Director: Lindsay Anderson. 1968. G.B. B/N y Color
Intérpretes: Malcom McDowell (Mick Travis), David Word (Johnny), Richard Warwick (Wallace), Christine Noonan (La chica), Rupert Webster (Bobby Phillips)


Un grupo de alumnos de un internado, liderados por Mick Travis, se rebelan contra el profesorado y la dirección, que mantienen una disciplina rayana en el terror. Para ello llevarán a cabo acciones de una desmedida violencia. El filme plantea un retrato negativo del sistema educativo británico y, por extensión, de la propia sociedad.


Uno de los mejores trabajos de Lindsay Anderson bajo los preceptos del “free cinema” que tuvo bastantes problemas para estrenarse en nuestro país. El filme plantea un retrato negativo del sistema educativo británico y, por extensión, de la propia sociedad.
Fue una polémica película en la que el pionero del “free cinema” inglés arremete contra la enseñanza superior, satiriza los high schools y el establishment británico sin matices y con un tono violento.
Los entresijos del sistema educativo británico son puestos radicalmente en entredicho a través del personaje de Mick Travis y sus colegas de clase, y sus acciones extremadamente violentas.

If…. es la más conocida de las películas del director de cine
británicoLindsay Anderson. La película ganó en 1969 la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes.
La contracultura que se fraguó en los años 60 albergóobras, para nuestros cínicos ojos actuales, quizá demasiado ingenuas en sus ambiciones románticas de desbandada y libertad. Y es cierto que quizá algunas películas, ciertas novelas y uno que otro disco han perdido parte de suvigora fuerzadel paso de los años.
Ahora bien, una película queexpresa aún con fervor y ludismo esa necesidad ahogante devivir a contrapelo y sin timón es If , filmada por el británico Lindsay Anderson en 1968.
Anderson perteneció al movimiento del “free cinema”, una especie de “nouvelle vague”británica que durante la década de los años 60 construyó un cine emotivo ycomprometido hasta los huesos con temas sociales, pero sin perder por esto una imaginería renovadora y experimental. Se le llamó “The Angry Young Man” al manifiesto que dio la patada primera a esta corriente en la que, entre otros, también participó Tony Richardson.
If es la culminación de las motivaciones de Anderson.En breve, la película cuenta la historia dela vida de un grupo de alumnos al interior de un severísimo internado londinense. Es una historiaestándar. pero con un tratamientoinspirado en los alcances de su atrevida propuesta.
La intercalación de imágenes en color y otros en blanco y negro dan una sensación de sutil. pero definitiva encrucijada entrela creatividad y eterna liberación que es vivir bajo las coordenas de la adolescencia ahuyentado cualquier posibleatentado castrador. Aunque, para ser sinceros esto ya lo había dicho Jean Vigo en cero en conducta hace unos treinta años , pero bueno siempre hay espacio para una nuevo vergel.
Para Anderson, esto podría desprenderse de If , la violenciade cierta forma aún podría ser una forma de expiación, de broma definitiva al llamado “sistema”o derompimiento de cadenas. Su fin último eshallar un espacio de belleza y alegría que no puede coartarse por ninguna estructura social. Un fin romántico, un anhelovolátil pero que jamás ha dejadode perder legitimidad, porque sus necesidades y canales de expresión son infinitos.
Se vio en If , protagonizada por Malcolm McDowell, una precuela de La Naranja Mecánica.Nada más lejano. Anderson aún nos habla desde el corazón de la niñez, de la ensoñación y deseo que pareciese eterno poraprehender la vida con transparencia y sencillez.
El otro notable director, Stanley Kubrick,dio un pasohacia la oscuridad moderna. La insanía de un jovenque celebra un pacto de no agresióncon el poder, de convivencia sombría entre dos tipos de corrupción ética.
If es una gran muestra del excelente “free cinema” movimiento del que, desafortunadamente, no son muchas las películasqueestán disponibles en los anaqueles de nuestras videotecas.
Para representar la sociedad de su época, un artista tiene que trabajar con metáforas así relata la divisa del director Anderson. En Si una escuela representa el sistema social de la sociedad (británica) en forma de microcosmos, igual que en Britannia Hopital (1982) lo hace un hospital. Los internados de Inglaterra son escuelas llenas de tradición. En la obra de Anderson, son prisiones: a los alumnos les espera un código arbitrario estructurado jerárquicamente; se les adiestra en rituales sádicos y, cuando avanzan en el sistema de clases continúan haciendo los que han aprendido: maltratar.
Concebida como un remake corregido y aumentado (aunque se queda más bien en sólo aumentado) de Cero en conducta, el magistral mediometraje del maestro francés Jean Vigo del que ya se habló dentro de esta misma sección, esta obra del británico Lindsay Anderson rodada en 1968 traslada la acción de la Francia de entreguerras a un internado británico de los sesenta en la línea más ortodoxa de la tradición y solera de la aristocracia intelectual del lugar, en la que abundan las togas, los birretes, los castigos corporales y la idolatría por la costumbre atávica como medio de conducirse en la vida diaria.
Considerada por parte de la crítica como un puente invisible entre el surrealismo y el estilo Monty Python, Anderson pasó de realizar un cine de corte más cercano a la plasmación casi documental de la vida británica (por ejemplo en El ingenuo salvaje), en especial de la juventud violenta e irreflexiva, a filmar una obra paradójicamente más realista si tenemos en cuenta que precisamente la infancia y juventud del director, procedente de una antigua familia de clase alta, habían transcurrido inmersas en el ambiente de los internados, de la alta sociedad de la aristocracia cultural y económica, de los clubes, las sociedades elitistas, en suma, de los vestigios de la era imperial a los que tanto ha costado renunciar a las elites británicas. No es de extrañar, por tanto, que Lindsay Anderson maneje adecuadamente el material del que dispone, que en gran parte corresponde a sus propias vivencias, y sepa cómo atacar de forma tan demoledora un mundo tan fundamentado en apariencias y convenciones sociales sostenidas en las diferencias de clase.
Tomando como base el clásico de Vigo, la película presta atención a la figura de Mick (interpretado con enorme solvencia por un joven Malcolm McDowell que adelanta ya su fenomenal papel para Kubrick en La naranja mecánica) y la cuadrilla de internos en el colegio junto a los que conforma un grupo considerado antisocial. Estos alumnos, carentes del menor respeto hacia unos profesores fosilizados en el pasado, se ven al mismo tiempo obligados a comportarse servilmente en las tareas cotidianas con respecto a los preceptores más jóvenes, ejerciendo privadamente toda labor de limpieza y servidumbre cada uno para un profesor en concreto, de tal manera que cada nueva incorporación docente viene acompañada de la designación de un alumno que “se ocupe de él”. El transcurso de la vida cotidiana navega entre una represión continua que utiliza la imposición de castigos ridículos ante faltas insignificantes y un ejercicio de crueles penitencias físicas que, como sucede en la escena de los azotes en el gimnasio, vienen acompañadas de la humillación de un ceremonial solemne más cercano a las ejecuciones de las plazas públicas de tiempos pasados que de una labor pedagógica y formativa.
Las notas surrealistas son abundantes en la película, desconcertantes e incluso ridículas para el espectador no advertido, como por ejemplo el cadáver que habla desde un archivador o el célebre final de la película. Si en la obra de Vigo, la contestación de los jóvenes alumnos a la rigidez institucional del colegio tenía lugar con la pelea de almohadas, en este caso las escenas finales en las que los niños acosaban a las autoridades desde los tejados se convierten aquí en un tremendo tiroteo en el que los alumnos antisociales disparan sin piedad sobre el director y el resto de profesores del internado y las autoridades invitadas a la ceremonia de entrega de premios de final de curso, en lo que es una batalla cercana a las filmadas en una cinta bélica de bajo presupuesto.
Dos son los aspectos principales a tener en cuenta en el visionado de esta cinta. En primer lugar, un momento clave de la historia que resulta revolucionario para 1968. Saliéndose de los tópicos de otras películas de internados que tienen como marco la rígida sociedad educativa de los círculos aristocráticos británicos, Anderson no se limita a retratar de forma superficial las relaciones entre alumnos, las dependencias que se establecen entre ellos, ni las homosexualidades más o menos latentes. Aquí apuesta por un sadomasoquismo más que intuido y por un sexo libre de prejuicios: Mick, impresionado con la voluptuosa profesora del internado, desarrolla (o imagina, porque no queda claro) una relación de enorme carga sexual con ella retratada, no desde la promiscuidad de una mujer que se aprovecha de un joven inexperto para obtener placer sin compromiso, ni tampoco desde la perspectiva de un joven que logra mediante la fuerza la satisfacción de sus incipientes instintos, sino que simplemente Anderson se limita a reflejar la relación, imaginada o no, de dos personas que disfrutan de la conjunción de sus cuerpos sin tener en cuenta barreras como la clase social, la edad o la opinión de terceros.
En segundo lugar, es imposible analizar por completo la fuerte carga ideológica de la película si obviamos el año de su rodaje. Anderson filmó la cinta tras haber asistido como testigo a las revoluciones estudiantiles del mayo francés y todo lo que conllevaba un movimiento contestatario con raíz en las instituciones educativas que hicieron tambalear los cimientos de la democracia burguesa en Francia. 1968 es un convulso año con disturbios en París, de primavera en Praga, de asesinatos como el de Luther King o el de Robert Kennedy, un año apenas desde la muerte del Che. Precisamente Anderson retrata una curiosa metáfora de todos esos fenómenos juntos en la escena del ataque armado final: unos estudiantes convertidos en guerrilleros de una estética entre pija y “estilo Sierra Maestra” disparan sobre las figuras del orden establecido que se pasean indefensas por el patio, en una especie de ceremonia de demolición final de las convenciones y el necesario aplastamiento del edificio de la sociedad autocomplaciente para construir un mundo nuevo sobre sus ruinas (“bajo los adoquines, la playa”, “están comprando tu felicidad, róbala”, “no vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada; tomaremos, ocuparemos”, “esto no es más que el principio, continuemos el combate”, todos lemas del mayo parisino, entre otros muchos).
Para finalizar, dos curiosidades. En primer lugar, muchos críticos han señalado el estupendo contraste de las escenas en color con otras en blanco y negro que se referirían a sueños de los protagonistas o a escenas imaginadas o bien serían escenas que el director quería conscientemente diferenciar. Nada más lejos de la realidad. Simplemente, se acabó el presupuesto y no pudieron disponer de más película en color para terminar la película. En segundo lugar, señalar que existen otras dos películas de igual tónica, dirigidas ambas por Anderson, que cuentan con McDowell como protagonista interpretando de nuevo a un Mick ya mayor, evolucionado, pero heredero de los sucesos contados en esta cinta, Un hombre de suerte (1973) y Hospital Britannia (1982).
En resumen, una película extraña, incómoda de ver, que no responde a los parámetros habituales de lo que supone una historia lineal con un desarrollo con sentido pleno, que exige observar atentamente, leer en clave e interpretar adecuadamente, y que responde, en el fondo, a dos de los principales planteamientos de las revueltas de la época: “prohibido prohibir” y “la imaginación al poder”.
