LA LEYENDA DE LA CIUDAD SIN NOMBRE (Paint Your Wagon)

Director: Joshua Logan. 1969. EE.UU. Color

Intérpretes: Lee Marvin, Clint Eastwood, Jean Seberg, Harve Presnell, Ray Walston


La leyenda de la ciudad sin nombre es una película estadounidense que fue nominada al Oscar a la mejor música.

El filme es la adaptación del musical Paint your wagon, escrito por Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, que fue un gran éxito en Broadway. Este sería el último trabajo del realizador Joshua Logan, en cuya filmografía encontramos cintas tan interesantes como Picnic (1955); Bus Stop, con la irrepetible Marilyn Monroe (1956); South Pacific −cuya banda sonora fue uno de los discos más vendidos en la historia de los Estados Unidos ocupando durante 31 semanas el nº 1−, (1958); en todas ellas como director, y Escala en Hawai −primer Oscar para Jack Lemmon− (1955); como guionista.


La película empieza con la espectacular imagen de una carreta cayendo por un terraplén, en cuyo fondo se destroza. Un hombre acude a socorrer a los accidentados que yacen junto a los restos de la carreta, uno está muerto y el otro herido. Hasta ese momento todo apunta a que estamos ante un “western” convencional; pero en el momento en que el difunto es enterrado, aparece oro entre la removida tierra que le ha de dar sepultura. Entonces todo da un giro radical; un hombre grita: ¡oro!, a lo que otro responde: ¡amén! y enseguida descubrimos que ese “western” no tiene nada de convencional. Lo que sigue es una comedia musical que se centra en unos hombres que de colonos pasarán a convertirse en buscadores de oro, y en la historia de amor de una hermosa mujer que comparte su vida con dos hombres a la vez.

En esta película asistiremos a la creación, el auge y el declive de una ciudad donde un puñado de hombres dictan sus propias leyes; y bajo el amparo de la diosa fortuna, que hace acto de presencia en forma de filón de oro, fundan una comunidad en la que solo se echa en falta una cosa: las mujeres. En un momento determinado llega a la ciudad un mormón, casado con dos mujeres y cargado de deudas que decide vender una de ellas al mejor postor, que resulta ser un borrachín llamado Ben Rumson. La adquisición de esa esposa provocará que Ben se convierta en un celoso marido, y ante el peligro que supone tener a la única representante del sexo femenino en una comunidad de más de cuatrocientos hombres, decidirá ir a secuestrar una diligencia cargada de prostitutas que se dirige a una vecina población. A partir de ese momento, la ciudad deja de ser propiedad exclusiva de mineros, y las tiendas de campaña son substituidas por edificios, y estos por hoteles, prostíbulos y “saloones”, lo que conlleva a la vez lujuria, vicio, sexo y excesos en general. La ciudad sin nombre es un hecho.


Lee Marvin realiza aquí la que posiblemente sea su mejor interpretación en el campo de la comedia, y además nos muestra sus dotes como cantante interpretando un par de temas, uno de ellos, “Wand’rin star” que fue un gran éxito popular en la época. Marvin interpreta a un Ben Rumson, un hombre que está de vuelta de todo al que le encantan el whisky y las mujeres, cuya única preocupación es acumular oro y vivir la vida lo mejor que pueda. Por el contrario, “Socio” (Clint Eastwood), es un hombre más tranquilo, que espera poder vivir algún día plácidamente junto a la mujer que ama. Su lealtad a Rumson, que fue quien le salvó la vida, está por encima de todo, y a pesar de que esa mujer a la que quiere es la esposa de éste, nunca se lo dirá hasta que ella no haga mención de ello. Si sorprendente resulta ver a Marvin cantando, más lo es ver a Eastwood en esa faceta porque encima no lo hace nada mal. Uno de los aspectos más destacables del film es la curiosa relación que, como se ha dicho, se establece entre ambos protagonistas. Son dos seres muy distintos, con unas ideas muy dispares, con una manera de ser muy diferente; pero son dos hombres con un gran sentido del honor y de la amistad, una amistad que prevalece incluso cuando deciden compartir a Elizabeth.

La música es otra de las bazas importantes de este proyecto. La dirección musical corre a cargo del maestro Nelson Riddle, lo cual ya es sinónimo de calidad gracias a sus colaboraciones con “crooners” de primera línea como Frank Sinatra o Tony Bennett entre otros. Los números musicales son amenos y divertidos y no ralentizan en demasía la trama argumental, y entre las canciones aparte de la ya citada “Wand’rin star”, destacaría “They call the wind Maria”, “Talk to the trees”, “Best things” o “Gold fever”.

¿Qué es un fornicador? No lo sé, no soy hombre religioso −comentan dos mineros mientras escuchan al predicador−. Esta es una de las muchas frases ingeniosas que pueblan el estupendo guión de Lerner y Chayefski, un guión que consigue, ya sea mediante los momentos cómicos o los románticos, mantener en alza la intensidad durante las más de dos horas y media de metraje. Esas frases ingeniosas acompañan en ocasiones a los “gags “visuales, pero en algunos momentos no hacen falta palabras para conseguir altas cuotas de comicidad. Uno de esos momentos es cuando Rumson despierta de una de sus borracheras y ve por primera vez a la que a la postre será su esposa. Para desvanecer su incredulidad se abre paso entre la multitud que está pujando por ella hasta llegar al borde del río, y una vez allí se deja caer a plomo pegándose un buen morrazo.


En definitiva, esta es una comedia musical que habla de amor, de moralidad, de religión, de codicia y de amistad, sobre todo de amistad. Un film para ver… dejar pasar un tiempo prudencial… y volver a revisarlo sin que pierda un ápice de frescura.

A finales de los años 60, se estaban muriendo los dos géneros cinematográficos por excelencia: el western y el musical. Barridos por la competencia de la televisión, por el deseo de realismo que quizá causaban los efectos de la guerra de Vietnam, y por el nuevo tipo de personaje que actores como Woody Allen o Dustin Hoffman proponían, los personajes “grandes como la vida” de ambos géneros, los vaqueros solitarios y monolíticos que tan bien ejemplificaba el irrepetible John Wayne, o los imposibles acróbatas de labia fácil y sonrisa en los labios como Gene Kelly o Fred Astaire, aparecerían desde entonces con cuenta gotas en las grandes pantallas, dejando su sitio a nuevos géneros pero, afortunadamente, asomando de vez en cuando con nuevas obras maestras.

La leyenda de la ciudad sin nombre es uno de esos musicales “modernos” que fueron adaptados a la gran pantalla en esa época (junto con piezas clave como Camelot o My Fair Lady), una obra redonda en sí misma que ha legado para la posteridad al menos dos temas: el inolvidable “Maria” y el no menos impresionante “Wandering Star”. Además de establecer su historia en un escenario de western (como pudieran haber hecho otros títulos como Oklahoma o Siete novias para siete hermanos), la película tiene excelentes momentos de comedia, y una actuación de Lee Marvin de auténtico sombrero.


Por encima de todo, subyace una filosofía de la naturaleza y de lo natural, en contraposición a lo social y urbano, ejemplificado a la perfección en ese grupo de mineros buscavidas que no saben adónde van, “pero a quién le importa, sólo sé que voy de camino”. El contrapunto entre el payaso burdo y el payaso Augusto lo dan aquí el borrachín Ben Runsom (Marvin), y su Socio (un juvenil Clint Eastwood), dos camaradas, de vuelta uno, de ida el otro, que acabarán compartiendo afirmaciones, borracheras, pasión por el oro y amor por la misma esposa (la malograda y bellísima Jean Seberg).



De los momentos entrañablemente líricos (los mineros cantando al viento, mojados por la lluvia y la soledad; el propio Runsom bailando como un poseso sin hembra en la fiesta), se pasa a las situaciones jocosas (la bizquera de Runsom cuando descubre al despertar que hay una mujer: su reacción cuando ve que son dos; los ridículos celos; el impagable encuentro con el zafio adolescente campesino, a quien descubre como un “natural” del alcohol, el tabaco y las prostitutas), y a los momentos de melancolía más hermosos que el cine haya retratado en mucho tiempo: la filosofía de aquellos que han nacido bajo una estrella errante, la marcha-renuncia-huida de los mineros cuando la sociedad los alcanza, la destrucción de la ciudad sin nombre donde han vivido al margen de las leyes de los hombres.

La música es excelente, y las letras de las canciones inolvidables, con ese detalle poético que siempre sorprende precisamente por su extrema sencillez. Con un ritmo endiablado que hace que el tiempo pase en un verbo (sólo hay apenas un segundo donde la historia “decae”: cuando al principio Clint Eastwood canta -demasiado pronto- su canción “Elisa”), los personajes son los que van creando el drama y la comedia, la emoción y la soledad. Impagable es la evolución del personaje del Socio, que pasa de joven idealista a corrompido jugador de poker (”Gold fever”) y al final acaba renunciando a la vida bohemia y romántica de los mineros y tahúres para convertirse en un burgués de pro, en magnífica alusión irónica a los orígenes bastardos de… iba a escribir de los EE.UU., pero supongo que de todos nosotros.

Por contraste, Ben Rumson (literalmente “hijo del ron”) es una especie de capitán Haddock granguiñolesco y sentimental, un borracho tipo McClure lleno de grandes sentimientos y a la vez grandes mezquindades, capaz en última instancia de renunciar a esposa y socio por continuar su camino y darles esa chispita de felicidad que él va a continuar buscando en el camino y en cuantas otras botellas y aventuras se le crucen.

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