Director: Michelangelo Antonioni. 1969. EE.UU. Color
Intérpretes: Mark Frechette (Mark), Daria Halprin (Daria), Rod Taylor (Lee Allen), Paul Fix (dueño de la cafetería), G.D. Spradlin (hombre de negocios), Bill Garaway (Morty), Kathleen Cleaver (Kathleen)

Tras un enfrentamiento en un campus universitario entre estudiantes y policías, un joven de familia acomodada, Mark, cree haber matado a un agente y huye, en compañía de otro joven y tras robar una avioneta, al desierto de Arizona. Allí se encuentra de un modo fortuito con Daria, una muchacha que trabaja para un abogado, director de un importante proyecto inmobiliario, y que está cruzando el desierto en automóvil para asistir a una reunión de negocios.
Una película transgresora y militante, en la que el cineasta viajaba al corazón del inconformismo juvenil en EE.UU., desde los campus universitarios hasta el Valle de la Muerte. Y lo hacía llevando consigo su nihilismo, su desesperación y su desencanto. No es un filme perfecto, desde luego, y su estética, deudora como lo es de su época, puede resultar difícil. Pero sí es un grito de guerra. Desesperado y lúcido al mismo tiempo.


El centro de la ira de Antonioni es el consumismo feroz y la especulación en la sociedad estadounidense en medio de los cuales intenta decir algo una juventud inquieta, eufórica y militante en las universidades, pero impotente y fácilmente reducida por los medios policiales.
Siempre ha sido una película unánimemente rechazada (parece que la crítica en su día la masacró) pero vista hoy creo que el tiempo la ha favorecido y ha cobrado fuerza.
Hubo una escena que sí trascendió, aquélla casi onírica en la que que se veía a parejas y grupos practicando sexo en las polvorientas ondulaciones del desierto, con otro punto a favor en la música, que cuenta, entre otros, con varios temas de Pink Floyd sobresaliendo esa recreación del extraordinario y terrorífico “Careful with that axe Eugene”.
Técnicamente es tan brillante y precisa y con un manejo de la cámara tal, que Antonioni demuestra estar por delante de la mayoría, pese a tener un guión demasiado inconexo (como si los nada menos que cinco guionistas que la escribieron no se hubieran puesto de acuerdo o bien sólo hubiera quedado lo poco en que lo estaban), pero su nervio e intención la convierten en un perpetuo clamor.
La rebelión se dirige contra los espacios. Al principio, en la asamblea de estudiantes, la cámara está tan cerca de los que discuten que es imposible hacerse una idea de la naturaleza del lugar donde se encuentran. Cuando Mark conduce a través de la ciudad, su mirada tropieza con carteles y vallas publicitarias: textos que anuncian la posesión o que definen sitios parcamente. El camino determinado conduce a la grandeza infinita del desierto. Película un tanto espesa.