Director: Narciso Ibáñez Serrador. 1969. España. Color
Intérpretes: Lilli Palmer, Cristina Galbí“, John Moulder Brown, Mary Maude, Cándida Losada, Maribel Martín


En un recóndito lugar de la Provenza francesa, una mansión sirve como residencia para señoritas con problemas familiares o con un pasado oscuro. La directora (Madame Fourneau) es una mujer severa, que ejerce una disciplina autoritaria que roza el sadismo. Madame Fourneau (Lilli Palmer) tiene un hijo al que adora, pero a quien pretende separarlo de cualquier contacto con las chicas de la residencia. La mansión se convierte en un laberinto que no tiene salida, y del que cada vez que alguna interna intenta escapar, muere asesinada sin que las demás alumnas sepan nunca más de ellas.

Este filme que comento es digno de mención, de análisis. Hay películas como Al final de la escalera, Los Otros, ¿Qué fue de Baby Jane?, o El resplandor, donde la acción transcurre en una casa, entre cuatro paredes, donde no hay salida posible y en la que la tensión se palpa y se transmite al espectador. Cuando alguien ha visto tantas películas de suspense, horror o terror, es difícil mantener la intriga y que no se desvele a la primera de cambio quién es el/la asesino/a Pero en este caso he de reconocer que me sorprendió mucho, pues este film superó todas mis expectativas y al igual que películas posteriores -como las ya citadas- consigue la vuelta de tuerca de Henry James.
En el cine fantástico español destacan nombres como Jesús Franco, Paul Naschy, Amando Osorio y Jorge Grau, entre otros. Pero, el nombre de Narciso Ibáñez Serrador es conocido de sobra y no necesita ser explicado o presentado porque su producción televisiva marcó toda una época en la historia de la televisión en España. Puede que Chicho Ibáñez -como así se le conoce- sea recordado por programas como Un, dos, tres o la famosa serie Historias para no dormir, pero además de eso, contribuyó a dar prestigio al cine español con títulos tan memorables como La Residencia (1969) o ¿Quién puede matar a un niño? (1976).
Ahora que Darío Lavia -alma mater y director de Terror Universal- acaba de inaugurar una nueva página web dedicada a la figura de
Narciso Ibáñez Menta, he pensado que no sería justo dejar pasar la oportunidad y no hablar de su hijo, que tantas satisfacciones ha aportado al audiovisual español.
Narciso Ibáñez Serrador (Montevideo, Uruguay, 1935) es hijo de los actores Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador, a los que acompaña desde muy niño en sus giras teatrales por América. En 1947 se traslada a España y debuta como actor en la Filmoteca Maturana de E. de Filippo. En 1953 da sus primeros pasos como director teatral con El zoo de cristal, de Tenesse Williams. En 1957 estrena Obsesión, utilizando el seudónimo de Luis Peñafiel, nombre que usaría ya siempre para su producción literaria. Desde 1964 triunfa espectacularmente en Televisión Española y recibe numerosos galardones y reconocimientos. Su concurso televisivo Un, dos, tres se convirtió en un clásico en la historia de la televisión española, pero también lo fue la serie Historias para no dormir que fue todo un fenómeno social de masas.
En 1969, Narciso Ibáñez Serrador rueda La Residencia, un auténtico hito del fantaterror internacional, con un guión muy elaborado (escrito por el propio Ibáñez Serrador) y que contó con una esmerada puesta en escena, en la que se cuidó hasta el más mínimo detalle.
Esta película no pasará de moda, no envejecerá porque no estaba hecha con pretensión de ser inmortal. No es de susto fácil (como al que nos tienen acostumbrados directores de la talla de Wes Craven
y de films como El proyecto de la Bruja de Blair, cuyo miedo está destinado a un público juvenil). No, quien quiera vivir un agradable rato de misterios, tensión, con ciertas dosis de terror, no se pierda esta película, que devolverá miedos primigenios de pasillos oscuros, escaleras de caracol.

En el proceso de montaje de La residencia se eliminaron dos escenas. La primera transcurría en una posada donde M. Baldie y su hija Theresa se detienen antes de llegar a la mansión regentada por Madame Fourneau. En la segunda, Irene destruye los dibujos sáficos que decoran las paredes de su habitación secreta donde mantiene reuniones. Del mismo modo que en Las diabólicas de Clouzot, en la que algunos críticos vieron un posible lesbianismo más o menos solapado, aquí también se vislumbra cierto lesbianismo, no sólo por parte de la directora del centro, sino también por parte de la alumna Irene.
A pesar de que en la época del estreno de la película se especuló sobre las partes censuradas, a decir verdad, sólo tuvieron que eliminarse tres secuencias. Por desgracia, el material original se destruyó y sólo quedan algunas fotos fijas como testimonio, por lo que nunca podremos ver el montaje real del film, al igual que ocurrió con Las vampiras de Jesús Franco, que hace unos años volvió a editarse íntegramente
Escenas censuradas
Tras el castigo impuesto a Catherine, Madame Fourneau curaba sus heridas y depositaba un beso en la espalda en carne viva de la joven. El plano de los labios besando la piel desnuda fue eliminado.
Durante la secuencia en la que las jóvenes asisten a clase de costura, mientras una de ellas mantiene un tórrido encuentro con el chico que, semanalmente, les suministra madera, la banda sonora incluía los gemidos de la pareja que llegaban a un clímax unísono, junto al acompañamiento musical. Los gritos de placer, como eran de esperar, fueron eliminados y sólo se dejó la música de Waldo de los Ríos. La banda sonora es modesta, pero decente y viene a apoyar y destacar los momentos de tensión. En escenas como la de la clase de costura, el acompañamiento musical consigue dar la sensación de que el aire se corta con un cuchillo.
La famosa secuencia de las duchas también tuvo tijeretazo: se suprimieron algunos planos en los que la anatomía de las chicas era demasiado evidente.

Momento complicado para Adrián (lobbycard americano de la película)
Asimismo, es necesario comentar el complejo de Edipo que sufre el hijo de Madame Fourneau, (Adrián) quien posee un carácter insano. Él, al igual que el personaje de la obra de Sófocles, crece en un ambiente unido a su madre, en la que no reconoce al Otro distinto ni independiente. Parece que tuvo una existencia -más o menos- feliz en la fase preedípica; pero cuando pasa a la fase fálica, el hijo adquiere conciencia de su padre, un padre a quien probablemente no conoció y del que nada se sabe. Adrián ya es un adolescente y se siente atraído por las mujeres, a las que espía y con las que se ve a escondidas sin que la madre lo sepa. Madame Fourneau quiere para su hijo lo mejor, lo ama, lo adora y por eso lo sobreprotege, encerrándolo en esa guarida. Adrián, como hemos dicho, surca la adolescente y esta fase quedará marcada por el impedimento de su madre a verse con cualquiera de esas chicas, pues ninguna de ellas es merecedora de él; Adrián se merece una mujer como ella La educación prohibitiva de la madre hará mella en la conducta de Adrián, que se echará a perder.

Las consecuencias de una educación rígida y tiránica, en la que el modelo materno es el único que se impone, ya lo vimos en el filme Psicosis (1960, Aldred Hitchcock).
Hemos comentado alguna vez que ciertas teorías cinematográficas se han centrado en analizar la representación fílmica de las relaciones entre madre e hijo. Si en los melodramas las relaciones son casi siempre entre madre e hija, en el género de terror, lo que se explora es el vínculo entre madre e hijo, en el que la madre se presenta como un objeto que produce fobia y aversión.
A diferencia de la madre de Norman Bates, Madame Fourneau no odia a su hijo, no parece que su intención sea la de destruir la vida de su hijo. Pero, sin saberlo, está consiguiendo que su hijo desarrolle miedos, que sea un ser enfermizo y esté obligado a estar solo, hasta tal punto de no dejarlo desarrollar su propia vida, manteniéndolo siempre “pegado a sus faldas”.
La película obtuvo un gran éxito y batió records de taquilla. El éxito propició que el dramaturgo Alfonso Paso dirigiera la parodia La otra residencia (1970). Sin embargo, Chicho en vez de continuar por la cinematografía, se centró en sus proyectos televisivos. Y tiempo después, cuando regresó a ella para rodar ¿Quién puede matar a un niño? (1976), la película fue recibida con frialdad.
Puede que el propio Ibáñez Serrador supiera que con La residencia había conseguido superarse a sí mismo, consagrándose con la obra que lo recordaría siempre. Y es que se lo puso él mismo difícil con esta película de ambientes misteriosos, pasillos oscuros y marcado ambiente opresivo.

Provenza francesa, finales del siglo XIX. Una tímida muchacha llamada Theresa (Christina Galbó) es internada en una aislada residencia para señoritas dirigida con mano firme por la señora Fourneau (Lilli Palmer), quien reprende a su hijo Luis (John Moulder Brown), un muchacho solitario, por verse a sus espaldas con algunas de las internas.
Después de trabajos para televisión, como la serie “Historias para no dormir” o “Historia de la frivolidad”, Narciso “Chicho” Ibáñez Serrador debutó como director de largometrajes cinematográficos con La Residencia, un filme de terror psicológico centrado en la represión y frustración sexual de un grupo de personajes alojados en una residencia, que sirve para exhibir un erotismo descafeinado con anclaje en el lesbianismo, el voyeurismo y el incesto, buscando el lado perverso de los caracteres que maneja.
Con la ayuda en el guión de Luis Verner Peñafiel y Juan Tébar y la inspiración en el concepto climático de su admirado Edgar Allan Poe, Chicho construye un film interesante, principalmente por la excelente consecución de una atmósfera de servidumbre y dominación desarrollada con un plausible tacto fílmico repleto de detalles y elegancia, pausado, con un montaje estupendo y una narración llena de sugerencias que no evita la muestra directa de escenas sanguinolentas.
Seguramente Darío Argento tomó buena nota del proceder de Ibáñez Serrador en esta película.
También denota talento para la dirección de actores, consiguiendo unas interpretaciones muy aceptables, en especial Lilli Palmer en el papel de directora del internado y el joven John Moulder Brown, pero para lograr cotas mayores le falta mayor incidencia en algunas situaciones, derivada de la censura del momento, y menor previsibilidad en su desenlace.
La banda sonora, muy prominente y efectiva, está escrita por Waldo de los Ríos.
Por cierto, y aunque el tema de ambas películas simplemente se roce ¿vería Don Siegel esta película antes de rodar El Seductor?…
El inestimable debut cinematográfico del Chicho IbÁñez Serrador narra la historia de un internado de señoritas dirigido por la disciplinadora Sra. Fourneau (Lilli Palmer, en una interpretación sumamente correcta), del que ya se han fugado tres alumnas. La llegada de una nueva joven da lugar a que conozcamos las costumbres y tradiciones del lugar, y a que se dejen entrever diversas relaciones enfermizas existentes no solo entre las alumnas sino entre la directora y su hijo Luis (John Moulder Brown), un joven consentido que acostumbra a espiar a las alumnas desde recovecos y escondrijos. El drama está servido, y la primer tragedia, aunque tarda en llegar, es suficientemente seria como para mantenernos atornillados a la butaca durante más de hora y media. La película en sí no posee golpes efectistas sino que mantiene un nivel parejo (una excelente e inquietante atmósfera), y muestra tres o cuatro secuencias que están magistralmente filmadas. La intriga, el suspenso, la insinuación sexual y la sangre están vertidas con muy buen gusto. La música de Waldo De los Ríos es otro acierto y, haciendo una retrospectiva, no podemos dejar de lamentarnos que el “Chicho” sólo haya filmado una sola película más:

¿Quien puede matar a un niño? (1975)