Director: John Schlesinger. 1971. G.B. Color
Intérpretes: Peter Finch (Dr. Daniel Hirsch), Glenda Jackson (Alex Greville), Murray Head (Bob Elkin), Peggy Asgcroft (Mrd. Greville), Maurice Denham (Mr. Greville), Tony Britton (George Harding)


Alex Greville (Glenda Jackson), una mujer de mediana edad, y el doctor Daniel Hirsh (Peter Finch), mantienen una aventura amorosa por separado con la misma persona, el joven científico Elkin (Murray Head). Ambos lucharán por su amor…

Domingo, maldito domingo resulta una clara imagen de los problemas e inquietudes en los que se sumiría la cinematografía norteamericana en la década de los 70. La asfixiante censura de los años previos, que empezaba a diluirse, y el comienzo de la revolución sexual dieron de sí, en otros filmes, la genuina cinta de John Schlesinger. La problemática social cayó, en esta ocasión, en un drama sexual de exquisitas proporciones, precedida por la alocada El cowboy de medianoche que planteaba una sexualidad americana que ya comenzaba a abrirse.
Aunque ciertos cineastas y cierto público se dieran cuenta que la basura y los conflictos eran parte de ellos y de su sociedad, no quiere decir ni mucho menos que Domingo, maldito domingo sea una visión maliciosa y descarnada de la homosexualidad. La mirada de Schelesinger es mucho más compleja. No se nos habla de un homosexual atormentado ni de sus amores masculinos; se nos narra la triste historia de un hombre confuso y de una mujer de mediana edad aún más confusa, ambos enamorados de un cautivador muchacho de 20 años que llena sus vidas de vitalidad, pasión y esperanza. Por tanto, no se trata de un drama homosexual, ni heterosexual si no, sencillamente, SEXUAL. La falta de información, el tabú, el temor al rechazo, llevan a nuestros dos protagonistas a una encrucijada terrible de desesperación. Se aferran obsesivamente a una manzana recién engendrada y a su jugo de la vida. Ambos se vuelven a sentir jóvenes, abrazados dulcemente por todo aquello que ansiaron cuando ellos mismos tenían 20 años y que se les fue negado. Pero ya son mayores, se acercan cada vez más al final, y contemplan asombrados la luz creciente de la nueva década, y quieren formar parte de ello. Esa ilusión cegadora se torna enfermedad. Nadie quiere compartir su tesoro, y mucho menos tratándose del manantial de vida eterna. La triste Alex y el celoso Daniel darán comienzo a una sutil batalla de propiedad peleando por el único antídoto a sus miserables vidas, la grácil manzana llamada “Elkin”.
La gélida mirada de Schlesinger a semejante drama humano quizá haya quedado un poco desfasada con los años, aunque es precisamente esa exquisitez formal la que hace quedarnos clavados al entramado emocional de sus personajes. No hay grandes peleas, gritos desgarradores, ni turbios asesinatos con persecuciones urbanas, es más sutil, como una melancólica sonata de piano: dulce, pero triste. Los protagonistas se sumergen de lleno, seguramente, en los mejores y más fascinantes personajes de sus carreras, logrando un éxito artístico total. El guión, ágil e inteligente, culmina a su vez en una dirección inteligente..
Muchos dicen que se trata de una alegoría de la bisexualidad, contra la obligación de definirse, otros que es una metáfora del cambio drástico social y artístico que empezaba a transformar América. Personalmente, creo que “Domingo, maldito domingo” es eso y mucho más.

Dos actores y una ciudad: Glenda Jackson, Peter Finch y Londres donde sus amores suceden y coinciden a lo largo de una semana, en sus calles, pubs, oficinas, parques, consultas y en el mundo un tanto exótico de la comunidad judía a la que uno de los protagonistas pertenece. Ambos amores coinciden no en lugares concretos salvo al final, sino tan sólo en la pareja, un joven bisexual que reparte su tiempo entre la creación de móviles abstractos y las horas de diferente signo en los dos lechos complementarios de su amiga y amigo. Decía Marañón hablando de la soledad, que los hombres y las mujeres, obligados a evitarla, acaban por caer en la servidumbre, es decir, en la pérdida de la libertad. Y añadía que este ir y venir constituye una de sus tragedias y a la vez uno de los impulsos fundamentales de la vida. Miedo a la soledad, al vacío en definitiva, al que por lo común combatimos con el sexo. Pero el sexo no desempeña su función eficaz si no es en compañía, lo cual viene a significar a la larga una renuncia al mundo propio que acaba en la mayoría de los casos, trasformándose en total dependencia, sobre todo en el declinar de la vida. A medida que ese declive final se acerca, el miedo a estar solo que es lo mismo que el miedo a la muerte, recupera su lugar perdido durante la juventud cuando el amor sexual llenaba en cierto modo las horas y los días.
Tal se nos viene a sugerir con la presencia de estos dos maduros personajes que, sin alardes ni escenas tormentosas, se disputan el amor, la compañía de un amigo en su mundo de pequeños egoísmos y frustraciones cuando no de matrimonios fracasados o fingidos. Estos dos solitarios, entregados a trabajos que no les llenan demasiado, que incluso ella abandona sin saber bien por qué, que él alterna con juegos secretos y un amor que bien sabe no tendrá del todo, se hallan bien retratados en el filme y aún mejor interpretados. El hombre se diría que más que vivir, navega de un extremo a otro de Londres, sin llegar a tocar la ciudad. La mujer con su capacidad de amor a ratos maternal, dividido por igual entre el sexo y los niños, deja pasar su tiempo entre esperas y reproches, adivinando la otra cara del amor de su amigo. Este particular triángulo, una de cuyas tres esquinas o rincones ocupa el muchacho a la vez hijo y amante, compañero y objeto de placer, alzado a la sombra de la crisis económica que unos intentan olvidar con bromas y otros en busca de un empleo inasequible, se acabará rompiendo no por el lado más débil como sería lógico, sino por el más fuerte, precipitando el final de la historia. Todo ello hubiera sido difícil de explicar sin la presencia y el arte de dos actores excepcionales. De no tratarse de una expresión demasiado manida podría repetirse que Glenda Jackson es todo un animal de cine, pero en su caso se trata de algo más. En realidad ella es la película, con sus silencios, su angustia, sus risas y sus lágrimas. Si el arte de interpretar dependen como todas, no ya del corazón, sino de la inteligencia, el trabajo de Glenda Jackson aquí, va más allá de lo que se entiende por dar vida a un texto, aquí se trata de crear en el sentido literal de la palabra, algo que en el guión viene a ser un esquema, capaz de naufragar o salir a la luz con la huella inconfundible de la presencia trágica. La libertad del actor cinematográfico se expresa en esta ocasión a través de una espontaneidad fuera de toda norma que evidencia por otra parte la eficaz dirección con que Schlesinger suele cuidar a sus actores.
Bien realizada, aunque no siempre bien contada en el guión, la película ha sufrido algún que otro corte antes de llegar ante nosotros. Cortes un poco absurdos pues, una vez admitida la relación sexual entre dos hombres, los detalles superficiales poco añaden. Si algún reproche se le puede hacer al filme es un exceso de lecho y no por razones morales sino porque en amor, como en todo, la insistencia nos lleva a lo vulgar y el exceso es defecto fácil de subsanar en el cine a la hora del montaje.