FAHRENHEIT 451

Película estrenada entre 1965-1967

Director: François Truffaut. 1966. G.B. Color
Intérpretes: Oscar Werner (Guy Montag), Julie Christie (Clarisse/Linda Montag), Cyril Cusack (El Capitán), Anton Diffring (Fabian/Director de Escuela)

Fahrenheit 451 es la temperatura a la que arde el papel de los libros. Guy Montag, un disciplinado bombero encargado de quemar los libros prohibidos por el gobierno, conoce a una revolucionaria maestra que se atreve a leer. De pronto, se encuentra transformado en un fugitivo, obligado a escoger no sólo entre dos mujeres, sino entre su seguridad personal y su libertad intelectual.


Montang es un bombero cuya paradójica misión es la de quemar libros. La gente ha de vivir feliz a cualquier precio, y la ignorancia es lo mejor para ser feliz. Esta película pronostica con pesimismo apocalíptico, lo que los elevados índices de audiencia televisivos vienen indicando de un tiempo para acá: como el analfabetismo siga en aumento, los libros tienen los días contados.
La novela (1953) Considerada la obra maestra de Ray Bradbury, retrata una sociedad futurista en la que el cuerpo de bomberos quema viviendas y bibliotecas para destruir los libros y evitar que la gente tenga un pensamiento independiente. Fahrenheit 451 (equivalente a 233¬∞C) recibió ese título porque la novela menciona que a esa temperatura se quema el papel.

Los abogados hollywoodenses de la Universal querían que no se quemaran los libros de Faulkner, Sartre, Proust, Genet, Salinger, Audiberti…: “Limítese a los libros que pertenezcan al dominio público”, dicen por temor a eventuales procesos. Eso sería absurdo. He consultado a un abogado de Londres que afirma: “Ningún problema. Tiene usted todo el derecho de citar todos los títulos y autores que quiera”. Habrán tantas citas en Farenheit 451 como en los once filmes de Godard juntos… Sólo hoy me he dado cuenta de que es imposible dejar caer los libros fuera de cuadro en esta película. Debo acompañar su caída hasta el suelo. Los libros son aquí personajes, y cortar su trayecto equivale a dejar fuera de cuadro la cabeza de un actor. Notaba que algunos planos de la película eran malos desde el principio y ahora comprendo que era a causa de esto.” (François Truffaut)

Fahrenheit 451 es la temperatura de ignición del papel. Truffaut adaptó la célebre novela fantástica homónima de Ray Bradbury en la que se planteaba un fascinante y tristísimo futuro en el que los bomberos eran sustituidos en su misión de apagar fuegos para encenderlos y quemar los libros. Es un planteamiento en el que hay una nueva Inquisición moderna que destruye los libros y, sin embargo, apoya el advenedizo mundo audiovisual: a veces, casi siempre, tan pobre, tan estúpido, tan soez, tan inculto.
Pudiera parecer una película atípica y ajena a Truffaut pero no es así, puesto que, al fin y al cabo, lo que plantea y de lo que trata la película es del mundo de la Cultura, de la que el cineasta francés estaba notablemente preocupado. Tanto el libro de Bradbury como la película de Truffaut no afirman que vaya a existir o que siquiera sea íinimamente posible un mundo sin libros, a través del cual habría una presunta igualdad entre los humanos, porque nadie sería superior a nadie y obnubilados por el mundo audiovisual lo que efectivamente se produciría sería una igualdad en la estupidez -camino de ello vamos, sin ser tan a rajatabla-, lo que se plantea y que, quizás aterciopeladamente sí está ocurriendo, es el hecho de que el mundo de los libros y de la lectura quede reducido, absorbido o minimizado pro el nuevo universo audiovisual.
No es una película memorable ni siquiera un clásico, pero sólo por la condición de su maravilloso argumento y por el cineasta que la dirigió es una obra muy interesante.
Lo que sí sería precioso sería la existencia de esos imprescindibles y sacrificados hombres-libro que memorizan libros, puesto que eso sí que no se puede quemar.

Fahrenheit 451 no deja indiferente a nadie, y no se puede dudar de su originalidad, tanto a nivel estético como temático y argumental. Claramente clasificada en el género de ciencia-ficción, su estética con toques bizarros y su argumento tan original como surrealista tratan en sí de criticar la supremacía de lo audiovisual, la manipulación ,la sinrazón de algunas leyes de ciertos estados y la imposición de barreras a todo aquello que otorgue conocimientos y, por consiguiente, sabiduría. La interpretación de los actores transmiten lo que transmite la película en sí, fascinación por lo raro, curioso y surrealista.
Se percibe constantemente la utilización de filtros, y el color rojo constante, a pesar de concordar con la película y el fuego, quizá llegue a cansar.
Es de esas arriesgadas películas que pueden gustar muchísimo o ser profundamente detestadas, y rara vez se encuentran opiniones de término medio, neutrales o ambiguas. Recomendada a los amantes del cine bizarro, colorista y arriesgado. El estado imaginario donde se desarrolla el filme prohíbe la lectura hasta el punto de obligar a la quema de todos los libros existentes; por suerte, en el mundo aun está permitido filmar y visualizar películas como ésta, ya que si los gobiernos obligaran a su quema, posiblemente el mundo sería menos mágico e imaginativo. Interesante película.

Uno de los fenómenos más desconcertantes e irritantes del sistema capitalista es esa capacidad que parece tener para absorberlo todo -incluida la crítica más lúcida y feroz que se le pueda hacer- como si de una bayeta se tratase. Cuando la mierda amenaza con volverse demasiado visible se saca la bayeta y se frota la sucia superficie de la realidad, limpiando aquello que enturbia el alegre colorido de los baldosines y que habla de la verdadera suciedad, la que se esconde entre las grietas de este edificio llamado capitalismo. Se limpia la superficie y después basta con exprimir la bayeta, expulsando como agua sucia al cubo de los derrotados de la historia a aquellos que alzan la voz para nombrar la auténtica podredumbre. Los baldosines quedan resplandecientes de nuevo, pero la mierda sigue estando ahí, oculta por el brillo de los muebles siempre nuevos y de los resplandecientes aparatos eléctricos.
La historia, por desgracia, nos habla de la derrota continua de la revolución. Derrota continua, pero nunca completa, pues siempre podremos encontrar una luz en el pasado que nos ilumine lo suficiente para orientarnos en la oscuridad y lograr encontrar la salida del túnel en el que nos hallamos. Pero el poder es consciente de ese potencial que se esconde en el pasado y no puede tolerarlo, por eso, la mejor estrategia para evitar el resurgimiento de la crítica radical y revolucionaria consiste en la recuperación de esa misma crítica, domesticándola, adelantándose a sus posibles herederos para desalentarlos, desorientarlos y poder presentar así la derrota como inevitable. La recuperación desarma al pasado de su contenido emancipatorio y lo reduce a mera anécdota, a folklore. Gracias a esa capacidad del capitalismo de fagocitarlo todo podemos ver a Durruti convertido en el protagonista de una sosa novela negra, a los anarquistas españoles presentados como defensores de la democracia, a los surrealistas reducidos a un grupo de poetas y artistas o a Debord y los situacionistas pintados como unos bohemios que dejaban pasar la vida por las calles de París. Se trata de derrotar de nuevo a los eternos perdedores, que son además burlados al ser utilizados para justificar y reforzar aquello contra lo que lucharon.
Esa recuperación no consiste tanto en alterar la historia como en dar la versión de la misma que mejor se avenga a los intereses del orden dominante. Nadie puede negar que Durruti fue un moderno bandolero, un aventurero del que podrían hacerse películas al gusto de Hollywood -que ya hizo una película inspirada en el guerrillero anarquista Quico Sabaté, convenientemente expurgada de los elementos incómodos- con solo cambiar algunos escenarios y diálogos. Pero Durruti era mucho más que eso, era un gigante con un corazón que no le cabía en el pecho, era un luchador, un anarquista, una persona que entregó su vida a la tarea de destruir este mundo para construir uno nuevo sobre sus ruinas. Nosotros lo sabemos y ellos lo saben y la mejor forma de neutralizar el potencial emancipatorio que tiene su figura es convertirlo en objeto de esa historia vacía que nos venden los historiadores profesionales o en un fetiche revolucionario cuya memoria queda reducida a la añoranza de unos tiempos que no volverán. La vida y obra de Durruti quedan convertidas, por obra y gracia del capitalismo contra el que luchó, en una bonita canción o en una novela de aventuras con buenos y malos que nos hablan de tiempos en los que la lucha tenía sentido, hoy ya no lo tiene, nos aseguran, mintiendo y esperando que la mentira se convierte en verdad algún día. Para evitar que esa realidad pueda llegar a ser tal debemos mirar a la historia. La verdadera tarea del historiador es dar un “salto de tigre al pasado” y traer de vuelta a Durruti, no para reeditar sus gestas, pues la nostalgia nunca es revolucionaria, sino para escuchar su voz grave y tomar la mano que nos tiende desde el pasado rompiendo el continuum de la historia, vengándole a él y a todos los derrotados de la única forma en que puede hacerse, creando ese mundo nuevo ahora.
El poder siempre camina unos pasos por delante de sus críticos, por lo que ya conoce el terreno que éstos tienen todavía por delante y puede así adelantarse a sus movimientos. De ese modo, la recuperación se inicia antes de que los revolucionarios puedan siquiera haber llegado a agotar las posibilidades de su crítica y de su pulso al capitalismo. Eso es lo que le sucedió a las ideas de la Internacional Socialista. Hace ya muchos años que los socialistas fueron convertidos en objeto de museo, en protagonistas de libros que no suelen aportan nada más que autocomplacencia y nostalgia, hasta el ingobernable Debord es citado y alabado por sujetos a los que no ocultó su más profundo desprecio mientras estuvo vivo. Pero no se puede dejar de anotar que el proceso de recuperación de los socialistas comienza muy pronto, aunque ese proceso se haya acelerado en las últimas dos décadas. Ya en su época de mayor esplendor, a finales de los años sesenta del pasado siglo, se daban los primeros pasos hacia esa recuperación, la disolución de la IS fue una medida para tratar de combatir esa recuperación, pero no la pudo evitar.
Esa domesticación del potencial revolucionario de las teorías socialistas tuvo uno de sus puntos álgidos en vida del propio Debord y éste tuvo su parte de responsabilidad al colaborar en el documental de Canal + Guy Debord, son art et son temps, quizás la única concesión que hizo en su vida al sistema al que tanto combatió y despreció, pero que fue un paso más en ese proceso de recuperación de sus ideas y, sobre todo, de neutralización de su legado. Fue el gran error -no el único, desde luego, pero sí el único que de verdad se le puede reprochar- de uno de esos personajes extraños de la historia, extraño porque jamás se vendió -el documental pudo ser un error, pero nunca fue una traición a sus ideas-, y no hay elogio mayor que se le pueda hacer, viendo como han acabado tantos otros, incluidos muchos de sus antiguos camaradas de la IS. Debord no llegó a ver estrenado el documental, se suicidó unos meses antes y una pregunta flota en el aire: ¿fue ese su último gesto de coherencia y de radical libertad? Es posible, pues nunca escondió su pesimismo, pero a pesar de todo y aun si fuese cierto eso, su vida y su acciones nos hablan antes que nada de “organizar el pesimismo” tal y como decía Walter Benjamin, otro pesimista que no quiso dejarse arrastrar por ese pesimismo, sino dotarlo de significado, aunque también él acabase suicidándose. Y citar a Benjamin junto a Debord no es casual, ambos tenían mucho más en común que el hecho de que acabasen suicidándose, su visión lúcida todavía nos asombra, iluminando los oscuros callejones de un sistema que aparenta -sólo aparenta- no tener salida. Ser consciente de las derrotas que jalonan la historia no supone dejarse llevar por el desencanto, sino todo lo contrario, preparar el camino para la superación de esa historia.
La disolución de la crítica situacionista en el batiburrillo interesado de las vanguardias, del arte experimental o de la crítica de los mass media cruza ahora a este lado de los Pirineos -todo llega tarde aquí-, cuando en Francia hace ya mucho que tomó impulso. En los últimos meses una pequeña avalancha de publicaciones de y sobre la IS ha llegado a los estantes de las librerías, aunque no todas tengan, evidentemente, las mismas intenciones. Lo único que les une es que reflejan el creciente interés que despiertan las teorías situacionistas. Entre esas publicaciones podemos encontrar el afán puramente arqueológico y comercial de editoriales como Anagrama, publicando libros como la novela Todos los caballos del rey de Michèle Bernstein o un conglomerado de textos de Debord, El planeta enfermo, publicitados como inéditos en castellano aunque no lo sean. Estos textos, a pesar de su incontestable valor crítico, sólo sirven a los intereses recuperadores de aquella teoría crítica presentándola como algo muerto, como una reliquia de aquel glorioso mayo francés cuyo eco parece no apagarse nunca. Las razones de su publicación no son las de avivar las llamas de la revolución, sino los beneficios económicos, pues siempre habrá unos cuantos que compren esos libros, aunque sólo sea por interés bibliográfico e historiográfico -me incluyo en esa lista- y, sobre todo, el dotar a Anagrama de un prestigio como editorial de “vanguardia” y “comprometida”, engañando así a aquellos que se quieran dejar engañar, puesto que si tuviese el más mínimo interés en llevar cabo una tarea editorial crítica mejor haría publicando libros que aportasen argumentos para un debate sobre las condiciones del mundo en el que vivimos, actualizando la crítica del mismo. Es más fácil, menos arriesgado y mucho más rentable vendernos las ilusiones de revoluciones pasadas que apostar por la dura tarea de preparar las condiciones para un nuevo combate.
En una línea radicalmente distinta, en la de repensar lo que supuso la crítica socialista y las consecuencias que podemos extraer de su derrota, se inscriben dos libros aparecidos también en los últimos meses. No voy a hacer una reseña de los mismos, simplemente los cito para destacar la labor crítica de unos pocos que no se conforman con mirar con nostalgia al pasado sino que lo interpelan para buscar en él el aliento que nos permita iniciar un nuevo asalto. El primero de ellos En el caldero de lo negativo, de Jean-Marc Mandosio, lleva a cabo una crítica de las limitaciones teóricas y prácticas que tuvo la Internacional Socialista y que propiciaron tanto su fracaso como la posterior recuperación de sus ideas, siendo su objetivo la actualización de esa crítica y su superación, conservando en la mochila el legado valioso que aún conservan muchas de las ideas de los socialistas. El segundo, Historia de un incendio. Arte y revolución en los tiempos salvajes. De la Comuna de París al advenimiento del punk, de Servando Rocha, es, tal y como dice su subtítulo, una historia de la relación entre arte y revolución a lo largo del último siglo y medio, historia en la que los socialistas tienen un destacado papel. Esta historia, que rastrea en “los asaltos que se ejecutan en ella y a través de ella”, se inscribe en la concepción que busca en la tradición de los oprimidos ese pacto secreto entre el pasado y el presente que permita romper con la marcha inexorable de la historia. El historiador no debe limitarse a narrar la triste historia de aquellas derrotas, sino dotarlas de significado para la construcción del ahora, propiciando la oportunidad para un nuevo asalto. Esa es la tarea del historiador que se tenga por revolucionario. Este libro nos da pistas sobre ello, tejiendo un fino pero resistente hilo que nos une a esa historia.
El objetivo de quienes detentan el poder y de aquellos que gustosamente colaboran con ese poder es que no podamos aprender del pasado otra cosa más que a llorar nuestras derrotas. El potencial de emancipación que tiene ese pasado plagado de derrotas debe ser desterrado, de ahí el interés en presentarlo como algo muerto e inmóvil, un producto más para consumir, no sea que a través de pequeños saltos podamos traer a la luz del presente a esos derrotados para crear un ejército capaz de hacer frente de nuevo a este mundo. Porque eso es lo importante, da igual lo radical que pueda ser una idea o un teoría, si no engarza con la realidad de su tiempo es simplemente algo vacío, y es tarea de los revolucionarios de hoy llevar a cabo esa labor de artesano, unir los pedazos del pasado para construir un ahora que detenga la marcha de la historia, esa locomotora que nos conduce al abismo.
Tengamos siempre en la memoria la visión de ese cadáver, el cadáver de la revolución, sólo fijando en la retina su imagen podremos algún día darnos cuenta que no estaba muerto, simplemente dormía esperando el día en que sonase la campana para un nuevo asalto, esperando que éste sea por fin el definitivo, aquel que quede por fin marcado en el calendario, aquel que detenga el tiempo vacío de la historia e instaure el tiempo-ahora, el tiempo en el que los eternos derrotados de la historia salgan de sus tumbas para unirse a la gran fiesta de la revolución.


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