Director: André Delvaux. 1971. Francia-Bélgica-RFA. Color
Intérpretes: Mathieu Carriére, Anna Karina, Roger van Hool, Bulle Ogier


Durante la I Guerra Mundial, un joven pianista es invitado a una mansión campestre. El amigo al que espera no aparece en la cita, pero, sin embargo, le ocurren toda una serie de extrañas aventuras eróticas. Se trata de una fascinante película llena de sensualidad y belleza.


Muchas películas son como sueños. Y suelen ser horribles, porque si malo es que alguien conocido te cuente un sueño (nunca son interesantes los de los demás), peor aún es que te lo cuenten en una película (o en un cuadro, o en un poema). Pero lo que hace diferentes las películas de André Delvaux es que sus películas no son como sueños, es que son sueños.
Esto es complicado de explicar, a mí me llegó como una epifanía viendo Cita en Bray. Allí estaban la mujer de mis sueños, el país de mis sueños y el novelista de mis sueños. Mientras la estaba viendo me invadió una especie de sopor que no tenía nada que ver con el aburrimiento (todo lo que veía era apasionante), sino que, (según teorizo ahora) era el estado al que Delvaux, por arte de magia, es capaz de transportar al espectador: inducirle al sueño, y una vez dormido, contarle la película. Sí, porque cuando salía de ver sus películas, la sensación que tenía era que había estado durmiendo, pero recordaba la historia a la perfección. Estas sensaciones metafísicas con respecto al cine no me son del todo ajenas, pero sí lo suficientemente llamativas como para que desde que vi en la Filmoteca un ciclo de André Delvaux, éste se haya convertido para mí en un director fundamental.