EL RESTAURANTE DE ALICIA (Alices´s Restaurant)

Película estrenada entre 1968-1969

Director: Arthur Penn. 1969. EE.UU. Color

Intérpretes: Arlo Guthrie, Patricia Quinn, JamesBroderick, Michael McClanathan, Geoff Outlaw, Tina Chen, Kathleen Dabney, William Obanhein, Peter Seeger


Arthur Penn se niega a poner una nota romántica en sus argumentos, y el filme, como tal, constituye una rigurosa crónica de la época

 

Tras el rotundo éxito mundial logrado con Bonnie and Clyde (1967, Arthur Penn) se lanzaba un par de años después a dar vida una extraña, simpática, desdramatizada y quizá por ello vitalista visión de esa generación de jóvenes que hicieron profesión de fe del pacifismo, de su protesta contra la Guerra del Vietnam, y asumiendo un modo de vida que les alejaban del consumismo ya entonces impuesto en la sociedad norteamericana. A este respecto reconozco mi escaso conocimiento tanto de este movimiento como de su real incidencia o influencia en la sociedad USA. Es por ello que al intentar comentar El Restaurante de Alicia el primer elemento positivo que deberí­a destacar es que mostrándome sus imágenes un mundo que me es ajeno por completo, el tono y la narrativa utilizada por Arthur Penn permite que nos adentremos en las personalidades de este grupo de personajes, amigos que van y vienen pero que tienen siempre un lugar y un momento para confraternizar con sus compañeros.

Y es así­ como el discurrir de la pelí­cula de Penn se caracteriza por el reflejo mostrado de esos grupos alternativos que quieren un modo de vida diametralmente opuesto a una sociedad de consumo y dependencia de las grandes multinacionales. Es por ello que deciden comprar una vieja iglesia y sus instalaciones y a partir de ahí­ utilizarla como lugar de unión de todos ellos. Ciertamente, El Restaurante de Alicia está centrada en la figura, la personalidad y la presencia del cantautor Arlo Guthrie quien con su mirada, sus canciones y sus comentarios siempre irónicos y desapasionados marca la evolución de la pelí­cula. Una producción indudablemente deudora de esa corriente alternativa en la sociedad norteamericana pero que, contra lo que podrí­a parecer, permanece con un poso de sinceridad y valí­a, cosa que no puede decirse de buena parte de compañeras en objetivos.



Con una estructura bastante libre y caracterizada por su moralidad y casi a modo de variaciones, podemos ver desde una ceremonia de desacralización de una iglesia -algo que creo muy pocas veces ha contemplado en pantalla cinematográfica-, una secuencia en la que torpemente se satiriza sin piedad el proceso de reclutamiento de soldados -bajo mi punto de vista lo más caduco y trasnochado de la pelí­cula-e incluso la poderosa incidencia que en una pequeña localidad tiene un ilegal e inocente vertido de basuras. Todo confluye en una descripción abierta y en tono de comedia -quizá el rasgo que ha permitido que esta pequeña pelí­cula tenga una cierta perdurabilidad-, en la que conocemos las formas de actuación de una serie de personajes pertenecientes a diversas edades, pero que confluyen en la apuesta por una forma de vida cercana al mundo hippie y caracterizada por su pacifismo, su escaso apego al consumismo y su oposición a los poderes de la época -que siguen siendo los mismos pese al discurrir de los años-.

La pelí­cula tiene como eje de acción ese improvisado epicentro que se efectúa en el recinto de una antigua iglesia en Stockbridge, (Massachussets) y junto a la misma un restaurante que monta y regenta Alicia, la compañera de Roger, un ya veterano prácticamente de la contracultura estadounidense. Junto a ellos se despliegan los viajes de Arlo, que en ocasiones visita a su padre enfermo en Nueva York. E igualmente tiene su intermitente presencia Ray (James Broderick), otro cantante folk. A ellos hay que añadir a Shelly (Michael McClanathan), joven protegido por Alice, adicto a las drogas y hábil conductor de motos, quien en un ataque de ansiedad tras una sobredosis morirá atropellado y cuya ceremonia de entierro es sin duda la secuencia más brillante, emotiva y mejor rodada de la pelí­cula -una larga panorámica lateral entre la nieve, mientras todos los amigos cantan y efectúan sus rituales alrededor de su ataúd-.

También en esos momentos finales morirá el padre de Aldo, y ambas desapariciones -que ofrecen una inflexión dramática en lo que hasta el momento se mostraba con un inequí­voco tono de comedia, cuando no de sátira -las ya señaladas ironí­as hacia los estamentos de poder represor-. Estas muertes serán el catalizador de la celebración en la antigua iglesia de una hipotética ceremonia de ratificación de su ya larga relación entre Alice y Roger. Al finalizar la misma Aldo se marchará con su compañera femenina, quedando Alice sola a la puerta del templo en un larguí­simo travelling lateral rodado en un eficaz teleobjetivo, finalizando así­ una pelí­cula que queda -más allá de sus logros y deficiencias- como un intento bastante sincero de acercamiento a un estado de ánimo que tuvo su florecimiento en aquellos últimos momentos de la década de los sesenta e inicio del decenio siguiente.

Creo que la capacidad de sinceridad, el tono desdramatizado logrado y la general huí­da de efectismos a los que tan recurrentes eran determinados cineastas al centrarse en estos temas, es lo que permite que hoy dí­a El Restaurante de Alicia (1969) adquiera la fuerza de un testimonio bastante sincero de una manera de intentar buscar una alternativa pacifista a una sociedad que se encontraba herida por el fantasma permanente de la Guerra del Vietnam. Un testimonio además lleno de sentido del humor, sincero en la relación entre los personajes y que pese a sus ciertos efectismos narrativos -que son pocos en este caso-, mantiene la vigencia y la singularidad de este filme de Arthur Penn.


 


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