EL SILENCIO DE UN HOMBRE (Le samouraͯ)

Película estrenada entre 1965-1967

Director: Jean-Pierre Melville. 1967. Francia-Italia. Color

Intérpretes: Alain Delon (Jeff Costello), Franí§ois Périer, (comisario), Nathalie Delon (Jeanne), Cathy Rosier (Valérie), Jacques Leroy (asesino), Michel Boisrond (vienés), André Salgues (mecánico)


La historia de un hermético y frí­o asesino a sueldo protagonizada por toda una estrella como Alain Delon supuso uno de los tí­tulos más importantes del cine negro francés de todos los tiempos, obteniendo excelentes crí­ticas.

Me atraen especialmente las descripciones serias y oscuras de los asesinos, las extrañas miradas que entrecruzan esos sicarios de guantes blancos y gabardina triste con esas mujeres noctámbulas.

En un principio me fue difí­cil entrar en la pelí­cula, pero, pasados los primeros minutos, me absorbió por completo. Se lo tengo que agradecer a un guión la mar de intrigante, a una dirección que sabe transmitir a la perfección el frí­o ambiente de pesadilla por el que se mueven los personajes, a unos actores que cumplen con seriedad, a la fotografí­a. La música fue lo más flojo, aunque tiene sus buenos momentos.

Es evidente que se encuentra entre los clásicos de cine negro que más influencia han tenido. La muestra más reciente de ello la encontré no hace mucho en Ghostdog, de Jim Jarmusch, que aborda una historia y unos personajes similares con más desenfado, pero con mucha menos tensión.

Radiografí­a de La soledad


Durante los primeros nueve minutos de la pelí­cula reina el silencio. Una habitación barata con sólo dos ventanas, por las que se cuela una tenue luz. Un pájaro canta monótonamente. El humo azulado que se eleva hacia el techo nos hace fijarnos en un hombre que fuma tumbado en la cama “Alain Delon). Finalmente se levanta y acaricia una jaula para pájaros con un puñado de billetes doblados por la mitad. A continuación, esconde el dinero, se pone la gabardina y se sube el cuello. Ante el espejo, se coloca el sombrero de forma que el ala le oculta el rostro y sale del piso. Ya en la calle se sube a un automóvil Citroí«n, saca un manojo de llaves y prueba unas cuantas. Arranca el motor y se marcha. En un triste suburbio parisino, entra en un pequeño garaje. Un mecánico baja la puerta inmediataente, coloca una matrí­cula nueva en el coche, y le entrega documentos, dinero y una pistola, que coge a toda prisa. Acto seguido el hombre del sombero se dirige a un bloque de apartamentos y se acerca a una puerta. Abre una mujer rubia (Nathalie Delon), que pronuncia la primera palabra de la pelí­cula: “Jeff”.

Este principio silencioso no deja lugar a dudas acerca del oficio del protagonista: el asesinato. En efecto, la gabardina, el sombrero, el fajo de billetes y el armason los artilugos cinematográficos del asesino profesional. La pelí­cula de Jean-Piere Melville nos introduce con admirable eficacia en el sombrí­o mundo del protagonista.

Melville basó su pelí­cula en una cinta -interpretada libremente- del Libro del samurái: “No hay mayor soledad que la del samurái, pues es la del tigre en la jungla”. Jeff Costello, el “samurái” de la pelí­cula es un solitario francamente autista, como demuestra metafóricamente el pájaro enjaulado que tiene en su apartamento. El estúpido piar del animal refuerza el silencio total en el que vive su dueño, pero además le proporciona a su soledad un matiz de obligatoredad casi enfermizo. Sus gestos nos dan la impresión de estar estudiados, y repetidos miles de veces. Claramente, su mudo automatismo despojado de sentimientos no permite ningún fallo; cuando una hermosa automovilista se detiene junto a él en un semáforo y lanza al sicario una mirada insinuante, él no se inmuta. Impasible, mira hacia delante.

La relación de Jeff Costello con su novia Jeanne  (Nathalie)  esposa de Delon en aquella época, también se inscribe en este patrón. Cuando va a visitarla a su apartamento al principio de la pelí­cula, es por motivos estrictamente profesionales: necesita una coartada para un asesinato de encargo, algo que ella le proporciona con solicitud, pero sin hacerse ilusiones. Sus palabras son: “Me encanta que vengas a verme. Eso significa que me necesitas”.

Costello trabaja con una frí­a precisión. Este filme sigue considerándose hoy como uno de los favoritos de innumerables cineastas, además de haber influido notablemente en un gran número de ellos.

Cuando se habla de cine francés, la gran mayorí­a sacan a la palestra directores como Franí§ois Truffaut, Eric Rohmer, Robert Bresson, Claude Chabrol y otros, en su mayorí­a de la “nouvelle vague”, pero existen directores que han sido injustamente con el tiempo semiolvidados y claramente infravalorados por algunas voces crí­ticas, a la memoria me vienen por ejemplo Henri-Georges Clouzot o Jean-Pierre Melville. Vamos a recordar a uno de los mejores Melville.

últimamente he revisionado El silencio de un hombre (Le Samouraí¯), joya francesa, dirigida y coescrita por Jean-Pierre Melville en 1967, y que con el tiempo se ha convertido en una de las obras maestras del cine policí­aco e incluso en una “pelí­cula de culto”.

Entre otras cualidades, El silencio de un hombre es un poema desgarrador del hombre solo. Es también, y ante todo, una cinta policiaca.

Melville nos muestra un filme de género negro a la vieja usanza, pero a la vez dotándolo de cierta modernidad, de dinamismo, del toque caracterí­stico del maravilloso polar francés, y nos narra el camino de un samurái urbano hacia su propia muerte, que no entiende de códigos, excepto del suyo propio, en unas calles deshabitadas, en un entorno solitario, con “femmes fatales”, “night clubs” y con un personaje principal que apenas habla, sin aparentes sentimientos, que vive para ello y que solo entiende su propia justicia y pensamiento.

Jean-Pierre Melville era un autentico fan de la “cine noir” norteamericano de los 30 y posteriores, filmes como La mujer del cuadro, Perdición, Hampa Dorada, Al rojo vivo, Laura, Los violentos años 20, etc , han influenciado lógicamente en su obra, nada más hay que comprobar el nombre del personaje de Delon (Jeff Costello) un nombre imposible para un parisino natural de Francia.

A su vez, Melville entre otros realizadores, ha servido de profesor cinematográfico mediante sus obras a una generación de cineastas asiáticos destacables, como pueden ser Johnnie To, John Woo (en su etapa hongkonesa), Kim Jee-Woon, Park Chan-Wook o Wong Kar Wai.

Alain Delon realiza una interpretación, en mi opinión, colosal, se come la pantalla, realmente nos creemos su creación, la de un hombre insaciable, implacable pero honorable. Un aunténtico asesino pero con astucia y saber. Los demás actores y actrices están muy convincentes.

No cabe duda de que este Jeff Costello nos recuerda a ese Chacal interpretado por Edward Fox en el filme Chacal (1973, Fred Zinnemann), en muchos de los aspectos.

Y es que da absoluto gusto ver todas esas escenas de Delon en el coche bajo la lluvia, en el puente con el encuentro con el socio, la entrada en su casa tras el paso de la policí­a, esas escenas en la casa de la pianista, etc

El guión es muy bueno y la dirección adecuada, llena de “travellings”, de planos secuencia, de picados y contrapicados, un sinfí­n de buení­simos planos orquestados por Melville
de manera indudablemente ejemplar, y con un final redondo.

También es fantástico el tratamiento interno del protagonista (Costello), el personaje del oficial de policí­a, un tipo que es capaz de vender lo que sea para conseguir meter entre rejas a Costello, usando incluso trampas con su novia, y por último fabuloso también el personaje de la pianista, un personaje que realmente también anda en ese mundillo oscuro y peligroso y que en el fondo podemos pensar que se siente atraí­da por Costello.

Si hay algo que destaque en el filme (entre otras muchí­simas cosas) es ese excelente final, minimalista, con ese revólver sin balas, la “femme fatale” mirando el cuerpo de Costello. Magní­fico final, me recordó a esos finales de Hitchcock que se acababan justo en el punto perfecto (por ejemplo recuérdese Frenesí­).

No hay que perderse otra pelí­cula espléndida de Melville: El cí­rculo rojo (1970) de nuevo con Alain Delon.

En definitiva, El silencio de un hombre es una obra maestra del cine, una de las cumbres del cine francés y en mi humilde opinión una pelí­cula de obligado visionado para el aficionado.


Alain Delon en el papel de su vida y Melville en la cima de su carrera. Narrada con una precisión maravillosa y un sentido del ritmo absolutamente irreprochable, es la plasmación perfecta en celuloide de un argumento extraordinario, con el personaje de Delon a la cabeza: un tipo frí­o, hiératico, solo -ese pájaro-, pero generoso y agradecido, un tipo que se mueve como ese metafórico y solitario tigre de la selva para ejecutar sus “trabajos”. El silencio de un hombre es puro cine, cine negro esplendoroso, una arrebatadora obra maestra, una pelí­cula irrepetible, de un magnetismo vibrante, particularí­simo, embaucador hasta las ví­sceras. Realmente antológica.


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