poco. Mientras tanto, el portero me estuvo hablando, y en seguida vi al director. Me recibió en su despacho. Era un viejecito condecorado con la Legión de Honor. Me miró con sus ojos claros. Después me estrechó la mano y la retuvo tanto tiempo que yo no sabí­a cómo retirarla. Consultó un legajo y me dijo: “La señora de Meursault entró aquí­ hace tres años. Usted era su único sostén.” Creí­ que me reprochaba alguna cosa y empecé a darle explicaciones. Pero me interrumpió: “No tiene usted por qué justificarse, hijo mí­o. He leí­do el legajo de su madre. Usted no podí­a subvenir a sus necesidades. Ella necesitaba una enfermera. Su salario es modesto. Y, al fin de cuentas, era más feliz aquí­.” Dije: “Sí­, señor director.” El agregó: “Sabe usted, aquí­ tení­a amigos, personas de su edad. Podí­a compartir recuerdos de otros tiempos. Usted es joven y ella debí­a de aburrirse con usted.” Era verdad. Cuando mamá estaba en casa pasaba el tiempo en silencio, siguiéndome con la mirada. Durante los primeros dí­as que estuvo en el asilo lloraba a menudo. Pero era por la fuerza de la costumbre. Al cabo de unos meses habrí­a llorado si se la hubiera retirado del asilo. Siempre por la fuerza de la costumbre. Un poco por eso en el último año casi no fui a verla. Y también porque me quitaba el domingo, sin contar el esfuerzo de ir hasta el autobús, tomar los billetes y hacer dos horas de camino. El director me habló aún. Pero casi no le escuchaba. Luego me dijo: “Supongo que usted quiere ver a su madre.” Me levanté sin decir nada, y salió delante de mí­. En la escalera me explicó: “La hemos llevado a nuestro pequeño depósito. Para no impresionar a los otros. Cada vez que un pensionista muere, los otros se sienten nerviosos durante dos o tres dí­as. Y dificulta el servicio.” Atravesamos un patio en donde habí­a muchos ancianos, charlando en pequeños grupos. Callaban cuando pasábamos. Y reanudaban las conversaciones detrás de nosotros. Hubiérase dicho un sordo parloteo de cotorras. En la puerta de un pequeño edificio el director me abandonó: “Le dejo a usted, señor Meursault. Estoy a su disposición en mi despacho. En principio, el entierro está fijado para las diez de la mañana. Hemos pensado que así­ podrí­a usted velar a la difunta. Una última palabra: según parece, su madre expresó a menudo a sus compañeros el deseo de ser enterrada religiosamente. He tomado a mi cargo hacer lo necesario. Pero querí­a informar a usted.” Le di las gracias. Mamá, sin ser atea, jamás habí­a pensado en la religión mientras vivió. Entré. Era una sala muy clara, blanqueada a la cal, con techo de vidrio. Estaba amueblada con sillas y caballetes en forma de X. En el centro de la sala, dos caballetes sostení­an un féretro cerrado con la tapa. Sólo se veí­an los tornillos relucientes, hundidos apenas, destacándose sobre las tapas pintadas de nogalina. Junto al féretro estaba una enfermera árabe, con blusa blanca y un pañuelo de color vivo en la cabeza. En ese momento el portero entró por detrás de mí­. Debió de haber corrido. Tartamudeó un poco: “La hemos tapado, pero voy a destornillar el cajón para que usted pueda verla.” Se aproximaba al féretro cuando lo paré. Me dijo: “¿No quiere usted?” Respondí­: “No.” Se detuvo, y yo estaba molesto porque sentí­a que no debí­ haber dicho esto. Al cabo de un instante me miró y me preguntó: “¿Por qué?”, pero sin reproche, como si estuviera informándose. Dije: “No sé.” Entonces, retorciendo el bigote blanco, declaró, sin mirarme: “Comprendo.” Tení­a ojos hermosos, azul claro, y la tez un poco roja. Me dio una silla y se sentó también, un poco a mis espaldas. La enfermera se levantó y se dirigió hacia la salida. El portero me dijo: “Tiene un chancro.” Como no comprendí­a, miré a la enfermera y vi que llevaba, por debajo de los ojos, una venda que le rodeaba la cabeza. A la altura de la nariz la venda estaba chata. En su rostro sólo se veí­a la blancura del vendaje. Cuando hubo salido, el portero habló: “Lo voy a dejar solo.” No sé qué ademán hice, pero se quedó, de pie detrás de mí­. Su presencia a mis espaldas me molestaba. Llenaba la habitación una hermosa luz de media tarde. Dos abejorros zumbaban contra el techo de vidrio. Y sentí­a que el sueño se apoderaba de mí­. Sin volverme hacia él, dije al portero: “¿Hace mucho tiempo que está usted aquí­?” Inmediatamente respondió: “Cinco años”, como si hubiese estado esperando mi pregunta. Charló mucho en seguida. Se habrí­a quedado muy asombrado si alguien le hubiera dicho que acabarí­a de portero en el asilo de Marengo. Tení­a sesenta y cuatro años y era parisiense. Le interrumpí­ en ese momento: “¡Ah! ¿Usted no es de aquí­?” Luego recordé que antes de llevarme a ver al director me habí­a hablado de mamá. Me habí­a dicho que era necesario enterrarla cuanto antes porque en la llanura hací­a calor, sobre todo en esta región. Entonces me habí­a informado que habí­a vivido en Parí­s y que le costaba mucho olvidarlo. En Parí­s se retiene al muerto tres, a veces cuatro dí­as. Aquí­ no hay tiempo; todaví­a no se ha hecho uno a la idea cuando hay que salir corriendo detrás del coche fúnebre. Su mujer le habí­a dicho: “Cállate, no son cosas para contarle al señor.” El viejo habí­a enrojecido y habí­a pedido disculpas. Yo intervine para decir: “Pero no, pero no…” Me pareció que lo que contaba era apropiado e interesante. En el pequeño depósito me informó que habí­a ingresado en el asilo como indigente. Como se sentí­a válido, se habí­a ofrecido para el puesto de portero. Le hice notar que en resumidas cuentas era pensionista. Me dijo que no. Ya me habí­a llamado la atención la manera que tení­a de decir: “ellos”, “los otros” y, más raramente, “los viejos”, al hablar de los pensionistas, algunos de los cuales no tení­an más edad que él. Pero, naturalmente, no era la misma cosa. El era portero y, en cierta medida, tení­a derechos sobre ellos. La enfermera entró en ese momento
. La tarde habí­a caí­do bruscamente. La noche habí­ase espesado muy rápidamente sobre el vidrio del techo. El portero oprimió el conmutador y quedé cegado por el repentino resplandor de la luz. Me invitó a dirigirme al refectorio para cenar. Pero no tení­a hambre. Me ofreció entonces traerme una taza de café con leche. Como me gusta mucho el café con leche, acepté, y un momento después regresó con una bandeja. Bebí­. Tuve deseos de fumar. Pero dudé, porque no sabí­a si podí­a hacerlo delante de mamá. Reflexioné. No tení­a importancia alguna. Ofrecí­ un cigarrillo al portero y fumamos. En un momento dado, me dijo: “Sabe usted, los amigos de su señora madre van a venir a velarla también. Es la costumbre. Tengo que ir a buscar sillas y café negro.” Le pregunté si se podí­a apagar una de las lámparas. El resplandor de la luz contra las paredes blancas me fatigaba. Me dijo que no era posible. La instalación estaba hecha así­: o todo o nada. Después no le presté mucha atención. Salió, volvió, dispuso las sillas. Sobre una de ellas apiló tazas en torno de una cafetera. Luego se sentó enfrente de mí­, del otro lado de mamá. También estaba la enfermera, en el fondo, vuelta de espaldas. Yo no veí­a lo que hací­a. Pero por el movimiento de los brazos me pareció que tejí­a. La temperatura era agradable, el café me habí­a recalentado y por la puerta abierta entraba el aroma de la noche y de las flores. Creo que dormité un poco. Me despertó un roce. Como habí­a tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí­ no habí­a ni la más mí­nima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que herí­a los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz encegadora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veí­a como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oí­a y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñí­a la cintura hací­a resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca habí­a notado hasta qué punto podí­an tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquí­simos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí­ en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí­, en torno del portero. Por un momento tuve la ridí­cula impresión de que estaban allí­ para juzgarme. Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veí­a bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecí­a que no se detendrí­a jamás. Los demás parecí­an no oí­rla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguí­a llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocí­a. Hubiera querido no oí­rla más. Sin embargo, no me atreví­a a decí­rselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí­. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: “Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí­ y que ahora ya no le queda nadie”. Quedamos un largo rato así­. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbí­a mucho, luego calló por fin. Yo no tení­a más sueño, pero me sentí­a fatigado y me dolí­a la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oí­a un ruido singular y no podí­a comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tení­a la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos Pero creo ahora que era una impresión falsa. Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí­ los ojos y vi que los ancianos dormí­an amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví­ a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolí­a más la cintura. El dí­a resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupí­a en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debí­an marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les habí­a dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mí­o, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad. Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí­ era completamente de dí­a. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traí­a olor a sal. Se preparaba un hermoso dí­a. Hací­a mucho que no iba al campo y sentí­a el placer que habrí­a tenido en pasearme de no haber sido por mamá. Pero esperé en el patio, debajo de un plátano. Aspiraba el olor de la tierra fresca y no tení­a más sueño. Pensé en los compañeros de oficina. A esta hora se levantaban para ir al trabajo; para mí­ era siempre la hora más difí­cil. Reflexioné un momento sobre esas cosas, pero me distrajo una campana que sonaba en el interior de los edificios. Hubo movimientos detrás de las ventanas: luego, todo quedó en calma. El sol estaba algo más alto en el cielo; comenzaba a calentarme los pies. El portero cruzó el patio y me dijo que el director me llamaba. Fui a su despacho. Me hizo firmar cierta cantidad de documentos. Vi que estaba vestido de negro con pantalón a rayas. Tomó el teléfono y me interpeló: “Los empleados de pompas fúnebres han llegado hace un momento. Voy a pedirles que vengan a cerrar el féretro. ¿Quiere usted ver antes a su madre por última vez?” Dije que no. Ordenó por teléfono, bajando la voz: “Figeac, diga usted a los hombres que pueden ir.” En seguida me dijo que asistirí­a al entierro y le di las gracias. Se sentó ante el escritorio y cruzó las pequeñas piernas. Me advirtió que yo y él estarí­amos solos, con la enfermera de servicio. En principio los pensionistas no debí­an de asistir a los entierros. Él sólo les permití­a velar. “Es cuestión de humanidad”, señaló. Pero en este caso habí­a autorizado a seguir el cortejo a un viejo amigo de mamá: “Tomás Pérez”. Aquí­ el director sonrió. Me dijo: “Comprende usted, es un sentimiento un poco pueril. Pero él y su madre casi no se separaban. En el asilo les hací­an bromas; le decí­an a Pérez: ‘Es su novia.’ Pérez reí­a. Aquello les complací­a. La muerte de la señora de Meursault le ha afectado mucho. Creí­ que no debí­a de negarle la autorización. Pero le prohibí­ velarla ayer, por consejo del médico visitador.” Quedamos silenciosos bastante tiempo. El director se levantó y miró por la ventana del despacho. Después de un momento observó: “Ahí­ está el cura de Marengo. Viene antes de la hora.” Me advirtió que llevarí­a tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el
cura y dos monaguillos. Uno de éstos tení­a el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó “hijo mí­o” y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí­. Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que habí­a cuatro hombres negros en la habitación. Oí­ al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocí­a. “El señor Meursault”, dijo el director. No oí­ el nombre de la señora y comprendí­ solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hací­a pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridí­culo y un anciano de aspecto tí­mido. Comprendí­ que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomí­a. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez. El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habí­amos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tení­a calor con mi traje oscuro. El viejecito, que se habí­a cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me habí­a vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las lí­neas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendí­a a mi madre. La tarde, en esta región, debí­a de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hací­a estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente. Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdí­a terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se habí­a dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendí­a la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí­ que hací­a ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corrí­a por las mejillas. Como no tení­a sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí­. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tení­a en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: “¿Cómo?” Repitió señalando al cielo: “Está sofocante.” Dije: “Sí­.” Poco después me preguntó: “¿Es su madre la que va ahí­?” Otra vez dije: “Sí­.” “¿Era vieja?” Respondí­: “Más o menos”, pues no sabí­a la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba. Me pareció que el cortejo marchaba un poco más de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que habí­a sido arreglada recientemente: El sol habí­a hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundí­an en él y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera reluciente del cochero parecí­a haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotoní­a de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví­ una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que habí­a dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí­. Comprendí­ que Pérez, que conocí­a la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos habí­a reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así­ varias veces. Yo sentí­a la sangre que me golpeaba en las sienes. Todo ocurrió en seguida con tanta precipitación, certidumbre y naturalidad, que no recuerdo nada más. Sólo una cosa: a la entrada del pueblo la enfermera delegada me habló. Tení­a una voz singular, que no correspondí­a a su rostro; una voz melodiosa y trémula. Me dijo: “Si uno anda despacio, corre el riesgo de una insolación. Pero si anda demasiado aprisa, transpira y, en la iglesia, pesca un resfriado.” Tení­a razón. No habí­a escapatoria. Todaví­a retengo algunas imágenes de aquel dí­a: por ejemplo, el rostro de Pérez cuando se nos reunió cerca del pueblo por última vez. Gruesas lágrimas de nerviosidad y de pena le chorreaban por las mejillas. Pero las arrugas no las dejaban caer. Se extendí­an, se juntaban y formaban un barniz de agua sobre el rostro marchito. Hubo también la iglesia y los aldeanos en las aceras, los geranios rojos en las tumbas del cementerio, el desvanecimiento de Pérez (habrí­ase dicho un tí­tere dislocado), la tierra color de sangre que rodaba sobre el féretro de mamá, la carne blanca de las raí­ces que se mezclaban, gente aún, voces, el pueblo, la espera delante de un café, el incesante ronquido del motor, y mi alegrí­a cuando el autobús entró en el nido de luces de Argel y pensé que iba a acostarme y a dormir durante doce horas.”



 



LA NOVELA

En su novela “El extranjero” Albert Camus describe en forma muy detallada la carencia de valores del mundo contemporáneo como consecuencia de la frustración y la desesperanza en la que Europa quedó sumergida después de la guerra. Meursault, el protagonista refleja la filosofí­a del absurdo, la sensación de alienación, de desencanto frente a la vida. El aburrimiento, la cotidianidad lo van haciendo insensible, indiferente y hasta casi despiadado. Parecerí­a que da lo mismo ser de una forma que de otra. Sin embargo, también en la novela se afirman las cualidades positivas de la divinidad y la fraternidad humana.

Considero que la obra debe llevarnos a una profunda reflexión acerca de la importancia de encontrarle un sentido a la vida. La costumbre no debe vencer al hombre, ninguna fuerza extraña debe dominarnos. Fuimos creados libres y con esa libertad debemos superar la cotidianidad, el absurdo, el sin sentido.

Luego de basarme en la biografí­a de Albert Camus pasare al análisis del libro en el que trataré de demostrar como la ausencia de una meta, de un sentido en la vida, llevó a Meursault a tanta indiferencia, a ni siquiera luchar por su vida, a entregarse en el más absurdo y absoluto silencio.

Primera Parte

Capí­tulo I

Los hechos se suceden en Argel. El protagonista, Meursault recibe un telegrama en el que se le informa que su madre ha fallecido. Debe partir hacia Marengo, donde se encuentra el asilo de ancianos, lugar en el que se hallaba su madre. Pide permiso a su patrón y emprende el viaje.

Una vez en el asilo, él esta abstraí­do en sus preocupaciones, se niega a ver el cuerpo de su madre y realiza reflexiones que demuestran su indiferencia ante un hecho de tanta importancia. En lugar de llorar a su madre, de expresarle su dolor, conversa con el conserje, de Paris. Fuma, se mantiene distante con los amigos de su madre que vienen a participar del velorio, le molesta el llanto de una de las mujeres Se duerme. El entierro le resulta pesado, tortuoso por el calor de la jornada. Una vez concluido regresa a Argel con alegrí­a pensando solamente en dormir. Nada hubo en él que expresara aflicción, pesar. Habí­a muerto su madre, sin embargo, todo fue un trámite.

Capí­tulo II

Al despertar y darse cuenta que es sábado, siente el gozo de saber que tiene aun dos dí­as de “vacaciones” y decide ir a bañarse al mar. Se encuentra con Maria Cardona, antigua mecanógrafa de su oficina, por la que habí­a sentido deseos en el pasado. La invita al cine y luego pasa la noche con ella. Habí­an transcurrido pocas horas del entierro de su madre. Sin embargo, no pareció importante. En cambio, a Maria le impresionó, aunque no hizo ningún comentario. El, entendí­a que no era su culpa; ya se habí­a disculpado con su patrón. Con ella no se disculparí­a.

Llega el domingo, describe la gente que pasa por la calle, reflexiona acerca de lo que harán y donde irán y también expresa el aburrimiento que le provoca ese dí­a. Pensó que ya era un domingo menos, que su madre estaba ahora enterrada, que volverí­a a su trabajo. Nada habí­a cambiado. El vací­o que vive es extremo. No hay ninguna expresión de sensibilidad en sus reflexiones. Todo en él acontece como en forma autómata.

Capí­tulo III

Vuelve a su trabajo. Su patrón lo saluda por el luto y le pregunta por la edad de su madre. No la recuerda. Da una edad aproximada. Demuestra aquí­ un gran desamor por ella ¡No saber su edad! Algo extraño, sus afectos no significan mucho, pero si el hacho de que la toalla que utiliza para secar sus manos, esté húmeda por la tarde. Sale a almorzar con un amigo, duerme un poco y luego regresa a la oficina. Al regresar a su casa, se encuentra con Salamano, un vecino viejo que tiene un perro sarnoso. Describe la relación entre ambos. A continuación se encuentra con Raymond Sintes, un segundo vecino que lo invita a comer algo en su habitación. Acepta para no tener que cocinar. Raymond le cuenta una historia que ha vivido con una amante. Lo escucha pero casi sin interesarse por el relato. Por eso, cuando Raymond le pide consejo, le responde con oraciones breves y ante la propuesta de escribir la carta, responde afirmativamente de la misma forma que hubiera rechazado. Le era indiferente hacerlo o no. No le molestaba. Una vez terminada, vuelve a su departamento y escucha gemir al perro del viejo Salamano.

A Meursault le daba lo mismo ser su camarada que no serlo. Total imparcialidad.

Capí­tulo IV

Trabajó mucho toda la semana. Fue dos veces al cine con Emmanuel. El sábado va nuevamente a la playa y pasan la noche juntos. El domingo almuerzan juntos. Sienten una discusión en la habitación de Raymond. Allí­ le cuenta a Maria la historia del amante del vecino. Termina interviniendo la policí­a. Él, debe salir de testigo, afirma que le “da lo mismo” aunque no sabí­a que debí­a decir. Cuando regresan se encuentran con Salamano que habí­a extraviado su viejo perro. Su consuelo hacia el vecino es muy técnico, soló hace mención a la actitud de la perrera. No es capaz de captar la soledad y el dolor de Salamano.

Capí­tulo V

Un dí­a en el que recibió varias propuestas: Raymond lo invita a pasar el domingo en una cabaña en la paya de un amigo, cerca de Argel. El patrón le propone enviarlo a una oficina que instalará en Paris. Meursault expresa que le da igual. Ante la pregunta de su jefe si no le interesa un cambio de vida, responde que nunca se cambia de vida, que todas valí­an lo mismo He aquí­ la absoluta indiferencia. Su jefe observa que jamás responde directamente que no tiene ambiciones

Por la tarde Maria le pregunta si querí­a casarse con ella. Nuevamente la respuesta es: “me da igual”. No hay en él “sí­” o “no”. Pareciera que nada tiene sentido, nada le importa lo suficiente como para jugarse en una decisión personal única y responsable. Maria lo ama y se lo dice; él ciertamente no la quiere y lo dice. Para él, el matrimonio no es cosa seria. Pero si ella desea casarse él lo harí­a cuando ella lo disponga.
Cena en lo de Celeste, una extraña mujercita se sentó a su mesa, pidió la cena y extrajo una revista radiofónica en la que marco las emisiones. Esto le llamo la atención a Meursault. Por ello al salir ella, él como no tení­a nada que hacer, salió también y la siguió. Termino por perderla entonces, volvió a su casa, encuentra a Salamano desolado por la pérdida de su perro. Habla con él, lo escucha, se aburre pero como no tiene nada que hacer, ni sentí­a sueño, se queda con su vecino. No es el afecto ni la preocupación del otro lo que lo hacen quedar con Salamano. Sólo el poder dejar pasar las horas.

Capí­tulo VI

Llego el domingo. Raymond, Maria y él marchan hacia la cabaña de la playa de Masson. Al salir, enfrente habí­a un grupo de árabes, entre ellos estaba el hermano de la joven a la que Raymond golpeo. Sin embargo, no les dieron importancia. Siguieron su camino. Se bañan, almuerzan y luego los tres hombres salen a caminar. Se cruzan con dos árabes, que vienen tras Raymond a vengar la paliza que le dio a su amante. Raymond es herido. Lo llevan a un medico. Nuevamente vuelve a salir con Meursault y se encuentra otra vez con los árabes Raymond saca un arma pero no la dispara. Meursault se la pide. Regresan, pero él no quiere encontrarse con las mujeres y decide seguir caminando. El sol le molestaba, el calor lo sofocaba. Encuentra al árabe que hirió a Raymond, le muestra su cuchillo y él dispara. Meursault comprende que destruyó el equilibrio del dí­a. Por primera vez un domingo fue diferente para él. Habí­a sido feliz. Disparo cuatro veces más sobre el cuerpo y reconoce que así­ llama a la puerta de la desgracia.

Segunda Parte

Capí­tulo I

Es llevado a un juez de instrucción e interrogado. No habí­a escogido abogado, le enví­an uno. El abogado decide ayudarlo, pero Meursault, absolutamente sincero le afirma que perdió la costumbre de interrogarse, de reflexionar. Todo porque su abogado le pregunto si sintió dolor el dí­a del entierro de su madre. Los instructores saben de las muestras de insensibilidad de ese dí­a y harán hincapié en ello el dí­a del juicio. El abogado no logró convencerlo de decir que ese dí­a habí­a reprimido sus sentimientos naturales. Al poco tiempo, compadece nuevamente ante el juez. El juez buscaba el arrepentimiento de él, pero ni siquiera ante el crucifijo, se conmovió. Afirma no creer y más que culpable o arrepentido se confiesa aburrido.Las visitas del juez continuaron, pero él no le prestaba atención, estaba cansado de contar siempre lo mismo.

Capí­tulo II

Maria lo visita por primera y única vez ya que se lo prohibí­an por no ser su mujer. Allí­ comienza a sentir que está prisionero.

Aquí­ describe las sensaciones que siente en la prisión: la falta de una mujer, la prohibición de fumar, la falta de libertad. Reflexiona sobre el paso del tiempo estando encerrado. Por primera vez, algo parece importarle. Es el castigo, pero, confiesa no sentirse desgraciado. El único problema era matar el tiempo y para ello comenzó a recordar. Así­ terminó por no aburrirse.

Confiesa que con las horas de sueño, los recuerdos, la lectura de una historia seca y la alternancia de la luz y la sombra discurrió el tiempo. Habí­an pasado cinco meses.

Capí­tulo III

Comienza su juicio. El abogado le informa que no es el más importante porque hay otro caso: homicidio. Este último concentró la atención de los periodistas, por ello hay mucha gente. Al entrar al juzgado le da la sensación de estar en un club. Todos se conocen, se saludan; él se siente un intruso, pero está tranquilo. Hasta que escucha los nombres de los testigos: el director y el conserje del asilo, Raymond, Massou, Salamano, Maria. Comienza a ser interrogado por el fiscal que hace hincapié en el tema de la madre, porque la llevó al asilo Luego se les toma testimonio al director y al conserje del asilo. Ambos hablaron de su negación a ver el cuerpo, que no lloró, que se fue inmediatamente después del entierro sin recogerse ante su tumba, ni siquiera sabí­a la edad de su madre. El fiscal ante estas respuestas experimento una sensación de triunfo. Meursault se da cuenta que las cosas no van resultando a su favor porque no soló se lo juzga por su crimen sino también por no haber sido un buen hijo. Maria, Massou, Raymond, testimoniaron destacando sus cualidades, pero el fiscal se mantuvo en la misma lí­nea: desacreditarlo.

Capí­tulo IV

Continúa el Juicio. El protagonista siente que se habla más de él que de su crimen. Se realizan los alegatos del fiscal y el abogado defensor. El fiscal insiste en que jamás lamentó haber asesinado al árabe. Meursault piensa que él jamás lamentó nada verdaderamente. Cuando el presidente del tribunal le pregunta si desea decir algo, expresa que no tuvo intención de matar al árabe, que todo fue por causa del sol. Todos rieron en la sala. El alegato del abogado defensor fue menos efusivo. El tribunal se retira de la sala. Delibera. Regresa y se da la sentencia: culpable de asesinato. Serí­a decapitado en una plaza pública y en nombre del pueblo francés.

Capí­tulo V

Por tercera vez se niega a recibir al capellán, no tiene deseos de hablar.

Tan solo piensa en las posibilidades que se le presentan para volver a la libertad, pero se focaliza sobre todo en dos cosas: el alba y su petición de indulto. Paso sus noches esperando esa alba en la que lo ejecutarí­an. Cuando el amanecer pasaba y seguí­a vivo, reflexionaba sobre el indulto. Deseaba obtenerlo pero también se imaginaba que la petición era rechazada y todo volví­a a comenzar.

Finalmente el capellán entra en su celda e intenta explicarle porque necesita el consuelo de Dios. Él, sigue firme en su incredulidad y sostiene que todos estamos condenados a muerte, por lo que ese consuelo no tiene sentido, llega a molestarse mucho y a tomar al sacerdote por el cuello. Intervienen los guardias. El capellán lloró por él. Meursault recuperó la calma cuando éste se fue. Agotado, se dejo dormir. En el lí­mite de la noche, las sirenas sonaron. Anunciaban su ejecución. Por primera vez, pensó en su mamá y se abrió “a la tierra indiferencia del mundo”. Deseaba la presencia de muchos espectadores que lo acogieran con gritos de odio.

Conclusión

Queda claro que a todos siempre les llamó la atención la conducta, el proceder de Meursault. A su jefe cuando le ofrece trasladarlo a Paris y no se alegra. A Maria el hecho de que al dí­a siguiente al entierro de su madre, vaya a bañarse, la invite al cine Al director y al conserje que no llore no quiera ver el cuerpo de su madre

Todas actitudes que denotan indiferencia, insensibilidad, desamor.

Meursault es el fin reflejo del aburrimiento, la decidí­a, el absurdo. Todo su proceder es casi inhumano. Parece aceptar la vida, el devenir como algo automático. La cotidianidad lo va socavando en su humanidad, en su dignidad. Su descreimiento, su falta de arrepentimiento, la carencia de valores todo en él, es un despropósito. El fiscal exploto al máximo sus errores para obtener la condena.

Más que el crimen, su propia vida fue la razón de su ejecución.

 

En general, la crí­tica valoró a El extranjero como una de las cintas más mediocres de Lucchino Visconti. Yo no estoy de acuerdo y logro entenderlo de alguna manera. Personalmente, como novela me resultó una de las mejores que he leí­do en mi vida. Como pelí­cula me pareció fiel a la. La difí­cil interpretación de Mastroianni, me resultó inmensa. No podí­a pensaren otros actores al releer la novela, En fin, para los gustos están los colores


 


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina