Director: Jacques Tati. 1967. Francia/Italia. Color
Intérpretes: Jacques Tati, Barbara Dennek, Rita Maiden, France Rumilly

Un filme que se desarrolla en un Paris un tanto imaginario, durante dos días. Sin apenas diálogos.
Aquellos que piensen en las comedias de Jacques Tati, seguro que en seguida tienen presente al estrafalario protagonista interpreta por él mismo. Aquel Monsieur Hulot muy parco en palabras y atolondrado que, armado con pipa, sombrero, pantalones demasiado cortos, paraguas y chubasquero, hace frente a los desafíos de la vida moderna con tanta torpeza como obstinación. Una especie de “Don Quijote” en este mundo tecnológico que se enfrenta a los molinos de viento de una racionalización de la vida cotidiana que se impone (sin parar) grotescamente.

Una ciudad de cristal, una arquitectura de espacios vacios y regulares, superficies brillantes y resbaladizas, poblada de sonidos punzantes donde lo privado y lo público se confunden, y en la que movimiento no cesa, el fluir constante y mecanizado del tráfico.
Todo aparece perfectamente planificado, mientras la masa de gente parece esclava de un movimiento autónomo y ajeno a ellos mismos. Este es el paisaje del mundo futuro, el escenario de la modernidad, al menos la modernidad vista desde 1967 por Jacques Tati.
En esta ciudad escenario, ciudad modelo (se asemeja sospechosamente al Londres que se ve en una fotografía publicitaria de una agencia de viajes), es a la que llegan un grupo de turistas inglesas al comienzo. Estamos habituados a filmes en los que sabemos inmediatamente quiénes son sus protagonistas, como se llaman y cuáles son sus motivaciones y objetivos. Qué decir de un filme en el que hasta el minuto treinta no escuchamos por primera vez el nombre de uno de sus personajes más importantes (porque no podemos hablar de protagonista en un sentido estricto).
Un filme construido en base a cruces y encuentros casuales entre los distintos personajes. Que se mueven o bien sin rumbo fijo o bien se ven arrastrados por el fluir del grupo.
Una película en la que las rimas visuales y sonoras construyen pequeños fragmentos de placer audiovisual, donde el sonido transforma por completo a la imagen, como cuando un grupo de obreros se esfuerzan por colocar un enorme cristal mientras una orquestina callejera comienza a sonar, y lo que en un principio era trabajo se convierte en mimo, algo semejante ocurre con el baile de piernas del empleado de la agencia de viajes.
Y también un filme en el que el reino de lo moderno, los perfectos cubículos de las oficinas, el tiempo regular y mecánico, la confusión de lo real y de lo aparente estalla (un ejemplo se ve en el restaurante durante la escena del baile, se rompe la puerta de cristal de la entrada y el portero simula que aún existe).
En este orden surgen gérmenes, elementos discordantes, la fantasiosa tranquilidad se transforma en un maravilloso caos. Y como muchas veces en el cine francés el baile y la música actúan como catalizadores.

Es ejemplar la resolución con la completa destrucción del restaurante que se acaba de inaugurar. Una película estimulantemente deliciosa., porque en los tiempos que corren, en que las historias disparatadas y absurdas, falsas, “sexys” y “populares” son la base de las comedias, Tati aún observaba con una mirada fresca, inocente y humana cómo se adapta el hombre a su nuevo entorno.
¿Pesada genialidad?
Esta es una de las cumbres de Tati, sino la mejor muestra de su cine. Es decir, absolutamente genial. Lo que pasa es que aparte de genial se hace pesada. Tati no hace comedias desternillantes, como Keaton o Chaplin, con gags que rizan el rizo y momentos explosivos de carcajadas. Tati hace un humor más sutil, más insinuado, que apela a la inteligencia del espectador (no es que Keaton y Chaplin no lo hicieran, pero era otro estilo). Su humor funciona más por acumulación, pequeños gags que dibujan una sonrisa en el espectador, que se van sumando para lograr un todo realmente poderoso en su mordaz ironía.
En Play Time pasa lo mismo que en otros filmes del francés, pero si cabe en mayores proporciones. Tati es un cineasta pausado, que utiliza grandes planos generales con mucho movimiento interno. Su estilo puede llegar a empalagar. El lento tempo de Play Time realmente lo hace. Los planos generales con mucha información interna, quizá demasiada en determinados momentos, también. Además las secuencias se alargan y alargan sin ayudar en absoluto a esta sensación. Lo que le pasa a Play Time, además, es que a esto se le debe sumar un guión con nula progresión dramática. Asistimos a una sucesión de gags en varios espacios sin involucrarnos emocionalmente, aquí no hay personajes con objetivos que cumplir ni nada por el estilo, de hecho no hay trama prácticamente. El personaje de Hulot aquí anda más perdido si cabe que en otras películas, no sabemos qué pinta y su función como enganche no cuaja.
Pese a todo, mi opinión es alta porque realmente Play Time es muy genial. Tati es un virtuoso. Su agudo humor visual sólo es comparable con los citados Keaton y Chaplin. Tati compone estupendamente y filma los espacios que da gusto (aunque aquí por momentos en el restaurante nos desorientemos un poco). Su inventiva es tan sublime que al no hacer ostento de la misma y al usar gags tan insinuados lo más normal es que se te pasen por alto muchos en el primer visionado. Además Tati utiliza el sonido que da gusto, además de dirigir estupendamente a sus actores. Mordaz crítica a lo absurdo de la vida moderna y a la estúpida homogenización de las ciudades (impagable los gags de los carteles de las agencias de viajes anunciando distintas ciudades con la fotografía del mismo edificio).