Director: Gordon Douglas. 1968. EE.UU. Color
Intérpretes: Frank Sinatra (Detective Sargento Joe Leland), Lee Remick Karen Wagner Leland), Jacqueline Bisset (Norma Mcler), Ralph Meeker (Curran), Tony Musante (Felix Festa), Jack Klugman (Dave Schoenstein), Lloyd Bochner (Doctor Wendell Roberts), Horace McMahon (Capitán Tom Farrell)

El hijo de un hombre con gran influencia política ha sido brutalmente asesinado, y el poco sensible detective Joe Leland (Frank Sinatra) es el encargado de resolver el caso. Su tarea se ve dificultada por la necesidad de convencer a sus colegas del departamento de policía de que deben ver más allá de la sexualidad de la víctima. Finalmente, el compañero de habitación del muerto es condenado por el asesinato y Leland pasa al siguiente caso, pero pronto comienza a sospechar que ambos están relacionados y que el condenado es inocente. Investigando un extraño suicidio, el inspector descubre la corrupción que anida en el seno de la policía de Nueva York, y se arrepiente de haber enviado a un hombre a la silla eléctrica, injustamente acusado de homicidio.

A partir de un relato de Roderick Thorp “Los detectives”, Abby Mann (una víctima de la persecución maccartista al igual que Abraham Polonsky) escribe un guión que avanza todavía un paso más allá en la crítica del estamento policial que su compañero de lista negra acababa de trazar -en colaboración con Hensi Simoun- en Brigada homicida (1968, Don Siegel) e incrementa el pesimismo con el que se contemplaba, en esos momentos de crisis, la actuación de las fuerzas de la ley.
Estructurada en dos partes casi simétricas, la película describe la andadura del desengañado sargento de policía Joe Leland (Frank Sinatra) a través de la incursión de las imágenes de su vida privada y en un par de casos de asesinato en los que interviene, al menos aparentemente, con notable éxito.
La película es una sátira feroz, crítica y desencantada de unas fuerzas de la ley que sólo parecen aplicar ésta contra los más débiles o los marginados. El detective presenta un catálogo de policías que dejan poco espacio para el optimismo sobre el futuro del cuerpo.
Su localización narrativa dentro de una comisaría sirve, sin embargo, para acentuar el retrato crítico de este colectivo, una especie de microcosmos condensado de los males que aquejan al país en esa coyuntura histórica y parece sugerir que para ser útil a la sociedad hay que militar en otros campos diferentes al policial. Una dura lección y un título de cierta resonancia en su momento, cuya huella posterior puede rastrearse hasta un trabajo tan aparentemente alejado de éste como Instinto básico (1992, Paul Verhoeven).
El resultado es un buen filme políciaco realizado con fuerte personalidad, una fotografía excelente y con interpretaciones conseguidas; y que debido a lo oscuro de su historia y por retratar gays osadamente desesperados y desdichados resultó un tanto mutilada en su estreno. La censura de la época no podía permitir ciertas escenas algo subidas de tono donde se reflejaban la realidad del mundo homosexual.