REFLEJOS EN UN OJO DORADO (Reflections in a Golden Eye)

Director: John Huston. 1967. EE.UU. Color

Intérpretes: Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Brian Keith, Julie Harris, Robert Forster


Con Reflejos en un ojo dorado, Marlon Brando inaugura una madurez que, con los años, alcanzaría sus mayores cotas en títulos como El último tango en París y, muy especialmente, El padrino. Como suele suceder en el mundo del cine, Brando llegó a este personaje casi por casualidad. Elizabeth Taylor pretendía que Montgomery Clift fuera el coprotagonista, pero murió antes de que pudiera tomarse esa decisión. Posteriormente, la productora lo intentó con Richard Burton y Lee Marvin, pero ambos rechazaron el papel. Brando no puso impedimento alguno en encarnar este difícil personaje, un militar homosexual, atormentado por su impotencia y todo un cúmulo de difíciles circunstancias en sus relaciones personales, especialmente con su esposa, la Taylor, una mujer insaciable y, lógicamente, insatisfecha. John Huston sacó partido hasta lo indecible de la breve novela homónima de Carson McCullers en la que se basa la película, en la que se conserva más que la huella de los melodramas del tipo Un tranvía llamado Deseo y La gata sobre el tejado de zinc caliente. El espíritu de Tennessee Williams, su artera mirada al interior del ser humano, especialmente a sus miserias más inconfesables, late en cada plano de esta película que, por cierto, los españoles no pudimos ver en el momento de su estreno. Hubo que esperar a finales de los 70 para que, desaparecida la Censura, pudiéramos acceder a la versión íntegra de este complejo drama que si algo destila es autenticidad. Molesta e hiriente, pero autenticidad.


La acción transcurre en un fuerte militar situado en Georgia. Junto al cuartel viven los altos mandos entre los que están el comandante Penderton y su esposa Leonor. El matrimonio no se lleva bien, y la mujer engaña a su marido con el coronel Langdon. Mientras, el comandante intenta superar la situación impartiendo clases en la academia. Magnífica realización, técnicamente perfecta y con una interpretación de Marlon Brando de inusitada fuerza e interés, para muchos la mejor obra de John Huston. Guión de Francis Ford Coppola. Poco conocida película del maestro Huston. E injustamente, pienso yo, ya que se trata de un excelente filme que recoge lo mejor de la tradición del cine negro y lo mejor del retrato psicológico desgarrado de las relaciones de pareja.

Aquí unos soberbios Marlon Brando (no me cansaré de decir que es el mejor actor de todos los tiempos), Elisabeth Taylor, Brian Keith y Julia Harris (especialmente convincente en el papel de esposa débil y neurótica) como dos parejas absolutamente a la deriva cuyos problemas emocionales y de personalidad trastocan el devenir de sus vidas.

A destacar el debut de un enigmático Robert Forsters (nominado al Oscar muchos años después por Jacky Brown de Tarantino), que tan sólo con su mirada (apenas habla su torturado personaje) consigue una interpretación sobresaliente.

En fin, retrato duro y despiadado del ser humano muy al estilo de obras como ¿Quién teme a Virginia Woolf? o De repente, el último verano, y que pone de manifiesto una vez más el absoluto dominio y versatilidad de Huston en todos los géneros cinematográficos.

“Hay una fortaleza en el Sur, donde hace algunos años se cometió un asesinato

Así comienza esta película que no llegó a España hasta finales de los 70, cuando la censura ya había sido erradicada del país. Quizá mejor, porque haber mutilado esta película hubiera sido desastroso para futuros visionados. En una escena, Brando llega del trabajo y sale al jardín, Taylor está sentada en una hamaca. Ella, una ninfomanía que no se siente correspondida, habla de su caballo, un purasangre blanco (Firebird). Él la reprocha ese amor por un animal y ella, levantándose para irse aún tiene tiempo de expresar:

-Es un semental!

La cara que se le queda a Marlo Brando es tan expresiva que ya nos pone en aviso. La película no ha hecho más que comenzar.

La elección de Brando (por aquel entonces una de las estrellas de Hollywood) para interpretar a un oficial del ejército homosexual fue ciertamente casual. Su papel, iba a interpretarlo Montgomery Clift, pero su muerte antes de la producción hizo que Huston barajara otros nombres entre los que se encontraba Richard Burton o Lee Marvin. Al final, fue Brando el que acabó interpretando al oficial Penderton alegando que escogió el papel porque le daba la oportunidad de montar a caballo. Pero curiosamente, cuando se le pidió que montara en su primer día de rodaje, Brando admitió su terror a los animales. Quizá por ello, esas casualidades que a veces ocurren, Brando hace suya la ansiedad de Penderton por ser un buen jinete. Y en una de las escenas más brutales, Brando haciendo de Penderton (o quizá al revés) desata toda su represión sexual con el animal indefenso. Su escape agresivo lo plasma Huston sin palabra ni diálogo alguno, con unos latigazos que son interrumpidos por el “cuerpo (desnudo) del deseo” del soldado raso Williams (Robert Forsters).

Leonor (Elizabeth Taylor) se muestra desde su primer instante dominante, jugando con la fusta, domando a los que a su alrededor está. Y uno de ellos, es el amigo de Penderton, el coronel, Morris Langdon (Brian Keith) casado con Alison (Julie Harris). Huston nos enfrenta a dos hombres completamente diferentes. Por un lado esta Penderton, incapaz de satisfacer los deseos sexuales de su mujer, mal jinete y de gustos extraños (la escena de la crema es cuanto menos significativa). Por el contrario, Langdon es la masculinidad: un líder, machista, gran jinete (de nuevo simbología sexual), rechaza aquellas cosas extravagantes como música clásica o la cultura. A su vez, se abre otros interrogantes en la trama sobre la débil Alison y su extraña relación con el criado (el eunuco filipino Anacleto).

Al final, Huston sabe cómo llevar cada trama y cada personaje y dota a la película de un magnetismo especial y de un suspense morboso. Consigue que percibamos la monotonía aburrida en este fuerte (en tiempos de paz) con charlas triviales, fiestas, juegos de cartas…

Por último, cabe reseñar la fotografía dorada de toda esta película. Un experimento (a juego con el título de la novela) que consigue en cierta medida, mostrarnos esas tardes tórridas de verano donde no hay nada que hacer y donde ni el aire se levanta.

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