Director: Konstantinos Costa-Gavras. 1969. Argelia-Francia. Color
Intérpretes: Yves Montand, Irene Papas, Jean-Louis Trintignant, Jacques Perrin. Charles Denner, Franí§ois Périer, Pierre Dux, Georges Géret


Un líder pacifista es asesinado por un grupo de ultraderechistas. La investigación criminal que se lleva a cabo llegará hasta las más altas esferas del poder.
Esta es la línea argumental de
“Z”
de Costa-Gavras, que era una de mis cuentas pendientes con el séptimo arte, y que por fin he podido ver esta semana, y con la que me he quedado muy impresionado. Costa-Gavras que siempre se ha caracterizado por tocar temas candentes, dirige el filme con envidiable habilidad, logrando una de sus mejores películas, obteniendo merecidamente el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1969.
Uno de los grandes aciertos de este magnífico filme es que a pesar de que se mueve en temática política, ha sido tratado como un thriller, convirtiéndolo casi en una película de género, con un ritmo absolutamente impecable, y eso que lo único achacable podría ser su larga duración.
Contiene una fuerza que hoy día sigue viva, y es que son difícil de aguantar algunas escenas por lo incómodas que resultan, como incómoda es toda la película, que tiene un clima “in crescendo” que te hace revolverte de angustia.
El trabajo interpretativo es de primera calidad, con sus principales protagonistas en verdadero estado de gracia.

El “Golpe de los Coroneles” en su país natal, el 21 de abril de 1967, lo impulsan a llevar a la pantalla la novela de Vasilis Vassilikós, “Z” (1969), que pone al descubierto el asesinato político del diputado Grigoris Lambrakis, en 1963, en un falso atropello accidental.
Médico, campeón de atletismo y carismático parlamentario, había organizado una marcha pacifista y diversas manifestaciones contra la instalación de bases americanas en Grecia. Un joven magistrado (Cristos Sartsetakis) asume la investigación y poco a poco descubre que detrás del accidente había una trama en la que estaban implicados altos cargos de la policía y el ejército, aliados con una organización de extrema derecha. Las revelaciones del caso hicieron caer el gobierno de Karamanlís y la condena de los responsables, aunque ridículas, precipitaron el golpe de estado que acabaría con la frágil y corrupta democracia griega.
En la adaptación del guión, tuvo un papel fundamental la contribución de su amigo Jorge Semprún, en lo que sería el primer fruto de una larga amistad y colaboración. Sin embargo, toparon múltiples dificultades antes de encontrar productor, teniendo incluso que devolver un anticipo recibido de United Artists. Finalmente, el actor Jacques Perrin (que personifica al periodista en la cinta) asume la producción para sacar el proyecto adelante, tras dos años paralizado, y el resto de los actores rebajaron sus honorarios con tal de que se llevara a cabo.
Obviamente, el rodaje era imposible en Grecia, y tuvo que trasladarse a Argelia.
Para la banda sonora quería contar con Teodorakis, a la sazón confinado por los coroneles, y la única manera de contactar con él fue a través de Michelle Ray, la esposa de Gavras, que pudo visitarlo gracias a su pasaporte francés. El músico apenas pudo escribir una nota “Costa, toma lo que quieras de mi música para la película”.
Aunque la mayoría de los actores son franceses, se reservó un papel para la griega Irene Papas, cuya breve pero intensa aparición como esposa de Lambrakis, aporta el tono de tragedia que planea sobre el protagonista, que apenas está en pantalla los primeros 12 minutos. Para deshacer el posible suspense y centrar la atención en lo que verdaderamente les interesa, que no es la muerte del protagonista sino la investigación de las oscuras tramas que hay tras él, el director traslada sabiamente el peso de la trama del carismático líder pacifista, protagonizado por Montand, al anodino pero implacable juez, encarnado por Jean Louis Trintignant. Retomando la técnica del “thriller policíaco” de su “opera prima”, presenta la investigación paralela del juez y del periodista, que acaba por desenmascarar a las autoridades políticas y policiales. Sin embargo, como hemos dicho, las penas a que fueron condenados los principales responsables fueron irrisorias, y gracias al golpe de los Coroneles apenas pasaron unas semanas en la cárcel.
Aunque se evitó cualquier referencia concreta, tanto a la ciudad (Tesalónica), el país o los protagonistas (que son simplemente, “el doctor”, “el jefe de policía”, “el periodista”) los sucesos que narra dejan en evidencia la realidad. Además, al comienzo de la película los autores dejan claro que “cualquier parecido con acontecimientos reales (…) no es fruto del azar. Es voluntario”. Su intención era denunciar los hechos que desembocaron en la dictadura entonces instaurada en Grecia, y tenían muy claro su objetivo de llegar a un público amplio, para lo cual adoptan una postura claramente maniqueísta, ridiculizando de manera casi burda a los mandos militares y políticos instigadores del asesinato, así como a sus ejecutores materiales, mientras tanto el diputado como el juez mantienen un tono contenido y digno.
Evidentemente, lo consiguieron, pues, pese a las dificultades de la preproducción, cuando por fin se estrenó, a principios del 69, tras el agitado 68 francés, cosechó un éxito fulminante, aunque no exento de críticas (por ejemplo de Cahiers ), que se tradujo en una verdadera lluvia de premios, entre ellos el Premio del Jurado y al Mejor Actor en Cannes, el Oscar a la Mejor Película en habla no inglesa y al Mejor Montaje (1970), y otras dos nominaciones a los Oscar. El éxito de la película y su repercusión internacional supuso una clamorosa condena de la Junta de Coroneles.
Lógicamente hasta 1974 no pudo estrenarse en Grecia, en España estuvo prohibida hasta 1976, así como en otros muchos países. Con el paso del tiempo se ha convertido en un auténtico hito, que marcó a toda una generación y por el que aún hoy sigue siendo recordado.
Con un impactante montaje que rompe la linealidad de la acción, una estructura de cinco partes unidas por medio de “raccords”, un ritmo interno trepidante subrayado por la banda sonora, y diversos “flash-backs”, y la doble representación de la muerte del diputado como accidente y como asesinato, “Z” puso de moda en los 70 un género que se bautizó como “cine político”, una etiqueta de la que no ha conseguido desembarazarse desde entonces. A la novela de Vassilikós, la película añade un epílogo en el que aparecen en pantalla todas las absurdas prohibiciones de los Coroneles, entre las que aparecen, entre otras muchas “Sófocles, Tolstoi y todos los rusos, el pelo largo, Esquilo, los Beatles, Aristófanes, aprender búlgaro…”. Aunque parezca un toque sarcástico, una vez más, la realidad superaba a la ficción…
Gavras, por su parte, no reniega de su condición de “autor político”, por el contrario, repite una y otra vez que para él, todo cine es político. “Como género ha existido siempre y no fui yo quien lo inventó. Lo que causó impacto fue que “Z”
tratara sobre el poder, los militares, la justicia, el gobierno, la guerra y la paz a través de un personaje como Lambrakis, que fue víctima de un crimen político”.
Los intelectuales de izquierdas que le aplaudieron y felicitaron por su valiente denuncia en “Z” le denostaron por la misma censura de los regímenes dictatoriales, esta vez comunistas, de su siguiente película La confesión (1970), donde, basándose de nuevo en un caso real, el del comunista checo Artur London y con guión conjunto con Semprún, ya expulsado del Partido, aborda una severa crítica del sistema pro-soviético.

“Z”, obra pionera del cine político
“Z” es un filme hermoso y, al mismo tiempo, útil.
(Franí§ois Truffaut)
Junto con Gillo Pontecorvo y Francesco Rosi, el cineasta greco-francés Konstantin Costa-Gavras ha sido el máximo representante del cine político, corriente surgida a mediados de los años 60 y definida por su carácter marcadamente reivindicativo e izquierdista. Actualmente este autor es conocido por una serie de obras que ponen de manifiesto su ideología política por medio de la aproximación a los diferentes conflictos que han atenazado al mundo durante el siglo XX. Conflictos tales como el colaboracionismo del gobierno norteamericano en el golpe de estado de Chile (Desaparecido), la Checoslovaquia estalinista (La confesión), la Francia del régimen de Vichy (Sección especial) o la problemática palestino-israelí (Hanna K.). No obstante, la película que dio fama internacional a este autor fue Z (1969), que abordaba el asesinato del líder pacifista Grigoris Lambrakis como causa inmediata de la dictadura de los coroneles griegos.
La novela de Vassili Vassilikos que recoge este hecho fue a parar a manos de Costa-Gavras gracias a la recomendación de su hermano. Tras el golpe de estado en Grecia, el cineasta sintió la necesidad de trasladar la historia a la gran pantalla y, para ello, contó con la inestimable ayuda del escritor Jorge Semprún. La colaboración de ambos dio como resultado un guión que recogía con detalle las desafortunadas circunstancias que condujeron a la muerte del diputado Lambrakis, sin aludir específicamente al país natal de Costa-Gavras. De todos modos, si bien esta indeterminación geográfica fue una decisión voluntaria, no fue menos deliberada la idea de corroborar la implicación política de los autores mediante el siguiente rótulo que aparece durante los títulos de crédito.

“Cualquier parecido con acontecimientos reales, personas vivas o muertas, no es fruto del azar. Es voluntario” (Costa-Gavras y Jorge Semprún).
Tras semejante declaración de intenciones era de esperar que los hechos acaecidos fueran escrupulosamente retratados.
Lambrakis fue víctima de un atentado político que tuvo lugar en Salónica el 22 de mayo de 1963, el mismo día que presidió una reunión contra la instalación de una base de misiles en territorio griego. Fue arrollado por un motocarro a la salida del teatro y falleció después de sucesivas operaciones craneoencefálicas efectuadas por los médicos a lo largo de dos días durante los cuales se debatió entre la vida y la muerte. La posterior autopsia determinó que no se trataba de un accidente ya que las fracturas presentadas sólo podían haber sido hechas con un objeto contundente. Este dictamen médico desestimaba la hipótesis de que los traumatismos se hubiesen debido a la caída del cuerpo.

La investigación del caso fue llevada a cabo por el juez Khristos Sartzetakis, hijo de un oficial de la gendarmería y persona políticamente imparcial, que descubrió la connivencia entre los grupos ultraderechistas, el ejército y la policía. De esta connivencia, se derivó el complot político que puso fin a la vida de Lambrakis y que fue llevado a los tribunales, dictándose ridículas sanciones contra los artífices del crimen y veredictos de absolución para los oficiales que habían organizado el atentado. Ante la indignación general, el presidente del gobierno Konstantinos Karamanlis dimitió de su cargo. Poco después, la Unión de Centro se alzó con la victoria en los comicios celebrados en 1964, pero el golpe de estado de los coroneles acabó con la libertad de voto e impuso una férrea dictadura militar. El tiempo dio la razón a aquellos que se movilizaron a raíz de este escándalo, quienes pudieron ver cómo en 1985, Khristos Sartzetakis, cesado como juez durante todo este periodo, fue nombrado presidente de la República Griega.


Charles Denner, Yves Montand, Irene Papas (Helena, la mujer de Lambrakis)
Costa-Gavras muestra en “Z” todo lo concerniente al “affaire” Lambrakis y, en un epílogo final, explica el advenimiento del régimen fascista como reacción a la actitud de protesta liberadora del pueblo. El verdadero talento de este cineasta se halla en la estructura dramática empleada para narrar los hechos. Si bien conocemos las amenazas que se han difundido contra la persona del diputado (Yves Montand) desde el mismísimo arranque del filme, la revelación de todo el entramado político y de la confabulación entre las autoridades policiales y los sicarios del atentado se va produciendo paulatinamente por medio de una inteligente estructura de “flash backs”. La primera hora de película nos muestra los hechos y la segunda realiza constantes saltos temporales de presente a pasado para darnos a conocer las causas ocultas y la existencia de un complot previo que desmiente la idea del accidente que sostiene la policía.

Yves Montand (El diputado Lambrakis), Jean-Louis Trintignant (El juez instructor)
El pluriperspectivismo que revela las distintas declaraciones de los testigos nos transmite una rápida sensación de inestabilidad política que se transforma en una visión amenazadora del entorno. La sensación de caos e inseguridad dentro de la Grecia del momento está reflejada en Z de un modo escalofriante que impacta inicialmente en el espectador para producirle, al término de la película, un sentimiento de solidaridad hacia las naciones oprimidas por regímenes dictatoriales.
No obstante, este retrato requiere de una simplificación y un maniqueísmo en los personajes que no siempre resulta grato para el público. La benevolencia con la que Costa-Gavras admite cualquier actitud de la izquierda y sus colaboradores contrasta con la imagen caricaturesca y despectiva, excesivamente obvia, que nos aporta sobre los oficiales del ejército y la policía. Por otra parte, el realizador greco-francés se empeña en mostrarnos, con sutiles pero llamativos “flash-backs”, la vida íntima del diputado con su esposa (Irene Papas) y su labor de médico para dárnoslo a conocer en su faceta más humana. Al afrontar la reivindicación contra un capítulo infame de la historia moderna de Grecia, el empleo de este vehículo disimuladamente tendencioso se pone de relieve como un efectivo artilugio de sensibilización para el espectador. La finalidad del relato estimula al público a aceptar el medio utilizado aunque éste pueda ser tildado, en ocasiones, de manipulador.


Jacques Perrin (el fotógrafo periodista)
A pesar de ello, la contundencia del estilo cinematográfico de Costa-Gavras queda demostrada con creces a través del uso envidiable de las convenciones del thriller. Esto contribuye decisivamente a la hora de proporcionar al filme una consistencia narrativa que se alza como virtud principal para construir un discurso político. A tal efecto, merece un especial elogio la labor de montaje realizada por Franí§oise Bonnot, quien se convertiría en colaboradora habitual del autor de Z.
Otro elemento de peso, sobre todo a la hora de situar alusivamente el escenario geográfico de esta historia, es la banda sonora compuesta por el músico griego Mikis Theodorakis, popularmente conocido por la partitura de Zorba el griego (1964). Los acordes de este estilo de música tan tradicional y autóctono nos remiten de inmediato a la idea más universal de Grecia, aunque obviamente la película no pudo ser rodada allí debido a la coyuntura política del país.
Z se rodó en Argelia, país que aportó parte del presupuesto con el que se subsanaron los problemas financieros. En ese sentido, la ayuda del actor Jacques Perrin, que en el filme interpreta a un fotógrafo, fue la más decisiva para que el proyecto pudiera salir adelante, ya que fue quien asumió la producción desde un primer momento.
El éxito de la película fue inesperado y se debió en gran parte a la efervescencia del Mayo francés y del movimiento hippie, que apoyaron el mensaje reivindicativo y liberador que postulaba Costa-Gavras para su país. En España, fue prohibida por la censura franquista y no pudo estrenarse hasta 1977. Otros países como México, Portugal, Marruecos, Brasil y la India tampoco tuvieron acceso a esta obra por razones políticas. Y, por supuesto, en Grecia fue tajantemente prohibida.
La repercusión de Z fue tan grande que, a pesar de la precariedad de medios con que fue rodada, se alzó con cinco nominaciones a los Oscar de Hollywood de 1969, convirtiéndose en el primer filme nominado simultáneamente en las categorías de Mejor Película y Mejor Película Extranjera (premio que ganó junto con el de Mejor Montaje). En el Festival de Cannes, consiguió el reconocimiento público al otorgársele el Premio del Jurado y el Premio al Mejor Actor para Jean-Louis Trintignant, que realizó una de las interpretaciones más soberbias de su carrera encarnando el personaje del juez.
Históricamente, el filme ha jugado un papel decisivo en la evolución de un género tan importante en la década de los 70 como fue el cine político. Es por eso que aún hoy en día, cuando este género ha perdido gran parte de su popularidad tanto entre la crítica como entre el público exigente, Z sigue ocupando un lugar de honor entre las obras nacidas a la luz de esta corriente, ya sea tanto por su calidad artística como por su carácter pionero.